Category Archive: Redecuentos

Señor presidente

We'll never be free from our own minds. José Martín Hernández Orozco. Preparatoria Regional de Santa Anita.

We’ll never be free from our own minds. José Martín Hernández Orozco. Preparatoria Regional de Santa Anita.

 

 

 

 

 

Mario Armenta, hombre de facciones toscas y expresiones poco refinadas, de rancho, tradicionalista además, aguardaba en la sala de espera de la alcaldía donde, junto a él, ocasionalmente se escuchaban las quejas del pueblo. Alguno que otro viejo maleducado lanzaba un escupitajo cuando la fila tardaba más de diez minutos.

Mario Armenta iba con la intención de obtener una ayudita del gobierno. Y pensaba: “que no sean ingratos, una ayudita de cinco mil pesos me ayuda. Nomás quiero componerme de las malechuras de la sequía, que cómo estuvo canija la jija…”, lo mismo le decía al presidente. Que una ayudita aunque fuera de su propio bolsillo le caería bien, que él para qué quería una casa tan grande si el pueblo se estaba muriendo de hambre. Eso le decía. Lo que ganaba era, siempre, una ayudita pero para que se largara. La daba, sí, una notita con la leyenda “venga tal fecha, no hay presupuesto”. Lo que pasaba era más bien que Mario Armenta se presuponía la inminente muerte de sus vacas, de su milpa y, caminando a su casa, se le oía decir: “él pa’ qué quiere una casa tan grande… el pueblo se está muriendo, señor presidente.”

Y de tanto ver, a eso de las once de la noche, se nos ofuscó la vista, se nos fueron las ganas de saber, tuvimos que arrojarnos en penumbras a encender la luz. Todos, en muchedumbre, a encender la luz.

 

Jesús Alejandro de la Torre López
Preparatoria Regional de Huejuquilla, Módulo Mezquitic

 

Ring, ring

1968, en algún lugar de México.

Después de la primera llamada que recibió Coquito, todo su pueblo la llamaba loca, pues ella afirmaba que Dios fue quien le habló. Pero cuando ganó la lotería nacional, gracias a los dígitos que alguien le dio tras un teléfono, muchos tuvieron que pedir disculpas.

Hoy todos los interesados por las palabras que ella vaya a escuchar, se reúnen alrededor del teléfono. “Pregúntale si mi ‘apá está en el cielo”, le dice uno. “Dile que necesito chamba”, dice otro, pero luego de que las lágrimas cubrieran las pecas de las mejillas de Coquito, las preguntas cambiaron a “¿Qué pasó?”, “¿qué le dijo?”

—Sólo se escucha un temblor al otro lado de la línea— Dijo ella e inmediatamente colgó.

En la actualidad se busca de dónde provino la avalancha que sepultó el poblado en piedras.

 

Kevin Bricio Palafox
Preparatoria Regional de Arandas, Módulo San Ignacio

senectud. Jesús Alejandro de la Torre López. Preparatoria Regional de Huejuquilla, módulo Mezquitic.

senectud. Jesús Alejandro de la Torre López. Preparatoria Regional de Huejuquilla, módulo Mezquitic.

Marchito

Por el atardecer, aparece el sentimiento. Cinthya Araceli Valdivia Velázquez. Preparatoria Regional de El Salto

Por el atardecer, aparece el sentimiento. Cinthya Araceli Valdivia Velázquez. Preparatoria Regional de El Salto

No sé cuánto tiempo llevamos en la cueva. El sol y la luna se perseguían una y otra vez en el cielo, sin alcanzarse nunca. A veces trataba de adivinar a qué jugaban, pero por ser el más joven de la manada, difícilmente conocía muchos juegos.

Los lobos siempre llegaban al anochecer, cuando las estrellas brillaban con fuerza y la luna estaba en lo alto. A veces traían los restos de animales, otras veces los alfas nos daban de comer a su manera. No me importaba, la cueva era tan bonita que ni siquiera me molestaba por el alimento, me era suficiente el no tener hambre.

Las noches, a pesar de ser heladas, no eran un problema, el pelo de los otros me daba calor; sin embargo, poco a poco fueron desapareciendo y yo volví a sentir frío.

Al principio, los dedos que tenía en las manos no habían sido suficientes para contarlos a todos. Incluso había tratado de contarlos con las amapolas que crecían dentro de la cueva. A cada flor le puse el nombre de un lobo y cuando se iban para ya no volver, arrancaba una flor.

Al iniciar el invierno, en mi jardín sólo quedaba una flor.

—¿Qué ocurrió con los otros? ¿Por qué sólo quedamos nosotros ahora? —le pregunté una noche frente a las estrellas.

El animal me observó por un instante antes de hablar. Cuando lo hizo, logré ver sus largos colmillos, esos que tanta envidia me causaban.  ¿Por qué yo no podía tener unos así?

—Querido niño —odiaba cuando me llamaba así—, a todas las criaturas se nos da un tiempo en este mundo. Cuando ese tiempo termina, nos marchitamos o somos arrancados igual que tus amapolas, no se puede hacer nada contra eso.

Lo pensé unos minutos antes de contestar. El viejo lobo realmente se veía como si estuviera listo para marcharse, para “marchitarse” o ser arrancado… Pero yo no. Aún no quería eso.

—No quiero marchitarme—, repliqué. Sentía cómo ardían mis ojos y temí porque las lágrimas bajaran. Si lloraba frente a él, demostraría debilidad y sería abandonado, si es que no me devoraba primero.

—No tienes nada que temer, querido niño. Cuando te ocurra, lo entenderás. Marchitarse es algo natural.

El lobo se alejó en cuanto las lágrimas cayeron. Sólo quedamos las estrellas y yo. Mirando el cielo me pregunté si las ellas también se marchitarán algún día.

La comida dejó de llegar. La nieve era demasiado para el desgastado cuerpo de mi compañero, así que tuve que arrancar su flor para sobrevivir. Cuando dejó de ser suficiente, tuve que dejar la cueva.

Mis esperanzas eran pocas. No tenía garras, colmillos ni pelo. No estaba hecho para cazar como los lobos lo hacían, pero eso no significaba que no pudiera intentar. Mi cuerpo estaba cubierto por la piel de mi antiguo compañero, por lo que la nieve sólo llegaba a mi largo y enredado cabello. Mis uñas eran largas y, a pesar de no ser garras, funcionaban lo suficiente. Quedaban mis dientes, había tardado mucho, pero al fin logré afilarlos y ahora, aunque no eran largos, se parecían a los colmillos que tanto deseaba. Al fin me había convertido casi por completo en un lobo.

Aunque mi cuerpo estaba preparado, mi estómago no dejaba de doler. Por un momento temí que algún monstruo estuviera destruyendo todo desde adentro (las tripas aquí, la sangre allá). Después de comer todo lo que había podido encontrar (ratas, conejos, alguna ardilla ocasional), aquel monstruo pareció dormir un tiempo.

Tenía que buscar más comida, una presa de la que pudiera alimentarme lo suficiente como para que el monstruo en mi estómago no me atacara en mucho tiempo. Tardé más de lo que creía en encontrarla.

El frío del invierno me había obligado a detener mi búsqueda, el viento helado logró abrirse paso a través de la piel, incluso pudo congelar al monstruo del hambre, porque dejé de pensar en eso.

Estaba muriendo de frío, pensé que sería todo, hasta que lo escuché pisadas.

No estaban lejos y si había pisadas, significaba que había “algo” que las hiciera.

El monstruo del hambre se quitó el frío de encima y comenzó a gruñir con fuerza. Incluso él sabía que la comida poseía un líquido caliente dentro y en aquel momento el calor era vida… La sangre era vida.

Me acerqué al sonido, trataba de esconderme entre los árboles, no sabía qué era lo que estaba haciendo ruido y no quería arriesgarme, pero cuando al fin lo vi, no hubo necesidad de ocultarme más.

—No estoy solo —, escuché murmurar al niño humano frente a mí. A pesar de estar cubierto de nieve y temblando de frío, sonaba aliviado. —¿Sabes dónde queda la aldea? Estoy perdido y no creo aguantar mucho.

Una sonrisa cruzaba por su rostro, se abrazaba a sí mismo y su cabello negro me recordaba al de los lobos. Mi estómago volvió a rugir por lo que, sin decir ni una sola palabra, comencé a acercarme. La sonrisa del desconocido pareció vacilar.

—Vamos… Contesta. —Retrocedió un paso antes de que lo tomara del brazo para evitar su huida. —Me estás asustando… —Al ver su rostro aterrorizado le sonreí con mis dientes de lobo y al fin contesté.

—No tienes que temer, marchitarse es algo natural. —Y entonces salté.

 

Carolina González Arellano
Preparatoria 13

Peloteo

—¿Qué es el miedo?—, le lanzó un pase el nene a su abuelo que lo recibió de pecho y controló con la zurda.
—Es esa sensación que vives cuando tienes una pesadilla—, con rabona incluida el de edad mayor dibujó el pase.

Su nieto controló con la cabeza y, dejándola caer  en el pasto, continuó. –Y, ¿por qué de noche tengo más miedo?–, esta vez el balón no se movió, a diferencia de los labios que contestaron –Porque es el momento en que tu amigo imaginario rompe sus principios.
El niño contento, siguió peloteando solo con el viento.

 

Fernando Cocolán Villegas
Preparatoria 7

Cicatrices. Evangelina Espinoza García, Preparatoria Regional de El Salto

Cicatrices. Evangelina Espinoza García, Preparatoria Regional de El Salto

Utopía

Estaba soñando con una utopía cuando de repente me despertó la policía civil, entraron por una puerta rota y me hicieron pensar al colocar el frío del cañón metálico de nueve milímetros en la cabeza. Mi crimen, atentar contra la nación, mi castigo, vivir en este país.

 

Fernando Cocolán Villegas
Preparatoria 7

Resurrección

Los orines del niño (que hizo un admirable esfuerzo por contenerse) alcanzaron los pies descalzos de la mamá, provocando que ésta se despertara asustada y triste. Con éste, ya van dos suicidios frustrados.

 

Jesús Misael Chávez López
Preparatoria 9

Tormento. Cielo Zulay Trinidad Flores. Preparatoria Regional de Etzatlán

Tormento. Cielo Zulay Trinidad Flores. Preparatoria Regional de Etzatlán

Ésta

Estaba tomando mi café cuando vi la aterradora silueta de una dama con largos cabellos al fondo de la habitación. Yo no le temía a los fantasmas.
—¡Chúpame ésta! —le grité, agresivamente.
Y efectivamente, me la chupó; pero ya muerto uno no siente placer.

 

Jesús Misael Chávez López
Preparatoria 9

Reflejo

Giró su rostro hacia la ventana y ahí, en medio de la oscuridad, pudo ver claramente un par de ojos observándola fijamente.

Ese rostro extraño y familiar le sonreía de una manera grotesca, mostrando unos dientes manchados de rojo. Podría ser cualquier cosa, pero sabía bien que se trataba de sangre. Tenía el arma homicida en las manos.

Tras unos minutos mirando fijamente, su sonrisa se ensanchó y se retiró de la ventana con tranquilidad. Nada como ver tu reflejo antes de ir a dormir.

 

Carolina González Arellano
Preparatoria 13

Una cabeza es mejor que dos

Siempre teníamos que estar juntos mi hermano y yo. En nuestro cumpleaños, juntos; en Navidad, juntos; en la casa, juntos; en el cuarto, juntos; por las mañanas, en el baño, los dos siempre juntos. ¿Cómo podía soportarlo por más tiempo? El enemigo siempre pegado a mí, siempre a mi lado. Era irritante tener que compartirlo todo: la vida, la ropa, el espacio, la atención, el mismo cuerpo. Ser su siamés era horrible. No conocía ningún placer solitario. Chop-chop-chop. La masturbación a dos manos también se compartía, vaya que la compartíamos; él quería, yo no quería, yo quería, él no. Yo-él. No. ¿Por qué no podía ser sólo yo?

Fenómeno de dos cabezas, dos mentes y un solo cuerpo. Un solo miembro, justo eso era lo peor. Así me vi obligado a hacer lo más sensato y humanamente posible: le apuñalé el ojo mientras dormía y después arranqué su cabeza. Hoy soy un joven ordinario, bueno, eso me dice él. Ya no lo veo pero lo escucho perfectamente. Sigue a mi lado. Me dice que soy un joven normal, tal como yo lo quería. Me lo dice justo hasta que llega la enfermera que me pone las inyecciones para que mi hermano se calle por el resto del día. Y me quedo en mi cuarto blanco, en mi cama blanca, con mi mente vacía y mis amigos normales en la quietud de nuestro blanco hogar.

 

Juan Luis González Hernández
Preparatoria 12

¿Quién soy?, Paulina Dueñas Cambero, Preparatoria Regional de EL Salto

¿Quién soy?, Paulina Dueñas Cambero, Preparatoria Regional de EL Salto

Una noche estrellada

Cuando nuestros apellidos no se habían inventado y nuestros ancestros vivían a las buenas de dios en alguna comunidad con diez o veinte chozas, la noche impresionaba los corazones. Si pudiéramos imaginarnos ahí mismo, levantando la mirada del fogón central y mirando las estrellas, encontraremos en esos cielos perdidos la inspiración de cientos de historias magníficas: héroes peleando a mandobles contra monstruos, viajeros en barcos de vela surcando el espacio sideral. Con un juego de puntos iban marcando su destino. Es por eso mismo que las historias que tenemos en nuestros adentros son impresionantes, son parajes de sabiduría llenos de magia y misterio: el cuento.

Proveniente de la tradición oral, los cuentos nos narran una anécdota increíble llena de sorpresas en cada palabra. Todo relato debe comenzar con una frase que nos sumerja en la maravilla. “¿Alguien se ha preguntado de dónde provienen las montañas?”, “Todos conocemos a las águilas… pero antes no podían volar”, y demás frases que figuran en el imaginario y nos llevan a esos tiempos míticos donde los dioses susurraban historias en los oídos de los bardos para que las cantaran en tabernas y a mitades de las plazas. Estamos ante los comienzos de una historia, de una anécdota.

Así, cualquiera puede iniciar una historia con una buena frase, una pregunta, una comparación, un diálogo o una hermosa y basta descripción. Las mejores aperturas tienen palabras inolvidables que no dejaremos de repetir. Aunque parezca apabullante y temeroso enfrentarnos a la página en blanco, no es tan difícil. Cualquiera puede escribir, sólo es cuestión de tiempo para encontrar cómo mejorar.

¿Cómo se logra esto? Escribiendo. Sentándose ante una vieja y lenta computadora a teclear nuestras ideas en el procesador de texto y haciendo uso desmedido de la tecla “Supr”. Ya lo decía el escritor alemán Georg Christoph Lichtenberg en sus aforismos: “Leer y escribir es tan necesario como beber y comer”. Y es aquí la otra cara de la moneda. Para escribir sólo falta una idea; ser un buen escritor es un trabajo complicado, pero gratificante cuando miras el resultado.

Estar horas frente a una consola de videojuegos nos llena de emociones, nos da experiencias gratificantes, aunque nada qué desearle a los libros, novelas gráficas y tiras cómicas. Leer es estar en contacto con la mente de otra persona, conocer sus experiencias, enterarse de lo que le hace vibrar; es colocarnos bajo el mismo cielo estrellado de nuestros antepasados, mirar las mismas figuras que ellos veían y descubrir cómo un puñado de puntos luminosos en el cielo van cobrando forma en nuestro imaginario; es llenarse de otro, estar atento a lo que alguien más quiere decirnos y unir nuestras intenciones en un solo objetivo: terminar la historia.

Si quieres ser un buen escritor hace falta leer, conocer, tener experiencias buenas —y sobre todo malas—. Ninguna persona en plenitud escribirá algo nuevo; por eso hay que enfrentarnos a libros buenos y malos, conocer historias de seres imaginarios y reales, el amor y el desamor. Desde cómo Emma Bovary le es infiel a su marido, de cómo el renombrado Conde de Monte Cristo planea la venganza contra todos los malditos que le hicieron pasar una eternidad en la cárcel, saber el modo en que te puedes defender de los vampiros según la novela de Bram Stocker y conocer a los cronopios, a los famas y a los esperanzas de Julio Cortázar.

Arriesgarse a escribir es un acto de valentía: escribir es arriesgarse a ser leído. Y si queremos que nos conozcan en este mundo, que alguien sienta lo mismo que nosotros cuando colocamos toda nuestra ficción en una página en blanco, que encuentren cómo unimos esas infinidad de estrellas para que nuestros barcos naveguen en ciertas direcciones, leamos, escribamos y conozcamos esas perspectivas tan variadas que tenemos, no de otros, sino de nosotros mismos.

 

*Miguel Ángel Galindo Núñez
Publicado en la edición Núm. 12

*Estudió la maestría en Literatura Hispanoamericana y es profesor de lengua y literatura en la Escuela Preparatoria 20. También es promotor de lectura por parte de la Secretaría de Cultura y tallerista con “Senderos de lectura. Lectores por Jalisco”, columnista del periódico am Express de Guanajuato, y locutor del proyecto «Las 9 noches».

La tienda de dulces

El olor del azúcar inundó el lugar, la melodía de una caja de música resonaba cada casa y embriagaba a los oyentes, atrayéndolos hacia aquel lugar de aromas fuertes e irreales dimensiones. Un hombre de extravagante traje y asombrosa altura que recibía a las personas y de su sombrero de copa colgaba un letrero en madera obscura.

“TIENDA DE DULCES” decía en letras casi ilegibles, mientras el portero sólo masticaba sonriente chicle, manteniéndose recto todo el tiempo, mirando directamente a las personas, dándoles a cada uno una pequeña paleta de color rojo. ”Bienvenidos”, decía a cualquiera que se acercara y con los ojos bien abiertos observaba a los humanos, viéndolos caer en la trampa que hacía más de 100 años seguía funcionando.

Las sonrisas y carcajadas se desbordaban en el lugar, escuchándose en toda la calle. Esas expresiones aburridas y deprimidas eran remplazadas por divertidos rostros llenos de chocolate y caramelos, embarrados hasta los pies en azúcar y jarabe. Sin excepción, toda la cuadra había perdido la cordura dentro de esa tienda.

Los niños comenzaban a agotarse de llenar sus bocas y bolsillos de caramelos, sus pequeños cuerpos empezaban a hincharse y sentía que algo dentro de sus tórax explotaría. Puf, sonaba mientras de los estómagos salían dulces a montones, de adentro hacia afuera explotaban sus entrañas llenas de melaza. Y los demás comensales parecían no haberse enterado de aquello, pues siguieron comiendo, pisando algunos de los restos de los que habían perecido. Mientras más comían, la cordura y humanidad se iba desvaneciendo de su mente siendo remplazada por el pensamiento de comer hasta acabar con aquellos dulces y chocolates. Cada bocado que daban era un paso más cercano a la locura.

Estanterías llenas de caramelos inimaginables, una fuente de chocolate al centro, interminables pasillos con miles de hileras de los dulces más exquisitos. Los sonrientes rostros por todo el lugar, cada uno comiendo de todo lo que pudiese servirse y algunos más masticando a otros. El interior de aquellos compradores estaba tan repleto de azúcar que su sangre sabía a fresa con crema batida, su piel a turrón y su carne a chiclosos de caramelo con café. El mejor dulce que podría ofrecer la tienda eran sus propios clientes.

Sin gritar siquiera, las personas se mordían mutuamente, colapsando en los pasillos, arrancándoles trozos de piel y músculos. Algunos seguían comiendo los deliciosos y adictivos caramelos, mientras que otros se comían a sí mismos, probando su sangre sabor fresa y su piel de turrón. El aroma a viejo y olvidado se mezclaba con el característico aroma a óxido de sangre, poco a poco cada cliente que había entrado comenzaba a marearse y caía sin cuidado sobre el suelo. Quienes aún podían moverse, desesperados lamian los charcos hasta que perdían la conciencia.

Y de nuevo, como miles de veces había sucedido tiempo atrás, las personas caían bajo los efectos del azúcar hasta enloquecer.

—Maravilloso —mencionó el portero al asomar su cabeza dentro de la tienda—, ahora, al siguiente pueblo —la tienda comenzó poco a poco a desinflarse, hasta quedar compacta en un maletín, el cual  tomó con una mano y comenzó a caminar hacia adelante, murmurando algunas cosas incomprensibles en un idioma inexistente.

 

 

Laura Susana García Gámez
Preparatoria 9
Publicado en la edición Núm. 12

El levantamuertos

El calor era intenso y húmedo. Todo mi cuerpo atentaba con derretirse si un sólo rayo de sol chocaba contra mi delicada piel; me encogía bajo la sombra de un edificio. Publicidad de decenas de años atrás se seguía viendo erguida pobremente sobre lo que alguna vez fue un espectacular. A veces los veía con nostalgia y otras con odio. Otras veces sólo los veía.

Cansado y agazapado por el clima me adentré a mi refugio de escombros. Hacía mucho tiempo que la gente había dejado esta ciudad. La realidad es que la mayoría había muerto y los que no se habían ido lejos para olvidar el dolor.

Yo no tenía a quién llorarle, así que decidí quedarme y tratar de buscar una razón para no suicidarme cada mañana. Hasta ahora iba bien, creo.

Como fuera, después del “desastre de agosto“ (ese fue el nombre que los medios de comunicación le dieron) México estaba bastante jodido. Créeme, se puede más. Aunque era una cosa buena, ya no sufríamos de problemas con el narco ni con los enfrentamientos en Oaxaca y mucho menos con la corrupción, la devaluación del dólar. Ahora sólo me preocupaba no morir ni matarme.

Todos los días me vendía la idea de que mi existencia era muy cómoda. No poseía ningún miembro extra, tampoco había tenido que vender mis órganos al inicio de la guerra. Vivir recolectando cadáveres no era tan malo.

Ese era mi trabajo. Yo metía las manos entre los titanes de concreto en busca de los pobres que quedaban debajo. Las víctimas inocentes de una guerra que no era suya eran mi especialidad, sobre todo los niños y mujeres.

Rara vez me pagaban, rara vez exigía un pago. Todos merecemos un entierro digno.

En sus años mozos el edificio que me ofrecía un refugio había sido un bonito complejo departamental. Familias enteras quedaron atascadas entre las paredes, estaban sepultadas y habían quedado en el olvido.

Muchas de esas pobres almas no saldrían jamás de lo que fue un hogar pero yo hacía mi intento; me daba una semana en cada lugar y luego seguía.

—Hey —escuché a lo lejos.

Envuelta en harapos se movía como cascabel en el desierto. La guerra nos convirtió en seres extraños, todos estábamos un poco mal pero ella nos superaba.

—Jamás creí volver a ver tu trabajo —arrastró las sílabas. Es raro poder hablar con alguien en estos días. Usualmente todos están muy muertos o muy tocados.
—Yo tenía fe de que nuestro siguiente encuentro fuese metiéndote en un hoyo y cubriéndote con tierra —le respondí.— Después de todo, esas son mis reuniones habituales entre amigos.

Sonrió. El viento jugaba con su burka de manta mugrosa y corrió hacia mí; la tarada por poco le rompe el cráneo a una anciana mayor que estaba limpiando pero me dio gusto verla. Al menos esta vez la caché a tiempo.
Se sentó junto a mi plancha de trabajo y me contó sus aventuras mientras envolvía a mis pacientes. Sólo me quedaba ella para acabar con aquella zona y seguir al sur, posiblemente en compañía de Xóchitl.

—Entonces, Miguelito —me dijo pasándome una de sus latas de elotes—. ¿Cuándo piensas dejar de enterrar gente?
—Cuando dejen de morir, o cuando me entierren a mí. Lo que pase primero.

Nos reímos. Dejamos que la estrella luminosa se alejara y diera paso a su hermana pálida y bonita para ponernos al día.

Al parecer los del norte habían levantado un pueblo cerca del Lerma, en el sur seguían viviendo en la selva y para lo que fue la capital había epidemia de cólera; igual ellos tenían personas para dar y regalar.

Pablo había muerto en la capital y Julia se había perdido entre las cortinas de arena. Sólo quedábamos Xóchitl y yo.

—Hay que viajar juntos Migue, como cuando éramos chavos y salíamos a tirar barrio.
—Ya no tenemos 15 morra, andar en grupo esta cabrón.

Por más chingones que fuéramos era más fácil morir, más difícil avanzar y  encontrar comida. Yo me robaba lo que estaba en las casas o enterrado y era útil, pero con ella al lado sería más difícil, sobre todo la parte de enterrar y limpiar cuerpos.

—Ay, qué mamón eres.
—Simón.

Entonces se quedó callada y se quitó su burka. Se veía gorda, pero no le dije nada porque luego se ponía como gato de monte y no quería tener ningún miembro roto.

—¿No notas nada?
—¿Habría de haber algo distinto?
—Estoy embarazada.

Toda la sangre se me fue del cuerpo y el alma se me cayó a los pies. Antes de que pudiera preguntarle nada ella me miró y dijo:

—Ni creas que es tuyo, pinche homosexual, es de Pablo.

Luego empezó a llorar como posesa, haciéndose bolita alrededor de su panza protuberante y encogiéndose, como niña golpeada. Era tan frágil y pequeña y su largo cabello le caía en la cara húmeda.

Pobre chica, casi me estaba convenciendo para quedarme con su niño pero aún seguía molesto por el insulto a mi orientación sexual. Todavía tenía un poco de trauma por mi vida anterior.

—No quiero que nazca —dijo entre baba, mocos y pelo—. No quiero que nazca en el infierno.

Observé en silencio y sentí su dolor. Era profundo, pesado y muy oscuro. Era un dolor lleno de miedo y desesperación porque era un dolor real. Casi podía sentir su dolor como mío.

Después de unos minutos de jadeo, Xóchitl se volvió a sentar y no dijo ni una sola palabra más.

—Si tanto te preocupaba, ¿por qué continuaste con el embarazo?

Levantó la vista y me rompió el corazón. Con los ojos como noches sin luna, ocultos en la cueva de sus ojeras, me lo dijo todo sin hablar.

Continuó el embarazo por Pablo. Porque se amaban, y él era de ella y ella de él.

Mi cuerpo me obligó a abrazarla fuerte y lloramos juntos. Ella por él y yo por ellos. Nos derramamos hasta el amanecer y nos secamos con el nacimiento del sol.

Era una mañana hermosa, tanto que decidimos no hablar para no arruinarla, sólo nos mirábamos mutuamente esperando a que algo nuevo sucediera.

—Lo extraño mucho —dijo pesadamente, arrastraba cada sílaba con una gran tristeza, muy lento, como si así doliera menos.

Luego volvió a llorar. Su llanto era tan margo que olía a café quemado y a té de chaparro amargo. Las pocas hierbas se secaban bajo tales lágrimas y a mí se me iba marchitando el corazón.

La pobre estaba muy embarazada y sola en el fin del mundo. Parecía que iba a explotar en cualquier momento, que de la panza le iba nacer una nube muy negra de tristeza y soledad. Parecía que en vez de un niño fuese a dar a luz a una bola de depresión.

Con los ojos en blanco se levantó de su esquina. Mientras gemía pesada y lentamente caminó lejos, se detuvo frente a una de las tumbas que hice y se dejó explotar del pecho hacia afuera, de la panza hacia afuera y la cabeza hacia arriba. Como en esas series antiguas, como en las películas de terror. Ella gritó y luego puf.

Explotó de tristeza, impotencia y coraje. Su corazón se convirtió en dinamita y sus lágrimas en gasolina. El sol fue el detonante. Xóchitl, la flor más hermosa del ejido, decidió inflarse como pez globo y que el viento se llevara su cuerpo, como las flores de león.

Y yo sólo vi desde mi escondrijo, en silencio, como un buen espectador. La vi deshacerse y convertirse en lluvia roja, tan roja como los ojos de un ratón.

Me hubiera gustado poder enterrarla.

 

Laura Susana García Gámez
Preparatoria 9
Publicado en la edición Núm. 12

Pisando firme Isis Lizbeth de la Torre Ortega Preparatoria del Centro Universitario UTEG Américas

Pisando firme
Isis Lizbeth de la Torre Ortega
Preparatoria del Centro Universitario UTEG Américas

Ángel

La belleza detrás de la maldad Aislinn Arguelles Rojas  Preparatoria Regional de El Salto

La belleza detrás de la maldad
Aislinn Arguelles Rojas
Preparatoria Regional de El Salto

Estoy al borde de la desesperación. No sé dónde estoy ni cuantos días llevo aquí, o incluso si tengo familia. Lo único que recuerdo es que estaba esperando a mi novio en la parte trasera de un restaurante. Creo recordar que me llamo Megan. La estancia donde estoy es fría y obscura, y recibo comida por una compuerta, no sé quién me tiene aquí y eso hace que cada vez tenga más miedo.

Estaba sentada en un colchón viejo y sucio, cuando el rechinido de la compuerta interrumpió mis pensamientos. Poco a poco una mano introdujo una charola con comida y un periódico, me incliné para recogerlo y vi que la fecha estaba obstruida con marcador negro y a un lado escrito: “Hasta mañana, dulces sueños, mi ángel”. ¿Qué me trata de decir con esto?
Grité: “¡Púdrete en el maldito infierno, vendrán por mí!”. Pateé la charola y le dije a quien sea que estuviera de tras de la puerta: “¿Qué es lo que quieres de mí?… ¡Maldita sea!”. Entonces vi la perilla girar, sentí un frío aterrador recorrer mi cuerpo, mi corazón latir tan rápido que creí que se me iba a salir y escuché una voz:
—Hola Elena, aunque prefiero “ángel”, me gusta más. Ángel, no es justo desperdiciar la comida, hay personas que no tienen—.

Estaba caminando por toda la habitación y no me quitaba los ojos de encima,  me ponía nerviosa, estaba en shock, no tenía palabras, quería matarlo pero tenía pavor de que me pudiera hacer algo.
—¿No tienes nada qué decir? —pronunció—. Bueno, ponte cómoda porque no saldrás de aquí y maldecir no es digno de una dama, ángel. Cuida esas palabras, porque las consecuencias no te gustarán.
Cuando ya iba camino a la puerta para salir, le dije:
—No me llamo Elena, ni quiero que me llames “ángel”.
Al escuchar esto se giró furioso y camino hacia mí. Con voz fuerte exclamó:
—¡Ya no existe tu vida pasada, olvida todo, absolutamente todo, ahora ésta es tu vida!
Dio vuelta pero en cuanto iba a dar un paso, dije:
—¿Quién eres?
Volteó a verme y puso sus ojos sobre los míos, eran verde esmeralda y con una sonrisa sarcástica respondió:
—Logan, mucho gusto, ángel.
Se dirigió hacia la puerta y lo último que se escuchó fue el cerrojo atrancar.

***

Ya han pasado 13 meses y no sé si es correcto sentirse aliviada o sin interés alguno por seguir aquí. Me estoy acostumbrando a ello. Son constantes las visitas de Logan, no me ha hecho daño y la idea del chico violento, malo y posesivo se ha ido de la mente. Pero la pregunta que me asecha día y noche es ¿qué quiere de mí y por qué estoy aquí?

Estaba recostada y sentí una mirada, giré mi cabeza y vi a Logan observándome como si fuera una escultura.
—¿Hace cuánto estas ahí?
—Hace un par de horas. Eres muy linda cuando duermes y me pregunto qué pasa por tus pensamientos… Además, quiero asegurarme, por supuesto, que soñaste conmigo.
Torcí los ojos.
—¿Me puedo acostar? —lo escuché decir. No respondí.
—Creo que eso es un sí —respondió.
—¿Logan? —dije.
—¿Sí? —me contestó.
—¿Qué es lo que quieres de mí?
Hubo un silencio incómodo por unos segundos.
—Cuando estoy contigo no me siento solo, eres mi ángel y si no te tengo nadie más te podrá tener. Nunca dejaría que te lastimaran, mi ángel.
Hubo otro silencio más largo, Logan hizo que me acercara a él y me abrazó de una manera que no podía escapar de su regazo, era demasiado fuerte. Le pedí que me soltara, pero ya se había dormido. En un susurro le dije:
—No sé qué pensar de ti. Debería estar gritando porque estás aquí, sentir pánico. Lo raro es que no es así, me siento segura, protegida y temo sentir algo por ti. Siento decirte que el que me está haciendo daño eres tú.
Se escucharon unas fuertes pisadas del otro lado de la habitación y que alguien forzaba la manija para abrir. Grité:
—¡Logan, hay alguien más aquí!
Logan se levantó de la cama rápidamente, me levantó y me dijo que no hiciera ruido alguno. Hubo un grito:
—¡Abran o tendré que utilizar la fuerza!
Logan sacó un arma de sus vaqueros y me colocó detrás de él. Esperó a que hicieran su siguiente movimiento. Se escuchó la puerta caer, me sobresalté. Vi cómo entró un hombre con un arma apuntando hacia él, le pidió que me soltara. El hombre dio un paso hacia mí queriendo tomarme por el brazo.
—No te le acerques más —gritó Logan.
Todo pasó tan rápido. Logan me aventó hacia el piso, me pegué en la cabeza contra la pared y lo único que alcancé a escuchar fueron unos cinco disparos.

Me dolía la cabeza, me sentía confundida, miré alrededor. A un lado mío yacía Logan con un disparo en el estómago. Me acerque a él, estaba pálido, sudaba frio, entonces me miró con una sonrisa melancólica. No sé en qué momento fue pero una lágrima recorrió mi mejilla. Susurrando me dijo:
—Tranquila, ángel, no llores, ya lo arreglé.
Miré hacia enfrente, ahí estaba el hombre con su placa de policía, con varios disparos en su torso. Me giré hacia Logan y recostándome en su hombro, me dijo con dulzura:
—Eres mía Elena, siempre estarás conmigo, estaremos juntos y yo me encargaré de eso.
Al instante escuché otro disparo, mis ojos se abrieron inesperadamente, al segundo siguiente sentí mis párpados muy pesados y un dolor insoportable en mi cintura. Los labios helados de Logan rozaron los míos y susurraron:
—Serás un hermoso ángel, mi pequeño amor.

 

 

Ayleen Cristina Meza Oloño
Preparatoria del Centro Universitario UTEG Zapopan
Publicado en la edición Núm. 12

Cierra los ojos

Memorias después de la muerte Jürgen Alexander Carmona Espinoza Preparatoria 12, Módulo Tlaquepaque

Memorias después de la muerte
Jürgen Alexander Carmona Espinoza
Preparatoria 12, Módulo Tlaquepaque

Abrió los ojos sobresaltada. ¿Qué había sucedido? ¿Había tenido una pesadilla? ¿Qué estaba pasando? Su respiración estaba agitada y no podía evitar sentir que algo se le escapaba de las manos, y al tratar de recordar sólo se volvía más borroso.

Tomó aire un par de veces y se incorporó dejando que sus manos tocaran el colchón, pero sólo sintió un par de hojas frías. No quería levantar la mirada, pero estaba segura de que era lo mejor, aunque se quedó un tiempo tocando aquellas hojas. ¿Dónde estaba?

Farah levantó la mirada con miedo de lo que iba a encontrar una vez que mirara más allá de sus piernas. Tenía miedo, su cuerpo temblaba sin control y sentía cómo dentro de ella algo se oprimía.

El miedo la estaba paralizando, pero aún así se atrevió a mirar. Estaba en lo que parecía ser un bosque, pues a su alrededor sólo había árboles que se alzaban sobre ella de una manera amenazante. Su respiración se cortó, no podía pensar con claridad y su cuerpo temblando de esa manera hacía que todo dentro de ella se rompiera. Era normal que estuviera asustada, era una chica débil que le tenía miedo a todo.

Apretó sus labios al mismo tiempo que sus puños trataban de reprimir el temor que la invadía, pero le resultaba imposible, el miedo la había dominado completamente. Bajó su mirada hacia sus manos, las vendas seguían adornando sus muñecas como un mal recuerdo de que no tenía control sobre sí misma y bajó el camisón blanco que llevaba se alcanzaban a notar algunos rasguños que ella se había ocasionado noches atrás, aún estaban rojos y dolían con sólo tocarlos.

Las lágrimas no tardaron en aparecer, la frustración que sentía en su pecho incrementaba cada segundo que pasaba en ese lugar, realmente quería volver a ser la niña que sólo se preocupaba por tener buenas calificaciones y amigos; pero Farah sabía que esa niña había muerto tiempo atrás, quitando su mundo de fantasía y llevándola de golpe a su cruel realidad que terminó por volverla loca.

El viento alborotó su cabello pelirrojo que caía por sus hombros, a veces era lo único que le recordaba que seguía con vida; el viento siempre estaba cuando más lo necesitaba, la hacía sentirse fuerte, la animaba a continuar, porque Farah siempre había creído en que como el viento, algún día las cosas dejarían de afectarle.

Con sus manos quitó su cabello que le cubría todo su campo visual y se puso de pie tambaleante. Sus piernas le ardían y sus muñecas le pesaban, sentía que en cualquier momento caería al suelo, pero se obligó a seguir, necesitaba encontrar una salida de ese mundo, de sus propios demonios.

Empezó a caminar en línea recta, pues parecía que la única manera de seguir era caminar por aquel tenebroso sendero. Tenía frío y sus nervios no ayudaban en nada, pero Farah sabía que su voluntad era mucho más poderosa que cualquier demonio que intentara frenarla.

“No mueras sin mí, Farah”, aquellas palabras hacían que la pelirroja sintiera que aún quedaba una esperanza por la cual vivir. Su mejor amigo Leonel contaba con ella, no podía defraudarlo. Habían hecho una promesa desde que eran niños y no importaba que ella estuviera en aquel hospital psiquiátrico, seguían unidos por un lazo mucho más fuerte que la sangre, pues Farah lo consideraba un hermano y siempre se recordaba que la familia no termina con la sangre.

Sentía cómo su cuerpo le suplicaba para que parara, pero no podía hacerlo, algo dentro de ella le decía que era necesario continuar.

—No eres débil, no lo eres —se repetía constantemente.

Cuando por fin logró llegar a un claro de luz se detuvo, parecía que el sendero no tenía final. Se sentía perdida, quizá moriría en aquel lugar y rompería su promesa. Tomó aire tratando de reprimir las lágrimas que amenazaban con salir de nuevo, estaba aterrada, no quería morir, por fin lo entendía.

Una vez que logró calmarse volvió a caminar, sintiendo cómo el viento jugaba con sus cabellos y hacía que su piel se erizara por sus dulces caricias.

A lo lejos logró divisar una luz, por lo que con las últimas fuerzas que le quedaban corrió hasta ella, pero se detuvo de golpe cayendo de rodillas por lo que vio: frente a ella se encontraba una niña pelirroja con un oso de peluche en la mano y la miraba con una sonrisa.

—Es bueno verte otra vez —susurró la niña.

Farah se quedó paralizada observándola, ¿ya estaba loca?, ¿dónde estaba? Tantas preguntas se acumularon en su mente, hasta que se dio cuenta de que conocía aquel lugar, era el bosque dónde se había perdido cuando era pequeña, todo por tratar de huir de casa de sus tíos; tenía sólo cinco años.

No pudo reprimirse más y rompió en llanto sintiendo el sabor salado de sus lágrimas que bajaba por sus mejillas hasta su boca. Estaba viendo a la niña que alguna vez había sido, la que había muerto.

—Has llegado, debes saber lo que significa —la niña volvió a tomar la palabra y le dio la mano a la chica para ayudarla a pararse.

—¿Qué significa? ¿Acaso…? —el terror en la voz de Farah se hizo presente.

—Sí, estás muriendo.

El viento volvió a soplar con mayor intensidad que antes, haciendo que las hojas a su alrededor se elevaran y su cabello se revolviera aún más, pero por fin lo entendía. Aquel día había estado en su habitación después de haber ido a la sala común, su doctor le había prohibido convivir con los demás como castigo por haber cortado sus muñecas, así que era evidente que iba a recibir un castigo mayor por haber desobedecido las regla, pero todo empeoró cuando se puso agresiva y se lanzó contra una de las enfermeras.

Todo había sucedido en cámara lenta y lo último que recordaba era estar en su habitación minutos antes de que el doctor entrara, pero ahora por fin lograba recordarlo: le habían inyectado una droga letal, querían matarla. Después de todo, su expediente ya estaba sellado como una paciente sin cura.

—Es momento de cerrar los ojos, Farah —susurró el doctor con una sonrisa macabra antes de inyectarle aquella droga.

Abrió los ojos para encontrarse nuevamente en aquel bosque junto con la niña que la observaba con tristeza.

—Ahora lo entiendes, ¿no?

Farah levantó la cabeza, ¿acaso era momento de tomar la decisión más difícil de su vida? ¿Tenía elección entre vivir o morir? Tal vez ese era el final, era momento de abandonar todo por lo que había estado luchando.

—Es tu decisión, Farah. Después de todo, ya estabas muerta desde hace tiempo, moriste desde que decidiste matarme.

Los ojos de la pequeña se tornaron llorosos, aún era doloroso recordar cómo había acabado con la niña que había dentro de ella, ese día había sido una tortura, recordaba haberse gritado frente al espejo: “Esta no soy yo, no lo soy, para”, antes de romperlo.

Farah no pudo evitar sentir un vacío en su pecho, estaba muriendo, pero antes de hacerlo estaba teniendo una lucha interna entre quedarse o dejarse llevar. Era extraño, pues momentos antes su mayor preocupación era mantenerse con vida.

—Lo siento, yo no quería que todo esto ocurriera —las lágrimas hacían que la voz de Farah se quebrara.

—Somos humanos, es normal equivocarnos —la pequeña trató de sonreír.

—Lo siento, realmente lo siento, por favor perdóname —Farah apretó los puños, haciendo crujir algunas hojas por la presión.

—Te perdoné hace mucho tiempo, después de todo siempre hemos sido una sola— susurró encogiendo los hombros.

Aquellas palabras se clavaron en su pecho haciendo que por un momento perdiera el aire; pero la niña tenía razón, ahora sólo faltaba que ella se perdonara por todo lo malo que había hecho.

Sus hombros temblaron mientras trataba de incorporarse para ver a la niña, el viento hacía que su cabello cubriera su rostro, pero eso no impedía que lograra verla, era tal cómo la recordaba.

—Lo siento Leonel, pero no pude cumplir nuestra promesa.

Farah no vaciló al momento de tomar la mano de la niña, había tomado su decisión. Todo a su alrededor se volvió blanco, después de todo, había decidido cerrar sus ojos.

 

Etzalli Pardo Zepeda
Preparatoria 6
Publicado en la edición Núm. 12

La consciencia de la muerte

Encuentro personal Daniela Cervantes Castellón Preparatoria Regional de Autlán de Navarro

Encuentro personal
Daniela Cervantes Castellón
Preparatoria Regional de Autlán de Navarro

La noche se había impuesto ya sobre el crepúsculo hacia muchas horas. Había perdido la noción del tiempo viendo aquella película hollywoodense que insistía en que buscara mi destino. Salí a recorrer la misma callejuela de siempre, tan tétrica como de costumbre. Sin luces, con olor a los orines de algún borracho que se quedó tirado. Justo al final miraba la tenue luz que salía de la casa del drogadicto que tenía por vecino.

Cuando aún vivía con mi madre ella me decía que dejara de salir tan noche a la calle, que algún día un tipo se aprovecharía de mí. Yo siempre me burlaba y le respondía:  “Tu hija morirá virgen”, ignorando que cuando me salí de la casa hacía mucho tiempo que yo no era virgen, así que podía seguir escudándome con la misma mentira que ni yo me creía.

Irónicamente, cuando caminaba por la callejuela esos recuerdos invadieron mi cabeza. Quizá eran una premonición de lo que se aproximaba. Jamás olvidaré esa sensación de terror que me invadió al sentir justo detrás de mí la respiración de aquel tipo que olía a alcohol y orines, que parecía no haberse bañado en semanas y que además me daba casi el mismo asco que siento por mí misma en este momento.

Recuerdo a la perfección la sensación de tener en mí yugular su fría navaja. Aún tengo grabadas en mi memoria sus malditas palabras: “Si no gritas quizá te deje vivir” y cómo, al mismo tiempo, ponía sobre mi boca su inmunda y repugnante mano. Lo mordí con todas mis fuerzas y él sólo me volvió a decir: “Estoy tan acostumbrado al dolor que tu mordida es para mí como una caricia­­”. En ese momento supe que conocí al diablo hecho humano.

Tomó mis manos, me estrujó por la cintura y me llevó a su auto. Antes de subir me golpeó en la cabeza tan fuerte que dejé de sentir el frío de la noche, hasta que perdí el conocimiento.

Para cuando desperté ya no estaba en el auto. Me encontraba en lo más parecido a las cloacas que había conocido en mi vida, atada de pies y manos. Por un momento me sentí en un escenario de película de terror, y en ese instante mi verdugo entró en escena. Por primera vez le vi el rostro. Tendría algunos cuarenta y tantos, su cabello estaba largo y muy sucio, su estatura se acercaba al 1.90 y sus dientes estaban podridos. Su aliento era similar al de un cadáver en descomposición y su apariencia era la de un vagabundo. Volvió a acercarse a mí y no dijo nada, sólo me lamió la cara como si disfrutara de un rico helado. Yo le rogaba que no me hiciera daño y que me dejara ir. Él ni siquiera me escuchaba, siguió haciendo lo mismo.

Volvió a acercarse a mi oreja derecha para decirme la aberración más horrible que yo había escuchado en mi vida: “Desde hace meses te observo, eres como un pastelito, joven, dulce y muy linda; ideal para cogerte, pero como sé que tu jamás te acostarías conmigo tuve que raptarte para disfrutar de ti. Te voy a tener que violar”.

En ese momento sentí que el corazón se detenía, que la sangre ya no llegaba a mi cerebro. En verdad deseé estar muerta, dejar de respirar, dejar de oír y de sentir. No quería que aquel hombre me hiciera suya, me daba asco.

Yo le grité que sólo muerta sería suya, que antes me matara porque yo no quería vivir una sensación tan horrible. Él se rió a carcajadas y se limitó a decir: “No, prefiero que veas cómo disfruto de tu cuerpo porque será la última vez que un hombre esté contigo”.

Volvió a sacar su navaja y con ella desgarró mi ropa. Primero me quitó mi camiseta de los Beatles, después siguió con mi pantalón de mezclilla que ya estaba rasgado por sí solos. Sólo dejó mi ropa interior y se alejó de mí por unos segundos. Noté  cómo me contemplaba en ropa interior y cómo disfrutaba verme muerta de terror.

Nunca había odiado a una persona tan intensamente en tan poco tiempo. En ese momento me arrepentí de haberme vestido con un sexy brasier y pantaletas de encaje.

Cuando lo vi abalanzado sobre mi pensé en todas la veces que me había acostado con otros hombres, en cómo fingía placer para recibir dinero de ellos, porque a eso me dedicaba. Era un joven prostituta. A mis 18 años ya había perdido la cuenta de todas las veces que lo había hecho. Para mí era totalmente normal tener sexo todos los días. Así que pensé en fingir placer, tal vez así el desgraciado me dejaría vivir, sin imaginarme que sería peor.

Cuando comencé a fingir el orgasmo mi maldito agresor se molestó y me ladró: “Algo estoy haciendo mal, no quiero que sientas placer, tu sufrimiento me excita, así que tendré que tomar otras medidas”. Sacó de nuevo su navaja y el muy desgraciado comenzó a  hacer pequeños cortes en mis senos. Yo comencé a gritar de dolor. Me sentía indefensa, humillada. No podía entender cómo cabía tanta maldad en una persona. Él comenzó a disfrutar de su acto aún más, mientras yo moría lentamente.

Sus penetraciones eran tan intensas que desgarró mi cérvix. Yo ya no soportaba el dolor interno, ni el de mis pechos. Su mirada de placer me causaba un repudio enorme y la impotencia que sentía al no poder hacer nada me estaba matando también el alma. Me sentía mareada y aturdida como cuando me golpeó en  la  cabeza y de nuevo perdí el conocimiento.

No sé cuánto tiempo estuve inconsciente. Para cuando desperté el sol me encandilaba y ya no estaba en las cloacas de la noche anterior. Me encontraba envuelta en una sábana manchada de sangre abandonada a orilla de la carretera, frente a un edificio en construcción. Quise buscar algún conductor que pudiera ayudarme pero no se miraba pasar a nadie, raramente la carretera estaba completamente desierta. Comencé a caminar, con todo el dolor, como era de esperarse.

Llegué hasta una casa muy bonita y entré con la esperanza de encontrar a alguien pero estaba vacía. La puerta estaba abierta así que entré. Recorrí todas las habitaciones y en una de ellas estaba extendido sobre la cama un lindo vestido blanco y a su lado unas zapatillas del mismo color. Ninguno mostraba señales de uso y al estar completamente desnuda me adueñé de ambos para arroparme. Frente a mí había un espejo donde podía ver los golpes que tenía en la cara y mi cabello completamente desordenado. Entré al baño a lavármela y ahí había un cepillo que usé para arreglarme un poco.

No estaba muy segura de volver a mi casa, así que acudiría con la única persona con la que me sentiría segura: mi madre, a la que hacía tres años que no veía, los mismos que tenía de prostituta. Supuse que al principio no me aceparía pero sabía que con el tiempo me perdonaría.

Cuando llegué a su casa toque la puerta, ella la abrió y al verme la volvió a cerrar como si no hubiera visto a nadie. Por más que le supliqué que me recibiera ella no volvió siquiera  acercarse a la entrada, hasta que me di por vencida y esperé afuera. Me resigné a bordarla en la primera oportunidad que saliera. Para cuando salió ya habían transcurrido cerca de tres horas. Le hablé pero ella me seguía ignorando. Iba vestida completamente de negro. Supuse que se dirigía al cementerio a ver la tumba de mi padre, pues si mis cálculos no fallaban era su aniversario de muerte número 13. Así que decidí alcanzarla en la tumba yéndome por un atajo.

Al llegar al cementerio me senté a esperarla unos minutos. Me pareció raro verla venir hacia mí en compañía de unos hombres que cargaban un ataúd. Ella se miraba muy triste, parecía que había llorado por muchas horas seguidas.

Cuando llegó hacia a mí y de nuevo me ignoró me llené de terror y comprendí una cosa: la persona por la que mi madre lloraba y se vestía de luto era yo. La persona del ataúd era yo, mis deseos se habían cumplido…

Nunca en mi vida había deseado abrazar a mi madre como en ese momento. Le quería pedir perdón por haberme convertido en lo que fui, por haber mandado a la basura todo su esfuerzo para sacarme adelante a pesar de que mi padre nos dejó. Le quería decir que la amaba cuando ya no podía. Me sentía más impotente que en el momento en que aquel monstruo estaba abusando de mí.

La tumba se abrió y metieron mi ataúd, mi madre con el alma destrozada y la voz quebrada me dijo sus pablaras de despedida: “No sé si me escuches o lo sepas pero en este momento te pido perdón por no haber estado a tu lado, por no haberte dado la atención que te merecías. Siempre quisiste volver a ver a tu padre, ahora espero que se reúnan y sean muy felices. Nunca olvides lo mucho que te amo. Descansa en paz, hijita mía”.

Hubiera querido detener el tiempo y nunca haberme ido de su lado. Siempre viví de prisa, sin valorar lo que mi madre me ofrecía, preferí la calle y sus placeres. Para cuando quise enderezar el camino ya era demasiado tarde.

Estaba confundida no sabía que esperar. Cuando mi madre se fue me quede sola y apareció un hombre que hacía años no veía; mi padre. Lo abrace y llore desconsolada, le conté todo lo que había vivido.

Él sólo me miró, me abrazó y me susurró al oído: ­– Despierta, mi pequeña Alice, ve y vive tu vida que aún no es tiempo de que estés conmigo. Te amo.

Eran las 12 del día. Me levanté con la peor resaca del mundo, envuelta en una sábana blanca, había tenido el sueño más raro de mi vida y no estaba segura si creerlo pero sabía a dónde dirigirme y lo que tenía que hacer.

 

Elizabeth García Gómez
Escuela Regional de Educación Media Superior de Ocotlán, Módulo Tototlán
Publicado en la edición Núm. 12

 

Brillando en nostalgia Aislinn Arguelles Rojas Preparatoria Regional de El Salto

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