Category Archive: Redecuentos

Ella murió sin amor, y yo de tristeza

Mamá era lo único que mantenía unida a esta familia.
Cuando papá nos dejó; a mi madre se le zafó la chaveta, y bastante supongo; una mujer que deja a sus padres para estar con el “amor de su vida”, embarazada a los dieciséis, cargando con toda la culpa.
Aquí entro yo… lo que arruinó todo fui yo, papá se lo gritó antes de irse. Me pregunto si tendré algún desorden mental; yo creo que sí, es el que me obligó a matar aves a pedradas y a escupirles a las personas.
¿Qué se hace con un cuerpo después de morir? Me lo pregunto todos los días.
Mamá realmente se esforzaba en hacerme sonreír, ahora mi tristeza la decepciona, mi cara larga y fría, tan fría como su cuerpo; ese cuerpo ahora tendido en la cama, y yo, en su regazo, desplomado.

¡Mamá!; le grito; una y otra vez; al mismo tiempo que limpio mis lágrimas en sus naguas.
Una. Dos. Tres. Cuatro horas tumbado en el umbral de su cama, su corazón dejó de latir, y su cerebro de funcionar, ojos abiertos, dilatados, echada, muerta, piel mallugada, morada, quebrada.
¿Eso es ahora mi madre?
Me mira fijamente, me suplica.
¡No mamá!; no me pidas que te entierre que de eso no soy capaz.
Pierdo la cabeza, la poca que tenía de hecho, y mi desorden despierta, y me tumba, sí; el mismo que me obligó a matar pájaros y a escupirles a las personas, ahora me hace pensar que mamá sigue viva.
¿Cuánto falta para que los gusanos forniquen con ella y las moscas comiencen a salir?
¿Cuánto falta para que el repugnante hedor emane de lo que una vez fue mi madre? Me exalto y grito. ¡No mamá, no me lo pidas!
¿Qué de hace con un cuerpo después de morir? Me lo pregunto.

 

Dylan Andrés Celis Soltero
Escuela Preparatoria Regional de Autlán

Los niños también lloran. Mariana Interián Rodríguez, Preparatoria del Centro Universitario UTEG Américas

Los niños también lloran. Mariana Interián Rodríguez, Preparatoria del Centro Universitario UTEG Américas

Los últimos 7 años del Sr. Paul

El señor Paul nunca fue una mala persona, gozaba casi siempre de buena salud, se mudó de la casa de sus padres a los 18 años. Terminó sus estudios como el primero de su clase. Solía acompañar a una pareja de ancianos en un pequeño parque todos los sábados quedando este justo a la vuelta de su casa. Su perro se llama Max y nunca lo abandonó.

El último cumpleaños de Paul fue hace dos semanas, se regaló así mismo un libro titulado El olvido está lleno de memoria, era perfecto, ya que gozaba de leer y escribir poesía que inundaba su día.
Al caminar por la acera los niños de la primaria le agradecieron por ayudarlos a cruzar la calle todas las mañanas, seguido de un “Que tenga un excelente día”, y en efecto: hoy sería un gran día, ya que hace tiempo había estado planeando este momento.

Hoy por la tarde, escribió un pequeño ensayo llamado: “El mejor día del resto de mi vida” donde narra cómo era su vida antes de este momento, las 7 Navidades  qué pasó solo deseando en cada una de ellas que el siguiente año fuera mejor que el anterior, los 9 San Valentines que transcurrieron desde que su único amor lo dejó hace muchas lunas, los 364 domingos que invitó a su familia a cenar y nadie llegó siquiera a la puerta, el como rescató a Max de una muerte segura para los dos, la razón de acompañar todos los sábados temprano a esta pareja de ancianos y ayudar a cruzar la calle a todos los niños del aula 4 cada mañana. Años de penas descritas en una limitada hoja de papel, una simple acción, un universo entero compactado teniendo un bolígrafo como verdugo y único testigo.

El señor Paul deja de lado el lápiz y el papel, con un pequeño salto se levanta de la silla para cometer sus buenas acciones del día: prepara una fuerte cantidad de alimento para su perro, limpia la casa detalladamente, coloca una señal de alto donde los niños pasan todas las mañanas con el objetivo de que no ocurra ningún accidente cuando él haga falta, hace una tarjeta de Navidad para sus dos hermanos, presenta una carta de renuncia en su tan agotador e incesante trabajo, hornea un pastel para sus vecinos ya ancianos y les avisa que el próximo sábado no asistirá al parque, con la excusa de que está enfermo y se quedara en casa un largo tiempo para descansar.

Después de esto cierra bien las puertas y ventanas de su casa, comienza hacer un hoyo en la pared, un tanto alto, por esto, debe subirse en una silla para trabajar,  cuando termina coloca un palo resistente y lo incrusta de manera en que éste sea firme, luego se da una ducha y viste con su mejor traje, aquel que se regaló a sí mismo el San Valentín pasado y le parece totalmente elegante y sofisticado. De nuevo sube a la silla, amarra una cuerda al extremo del palo en la pared y del otro lado de la soga, introduce su cuello. Quiere terminar con su vida.

Como lo dije antes, el Sr Paul no es una mala persona, pero carga con una vida que ya no quiere sostener. Toma un minuto para juntar el valor que necesita, el frío sudor cae desde su frente y siente una presión en el pecho. No está seguro de lo que pueda ocurrir a continuación, se inunda de miedo, quiere vivir, no de esta manera pero por ahora parece que es la única salida, él mismo se lo buscó, no cree en segundas oportunidades, ha dejado todo listo: el ensayo, la comida de Max, el pastel, la señal de alto, las tarjetas de navidad. No queda nada por corregir, no parece haber secuela ni peticiones por cumplir.

Éste es su momento. Sólo él puede decidir, vivir o morir, toma una pausa, ¿salta o baja de la silla?, considera que puede quitar la soga y bajar cuidadosamente, seguir con su vida, pero una voz en su cabeza le dice que no merece una segunda oportunidad, está contradiciéndose a sí mismo volviéndose loco. El peso de este momento cae sobre sus hombros, se pregunta si esto es valiente o cobarde, ¿Qué diría su madre si lo viera así? No puede siquiera pensar en ella. Todo es silencio en su mente por un minuto, las ideas de una manera increíble se organizan como nunca antes. Pareciera que el mundo se detiene a observar detalladamente, es extraño, ya que en ningún momento el mundo había pedido su opinión para algo y ahora quizá aparentara ser su amigo en una fracción de segundo.

Su inconsciente  emerge de pronto, justo ahí, donde guarda sus más execrables pensamientos y recuerda que anoche no durmió nada, su madre en este momento debe de estar preparando el almuerzo, sola como siempre, y casi puede olerlo, el coro de aquella canción tan amada, esa que escucha cuando se siente más que cansado comienza a sonar en su mente mientras se da cuenta de que el aire acondicionado ya no funciona y sigue pensando en el ruido tan extraño que hace el escritorio, su padre debe de estar trabajando mientras le grita a sus empleados como se lo hacia él. Su mente está clara, toma la decisión mientras una fría lágrima cae por su mejilla.

Lo logró.

 

Azul Alejandra Hernández Castro 
Preparatoria 20

Sísifo en lucha. Jesús Alejandro de la Torre López. Preparatoria Regional de Huejuquilla El Alto, módulo Mezquitic.

Sísifo en lucha. Jesús Alejandro de la Torre López. Preparatoria Regional de Huejuquilla El Alto, módulo Mezquitic.

Padre insensible

Era un hermoso día soleado, Jesús acababa de llegar de un paseo con sus amigos y esperaba el camión para ir de regreso a casa -sonó su móvil-:
-¿Qué pasa papá?
-Pasaré a recogerte a la prepa. Necesito que me ayudes a hacer el pozo.
-¿Pozo?- dijo Jesús un tanto confundido- ¿Para qué?
-¿Pues para qué más? Para tu perro-dijo el padre en un tono impaciente.
El sol se nubló, y una temible tormenta cayó dentro de aquel pobre y destrozado chico.
Era un hermoso día soleado, Jesús acababa de llegar de un paseo con sus amigos y esperaba el camión para ir de regreso a casa -sonó su móvil-:
-¿Qué pasa papá?
-Pasaré a recogerte a la prepa. Necesito que me ayudes a hacer el pozo.
-¿Pozo?- dijo Jesús un tanto confundido- ¿Para qué?
-¿Pues para qué más? Para tu perro-dijo el padre en un tono impaciente.
El sol se nubló, y una temible tormenta cayó dentro de aquel pobre y destrozado chico.

 

 

Erick de Jesús Aguilar Hernández
Preparatoria Regional De Tecolotlán

Los pensamientos. Kassandra Edith Muro Ramos. Preparatoria del Centro Universitario UTEG Américas

Los pensamientos. Kassandra Edith Muro Ramos. Preparatoria del Centro Universitario UTEG Américas

Todo comenzó con el terremoto

Grietas del Corazón. Emmanuel Romero Villegas, Preparatoria Regional de Etzatlán.

Grietas del Corazón. Emmanuel Romero Villegas, Preparatoria Regional de Etzatlán.

La tierra azotó Alquiranom sin piedad, casi como si fuera una señal de los terribles acontecimientos que venían. Durante una hora, el suelo que nos sostenía se tragó edificios, autos y personas, eso sin mencionar las réplicas que acabaron por derrumbar la poca moral que nos quedaba.
Los cadáveres llenaban las calles, se mantenían bajo los escombros tan grotescamente que nadie se atrevía a sacarlos. El presidente yacía enterrado al igual que los otros. No había nadie que pudiera ordenar el desastre en que nos convertimos.
Nuestro pequeño país estaba herido hasta lo profundo; desesperado y necesitado de un guía.
Fue ahí cuando él hizo su entrada.

El hombre se presentó sonriente ante los restos de lo que fue un próspero país.
Los medios no tardaron en alabar su elocuencia e inteligencia, por no mencionar el “apoyo”
que nos brindó. Todos lo adoramos en su momento. ¿Y por qué no habríamos de hacerlo?  Un bondadoso extranjero que llegaba a salvarnos; era justo lo que deseábamos.
Queríamos buscar una buena forma de agradecerle, y luego de la muerte del antiguo gobernante, fue sólo cuestión de tiempo para que las masas que clamaban su nombre buscaran su liderazgo.

Fuimos tan ilusos.
Estábamos tan desesperados por la esperanza que él nos brindaba que permitimos que un desconocido tomara el mando.
No pasaron ni seis meses cuando se reveló la verdad.

Nadie quería aceptarlo. Aquel que creíamos que sería un impulso positivo para el país terminó por volverse un problema aún más grave que el desastre natural que nos golpeó.
Eliminó todo rastro de autoridad superior a él. Tomó el control absoluto con tan sólo
su encanto y persuasión, sin embargo su gobierno fue cruel e intolerante. Una vez obtenido el poder ya no necesitó fingir más. Se transformó en la bestia que había ocultado bajo su sonrisa y unos perfectos dientes.

Comenzó por dominar los medios, sobornando a los directores de las cadenas de televisión y radio, y despidiendo -o desapareciendo- a aquellos que se negaran.
Se aseguró de que nadie se le opusiera.
Cuando los primeros brotes de rebelión iniciaron en las redes, él se encargó de eliminarlos uno por uno, y aunque ese trabajo demoró un poco, fue paciente. Sólo necesitó un par de horas  para que la milicia se hiciera cargo de cada rebelde que se sumaba. No pudimos saber qué les ocurrió, pero las teorías de una muerte dolorosa hacia los opositores nunca faltaron.
Ni siquiera se molestó por ocultarlo.

– Una lección- lo llamó él, advirtiendo sobre estas conductas en un discurso ensayado que pretendía ser alentador -. Cualquier rebelde será castigado dependiendo de su falta. Es por su bien. Estas personas son peligrosas; son el tipo de terroristas anónimos que buscan desestabilizarnos, por ello los cortaremos de raíz.

Y aunque ello sonó como amenaza, nadie hacía nada, estábamos aterrados. Cohibidos de los micrófonos y las cámaras puestas en cada esquina. Un sistema de vigilancia 24/7 que era fuertemente monitoreado por nuestra gente.
No los culpaba. Un trabajo así les daba lo suficiente para sobrevivir, y los años que se mantuvo esta situación, la economía fue tan mal que era más de lo que cualquiera pudiera soñar.

Nada entraba y nada salía de la frontera, por lo que la comida escaseaba el primer invierno luego del terremoto. La crisis alimentaria se mantuvo. Los primeros arrestos por canibalismo se dieron a conocer por publicaciones en Internet. Publicaciones que desaparecieron tan rápido como se descubrieron. Todos poseíamos el conocimiento de que las cosas iban terriblemente mal, aunque en la televisión, los reporteros comentaban que las cosas nunca habían estado mejor.
Luego de un par de años las elecciones de gobierno eran historia antigua. La gota que derramó el vaso fue aquel día en que se transmitió un discurso donde dio a conocer al próximo gobernante de Alquiranom: Su hijo, aquel al que el dictador llamó príncipe ante las cámaras.

A pesar de todo el terror, el desacuerdo total no se hizo esperar. Abucheos y marchas en las calles, miles de publicaciones en las redes, además de unos cuantos murales clandestinos satanizando al líder y a su recién nacido.
Estábamos furiosos, hambrientos… Nos quitaron todo, supongo que aquel pensamiento fue lo que nos motivó: No podíamos perder nada más.

Los primeros grupos fueron los que sufrieron la peor suerte. Recuerdo uno donde atacaron los centros comerciales, robando comida para repartirla. Tres días después, encontraron los cuerpos carbonizados; no faltaba ninguno.
Otro grupo intentó atacar una televisora. Salieron al aire durante aproximadamente cinco minutos antes de que terminaran la transmisión y no se les volviera a ver con vida. Los cuerpos putrefactos se encontraron dos meses después, estaban a las afueras de la ciudad y les faltaba carne en algunas partes del cuerpo. Se dijo que los animales trataron devorarlos al no tener comida, pero en las fotos que circularon por la red podían verse mordeduras humanas. No solo los animales padecían la hambruna.
El último antes del verdadero cambio fue el peor, no por lo que les hicieron, sino porque nos obligaron a observar.
El grupo, conformado por hombres, mujeres y niños, había tratado de llegar a la casa del traidor en una simple marcha sin armas. Sólo poseían sus voces, con las gargantas lastimadas y el estómago vacío.
Las cámaras de seguridad mostraron que no pudieron llegar muy lejos cuando la milicia atacó.
Los prisioneros se distribuyeron equitativamente en cada distrito. Vivos y magullados, con heridas sangrantes en brazos y piernas. Los transportaron hasta los centros de todas las ciudades, y frente a un público horrorizado, fueron apaleados hasta la muerte mientras bolsas cubrían sus cabezas y sus extremidades yacían atadas en el suelo.
El espectáculo se transmitió en vivo y por todos los canales del país.
Nadie pudo olvidar.
La rebelión se encendió como si fuera una chispa cayendo directamente sobre la pólvora. No podíamos traer a los muertos, pero queríamos vengar a los difuntos con todo lo que teníamos.

Sigo preguntándome cómo consiguieron tantas armas, sin embargo, estoy consciente de que los cabecillas de la rebelión llevaban planeando esto por un largo tiempo. Realmente no importa de dónde las sacaron, sino el uso que les dimos.
La guerra para recuperar el poder de nuestra nación nos ha llevado años. Muchas cosas
han pasado y la mayoría se ha manchado las manos de sangre con tal de conseguir la victoria.
Hemos hecho cosas horrendas de las cuales me arrepiento y avergüenzo al recordar; pero por otro lado, todo lo bueno que hemos obtenido lo vale, o eso nos dicen los líderes de los grupos armados.

Hoy por fin estamos por acabar con este mar de sangre que hemos creado.
Encontramos dónde se esconde aquel que prometió ayudarnos, aquel rey ilegítimo, emperador de la nada, y junto a un pequeño grupo de tres personas, terminaremos este caos.

Ya hemos hablado acerca del futuro, de todas las grandes cosas que haremos. De cómo le devolveremos el poder a nuestros ciudadanos y de la grandeza renacida que tendrá esta nación. Hemos sufrido tanto que la sola idea de aquel futuro brillante suena lejano, pero estamos lo suficientemente desesperados como para creerla.

Todos están dispuestos a hacer un último gran sacrificio por la causa, pero al cruzar la puerta donde se encuentra la bestia que nos ha traído tanta desgracia, no puedo ver a un monstruo, tan solo a un padre tratando de cubrir a su hijo con su cuerpo.
Logro reconocer al infante como el príncipe destronado y sé que no tendrán piedad en el momento en que me indican apuntarle a él también. La duda me carcome lentamente, haciéndome temblar y por poco suelto el arma. Sé que es solo otro inocente cargando con los pecados de su padre, pero no puedo interferir. No debo. No ahora.

Los segundos corren y momentos antes de ver el cuerpo, lo escucho hacer un sonido sordo en el segundo exacto en que la cabeza golpea el piso. El monarca maldito ha caído.
Sólo queda el niño y nadie más que el líder parece seguro de qué hacer a pesar de tener órdenes.

-Mátenlo.- Ordena la voz con mayor autoridad, pero nadie hace nada.
-No podemos hacer esto. – Habla uno de los rebeldes bajando su mano. Quisiera agradecerle por lo que no tuve valor de decir. -Es sólo un niño… No tiene la culpa de nada.
– Tiene razón. – Lo apoya un segundo, temblando un poco y bajando su arma de igual manera.

Los únicos que continúan con el brazo arriba, somos el líder de la misión y yo. La emoción me recorre la espina dorsal, animándome a hacer lo mismo, pero antes de poder retirar el frío metal de la cabeza del niño y declararme en contra de la muerte, el sonido de una bala cruzando la habitación me aturde.

Pasan los segundos y escucho un suspiro exasperado antes de otro disparo, pero el niño sigue en pie. A mi lado, mis compañeros se desploman con un hoyo en la cabeza. No puedo reaccionar correctamente. Mi sorpresa no puede expresarse en palabras cuando me doy cuenta de que el líder que nos prometió un futuro libre, fue la misma persona que le disparó a mis compañeros.
Siento el arma en la sien cuando me invade una epifanía. Este hombre que me apunta con el filo de su arma se convertirá en el siguiente traidor y la historia se repetirá.

-¿Tú actuarás como un hombre, o tendré que dispararte también? – Siento el metal acariciando mi cabeza, frío, mortal, y extrañamente, me hace sentir vivo.
-Nada cambiara, ¿no es cierto?- Logro preguntar. – Todo esto se trata sólo de un cambio de administración. Esto seguirá igual. – Él está tan cerca que puedo sentir su respiración. Me bastaría un movimiento rápido para apuntar a su cuerpo.

La respuesta es clara cuando asiente lentamente con la cabeza, y un disparo se efectúa en la habitación.

 

Carolina González Arellano
Preparatoria 13

Bad Reputation.  Areli Alejandra Ruvalcaba  Becerra, Preparatoria Regional de El Salto

Bad Reputation. Areli Alejandra Ruvalcaba Becerra, Preparatoria Regional de El Salto

Largo plazo

<<No puedo seguir con esto>> pensaba recostado en mi cama mientras miraba al techo. Mi esposa, Sonia, dormía aún a mi lado. Apenas con el rabillo del ojo miré hacia la ventana como un tonto, esperando un utópico sueño que sabía que jamás llegaría, pero no vi nada que no hubiera visto antes: la espesa neblina que invadía como de costumbre el exterior.

Mi mujer despertó poco después e inició su rutinario día: se levantó y se puso ropa sencilla, zapatos igual, salió hacia la habitación de los niños y los ayudó con el uniforme, luego bajó a la cocina a preparar el desayuno. Yo me tomé mi tiempo. He escuchado que hace muchos años, más de los que el padre de mi padre recordaba, el hombre y la mujer eran iguales y que incluso ellas llegaron a tener una activa participación en la sociedad, pero son sólo cuentos.

Había pasado todo el verano haciendo turnos dobles en el trabajo. Me puse mi uniforme y bajé. Ya estaban puestos en la mesa los niños; eran aún tan frágiles y pequeños. Sonia puso sobre la mesa unos huevos fritos. Me alegré de que hoy tuviéramos el doble de la semana pasada. Julio y Javier también estaban felices. No pude evitar sonreír, y Sonia tampoco.

— Coman ustedes, yo no tengo hambre–Dijo Sonia. Era la tercera vez esta semana que “no tenía hambre”. Me detuve a observarla: estaba ya tan delgada y pálida.

Hace algunos años que había comenzado la escasez, como solían llamarle por televisión. Ya había pasado tanto tiempo desde que prometieron que todo mejoraría, pero lo único que hacía era empeorar.

— Yo tampoco– dije, y dejamos que los niños comieran hasta el último bocado.

— Ahora váyanse, que para la cena aún quedan unos huevos– Nos motivó Sonia a dejar la casa. Hace mucho que habíamos dejado de tener tres comidas al día.

Caminamos al sótano juntos, y llamamos al ascensor, que siempre tardaba unos minutos en llegar. Tenía a Julio y a Javier tomados de la mano. Nunca olvidaré el día en que nacieron, cuando Sonia y yo nos enteramos que no era sólo Julio, o no sólo era Javier, eran Julio y Javier y no lo supimos hasta que vimos salir a ambos.

Aprecié un segundo el sótano, en su totalidad estaba vacío, a excepción del ascensor y unos viejos generadores que distribuían energía, principalmente a los filtros de aire que evitaban que termináramos asfixiados, repartiendo prudentemente raciones de oxígeno por toda la casa.

El ascensor llegó. Bajamos al menos 9 pisos y cuando llegamos al correspondiente, Julio y Javier se unieron a la fila de los de preescolar, y yo a la de los obreros. Pude notar que en la fila donde estaban mis hijos faltaban dos niños.

— Cada vez somos menos, ¿eh?– dijo un compañero– Este no es un lugar para niños.

— ¿Qué pasó con Rubén?– pregunté en tono discreto refiriéndome al padre de los niños que faltaban.

Respondió con un gesto en la mirada, y yo seguí la dirección que señalaban sus ojos, que me llevaron al final de la fila. Y lo alcancé a ver, cabizbajo, allá atrás. Había sido un pésimo verano, para unos más que para otros.

Para llegar a los túneles en los que estábamos trabajando tuvimos que atravesar un par de campos, proyectos del gobierno que jamás dieron frutos, literalmente sus cultivos estaban marchitos y sus ganados enfermos. Además, en el segundo campo se alcanzaba a ver un largo pasillo. Aquí se detuvieron algunos obreros. Era la sala de máquinas, el centro de control de la electricidad de los túneles y las casas. El resto de obreros caminamos hasta las minas.

Trabajé una jornada más larga de lo normal. Las minas estaban casi vacías.  Me encontraba ya tan cansado que sólo pensaba en volver a casa. Caminé casi automáticamente  entre los túneles y me detuve a mitad del campo. Me quedé quieto mirando cómo se llevaba a cabo el cambio de turno de los obreros que trabajaban en la sala de máquinas. Sabía que era el momento oportuno.

Llegué al ascensor y esperé por él. Salí al sótano y subí feliz las escaleras con mis reservas de energía y tomé aire para gritar <<¡Ya llegué!>> pero en lugar de ser recibido con besos y abrazos, como era lo usual, escuché sollozos, así que seguí el origen del sonido, y cuando atravesaba la cocina me detuve en seco, pues había vidrios rotos por todos lados, cajones desordenados y trastes en el suelo. El refrigerador estaba volteado, también en el suelo y completamente vacío. Supe lo que había pasado y recé porque no hubiera heridos. Encontré a Sonia y a los niños, por fin, en mi habitación, llorando ahora desconsolados y abrazándose con fuerza. Me uní a ellos en llanto y dolor. Esa noche dormimos juntos con la televisión encendida.

Desperté a mitad de la noche; nunca me había sentido tan débil y vulnerable, pero sobre todo sentía una enorme impotencia, tenía mis manos atadas. Lo mejor que podía hacer por ellos era trabajar tiempo extra, pero le faltaban horas al día para poder compensar las ganancias frente a las pérdidas, y aunque tuviera más horas, sentía que a cada paso mi cuerpo se desgastaba más de lo habitual. Mis brazos y piernas me exigían desesperadamente parar. La oleada de crímenes y asaltos a los hogares de familias honestas propiciaba la muerte por deshidratación y hambre.

Iba a la mitad de mi vida, pero mi vida no aspiraba a más, no había algo mejor, ni para mí ni para ellos, lo único que podíamos esperar era dolor, del que da tras varios días sin comer, el cansancio, pero sobre todo, el sufrimiento de ver a quienes más amas perecer frente a tus ojos sin poder hacer nada. No puedo con esto. Me levanté con cautela y dejé que mis instintos me guiarán. Sin darme cuenta, estaba en el sótano. Llamé al ascensor por última vez. Conté del uno al nueve los pisos que descendía. Los mismos que esta mañana. Atravesé los túneles con una sensación extraña en la garganta. Llegué al primer campo, y sentía la calma de la tierra con mis pisadas y cómo las semillas que jamás llegaron a ser plantas luchaban por salir para agradecer mis decididos pasos. Caminé lento pero firmemente al segundo campo, allá donde estaba el ganado, y noté que sus ojos suplicantes apoyaban mis pensamientos. Desde donde estaba alcancé a ver el inconfundible pasillo que había estado dibujado en mi mente desde el momento en que me levanté de la cama. Ahora mis piernas actuaban antes que de que siquiera se percataran de la situación, y de un momento a otro ya había atravesado el pasillo. En la sala de máquinas las luces titilaban, a punto de extinguirse. La sala estaba vacía, a pesar que estaba expresamente en la ley que jamás debía estarlo. La misión era bastante sencilla. Tomé un viejo tubo oxidado que encontré en el suelo; tenía una extraña mancha oscurecida de algún líquido que me resultó familiar. Busqué entre cables y máquinas mi objetivo, hasta que lo encontré. Tan solo hacía falta bajar el interruptor, y lo hice sin pensarlo demasiado. El panorama se hizo más lento y mis movimientos también. El aire se hizo más espeso, casi tangible, y respirar era cada vez más difícil y doloroso. El tiempo también parecía alentarse. Mis pies me engañaron y terminé cayendo entre los cables. Todo se veía borroso desde el suelo, excepto el oxidado tubo que aún sostenía en mis manos, aparecieron en mi mente cientos de imágenes tan claras como aquel tubo, imágenes de cómo mi mano, empuñando ese oxidado metal viejo atravesaba tejido blando uno tras otro, y cómo había sido teñido poco a poco por el líquido ennegrecido que alguna vez fuese rojo carmín, tan brillante y tan vivo, ahora opaco. Vi los cuerpos cayendo a mis pasos, y ahora aparecían tirados en la sala de máquinas, los pude ver ahí acostado como si despertara de un sueño. Pero no sentí culpa. Sentí cómo me ardían los pulmones cada vez que intentaba respirar. Dolía, hasta que el oxígeno no pudo entrar más.

 

 

 

Nayeli González Ortiz
Preparatoria de Jalisco

Manos Vacías. Katia Elizabeth López Urzúa. Preparatoria Regional de El Salto

Manos Vacías. Katia Elizabeth López Urzúa. Preparatoria Regional de El Salto

Constelaciones en la piel

Sagitario. Valeria Venegas Sandoval, Preparatoria 14.

Sagitario. Valeria Venegas Sandoval, Preparatoria 14.

Sí, han matado a María, la gitana.
Don Lalo pagó por compartir un momento de intimidad con ella, y María, quien aprendió a leer el futuro con los astros del firmamento, comparó los lunares que se extendían desde el cuello de él hasta su pecho,  eran como estrellas, y las leyó.

Se puso a llorar, pronto moriría el hombre que dormía en su cama, desconsolada, fue a prepararse una taza de café, nada más para mirar el fondo, y los granos de café indicaban el mismo destino para ella. Don Lalo quería irse, pero la joven gitana no se lo permitió, quería protegerlo de lo que allá fuera a pasar, y así, un encuentro que esperaba ser breve, pasó junto a las miradas de sus ojos y se volvió pasión, se tomaron por el cuello, se besaron y de ahí decidieron amarse con el cuerpo.

Mientras compartían el calor de sus almas, la puerta de la recamara se abrió, pegando en la pared como un rayo estruendoso, ambos sin despegarse voltearon a ver quién era, “mi vieja” susurró el amante al oído de María.

La mujer parada en la puerta levantó una pistola, cerró un ojo para ver con el otro. María, acostada sobre Don Lalo se volteó para ver sus ojos y lo abrazó…
¡PUM!

 

Kevin Bricio Palafox
Preparatoria Regional de Arandas,
módulo San Ignacio Cerro Gordo

Nocaut

Lo observaba todos los días discretamente mientras entrenaba.
Cuando llegaba al gimnasio y se sentaba al borde del ring a vendarse las manos.
Cuando terminaba el calentamiento y se ponía sus guantes de 12 onzas.
Cuando hacía explosiones en el costal y sparring al final del día.
Así que un día dejé de observarlo y subí al ring, solté dos jab directo a sus labios, un gancho al hígado  y esquivé un contra golpe que casi roza mis senos, volví con un volado, un uppercut directo al rostro…  quedó enamorado de mí.

 

 

Andrea Jacquelinne Reyes Luna
Preparatoria 13

Pura pura

La prueba de embarazo dio positivo.
Seguía siendo virgen, pero llorando
afuera del laboratorio se dio cuenta que
el sacerdote le había mentido.

 

Kevin Bricio Palafox
Preparatoria Regional de Arandas,
módulo San Ignacio Cerro Gordo

Asfixia. Katia Elizabeth López Urzúa, Preparatoria Regional de El Salto.

Asfixia. Katia Elizabeth López Urzúa, Preparatoria Regional de El Salto.

No hay descanso

-Despierta… no te vas a quedar a quedar tranquilo- una dulce voz susurra en mi oído.
-Despierta… no hay descanso hasta saber la verdad.
-¡Vamos levántate!-. Grita una ronca y escalofriante voz.
Tomo una bocanada de aire, me toco el pecho para cerciorarme que nadie lo está oprimiendo. Siento como si no hubiera respirado en un largo tiempo, me arde el pecho, en especial el costado derecho, ahí se concentra el dolor. Mi mente intenta recordar qué había hecho para encontrarme en ese terreno, parece un jardín. Miro a mi alrededor, es muy poco lo que veo, es de noche, hay flores por todos lados, en su mayoría son blancas, hay un gran adorno de flores a mi lado izquierdo, luce como los que hay en los velorios, me giro para verlo mejor, hay una tabla de cemento debajo, muevo las flores, mi respiración se detiene, es una lápida y tiene mi nombre grabado:
«Matías Cervantes Rodríguez
Hijo, hermano, amigo.
Te abrazo en el cielo- Mamá.
☆10- Junio- 1993- +13-Octubre-2017»
Muerto… no podía estar muerto, ¿cómo podía sentir mi respirar?
Mi estómago se siente vacío, mi pecho como si fuese presionado,  eso no podía ser, no era cierto, tremenda broma.
Una pequeña luz se está acercando, el velador aluza el arreglo de flores y luego a mí, se detiene en mí, tengo que pedirle ayuda.
– Señor, yo no sé qué me pasó, desperté aquí y tengo demasiado frío, ¿podría ayudarme- digo todo de forma rápida.
Como si no hubiera dicho nada el velador se gira y se va justo por donde vino.
-¿Es idiota?- grito con furia.
¿Es qué será sordo? Me levanto del suelo, sacudo mi pantalón y mis manos, voy siguiendo al velador, busco acercarme lo suficiente para tocarle el hombro, quizás lo espanto si le hablo. Doy un par de pasos más, le toco dos veces el hombro, sólo se sacude, sigue sin tomarme en cuenta.
Mis pies comienzan a hundirse en el pasto, siento algo firme debajo de ellos, pero no veo que toco o si toco algo, la tierra está tragándome.
Todo es oscuro, ni siquiera puedo mi ano que tengo levantada frente a mi rostro, a lo lejos percibo un destello, se escucha una risilla, avanzo a gatas hacia el destello, no confío en poder hacerlo de pie. Es una niña, como si un reflector, la iluminara, luce radiante, está jugando con un cochecito color lila con líneas azules, suelta unas carcajadas, ni siquiera me nota, me quedo atento observándola, por un momento olvido todo lo que ha pasado.
Es preciosa, aunque lleva un vestido harapiento, los pies descalzos, sucios, igual que sus bracitos y cara.
-Pequeña…-digo en un susurro.
Se gira, con su cochecito elevado en el aire me mira atenta.
-Dígame, señor, ¿necesita algo?
Su respuesta me resulta algo extraña, luce muy pequeña para la manera en que ha respondido, y su voz tiene un tono ronco.
-¿qué lugar es este?
-Así que quiere saber qué es esto…- deja la frase al aire y su voz suena casi gutural en la última frase.
Como si de un perro se tratara, comienza a andar a gatas, haciendo círculos, su físico comienza a cambiar, balbucea cosas sin sentido, o para mí no lo tienen, su voz es gruesa y su cabello rizado y un poco enmarañado ahora es un tipo de pelaje negro, sus piernas y brazos son como unas fuertes patas, dice algo más y levanta sobre dos patas, la encantadora niña tiene ahora un aspecto aterrador y es al menos 50 centímetros más alto que yo, esa cosa no está ni cerca de ser humano. Tiene la apariencia de un lobo, todo el pelaje es negro, tiene unos cuernos coronando su cabeza y sus ojos son rojos como si estuviesen ardiendo, en las patas tiene unas largas garras, destellan al igual que sus cuernos como si esperasen el momento perfecto para atravesarte la piel.
Trago saliva, no puedo moverme.
-Ahora te diré que es esto-hace una pausa- esto es un intermedio o una parte de él. No estás muerto, aunque no estás vivo.
Su voz suena como un gruñido.
-¿Y qué hacía en el cementerio?- me atrevo a preguntar.
-Verás, Matías, tu cuerpo está inerte, tú alma… bueno, no está descansando.
Entonces realmente he muerto, pero ¿cómo pasó? Sólo recuerdo estar solo en mi cuarto, todo fue oscuro y luego desperté en el cementerio. Comienzo a temblar de forma descontrolada, a pesar de que sigo en el suelo, siento caer, el frío es cada vez peor.
-¿Tienes alguna idea del por qué no puedes morir? En todo caso tu alma.
Niego con la cabeza, escucho un bufido, sólo veo sus patas, no me atrevo a verle el rostro.
-Te mataron, aquí no hay descanso hasta saber la verdad. Ese frío no se irá, los temblores espontáneos, el miedo, nada te dejará hasta saber quién fue.- dice todo en voz baja como si fuera un secreto.
-Yo…-mi boca se siente seca- yo no recuerdo nada.-me relamo los labios.
-Eso es lo que tienes que recordar. Tienes que revivir tú último día de vida.
-¿Me vas a ayudar?
-No. Estoy aquí para tomar tu alma, soy tu condena, cargo todos tus pecados, soy lo que llaman infierno, todos tienen uno destinado.
Lo último que recuerdo es estar en mi cuarto, supongo fue el último día de vida que tuve, pienso y pienso, nada viene a mi mente. Mi vista se comienza a nublar, todo gira, lo único que puedo ver es el rojo ardiente de los ojos del animal.
Todo se detiene, siento algo suave debajo de mí, abro los ojos, trato de enfocar algo, parpadeo un par de veces, veo el techo, me resulta conocido, me siento de a poco, estoy en mi cuarto, escucho a lo lejos la voz de mi prometida.
-Cariño, voy a bañarme.
En automático respondo:
-Está bien, despido a todos y te espero en el cuarto.
Bajo a la sala de mi casa, ya sólo están mis padres y las hermanas de Alicia, voy a la cocina y ahí está Santiago, mi mejor amigo.
-Creí que ya te habías ido.- digo al tiempo que abro el refrigerador.
-Alicia te iba a avisar que me quedaré a dormir.
Asomo la cabeza y asiento mostrando que estoy de acuerdo.
-¿Quieres una cerveza?
-No, ya quiero dormir, el viaje fue largo.
-No recordaba que habías viajado, sube, despido a todo y subo yo.
Santiago asiente y se va, yo salgo de la cocina y todos están alistándose para irse, las gemelas Natalia y Sara, están en la puerta.
-Matías, despídenos de la tarada de Alicia, nos vemos luego.
Me dan un corto beso en la mejilla y se van, mis padres se detienen antes de abrir la puerta, mi mamá se gira y me abraza.
-Te amo, Matías, buenas noches.
La abrazo con más fuerza.
-Yo a ti, ma’, nos vemos pronto.
Le doy un beso en la frente y se aleja, mi papá me da un apretón de manos.
-Hasta luego, hijo.
Me despido con la mano y cierro la puerta. Vuelvo a la cocina, me siento en la barra y termino mi cerveza, tiro el envase vacío.
Ahora que lo pienso es extraño que Santiago se quede a dormir, su novio no vive lejos de aquí, y durante la cena estuvo extraño, como si estuviera nervioso, o temeroso de algo.
Subo las escaleras hasta llegar a mi cuarto, me quito los zapatos y la camiseta, los tiro en la silla del escritorio, eso le molesta a Alicia, pero siempre he hecho eso, incluso cuando vivía con mis padres.
-Oye, Santiago.- le grito.
¿Queeee?- responde de igual manera.
-¿Ya vas a dormir?
-Claro, idiota.
-Ahhh…
Ni digo más
Sigo sintiendo que algo anda mal, él anda en algo mal.
Alicia sigue en el baño, seguro se metió en la tina a leer, hace eso cada viernes. Que aburrido me siento, me giro dándole la espalda a la puerta, me quito el pantalón, se escucha un sonido en el pasillo, en bóxer salgo a ver que fue y Santiago tiene una pequeña pistola, no me sorprende, yo mismo lo acompañé a comprarla.
-No seas idiota, si Alicia te ve con eso te sacará de aquí.- susurro entre dientes.
-Ya, ya la guardo.
-¿Qué tratabas de hacer?
-Nada, loco, ya me voy a dormir.
Regreso a paso lento a mi habitación, eso fue raro, no tiene sentido que cargue la pistola aquí.
Rebusco entre mis cajones, hasta encontrar mi pantalón de pijama. Estoy de espaldas a la puerta y escucho como la abren un poco.
-¿Qué tal estuvo tu baño amor?
Se escucha un ligero resoplido, al instante siento un dolor punzante en el lado derecho, me desplomo en el suelo, escucho unos pasos acercándose, mis ojos no enfocan, su rostro se ciñe sobre el mío, lo veo, su rostro no es claro y su cabello le resbala sobre los hombros.
-Lo siento, Matías.- su voz retumba distorsionada en mis oídos.
¿Quién es?

Siento un calor abrasivo, siento mi cuerpo arder, la garganta está seca, y no me puedo mover.
-No hay descanso, Matías, no lo habrá.
Estoy condenado, lo sé, pude percibirla pero no tengo idea de quién fue, una mujer, mi prometida, mi madre, alguna de las gemelas, cualquiera de ellas, incluso alguien que no conocía, nunca lo sabré y no voy a saberlo nunca, no tendré descanso, y no habrá alivio.

Melissa Jacquelinee Rivera Muñoz
Centro Universitario UTEG, Zapopan

Niñez. María Candelaría Hernández Alcaraz. Preparatoria Regional de Etzatlán.

Niñez. María Candelaría Hernández Alcaraz. Preparatoria Regional de Etzatlán.

Perfección

Recordar es la mejor manera de superar. Cinthya Araceli Valdivia Velázquez. Preparatoria Regional de El Salto

Recordar es la mejor manera de superar. Cinthya Araceli Valdivia Velázquez. Preparatoria Regional de El Salto

El piano suena una y otra vez, repitiendo las mismas partituras, su música llega primero dulce y lastimera, mientras se va tornando amarga y finalmente furiosa. Una y otra vez. Se le escucha resoplar al dueño de aquellas ágiles manos, maldiciendo mientras quiere llegar a la perfección; es por ello que nadie quiere habitar de nuevo  esa vieja casona.

 

 

María Fernanda Moncada Vázquez
Preparatoria de Tonalá Norte

Cataclismo

Era un mundo muerto. Nadie supo que le pasó. Los árboles ardieron, el agua se hizo roja, el aire apestaba a cobre. Desde el cielo amoratado, la luna destrozada mira sollozante los restos de lo que fue vida, cuando sus lágrimas caen sobre la tierra marchita el suelo se estría con brotes plateados.

 

María Fernanda Moncada Vázquez
Preparatoria de Tonalá Norte

Narradores: dadores de vida

¿De dónde surge la necesidad de leer y crear historias? Habrá que hurgar en nuestra consciencia para poder determinarlo de manera honesta. Si me preguntan a mí, me parece que la vida y la existencia misma son un ejercicio perpetuo de narrar historias. Nuestra propia civilización fue construida a base de narraciones que, de algún modo, pretendían dotar de sentido a lo que ordinaria y extraordinariamente acaecía día con día. Escribir historias es, por lo tanto, un acto natural que surge de la necesidad de comprender a nuestro entorno. Así, nos contamos cuentos para recordar, para conocer, para experimentar e incluso para soñar y no dormir.

En el momento justo en que nos disponemos a crear un relato gestamos vida a través de las palabras. Nos convertimos en pequeños dioses por el poder que nos confiere la pluma y el papel, por el ímpetu de la voz y el aliento. Dioses erráticos, generosos, ingenuos, locos si se quiere. Pero dioses -al fin y al cabo- de universos (im)posibles. En este número de Vaivén, los cuentos de los que disponemos parten de un mundo un tanto conocido por nosotros: atiborrado de incoherencias, de injusticias inaceptables, de personajes irresponsables, donde no obstante, hay lugar para la transgresión. Una suerte de ajuste de cuentas.

Mientras que en términos fisiológicos la procreación es entendida como uno de los fines últimos del ser humano, el medio que asegura la preservación del hombre;  la narración por su parte, nos otorga también la facultad de dar vida, de perpetuar la fantasía, re-crear el movimiento del existir y quién sabe, en algún momento sea un camino más corto para trascender.

Vanessa Cabuto Enríquez

 

Licenciada en Letras Hispánicas por la Universidad de Guadalajara. Es docente en las preparatorias 3 y 12. Ha participado y coordinado proyectos que promueven la lectura y la creación literaria. En el año 2017  fue antologada en la Antología literaria de docentes del SEMS Mar de Voces, en la sección de narrativa.

Blanca

“…Qui tollis peccata mundi, exaudi nos, Domine”, levantó el cáliz y las siete velas dejaron de arder.

Una lluvia de balas irrumpió por la puerta de la sacristía. La asamblea, en pleno horror, huyó desesperadamente. María recibió un impacto en la cabeza y sus hijos la agitaron en un triste intento de hacerla reaccionar; también fallecieron. Ramón arrastraba el herido Joaquín, quien se empapaba poco a poco la camisa de sangre. Ramón quiso salir por la puerta que da al convento, pero un proyectil lo dejó inmóvil en el suelo, en eso gimoteaba su hermano mientras sangraba profusamente. La familia Arámbula logró salir. Agachados y tropezando escaparon por la plaza entre alaridos y detonaciones. Llovía a cántaros y la visibilidad era muy pobre. Hermilio jaloneaba a Esthercita con fuerza, quien soportaba los tirones mientras castigaba a su otro brazo con el peso de su niña; una lloraba aterrorizada, la otra nomás pelaba los ojos.

─¡Se han de haber cruzado por Zapotlanejo!─, se alcanzó a escuchar entre todo el  alboroto.

Finalmente llegaron al 20 de la calle Madero. Hermilio cerró la puerta y llevó a su esposa e hija a la cocina.

─Alza a la niña, voy por el rifle.

Blanquita se aferró a su madre, quien le ayudó a meterse al hueco oculto en el muro, quedando de pie entre la pared del comedor y la que da a la calle.

─Allí quédate m´hijita, ¡y ni te asomes hasta que no esté todo tranquilo! ─ordenó.

La niña se quedó sollozando, con los pies hundidos en el barro y las cucarachas tapándole las piernas.

Esther regresó al zaguán con su esposo, quien ya había cargado el arma. No pasaron ni diez minutos. Golpearon la puerta.

─¡Abra, General, con una chingada! ─ladraron desde la calle.

─Son los federales ─pensó Esther, apretando su rosario.

Miró a su marido que había tomado el rifle y la apuntaba hacia la calle. Él pareció leerle el pensamiento:

─Son varios.

Al no recibir respuesta, empezaron a desbaratar la cerradura a marrazos.

Hermilio perdió la calma y disparó contra la puerta; apenas pudo despostillar la madera. Casi al mismo tiempo la puerta cedió y cayó hacia afuera, los soldados se hicieron a los lados y entraron. Esther corrió hacia la cocina cuando le dispararon en la pierna; uno de los intrusos la pateó en la casa y el lodo de su buta le manchó el rebozo. Penetró en su boca el amargo sabor a sangre. Trató de arrastrarse, no pudo moverse. A Hermilio lo desarmaron y lo amarraron de brazos y piernas a una silla en la cocina.

─¿Dónde tienen el parque? ─preguntó el comandante Diéguez, mientras sus esbirros destrozaban los muebles.

En el corral, Manuel, el más joven del grupo, disparaba con saña a las vacas y a las chivas.

Blanquita escuchaba todo el alboroto, enjuagándose las lágrimas con su pañuelo. No dejaba de llorar. Con las manitas se tapaba la boca, evitando ser oída. Imaginó de todo con el caos que tenía lugar a centímetros suyo. Estas penas no la dejaron más que rezar por el bien de sus padres. Hermilio nunca habló, a pesar de todo.

─¿Con atolito vamos sanando? Pues atolito vámosle dando.

Diéguez, harto, tomó del cuarto una imagen de la Virgen y lo golpeó viciosamente al general con ella hasta hacerla trizas. Los soldados se carcajeaban y le magullaban el cuello y la espalda a culatazos. Esther no pudo hacer nada y presenció toda la escena desde el zaguán. Enfurecida, insultó a los federales en tanto éstos se burlaban de ella, que se encontraba postrada junto al cancel.

─¡Qué viva Cristo Rey y santa María de Guadalupe! ─ dijo con las últimas fuerzas que le quedaban, no pudo despedirse de su marido.

Entrada ya la tarde los seis hombres se retiraron sin más rumbo a la plaza, donde se haría sumario de la operación. Uno de ellos se quedó a hacer guardia a unas cuantas puertas, en la esquina. Blanca esperó hasta no escuchar ni un alma, entonces, con todas sus fuerzas, apoyó en los ladrillos para salir del hueco. Cayó al suelo de la cocina, donde su vestido se tiño de rojo. Estaba ya todo tranquilo.

 

Fernando Daniel Nieves Camacho
Preparatoria Regional de Santa Anita

La salida de la puerta falsa

Viernes 24 de septiembre de 2016   El nuevo amanecer, San Pedro Tlaquepaque

“Los Caníbales atacan de nuevo”

Los caníbales una vez más asesinaron a una pareja joven, y como ya es de costumbre dejaron su marca en los cadáveres. Éstos fueron encontrados enfrente de la catedral de Guadalajara con las características cuencas de los ojos vacías.

¿Cuánto seguirá esta masacre? Hasta hoy ya son más de 40 personas asesinadas por esos criminales…

Desperté por un dolor agudo en la parte trasera de mi cabeza, sentía un frío indescriptible, ni siquiera sabía dónde me encontraba, traté de levantarme; sin embargo, no fue posible, estaba desnuda, tenía manos y pies atados, además de una mordaza en la boca. No me percaté de dónde estaba hasta que sentí la humedad y frialdad de la tierra bajo mi espalda, miré al cielo y me encontré con su mirada, la mirada que me conquistó cuando lo vi por primera vez, era tan bello alto y fornido, me hacía suspirar, entonces justo ahí entendí que era lo que hacía ahí.

Viernes por la noche, había sido un duro día en el trabajo, estaba cansada, estresada y muy alterada, ya que la noche anterior tuve una pesadilla siniestra en la que un hombre me secuestraba (sólo pensarlo resultaba tonto), así que seguí mi camino a casa; mientras caminaba, sentía que algo no estaba bien, como si alguien me estuviese siguiendo, apreté el paso para poder ganar un poco de distancia entre lo que fuese eso y yo hasta que al fin llegue a casa.

Me preparé una cena ligera y me dispuse a comerla. Mientras ingería el último bocado de mi cena escuché pasos en la parte de arriba de mi apartamento. Al principio me alarmé mucho, pero decidí guardar la calma. Subí a mi habitación armada con un cuchillo de cocina, iba con paso lento y decidido. Abrí la puerta  y me encontré con mi gato sobre la cama, suspiré de alivio, dejé el cuchillo en el buró que estaba a un lado de mi cama y me tiré en ella.

Tratando de conciliar el sueño escuché un ruido sordo en el baño, abrí los ojos para ver pero no alcancé a vislumbrar qué lo provocó, así que volví a cerrar los ojos. De nuevo escuché los pasos y al abrir los ojos observé a un hombre que me miraba fijamente. Sentí pánico, pero no me podía mover. Se acercó a mí y me tomó en sus brazos. Vi la jeringa caer.

Sábado 25 de septiembre 3:00 a.m.

Abrí los ojos confundida, ¿qué había pasado?, me incorporé y vi al hombre que me había raptado, me alejé lo más que pude de él, pero tenía grilletes en las muñecas. —¿A dónde me has traído? —pregunté alterada.

–Tranquilízate, si no lo haces el jefe nos va a hacer cosas malas —dijo cabizbajo.

Me conmovió cómo lo dijo, estaba tan asustado como yo e incluso estaba  más nervioso que yo. “¿Estás bien?”, pregunté mientras me acercaba lentamente a él. Me miró, tenía unos sorprendentes ojos cafés, una barba abundante y un poco desarreglada. “¿Tú estás bien?”, dijo con ojos llorosos y la voz cortada. Contesté que estaba bien, se levantó y salió de la habitación. Por alguna razón que aún desconozco sentí un pincho en el corazón al oír la preocupación en su voz, se veía tan confundido, sentía que debía ayudarlo.

Pasaron tres horas desde que me había dejado en la habitación, que estaba en orden, no había suciedad a la vista. Realmente no me sentía secuestrada, no había nadie que se preocupara por mí en esos momentos, me había mudado a Guadalajara hace dos semanas, no conocía a nadie ahí en mi trabajo era nadie. Había comenzado a trabajar en un periódico local, pero aún era nadie, ¿habrá sido por eso que me habrán secuestrado?, ¿para qué lo harían?, ¿fama?, ¿dinero? No lo sabía, lo único de lo que estaba segura hasta hora era que las cosas no mejorarían en un rato.

El sonido de alguien bajando las escaleras me sacó de mis pensamientos. Era él, traía una bandeja llena de lo que podía ser comida. “Te traje comida por si tenías hambre”, dijo con voz suave. La realidad era que no tenía mucho apetito, pero la acepté. Él se sentó al borde de la cama mirándome. “Lo siento”, dijo agachando la mirada. “De haber sabido no hubiese aceptado”. Posé mi mano sobre la de él, se estremeció. “Deja de pensar en ello, está bien sentir miedo, sólo no entiendo por qué aun así seguiste con esto”.

Hice una pausa al sentir las lágrimas calientes llenar mis ojos. “¿Por qué hacerlo?, ¿cuál fue tu razón?”. Comencé a llorar y tapé mi cara, él se colocó frente a mí y tomó mis manos. “No llores linda, no lo hagas, por favor. Eres muy linda para llorar”, dijo. “Entonces déjame salir, déjame ser libre, no me tengas aquí atrapada”, dije  tomándole las manos. Él se levantó y gritó: “¡NO ENTIENDES QUE NO PUEDO!,  si lo hago te van a hacer cosas malas a ti, Karhenina”.

Se veía tan alterado como si no pudiera hacer nada por mí. “¿Cuál es tu nombre?”, dije susurrando. Me miró y contestó: “Rudolf, me llamo Rudolf”, dijo tranquilamente y sentándose en la cama.

Parte de mí no se explicaba qué pasaba en ese momento, pero estaba segura de que algo comenzaba a surgir entre Rudolf y yo, algo que no estaba bien.

Domingo 26 de septiembre 10:00 a. m.

Me levanté por un aroma delicioso a macarrones con queso, realmente los extrañaba, desde que me mudé de casa de mis padres no los comía, abrí los ojos y vi a Rudolf sosteniendo un plato de macarrones. “Buenos días, hermosa”, dijo dirigiéndome una hermosa sonrisa. Me sonrojé un poco al momento que dijo eso, pero la magia desapareció al momento que sentí las cadenas arrastrarse. Rudolf notó la tristeza en mi cara. “Puedo quitarte las cadenas si prometes no hacer ninguna estupidez”, dijo señalando las escaleras. “Lo juro pero quítalas”, extendí mis manos y él sacó una pequeña llave de su bolsillo. “Bien, las quitaré ahora”.

Con cuidado introdujo la llavecilla en la cerradura de los grilletes y los abrió  con un giro seguido de un clac. Le agradecí y le dirigí una breve sonrisa sobándome las muñecas doloridas y enrojecidas. Me levanté cuidadosamente para estirarme un poco, había pasado en cama todo el día, me giré y descubrí a Rudolf mirándome. “¿Qué pasa?”, pregunté sonriendo. “Nada, sólo que aún no entiendo por qué te hicieron esto… Me refiero a que eres hermosa, física y emocionalmente, no te mereces esto, Karhenina”, dijo en tono afligido. “Entonces ayúdame a escapar”, le dije y me miró de manera severa. “¡Justo acabo de desencadenarte y estás pidiendo lo único que te dije que no hicieras!, ¡Karhenina entiende, por favor!”. Me tomó del brazo y me llevó de nuevo a la cama. “Me duele tener que hacerte esto pero no me dejas opción, debes saber que me preocupo por ti”. Tomó los grilletes y me encadenó de nuevo. “Por favor, entiende”. Agachó la cabeza y se marchó.

La habitación comenzó a oscurecerse, pues se veía que iba a llover. Tenía miedo de que comenzara la lluvia, desde pequeña siempre le he temido a los truenos y rayos y en ese momento sólo podía pensar en Rudolf, ¡como si él pudiese protegerme de eso!

Comenzó a llover ligeramente, mi ventana daba hacia un bello jardín muy bien arreglado. Si hubiese podido abrir la ventana lo hubiera hecho, ya que deseaba sentir las pequeñas gotas de agua cayendo sobre mis manos. Estaba concentrada en eso cuando Rudolf bajó las escaleras de nuevo. Esta vez traía una taza de té y galletas de canela, lo miré un poco avergonzada por mi actitud de hace rato.

“Siento lo de la tarde”, dije mirándolo. “No te preocupes, yo en tu lugar hubiera hecho lo mismo”, dijo sentándose junto a mí en la cama. Su cuerpo era fornido y robusto, olía extrañamente bien, era un perfume que recordaba haber olido alguna vez en mi vida. Inhalé profundamente. “Nautica Black”, fue como si Rudolf hubiese leído mi mente. “¿Qué pasa?”, dijo mirándome. “Nada”, me sonrojé un poco y él, a su vez, sonrió. Sentí el impulso de recargarme en su hombro como si fuese algo instintivo, así que lo hice. Él no se inmutó en absoluto, al contrario, me correspondió tomándome la mano. Notoriamente le molestaban los grilletes de mis muñecas, pero no me iba a atrever a pedirle que me las retirara de nuevo, o no por un tiempo, si es que seguía ahí.

Comenzó a llover un poco más fuerte, lo que me hizo apretar la mano de Rudolf instintivamente. “Te da miedo la lluvia, ¿cierto?”, dijo el con tono juguetón.   “No la lluvia, los truenos y los rayos. De pequeña mi padre solía quedarse conmigo mientras llovía, decía que no debía temerle a nada, que debía ser fuerte, entonces me abrazaba y me dormía en sus brazos”. Rudolf me envolvió en sus brazos, me sentía tan pequeña pero segura. “Tal vez tu padre no esté aquí, pero yo te voy a proteger”. Cuando dijo esas palabras me quedé muda, no sabría si volvería a ver a mis padres, ni siquiera sabía qué iba a ser de mí en esos momentos o qué me esperaba mañana… ya no sabía qué pensar. Las lágrimas comenzaron a salir instintivamente y Rudolf se dio cuenta. “¿Qué pasa?, ¿fue algo que dije?”, dijo levantándome la barbilla. Sus ojos se veían tan compasivos. “No, no fuiste tú, es sólo que pensé qué será lo que pueda pasarme”. “Sólo haz lo que te diga y te juro que podrás estar bien”. Lo miré a los ojos y dije: “¿Lo juras?”, y mirándome juró.

No dijimos nada hasta ese momento. Sólo éramos él, yo, la lluvia y un delicioso té de arándanos. Se veía tan serio e interesante y fue entonces que me di cuenta de sus labios: se veían tan carnosos y suaves. Me entró la duda de si además de eso serían dulces como parecían, me moría por averiguarlo. Bajó la mirada. “Me estás mirando como si fuese algo de comer”, bromeó. Me disculpé y  me sonrojé. Me tranquilizó con un beso en la frente. “¿Qué haces?”, dije sorprendida. “Lo siento, ¿te molestó?”, dijo preocupado. “En lo absoluto, sólo me tomaste desprevenida”, dije sonriendo. Dijo que tenía una sonrisa encantadora mientras miraba mi boca. “Quisiera… olvídalo, es tonto”, dijo agachándose sonrojado. “¿Qué?”, dije poniéndome frente a él. “¿Juras que no dirás que es algo extraño”, dijo mirándome. Juré ofreciéndole una gran sonrisa. Me tomó de la cintura, yo me dejé llevar, lo deseaba tanto como él a mí. Se acercó a mí lentamente, abrió sus labios y nos fundimos en un dulce y adorable beso, sus labios sabían al té que habíamos estado tomando. Me encantó, fue uno de los momentos más hermosos de toda mi vida.

Lunes 27 de septiembre, 00:00

El evento del día de hoy no me había dejado dormir, aún tenía el sabor de sus labios en mi boca, todo había sido tan satisfactorio, no encontraba palabras para describir como me sentía.

Una luz iluminó la escalera, esperaba en mi corazón que fuese Rudolf. Cerré los ojos para esperarlo pero no era él. Comencé a alarmarme, por el rabillo del ojo logré ver quién me asechaba. Era un hombre alto, casi igual a Rudolf; sin embargo, no era él. Se acercó a mi cama. “Te quitaré estas cadenas, preciosa”, pasó su sucia y áspera mano sobre mi  hombro. Traté de contener el vómito que subía por mi garganta, me giró demasiado rápido y se puso a horcajadas sobre mí.

“Por favor, no me hagas daño, te lo ruego.Soy virgen, por favor no lo hagas”, dije llorando. “Realmente veo por qué el jefe te eligió a ti, eres tan bella y seductora, maldita perra. Me escaneó con la mirada, y fue justo entonces cuando entró Rudolf y lo noqueó de un solo golpe. Me dijo que debía irme y me llamó  Karhi, como hacía años que nadie me llamaba así. Se acercó a mí y me quitó las cadenas. “Sal corriendo de aquí, aproximadamente en un kilómetro encontrarás el camino; no te detengas por nada, ¿de acuerdo?”. Tomó mi rostro y me besó, no creería que ese sería el último beso que me daría. “Vamos, corre”, dijo y me empujó escaleras arriba.

Justo al abrir la puerta me encontré con un denso bosque, húmedo y hacía mucho frío. No sabía a donde correr exactamente, estaba descalza y sólo tenía un vestido puesto. Corrí hacia la dirección que me había dicho Rudolf; sin embargo, no quería huir, quería estar con él a toda costa, pero mis pies seguían avanzando. Me detuve a tomar aire pero resultaba imposible, pues estaba lleno de humedad.

Me sorprendí al escuchar pasos no muy lejos de dónde estaba. ¿Qué debería hacer?, comencé a correr de nuevo, justo entonces un golpe aterrizó en mi cabeza y caí inconsciente.

Desperté por un dolor agudo en la parte trasera de mi cabeza, sentía un frío indescriptible, ni siquiera sabía dónde me encontraba, traté de levantarme, pero no fue posible: estaba desnuda, tenía las manos y los pies atados, además de una mordaza en la boca.

No me percaté de dónde estaba hasta que sentí la humedad y frialdad de la tierra bajo mi espalda, miré al cielo y me encontré con su mirada, la que me conquistó cuando lo vi por primera vez, era tan bello alto y fornido. Me hacía suspirar, entonces justo ahí entendí que era lo que hacía ahí: me había advertido del peligro que corría al escapar, me miró con tristeza. “Lo siento, no quería esto para ti, no es justo… mi jefe me ha obligado. Te amo, Karhenina, te amo demasiado, perdón”. Las lágrimas caían de sus ojos, su voz estaba quebrada. Sacó una nueve milímetros de su pantalón, cortó cartucho, apuntó a mi cabeza. Abrí extremamente los ojos y grité. Disparó…

Viernes 24 de septiembre de 2016   El nuevo amanecer, San Pedro Tlaquepaque

“Los Caníbales atacan de nuevo”

Se dice que son muy peligrosos gracias a los diferentes verdugos que están en sus filas, ni siquiera los oficiales de policía se atreven a enfrentárseles, pues ellos son asesinos a sangre fría, llegará el día en que sean detenidos a manos de la justicia y enfrenten la ley.

Karherina Coma Queen.

 

Ana Paula Ponce Zavala
Preparatoria del Instituto Tlaquepaque

Desvanece. Diana Betsabé Bernal Muñoz. Preparatoria del Centro Universitario UTEG Américas

Desvanece. Diana Betsabé Bernal Muñoz. Preparatoria del Centro Universitario UTEG Américas

No lo abras

Joel estaba preocupado, caminaba tambaleándose con precaución de que su madre no se enterara de lo que hizo. “Valió la pena”, pensó mientras se acomodaba los pantalones cuidando su secreto.

El pueblo era pequeño, si algo pasaba todos lo sabían. En las calles se comentaba el robo a una tienda de antigüedades. A pesar de que aparentemente no se trataba de algo valioso o incluso importante, la vendedora estaba histérica.  A Joel no le interesaban las pláticas de los demás, por lo general le aburrían, pero aun así se enteró de ello. Escucho la locura de aquella mujer por algo tan insignificante, pero igual que Joel, pensaba en lo valiosa que era esa caja que ahora él poseía.

Le pareció absurdo que la pequeña caja tuviera una advertencia: “No abras esta caja”. Encogiéndose de hombros la abrió y vio algo que lo desconcertó. En realidad era muy pesado, parecía costoso, pero a él no le interesó tal cosa. Descuidado tumbó la caja y salió un pequeño papel que decía: “No sabes cuánto lamento que la hayas abierto”.

Pasaron los días y la gente iba disminuyendo, todos desaparecían sin razón aparente. Joel escuchó algo que lo alteró, lamentos y gemidos que provenían de su armario, mismo lugar en donde dejó la caja abandonada. Todo empeoró, sus sueños lo llevaban a una realidad en donde todo parecía cierto, entre un millón de confusiones y voces que le susurraban al oído: “Vas a extrañar tener miedo en cuanto veas su rostro, en cuanto te toque sentirás el fuego adentrándose en tu alma”.

Joel investigó por cuenta propia lo que estaba pasando. Prefirió decir la verdad sin rodeos y enfrentar a la vendedora. No fue exactamente lo que esperaba. “Un disculpa y todo estará bien” no fue lo que resultó. En realidad la mujer comenzó a hablar sola, se dirigió a las paredes contando todo lo que se le  vendría a Joel, resumió que esa misma caja le pertenecía a alguien, no, más bien era una cosa que tomó la forma adecuada para embonar en este mundo. Convirtió una condena absoluta en lo que podría ser el regalo perfecto para cualquier mujer. Metafóricamente teniendo en cuenta la ambición y seducción de cualquier objeto.

A partir de ahí, Joel alucinaba sus miedos, los tenía de frente, viviéndolos en carne propia, fuera de sus pensamientos ingenuos, mismos que congelaban su alma y secuestraban su voz.

Se detuvo la radio, ya no había quién diera noticia de los desaparecidos, por lo visto sólo él quedaba y el oscuro ser que lo acosaba a cada segundo del día. Salió corriendo, esperaba librarse de ello mientras le pisaba los talones. Entró a un laberinto con un mar de dudas y la irrelevante esperanza de encontrar una salida, pero encontró una respuesta. Lo que antes era un estacionamiento ahora sólo era un lugar extenso habitado por toda la gente desaparecida. Vio a esa cosa que reclamaba por su objeto valioso y añoraba su presencia llamándole con una voz cálida y tranquila. Joel dobló su cuerpo dejando caer las rodillas al piso mientras vomitaba por el asco que le provocó ver y oler a esa cosa después de desprenderse del cuerpo humano que traía encima.

Esa misma cosa se levantó del trono improvisado hecho de partes humanas. Extendió su brazo pidiéndole de nuevo que le regresara la caja, pero Joel se la negó rotundamente. Entendió la necesidad de ello, pues era lo único que le daba el poder. No le tuvo temor a pesar de lo que era, la imaginación de Joel era inmensa y, para él, estaba frente a un demonio.

Se acercó un poco más, resbaló varias veces a causa de la sangre fresca, los dedos amontonados en un espacio y los cabellos en otro, ya sólo quedaban los cráneos manteniendo una expresión que más que miedo, suplicaban piedad.

Joel pensó en destruir lo que había dentro de la caja, pero una visión del futuro le hizo ver que eso sería peor que la muerte. Las lágrimas rodaron por sus mejillas hasta caer al suelo, se volvió a inclinar, pidió piedad, pero sólo consiguió que se burlara de él. Así que le propuso algo, hizo un trato con esa cosa, algo que no supe, no pude escucharlo desde mi escondite, estaba inmóvil frustrándome por mover cualquier músculo. Al final funcionó y todo volvió hacer casi como era antes.

Fue como si nadie recordara nada, como si nunca hubiera ocurrido. Jamás podre olvidarlo, y a pesar de ello caí en la fría tentación que daba placer a la curiosidad que había dentro de mí por descubrir algo en lo prohibido. Joel se condenó el resto de su vida a cuidar del objeto hasta la muerte. Ojala hubiera escuchado lo que dijo aquel día.

Debí haberlo pensado dos veces antes de abrir la caja. Los escucho debajo de mi cama, están por todos lados; me miro al espejo y me agrada el collar que había adentro, pues me provoca una linda sensación aunque al mismo tiempo siento cómo mastican mi piel. ¿Lo peor? Es que esto apenas comienza.

 

Norma Gloria Macías Álvarez
Guadalajara Lamar Plantel Hidalgo

La verdad en la mentira.. Jazmín Salomón Almaraz, Preparatoria Regional de El Salto

La verdad en la mentira.. Jazmín Salomón Almaraz, Preparatoria Regional de El Salto

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