Category Archive: Redecuentos

Dibujante ¿o dibujo?

Estaba sentado con la mente en blanco, listo para dibujar lo que fuera; sin embargo, no lograba realizar un trazo y estar seguro de querer dibujarlo. Se resignó a rayar sólo líneas, esperando que su obra poco a poco fuera tomando forma o que le llegaran ideas para plasmar en el papel o rendirse y colmar (aún más) al cesto de basura, lo que pasara primero.

          Nunca sabía con exactitud qué hora era, o si el sol alumbraba el lugar o si estaba nublado, dormía sólo cuando estaba cansado, si es que lograba cerrar los ojos; se ha mantenido en su viejo cuarto con sábanas sucias por encima de las cortinas rasgadas, las cuales dejaban entrar la luz exterior de vez en cuando, interrumpiendo la profunda obscuridad que tanto amaba, así que hizo lo posible para que eso no pasara de nuevo.

          Una duda sin importancia atacó su mente y lo trajo de nuevo en sí: ¿Cuánto tiempo llevaba ahí adentro?, y no se refería exactamente al cuarto, porque sabía que eran algunos años, sino que no estaba seguro de cuánto tenía enfrascado, sin ideas, con una hoja amarillenta, ahogada por las lágrimas de un ser que no sabía nada de sí mismo y que inútilmente trataba de dibujar su vida, su muerte, o cualquier cosa que tuviera en mente, aunque creía que esas líneas y palabras sin sentido no distaban mucho de la indescifrable masa de formas inacabadas que se pintaban en su cabeza.

          Quizá por tener tanto tiempo ahí adentro sus pupilas se habían obligado a ver con una luz prácticamente nula que sólo permitía diferenciar contornos de muebles que “seguro podrían sepultarme con tanto polvo que los cubre”; lo pensaba tanto que en realidad lo deseaba, e incluso lo llegó a dibujar en alguna hoja que ya estaría hecha puño y que tal vez yacía en el cesto de basura.

          A pesar de no estar seguro de soportarlo, encendió el foco para tener una visión más clara de su actual creación basura: un montón de líneas que se encimaban sobre otras, creando una perfecta nada, junto a ella un tanto de hojas llenas de letras y que no estaba seguro de haber sido él quien las escribiera:

Me…                               Solo…            Es…                 Nadie…

             Odio…             Muerto…                         Estoy…

 Creador…                     Suicidio…        Vida…

                                                                                  Fallida…

          Comenzaron a caer gotas sobre la mesa, era una mezcla de sudor, lágrimas y suciedad. Tomó otra hoja que se había mojado un poco, la analizó y se dio cuenta de que tampoco recordaba haber dibujado ese cuarto viejo, con sábanas en lugar de cortinas, una oscuridad impenetrable y una persona dentro, con una mesa enfrente, un lápiz en una mano y una hoja blanca en la otra, además una mancha que él pensó que era una forma humana que había perdido rasgos gracias a la asquerosa mezcla que había caído ahí.

          Miró a los lados, pero sólo lograba distinguir siluetas tenues de lo que creía alguna vez habían sido muebles, ahora cubiertos de polvo (el suficiente para sepultarlo) pero nada ni nadie más.

          Cuando se volvió a su escritorio notó que estaba otra hoja que contenía palabras que esperaba hayan sido escritas al azar:

 Ambos…                                        Soledad…

            Matar…                Existo                  …aquí…                               Esclavo…

                            H     a     r    t   o…       ¡No…!

          Su corazón comenzó a acelerarse y su mente se sentía perdida más que nunca. Poco a poco perdía la calma y controlar su cuerpo se volvía más difícil. Inevitablemente comenzó a arrojar trazos sobre la penúltima hoja limpia, del centenar que tenía inicialmente, sin poder detenerse la hoja se llenaba de figuras y formas; en esta ocasión todo tenía sentido en cuanto a lo que estaba plasmado, pero no tenía nada coherente en cuanto a lo que representaba.

          Tomó la última hoja que quedaba y escribió algo que no tenía idea de dónde había salido. Alguien tocó su hombro. Se sobresaltó. Sintió húmeda su piel, se tocó con la yema de los dedos y los acercó a la lámpara para averiguar qué era. Estaban teñidos de rojo.

          Inminentemente cayó sobre la mesa cubriendo todo de sangre.

          Dio un fuerte último suspiro provocando que el centenar de hojas en blanco cayera esparcido en el cuarto olvidado y la última hoja que utilizó cayó sobre un cúmulo de polvo que se situaba en el centro de la habitación. De algún lugar cayó un dibujo sobre el escritorio, la hoja número 101, apenas visible, de un cuarto deshabitado, un escritorio deteriorado y en medio de la habitación un montón de tierra, encima de éste alguien había escrito más letras.

                  …zo…

                                                                              …frenia…

Eugenio David Aguilar Díaz

Egresado de la Preparatoria Regional de Tecolotlán

 

Andrea Yepez Mendoza. Insanus

Insanus. Andrea Yépez Mendoza. Preparatoria UTEG Plantel Zapopan.

La jugada perfecta

La jugada perfecta

La vi y quería que fuera mía, corrí tras de ella y jamás la perdí de vista, el área no estaba libre pero tres paredes en espacio reducido fue suficiente para burlar toda defensa, sólo y sin dudarlo disparé de primera. La euforia exaltaba mis venas, las de ella se desangraban.

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Vales oro. Julissa Sinaí Flores Medina. Egresada de la Preparatoria 7.

Bajo el árbol

Herido, solo y rodeado por el enemigo, pensó en su familia, en la guerra que lo había llevado hasta ahí y en lo que había guardado en el bolso de su camisa para justo ese momento. Alucinando, se llevó a la boca aquel mortal amigo suyo que de tantas lo había salvado, sintió por última vez ese polvo destinado a arder hasta convertirse en cenizas, de a poco lo introdujo en su garganta, y al cerrar sus ojos, jaló del gatillo.

 

Carlos Emmanuel Castillo Núñez

Egresado de la Preparatoria Regional de Tecolotlán

Recordando un parpadeo

Antes creía que era sólo un sueño que estropeaba mis amaneceres, pero hoy me doy cuenta que estropeó más que eso. Mirar la enorme pecera era un hábito natural para mí. En ella había peces de todos los tipos, tamaños y colores. Luego, la caja de vidrio se elevó hacia el techo de la casa dejando a los peces sin protección.

          El agua se derramó y los peces comenzaron a nadar, a flotar, o a volar a mí alrededor, infestando el lugar con sus ojos sin párpados y sus aletas puntiagudas. Algunos empezaron a crecer hasta el tamaño de un tiburón y se comían a los peces más chicos, los devoraban enteros o los destrozaban desgarrándolos con dientes filosos y los restos comenzaban a caerme encima y, al sentir el olor a muerto en mí, se acercaron apresuradamente…

          Desperté en mi querido sillón individual y disfruté la sensación de las calorías llenando mi cuerpo. Di un rápido vistazo al Libro de los sueños. Los peces no eran buena señal: agravación de una enfermedad, injurias, sufrimientos y pérdidas. Pero no tuve mucho tiempo para preocuparme, tenía que investigar el caso de una mujer acusada de haber matado a su mejor amigo. Sergio Balcázar apareció muerto en la casa de mi clienta en su misma habitación. Ella llamó a la policía al encontrarlo y los forenses interfirieron pronto. Descubrieron que murió por arma de fuego: tenía un impacto de bala calibre .22 en la frente y otro de una bala más grande en la pierna derecha. Se presumía que las balas entraron por la ventana, pero sólo había un agujero hecho por la bala más gruesa.

          Mi clienta, la señorita Aurora Aldama, una mujer soltera de 28 años, amante de juegos de azar y apuestas, había comprado un arma calibre .22 (que en ese momento se encontraba perdida), así que era la principal sospechosa y fue detenida. Ella juró no haberlo hecho y fue llevada a juicio. Su abogado, Federico Thépot, un moreno y elegante francés, me pidió ayuda para que encontrara pistas que favorecieran a Aurora, pero poco había podido hacer, la escena fue limpiada antes de que fuera a investigar. No vi más que la ventana rota con vista a la casa de al lado que abarcaba casi toda a pared. Frente a ella estaba la cama con la cabecera recargada a la pared paralela a la ventana. El colchón estaba manchado de sangre, así como la esquina inferior del pie de la cama y el lado izquierdo de ésta. Según informes, los forenses sólo se llevaron las piezas con sangre de un juego desordenado de craps que yacía en el piso. Dejaron un dado que marcaba cinco, el cual decidí llevarme.

          Cuando le conté a Aurora y a Thépot mis resultados tan inservibles, ella no pudo contener el llanto. El abogado la tomó del hombro y trató de consolarla mientras la abrazaba. Ella me aseguró que conocía a un tal Balcázar desde hacía mucho tiempo, ese hombre se había ganado la confianza de mi clienta y ella le había dado una llave de su casa. Él la usaba para ir a los juegos de apuestas que organizaba cada semana y para visitarla de vez en cuando.

          —No puedo hacer más por ahora —les dije—. Necesito reflexionar.

          Mientras me iba, el abogado me dijo débilmente una extraña frase que entendí como “Adiós, monsieur. Que tenga éxito”.

          No paraba de preguntarme qué pudo haber sucedido. Si ella no era culpable, pudieron haberlo matado porque tenían algo más que una amistad, o por alguna deuda con un jugador. Caminaba por un camellón ausente de transeúntes y noté una parpadeante luz roja en mi estómago. Al verla me escondí al tiempo que iniciaron las detonaciones de las balas. Me cubrí detrás de un auto hasta que los disparos dejaron de sonar. Vi debajo del auto los botines cafés estilo vaquero de un hombre que usaba un pantalón de vestir negro.

          Fue un verdadero susto, pero regresé a mi departamento a reflexionar sobre el caso, tanto que olvidé casi por completo el episodio anterior. Comencé a sudar y mi ropa pronto se mojó al grado de enfriarme la espalda, pero estaba increíblemente caliente. Repasaba una y otra vez los indescifrables términos de los reportes forenses. Vi tantas fotos en mi celular de la escena del crimen que mis ojos se inyectaron en sangre y, el dolor me impidió seguir viendo las letras. Estaba desesperado. No lograba encontrar nada.

          Sabía que si no lo lograba perdería mi trabajo, mis jefes ya habían notado el fracaso que soy y desde que murió Gaby, mi esposa, los casos siempre quedaban sin resolver. Ella era la detective. Su inteligencia, siempre superior, veía lo invisible y encontraba a ladrones, delincuentes y asaltantes en las partes más desconocidas del país. Podía hablar cinco idiomas y yo apenas tenía conocimientos muy superficiales de francés. Creo que Aurora lo sabía, hasta el abogado.

          Comencé a sentir más calor, uno que abrazaba y hasta asfixiaba. Mis sentidos percibian un olor corporal reconocible, me recordó a Gaby y juro que por un instante estaba junto a mí, vestida con su pantalón negro acampanado y su pequeño saco blanco. No me atrevía a decir nada. Ella caminó lentamente hacia mi sillón y se sentó en mis piernas. Me miraba con tristeza, como la última vez que hablé con ella. Me había insistido en que dejara el trabajo que llevaba a cabo. Pocas son las esposas que se atreven a decir que sus maridos no sirven para algo. Yo ni siquiera me digné a seguir viéndola a los ojos, fingía revisar el expediente abierto. Mientras se alejaba le grité bruscamente, más enojado que triste, “¡tienes que ayudarme!”.

          Como si estuviera en mi estancia actual, tomó el dado y, sin que siquiera me volteara a ver, lo arrojó. No supe en qué momento realmente tiré el dado, pero al revisarlo noté que cayó cinco. Lo tomé y lo volví a tirar: cinco, otra vez. Una vez más y volvió a caer cinco. Ya había visto algo así en uno de los expedientes antiguos de Gaby. No era la primera vez que ocurría.

          Llevaba muchos días caminando entre las sombras, siguiendo a tientas una pared gris y áspera, y hasta el final me cubrió un centello que dejaba burlado al Sol…

          Otra vez desperté. Un sueño nuevamente. Libro de los sueños. Laberinto. Misterio encontrado. Ya no son tonterías. No hay tiempo que perder. La duda es el retraso más grande.

          El abogado, Aurora y yo nos reunimos con el juez en cuanto les conté que tenía pistas aún inconclusas, pero con mucho potencial. Cuando me dieron la palabra, exclamé:

          —¡El asesino es el mismo Thépot! No había mucha gente que hiciera ruido, así que proseguí:

          —El señor Balcázar entró para visitar a Aurora en un momento en el que la señorita se encontraba fuera. Subió a su recámara para buscarla y encontró al señor Thépot sosteniendo el juego de craps que soltó del susto. Colocó a un francotirador (si así le podemos decir) alerta en la casa de al lado y cuando vio a alguien más en la habitación, disparó contra él y atinó a su pierna. Usted —dije señalando al culpable– tomó el arma de la señorita que debió encontrar mientras registraba la casa y disparó en su frente, ya que Sergio estaba retorciéndose de dolor mientras el tirador creía que ya lo había matado.

          —¿Pero por qué pensaría yo que habría una cantidad significativa de efectivo en la casa? —me reprochó Thépot con su acento francés pedante.

          —Una mujer que apuesta cada semana tiene que tener algo de efectivo guardado en casa; una mujer que, recordemos, puede pagar un abogado francés, y un abogado no se acerca con infrecuencia a los asesinos.

          —¿Tiene pruebas?

          —Fue interesante que un juego de dados que yacía en el piso tuviera sangre de la víctima en todas sus piezas, a excepción de una de ellas, que limpió con sus guantes–. Creo que ni yo me había dado cuenta de la adrenalina que sentía en ese momento.

          —Usted buscaba en la caja del juego de craps el dinero de la señorita porque no lo encontraba en ninguna otra parte. Cuando Sergio quedó herido en el suelo, usted no se decidió a matarlo, quizá por compasión pasajera. Lo dejó a la suerte esperando un número impar. ¿Le son familiares los dados cargados de los apostadores como mi clienta? Claro, ¿por qué usar su propio dado cuando ha encontrado uno que no evidencie una visita? Así, usted se llevó el arma que, por la orden que traigo aquí, espero encontrar pronto en su casa, así como sus cuentas, que coincidan con el dinero que se llevó y el contacto del francotirador.

          Mientras era retenido, me acerqué para decirle en voz baja:

          —Algo me decía que usted no contrató a un detective inepto al azar. Esperaba que yo mismo matara las esperanzas de mi clienta de salir libre. Ya me conocía a mí y a mi esposa. Ella abrió varios expedientes con sus asesinatos. ¡Sólo espere a que demuestre cómo fue que me quitó todo! La próxima vez fíjese a quien le dice adieu, no es una palabra de todos los días y casi la confundo con un simple adiós. Y cambie de botines antes de buscar a sus víctimas en la calle.

          Mi éxito debió haber sido tan grande como mi satisfacción. En ese momento la señora Aurora me felicitó al igual que mis superiores. Mi talento sería reconocido en las noticias y en los periódicos. Aún tenía trabajo por hacer y mi carrera hubiera sido exitosa, todos sabrían de lo que soy capaz. Todos, incluso alguien que al salir del juicio me apuntó con una parpadeante luz roja.

Óscar Rito Muñoz

Egresado de la Preparatoria 5

 

Scarlett Lizeth Regalado FernándezNYBok

Ojo. Scarlett Lizeth Regalado Fernández. Egresada de la Preparatoria 7.

Predestinación

Predestinación

Todo estaba escrito. El día llegaría… lo sabía, no podía hacer nada. Moriría, sin saber cómo ni a qué hora. Estaba desesperado, comenzó a desquiciarse, perdió la razón. ¡Que ya terminé! Sin poder soportarlo hizo el corte y vio cómo la sangre caía.

          Todo estaba escrito, el día llegaría…

          Llegó.

Esquizofrenia

Escuchó una amenaza detrás de él: que soltara el arma o se vería en serios problemas. Temeroso se giró y, sin dudarlo, jaló el gatillo; no podrían hacerle daño ya que estuviera muerto.

Eugenio David Aguilar Díaz

Egresado de la Preparatoria Regional de Tecolotlán

 

¡Bang!

Cuando mi verdugo apuntó la pistola a mi cabeza, miré directo al cañón del arma y me recordó a la mirada enojada de mi madre que de niño me acongojó tantas veces cuando intentó corregirme. Fue sin duda una forma acogedora de escuchar el gatillo presionarse.

Dalia Sarahí Hinojosa Mayoral

Egresada de la Preparatoria 4

La Broma Russelliana

Las grises paredes eran equivalentes a la negra consciencia de aquella masa existencial que se refugiaba en la idea de una vida vacía de necesidades banales, reprimida por su incipiente exigencia a una convivencia que se reducía a la charla con un mueble solitario y una puerta que sólo se abre por manos humanas.

          El hipopótamo con temple wittgensteiniano, ausente, sin sentido, se pregunta “¿acaso las proposiciones de la existencia son proposiciones místicas, y por lo tanto, indecibles?”. No lo sabe. La incertidumbre lo obliga a escapar, a esconderse y protegerse de la duda ontológica. Corre estrepitosamente, se desmorona conforme va llegando a su refugio. Un escritorio sombrío, viejo y demacrado por la dialéctica fundamentada en la lucha constante por demostrar quién es el amo y quién el esclavo. Llora, solloza, pide clemencia, quiere aniquilar su pensamiento y dejar de torturarse por su conciencia hacia aquel dinamismo constante y melancólico que se encuentra en su ser.

          Se abre la puerta, el cuarto se llena de un aire sistemático y riguroso generado por la discusión frenética de dos individuos extravagantes sumidos en un atomismo lógico que calló de manera inmediata y aséptica el llanto de aquel mamífero. Se sentaron en el escritorio sin parar de dialogar sobre temas que parecen fruto de la locura: acontecimientos que conforman el mundo, la figura lógica de los hechos como pensamiento y sobre el límite del lenguaje.

          El hipopótamo, hipnotizado por las palabras de aquellos personajes, dejó de pensar sobre su existencia y comenzó a plantear una filosofía del lenguaje y conceptos referentes a una manera de percibir aquella función elemental del ser humano, reflejo del pensamiento, como juegos de lenguaje o el significado reducido al uso de las expresiones.

          El ruido de figuras y objetos cayendo a su alrededor, y por desgracia a su cabeza, hecho que causó la pérdida de su innovadora idea, pues por la gravedad y la profundidad de la misma sólo tenía como único destino el incipiente suelo; sin embargo, logró apreciar cómo la idea no se quedaba sufriendo en el piso, sino que subió por las pantorrillas de aquel sujeto de cara lunática y penetró de forma imperativa a su oído, tratando de buscar una mente adecuada para manifestarse como palabra.

          Después de tal festival de unión epistémica, el cuadrúpedo observó a su alrededor y se vio rodeado por libros, imágenes y personas que caían de aquellas bocas que nunca conocieron el concepto de “mantenerse cerradas” y que pertenecían a los correctamente llamados filósofos, pues su discurso no se limitaba a mera expresión de una teoría lingüística, llevaron su pensamiento a la vida diaria hasta convertirse en símbolos lógicos hechos estructuras óseas y vivas.

          Comenzó a realizar una lista en su mente de aquellos objetos que lograba entender:

  • Un Tractatus logico-philosophicus. Él sabía que se trataba de ese libro, pues pudo ver con cierta facilidad a siete personas que cargaban de manera autoritaria y sin miedo alguno sus teorías; la primera era la más delgada pero entendía de manera sencilla y fáctica al mundo; la segunda, que a primera vista parece sola, se regocija con los hechos que conforman su ser; la tercera y cuarta, conjugándose en la constante ejecución del pensamiento: entienden y sostienen con gran ímpetu el aspecto psicológico del libro; la quinta y sexta, siempre rigurosas y autónomas, conviven amenamente con un metalenguaje.

          Al final, por más simple que aparente ser, se encuentra la persona más fuerte e inteligente, de una comprensión ética y práctica del lenguaje y de la vida, que tiene como propósito curarnos de la enfermedad de la confusión. Todos ellos se erigen con un temple de respeto y autoridad intelectual.

  • Un Círculo de Viena. Lo categorizó como tal al ver a cientos de personas diminutas congregadas alrededor del Tractatus y alabarlo energéticamente, tal como se ha hecho al presenciar a la Biblia.

  • Un Principia mathematica. De ésta obtuvo su significado de manera sencilla, pues vio con cierto pavor la forma en la que Aristóteles daba a luz, sobre aquel libro, a unos seres que de manera desconcertante se percataban de la verdad al respecto de su creación; eran números y axiomas matemáticos los que miraban con cierto amor biológico a su única madre: la lógica.

  • Un pequeño Whitehead, que salió de aquel libro donde Aristóteles era ayudado con técnicas mayéuticas por la filosofía y la aritmética, tratando de subir por el escritorio para defender a uno de los interlocutores, con un aprecio de hermano.

          Sólo uno de todos esos elementos llamó la atención del cuadrúpedo: era la séptima persona del brillante libro consagrado, al que persiguió, capturó, olfateó y, al final, con un deseo de autodidactismo, consumió.

          Al ver tal fenómeno, todos los diminutos personajes salieron corriendo; Aristóteles corría mientras seguía pariendo a más y más números y expresiones matemáticas; el Círculo de Viena se destruyó y ahora parecía más una estampida; Whitehead, asustado, logró subir todo el escritorio hasta llegar a la superficie, suspirando y presumiendo su capacidad por la sobrevivencia; los seis guardianes restantes cargaban como podían el libro sagrado pero el temor les ganaba, les habían quitado a la razón de su seguridad: la medicina para la filosofía.

          Sintieron el cansancio de su estrategia para sobrevivir, o al menos eso creyeron, pues su ser comenzaba a desvanecerse, todos esos pequeños elementos padecieron el final de su corta permanencia en el mundo, pues la introducción de una frase imponente y refutadora que flotaba sobre aquel espacio lógico firmó la inestabilidad de su existencia: Si digo, “en este lugar no hay ningún hipopótamo”, ¿carecería de sentido?

          El hipopótamo se estremeció, reconoció la temática que tanto dolor le causó al principio del día, se había dado cuenta que aquella frase sobre su ser y su esencia que se atrevió a bajar al suelo y bailar alrededor de su cabeza para mofarse de su persona, tenía sentido, pero lo tenía sobre su no existencia.

          Tembló, captó la relevancia de tal proposición y sintió cómo su estructura ontológica se desvanecía, aquella que trató de proteger dentro de su gran escondite, que trató de suprimir con pensamientos del lenguaje e intentó solucionar consumiendo a la más rica de las frases filosóficas. Ahora desaparece, se convierte en un positivismo lógico.

          El interlocutor, padre de la proposición asesina, revisó dentro y fuera de la habitación sin dejar rincón alguno donde posar aquel ojo hostigador y juez de la verdad; también analizó, personificando a Averroes y su intensidad de análisis, dentro de los cajones del escritorio, sobre y debajo de aquel mueble que por dentro contenía todo un mundo y sistema lógico-filosófico; fue así como demostró la certeza de su enunciación.

          Antes de levantarse y de limpiar sus rodillas empolvadas por el resto de los personajes místicos que expulsaron sus palabras, pudo escuchar, con gran nitidez, la última frase de aquel espíritu que se desvanecía: De lo que no se puede hablar hay que callar.

Diego Alberto Ramírez García

Egresado de la Preparatoria 5

 

Damián Maravilla García. Mr. Bird Bone

Mr. Bird Bone. Damián Maravilla García. Preparatoria Regional de Tecolotlán.

Al ritmo de «Call me»… de Blondie

Sábado por la noche. Crop-top transparente sin mangas. Chamarra de piel rosa. Jeans rotos. Botas negras con tacón. Cabello rosa desaliñado/peinado. Arete septum de oro rosado. Cartera llena. Dinero y condones. Lentes estilo Janis Joplin. Collar con una “A”. Intenciones perversas. Celular, Uber, fiesta, amigos. Luces neón. Música electrónica. Hombres musculosos, osos, lobos, daddys, twinks, asiáticos, travestis, góticos, Club kids, alcohol. Caricias, besos, desnudos. Piscina. Oral. Orgasmos. Manos. Uber. Escaleras, puerta, sofá-rosa, sillón azul, comedor, habitación. Fuera telas, cuatro tacones, dos instrumentos, veinte dedos. Beso negro. Condones. Ritmo. Arañazos. Asfixia. Golpes. Orgasmos. Leche. Noche. Cigarros. Domingo por la mañana.

Juan Luis González Hernández

Egresado de la Preparatoria 12

 

Phoebe Daniela Cruz Chávez. Confusión

Confusión. Phoebe Daniela Cruz Chávez. Preparatoria Regional de El Salto.

Hundido

El agua lo envuelve, sus movimientos rápidos lo ocultan y si quieres meterte deberás pensarlo, te abrazará hasta lo hondo, tendrás que observar bien dónde pisas. El sol está en su tardío. El sonido de avispa del agua que va rápida.

          Tu corazón palpita como el de un caballo que galopa en un campo abierto, verde. Miras a todos lados sin dejar de ver agua. Los árboles con sus ramas largas y frondosas dan sombra potente, basta y espesa.

          Bramas un nombre esperando en el eco el tuyo, tus dos manos en la boca en forma de embudo. Gritas de nuevo. Las nubes, el viento frío, el chocar del agua con las piedras, como si rascara el lomo de las piedras que suenan como susurro y te rosa la mejilla la humedad del sonido. El arrebol en su paroxismo.

          Algunas nubes negras sustituyen las rojas hasta abarcar el cielo, tan aprisa. Un rayo truena seco y tiembla. Corres a un lado del río como en una carrera, tratas de alcanzar toda esa agua, la espuma. El miedo te invade, la respiración arrecia, tus ojos chorrean lágrimas, la lluvia en tu cabeza comenzado suave, una caricia apenas.

          El viento furioso golpea los árboles, las hojas se escuchan chocar con otras y ramas. El agua hierve, burbujas en efervescencia, un suspiro se te escapa, un nombre a gritos. El agua que va, que nunca viene. El último hilo de sol se teje en una orilla, reconoces la forma y brota como flor de noche el cuerpo de tu hijo.

Héctor Miguel González Machuca

Egresado de la Preparatoria 12

Alternativo

Alternativo

Encontrado el paquete de explosivos el detective no hizo más que meterlo dentro de una caja. Pasados 15 segundos todos nos percatamos de la masacre sucedida dentro del cubo de cartón, del otro universo, en donde el gato también estaba muerto.

La hija de…

De pronto, Zamara Rosalba María Carmen segunda, hija del multimillonario catador de vid, Bill Warren Amancio Carlos, que se casó con Liliane Alice Jacqueline Susanne, conoció al ingeniero José. La relación no pudo germinar, el nombre del profesionista no llenaba las expectativas del libreto.

Fernando Cocolán Villegas

Egresado de la Preparatoria 7

Se venden ojos esmeraldas

Puros, hermosos e inocentes. Traídos especialmente desde la tierra, su sabor no es sólo delicioso, sino que sólo pueden utilizarse una vez, ya que al abrirlos la retina capturará su primera y única imagen.

          Interesados llamar y hacer sus pedidos a tiempo.

          El costo es de 1/4 de tierra lunar, se harán excepciones según territorio. Favor de ser considerados, los bebés humanos son especialmente difíciles de atrapar.

Karen Elizabeth Camacho Buenrostro

Egresada de la Preparatoria 17

Haikú, kimono

Me duele la garganta, la cabeza y… ¡oh, sorpresa! Un drag queen en mi cama (es la primera vez). Me asombra que aún tenga esas botas de plataforma. Después de esta noche lo hicimos con los tacones puestos (los traíamos de aretes).

     Apenas me di cuenta que estaba ¿calvo o calva? En fin, sin cabello y aún maquillado (con el maquillaje corrido pero no embarrado). Yo, en cambio, tenía embarrado todo el cuerpo de labial.

     —Buenos días…

     —Buenos días, bombón.

     —Me dio mucha gracia su comentario. Y su voz femenina tan fingida.

     —¿Qué hora es?

     —Van a ser las 12…

     —Qué temprano. —Se rió, se dejó caer, levantó una pierna y se miró las largas y enormes botas.

     —Buenas botas—, miró mis botas.

     —Lindos botines.

     No teníamos nada más puesto, sólo las botas. Tomé un kimono corto, blanco, con cinturón rojo y me lo coloqué.

     —Préstame ropa, me la rompiste toda, hasta la ropa interior…

     —Toma lo que quieras.

     Abrí mi closet y mi invitado apretó los labios.

     —Tienes el clóset de una drag queen, veo de todo: pieles, abrigos, t-shirts, camisas, el kimono que traes, plásticos onda Britney… y cosas muy entalladas y cortas.

     —Dame ese kimono tan lindo, quítatelo.

     —Me lo quitó y me besó.

     Entró al baño con una bolsa donde llevaba sus esponjas y pantimedias. Salió una impecable mujer calva de pecho plano con botas enormes.

     —¡Wow!

     —¡Gracias, bombón!

     —¿Así estabas anoche? Creo que ayer me salió lo hetero.

     —No, no se te salió lo hetero. Anoche no traía nada en la parte de arriba, me veía más masculina que tú, —me reí mucho.

     Tenía un físico muy andrógino, si no fuera por su pecho plano pensaría que era una mujer calva.

     —¿No me pedirás un taxi? —me preguntó muy serio.

     —No. Quiero que te quedes, quiero pasar el día contigo.

     —Ok, pero no me verás sin maquillaje, —dijo muy contento.

     —Deja me cambio.

     —No te pongas nada oriental… porque ya seríamos dos.

     Me acerqué a mi clóset y me puse un overol corto, color amarillo, sin playera, unas calcetas rosas, tenis blancos Vans. Veía sobre mi hombro que el drag queen (no sabía o no recordaba su nombre) me miraba bien pero muy raro.

     —Tienes un estilo muy especial.

     —¿Eso es malo?

     —Para mí no y espero que para ti tampoco.

     —Para nada me molesta.

     —¿Puedo preguntar qué significa eso?, —apuntó a su clavícula refiriéndose a la mía, a mi tatuaje.

     —Es club kid.

     —¿Te gustan los club kids?

     —Se supone que soy uno, que sigo el estilo, pero James St. James diría que es muy simple para ser uno, y Boy George que es muy diferente para ser simple. Así que se diría que estoy como a medias. Digamos que soy un simple jotito. Soltamos la carcajada las dos locas.

     —Eres como una fusión de Boy George y Pink, —se rio más fuerte.

     —¿Sí? Tú eres Nina Flowers versión La Lagunilla. —Ahora sí, no le pareció.

     Dejamos ahí esa pequeña discusión y pasamos a la sala. Puse algo de Boy George, desde su “Karma chamelion” hasta su “My god”.

     Preparé el desayu-comida, le di lo que encontré en el refrigerador, le preparé unos huevos con jamón y yo tomé un café soluble (esta vez sí estaba dulce) y tratamos de recordar lo que pasó ayer. Ambos coincidimos en que fue extraño pero satisfactorio.

     Estaba tumbado en el sofá rosa, mirando cómo caminaba y se paseaba por mi depa, tocando todo, luciendo ese kimono que siempre me recuerda la pureza del alma (súper etéreo y místico —mucha mamada, lo sé, ¡pero así lo veo! —), tan liviano, tan blanco. Tocaba mis libros con una gracia muy elegante. Se dio cuenta cómo lo observaba y se acercó a mí. Se sentó frente y sobre de mí, mirándome a la cara. Acarició mi tatuaje con su uña larga y sentí un escalofrío por toda la espina dorsal, me excité. Le toqué el culo con las dos manos. Le besé el cuello.

     Lo llevé a la habitación.

     —Me tengo que ir. ¿Me prestas ropa masculina?, —se rio al momento—, bueno, otro tipo de ropa, distinta a la que traigo.

     —Sí, toma lo que te guste.

     Tomó un sweater color guinda, unos jeans verde militar y unos tenis. Entró al baño como una bella mujer calva con kimono y salió un hombre muy atractivo y muy varonil, con cejas gruesas y nada que ver con su álter ego.

     —¡Qué onda! —dijo con una voz muy gruesa pero fresca.

     —¡Qué pedo!

     —¿No te dije que soy hombre? —y esa voz y esa risa hicieron que se me frunciera el culo.

     —¿Dónde estaba esa voz?

     —Cuando entro en personaje ya no soy Carlos, me convierto en Ururi-ha.

     —Ah, ¿por eso te gustó mi kimono? —me guiñó el ojo.

     Después de su transformación en un hombre guapo y varonil nos sentamos en la sala. Abrazados vimos una película The adventures of Priscilla, queen of the desert, o algo así. No presté atención a la película por estar mirando y abrazándolo. Me sentía muy protegido, como cuando era pequeño. Durante la película me quedé dormido sintiendo su calor.

     Desperté y ya no estaba. Me levanté del sillón azul. Había en la mesa rubic de centro una notita: “Me divertí muchísimo, bombón rosita, espero que nos volvamos a ver. Tienes buena poesía, pero te faltan algunos haikús. Un besazo. Ururi-ha. Un beso. Carlos”.

     Estuvo raro, es verdad, pero así es esto.

Juan Luis González Hernández

Egresado de la Preparatoria 12

 

Phoebe Daniela Cruz Chávez. Hiding

Hiding. Phoebe Daniela Cruz Chávez. Preparatoria Regional de El Salto.

Ámbar

1976. El zumbido de los insectos velludos, con sus bellos patrones amarillentos y negruzcos, no le molestaban a Martha; para ella era como el sonido del universo al nacer, un consuelo para la represión, un escape del amor doloroso hacia el Creador y un recordatorio de lo intrincado de la vida.

          Martha no aborrecía su existencia, su mudanza al convento de San Hipólito a los 15 años fue tan presurosa e ineludible que sólo quedaba resignación ante los mandatos de su padre, un hombre que se arrepentía día con día de haber engendrado una anormalidad perversa; 40 años después, su padre descansa bajo tierra, con su conciencia en negrura, y sus palabras aún haciendo eco en la mente de su retoño.

          Durante uno de los múltiples viajes a sus labores apicultoras cerca de la ladera de un cerro boscoso, Martha vio a lo lejos lo que parecía un espejismo: Helena, una novicia agraciada de 18 años, que daba alaridos afligidos y lastimeros, llenos de frustración e impotencia; dos monjas arrastraban a la señorita dentro del convento, donde después la enorme puerta de madera antigua carcomida por termitas cerró, un carruaje se alejó de la escena, los caballos caminaron con pesadez.

          Martha dormía en su austera habitación, decorada con una silla, un escritorio, una cama básica e incómoda y una imagen de San Hipólito. Una abeja entró a su habitación y se posó en su mejilla, la monja despertó y se lamentó por ello. Comenzó a llorar, como una niña pequeña, mientras observa cómo su casa se vuelve cenizas tras un incendio incontrolable, que traspasa capa tras capa de piel hasta llegar al tuétano. Satanás la había tomado como un muñeco de trapo y abierto su vientre cual mantequilla tibia para revolver sus entrañas, llenando sus manos de sangre y fluidos.

          Martha terminó. Su breve éxtasis derramó arrepentimiento. Caminó hacia su escritorio y encendió una vela. La llama era alta e imponente. Puso la palma de su mano sobre la flama y lloró, no por el insoportable dolor, sino por el reconocimiento de las tinieblas que la envolvían y que prometían no irse nunca. La mujer rogó por su salvación.

          En la cocina, de los 50 cuchillos que estaban inventariados en un cuadernillo viejo que se encontraba en el buró de la Madre Superiora, faltaba uno. En su habitación, justo antes del amanecer, la memoria de Helena retenía por última vez el rostro de su tórtolo de piel caramelo; la sangre de la novicia era absorbida por la frazada de lana que tapaban sus pies pálidos y fríos. Dios actúa de maneras misteriosas.

          El velorio fue de un silencio ensordecedor, rostros marcados por la edad, la amargura o el ayuno observaban el cuerpo dentro del féretro mientras sostenían un rosario murmurando palabras que parecían un idioma olvidado y marchito, un mantra polvoriento. Paulatinamente, todas se retiraron, excepto Martha que, como un gorrión asustado, estaba sentada en un rincón.

          Se acercó y tocó la carne perlada, en cuya superficie existían caminos azulinos, antaño de mucho movimiento, ahora ignorados y abandonados. Abrió sus párpados y admiró sus ojos aturquesados, sus labios esculpidos por Canova, su cabello pelirrojo perfectamente recogido cuyas brasas se habían extinguido y no quedaba rescoldo alguno. La psique cuerda de Martha cayó al suelo y se quebró en cientos de pedazos esparcidos por el prístino azulejo de la habitación, mientras su rostro se mantenía congelado, aceptando con resignación el designio, y tratando de calmar el dolor pesaroso de haber perdido a su Afrodita furiosa, que decidió adelantarse al eterno descanso. Debido a la osadía de la oposición de la afligida jovencita a seguir el plan divino y haber forzado su voluntad, su lápida merecía un lugar en la colina detrás del convento, un espacio tan solitario que hasta Dios se olvidaría de ella.

          Martha ahora aborrecía su existencia, no dejaba de tener el mórbido pensamiento de gusanos mascando sin delicadeza y con un salvajismo aberrante el cuerpo de Helena hasta dejarlo en una impersonal osamenta; el que sucediera esto era una afrenta con todo lo lógico y lo congruente, una falla terrible, un error de cálculo gravísimo que abatía todo lo construido hasta ahora. Dios y su cordero habían errado, Martha no lo haría de nuevo.

          Recolectó litros y litros de aquel dulcísimo néctar, llevándolos a la colina con dificultad. Mientras tanto, en el convento, una hermana curiosa notaría que el inventario de la cocina ahora tenía un ligero error: no faltaba un cuchillo, sino dos. Así que, caminando lentamente por la floresta, miró con condescendencia al convento que ahora, a la lejanía, era una pequeña mota negra.

          Abrió el féretro con ojos cerrados y respirando por la boca vertió toda la miel hasta llenar el ataúd. Martha miró al cielo, segura de su inmortalidad tanto terrena como espiritual, mientras su vida salía a borbotones mezclándose con la miel, al lado de aquella sublime creación, y sumergiéndose cada vez, hasta que sus ojos vieron color ámbar y nada más.

José Antonio De la Torre Vega

Egresado de la Preparatoria 7 

 

 

Olor a azufre

Olor a azufre

Después de varios tequilas, don Jorge se fue a la cama a hacer el amor. Julia, su esposa, le preguntó si creía en el diablo, y fue tan extraño como levantarse hoy solo en la cama y recordar que su mujer se había ido de viaje dos días atrás.

Notitas

Los niños creían que Anita ya no jugaba con ellos porque sabían que tenía epilepsia, así que, con la esperanza de quitarle la vergüenza para verla de nuevo, le escribieron una nota que decía: “lo sabemos”.

No recibieron respuesta, sólo vieron llegar al domicilio varias patrullas.

La mamá de Anita se declaró culpable de homicidio.

Kevin Bricio Palafox

Preparatoria Regional de Arandas, módulo San Ignacio Cerro Gordo

 

Tiendita

Tiendita

“Abrimos de 9 a 9”, dijo el dueño de la tienda. Su empleado debe obedecer al gran letrero; por eso, en cuanto abre la sucursal, se ve obligado a cerrarlo.

Caballeros

“usted quiere finiquitar esto. Le concederé el final, señor mío, pero con mis términos. ¡Si vamos a terminar esto, pues que sea con un duelo de espadas!”, le grité antes de ir a la cama para desnudarnos.

Debate

Una vez reté a Dios a un debate, pero no fue. Y me ganó.

Jesús Misael Chávez López

Egresado de la Preparatoria 9

 

La desbocada imaginación

La imaginación no lo es todo en la vida, pero cómo ayuda. Pero pienso, por ejemplo, en el número de volúmenes que el Quijote leería sobre historias de caballería para acabar deschavetado y lanzarse a salvar doncellas de situaciones peligrosas, acompañado de un escudero que lo cuestionaba todo el tiempo. Pienso, también, en el cultivo que hizo Borges del libro como objeto y como oráculo, al que le dedicó la vida entera y le sacrificó incluso su vista. Pienso, igualmente, en el empecinamiento de Dante por adentrarse y experimentar los círculos del infierno de la mano del poeta Virgilio, un imaginador. Pienso, por último, en la voluntad de Juan Preciado para conocer su destino en Comala, una tierra que se encuentra sobre el comal mismo del infierno y cuyos habitantes han dejado de existir y pululan por esas tierras como almas en pena. Imaginación, hay aquí imaginación sin duda.

Toda historia bien contada comienza con un drama. Drama que supone un conflicto entre la vida y la muerte. Quien salga triunfador poco importa para el desenlace de la buena historia. Lo que se busca, en última instancia, es poner en el escenario una lucha entre fuerzas que responde a motivaciones de índole amorosa, existencial, religiosa, e incluso de bandos políticos o de guerra. Los personajes que representan el drama son quienes, al final, resultan vencedores o vencidos, pero su cometido no es solazarse en ese supuesto triunfo o derrota, sino en el sopesar sus fuerzas con sus adversarios. El amor triunfa sobre la muerte, se dice. O la vida, al final, se impone a la maldad y los malos. Esto es consecuencia de ese poner en marcha los presupuestos de un enfrentamiento entre distintas fuerzas opositoras. Ayuda, para esto, soltarle la rienda a la imaginación.

El escritor argentino Ricardo Piglia, en sus Diarios escribe que contar cuento es poner a trabajar las fuerzas de la realidad, entendida como la experiencia de la vida en su tinta, en su color. No hay escritura sin experiencia. Lo mismo, con la novela. Escribir, en todo caso, implica poner en juego las razones de un suceso, aunque en la novela o el cuento que se escriba no se mencione. Ese es un truco para contar. Lo definió muy bien el narrador estadounidense Ernest Hemingway como la Teoría del iceberg: hay que dejar ver, por ejemplo, un asalto en todas sus circunstancias, pero no contar sus razones y ni siquiera perfilar a sus protagonistas, solamente lo que eso provoca en adelante en la historia. Y para ello hay que echar a andar a señora que se desboca pronto, la imaginación.

En sus Prosas apátridas, Julio Ramón Ribeyro reflexiona sobre el acto de escribir. Por principio de cuentas, Ribeyro dice que escribir es acceder a un conocimiento, de nosotros mismos y del mundo. Contar para conocerse. Escribir para aprehender y dar. La escritura, ya se sabe, es un riesgo: una exposición a la mirada ajena. Y, por consecuencia, al juicio ajeno. “Muchas cosas las conocemos o las comprendemos únicamente cuando las escribimos”, reflexiona Ribeyro. De este modo, parafraseando al escritor peruano, es posible acceder a una realidad que estaba allí, al alcance, pero oculta, velada.

Cervantes (El Quijote), Borges, Dante (La divina comedia) y Rulfo (Pedro Páramo) son autores disímiles en muchos rubros, incluso vivieron en épocas lejanas unos de otros, pero los une un hilo poderoso: la imaginación, ese puntal para ponerse a contar historias y encontrarles su punto final. La desbocada imaginación es la piedra de toque, la piedra que sostiene y empuja la creación en toda su magnitud. Creación a la que habrá que darle un cauce para que la historia no se salga de las manos y acabe, sin pies ni cabeza, donde el autor no quiere. Los personajes son nuestros durante toda la historia, solamente al final se les deja ir para que cumplan el fin para el que fueron creados. Así de ingrata y satisfactoria, al mismo tiempo, es la escritura. La imaginación puesta en papel.

 

Juan Fernando Covarrubias

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