Category Archive: Redecuentos

Topofrenia

Del griego topos (τόπος: lugar) y frenia (φρένεια: mente, pensamiento)

El crítico literario Rober Tally Jr. explica la topofrenia con espacios íntimos y seguros que, de pronto, se vuelven agrestes. Es como ese cofre del tesoro que resulta ser un mimic en las historias de aventuras o a la otra madre, Beldam, de Coraline; pero esto se desarrolla en espacios específicos. ¿Qué pasa cuando mi cuarto ya no es un lugar para protegerme en los sueños, sino un espacio amenazante y, en el umbral, puedo ver la silueta de alguien que me acecha?

Dicen que los escritores somos un termómetro moral de la sociedad; claramente, no podemos negar que estamos mal como ciudadanos: llenos de una inseguridad malsana que nos presiona el costado en el camión y que se sube a nuestras espaldas cuando caminamos en soledad por las calles. Sin embargo, también los escritores somos quienes podemos mostrar la versión más horrible de la realidad para hacer una denuncia social de aquello que nos incomoda.

La narrativa sí cuenta historias incómodas, Guadalupe Nettel tiene un libro con ese título, justamente; pero quedarnos en silencio en esos espacios y no hacer ninguna denuncia sería ser cómplices de ese mal, una contradicción a lo que los escritores buscamos hacer al sentarnos frente a la computadora, al abrir el celular, al sacar nuestra libreta y presionar el bolígrafo para empezar a dibujar esa realidad.

Leamos el siguiente corredor de narraciones como una advertencia de lo que podemos encontrar en la vida real y pensemos en que allá, en el centro de los maizales, podríamos encontrar una sonrisa descolocada que nunca habíamos visto.

Ome Galindo*

Crítico literario y escritor. Además de tener el doctorado en Humanidades, es autor de diversos géneros con distintos premios nacionales e internacionales. También es locutor, promotror de lectura y gestor cultural. Actualmente es docente de la Preparatoria 8,

El maizal

Vanessa Lizeth Ortiz Robles
Preparatoria 15

Cuando regresé a la granja de mi abuelo no sentía miedo, la verdad solo quería vender el lugar y ya. Desde que él murió, nadie más había vivido ahí y el terreno estaba medio abandonado. 

La primera noche fue rara, pero no pasó nada grave, lo único extraño era el silencio. En la ciudad siempre hay ruido, pero ahí no se escuchaba nada, solo el sonido del maíz moviéndose con el viento. Era como si las hojas se movieran todo el tiempo, aunque no hubiera viento. 

Esa noche escuché un silbido, pensé que fue mi imaginación. Fue un sonido largo, bajito, como cuando alguien intenta silbar pero no le sale bien. Me quedé quieto y en silencio esperando que se repitiera, pero ya no se volvió a escuchar nada más. 

Al día siguiente fui al maizal, las plantas estaban más altas de lo normal, casi me tapaban la vista. Caminando empecé a sentir algo raro, era una sensación como si alguien me estuviera observando; se que suena raro y exagerado, pero era una sensación muy clara. 

Entonces lo escuché otra vez, el silbido de aquella noche, pero esta vez sonó más cerca. Me detuve y volteé rápido, pero no había nadie. Ni siquiera viento, todo estaba demasiado quieto. Intenté convencerme de que solo me estaba sugestionando. La gente del pueblo siempre decía que esa tierra era “extraña”, pero yo nunca creí eso. 

Esa noche soñé con mi abuelo; estaba parado en medio del maíz, de espaldas. Yo le hablaba pero no contestaba y cuando intentaba acercarme, las plantas crecían entre nosotros y no me dejaban llegar. Desperté sudando, fue ahí cuando escuché mi nombre, no fue tan fuerte, fue casi un susurro. No quise ni pensarlo. Me levanté y revisé toda la casa; no había nadie. En los días siguientes, todo empeoró. El silbido ya no era solo un sonido cualquiera. Empezó a tener ritmo. Empezó a sonar… igual que mi respiración. Cuando yo respiraba rápido, el silbido también, cuando intentaba contener el aire, el sonido se detenía. Fue cuando entendí algo que me dio más miedo que cualquier cosa: no me estaba llamando, me estaba copiando. 

Una tarde encontré un espantapájaros en medio del maizal. No recordaba haberlo visto antes, tenía ropa vieja y cuando me acerqué, sentí que algo estaba mal. Di la vuelta para regresar a la casa y justo en ese momento escuché el silbido detrás de mí. Cuando volteé otra vez, el espantapájaros estaba ligeramente inclinado hacia mi lado, como si me estuviera mirando. Esa noche no dormí, a las 3 de la mañana el silbido comenzó a sonar dentro de la casa, lento, imperfecto… como si alguien estuviera aprendiendo a usar una voz. Salí corriendo hacia el maizal sin pensar. Sentía que si me quedaba ahí me iba a volver loco. Las plantas se movían aunque no había viento y todas parecían apuntar hacía el centro. Cuando volví, lo vi. Había otro espantapájaros. Con mi chamarra, con mi estatura, con mi cara, tenía los ojos cerrados, el silbido salía de su boca. Intenté gritar, pero no pude. Sentí que me faltaba el aire, como si algo me lo estuviera quitando poco a poco. Todo el maíz empezó a moverse al mismo tiempo, como si respirara. Y por primera vez entendí que la granja nunca estuvo vacía; algo estaba ahí, esperando aprender de mí. No sé cuánto tiempo pasó después de eso, solo sé que ahora el maizal se ve más alto y que en el centro hay un espantapájaros nuevo, con los ojos abiertos.

La banca

Alma Monserrat Bautista Martinez
Preparatoria Regional de Tlajomulco de Zúñiga

Había un parque donde siempre había una banca vacía; no porque nadie quisiera  sentarse, sino porque, según decían, hablaba. 

Una tarde, una niña, Sarahí, decidió intentarlo y sentarse en ella. Se sentó y al  instante, escuchó una voz suave: 

—¿Eres Sarahí? ¿la misma niña que eras hace un año? ¿O eres la misma niña  después de cometer un error? 

Sarahí en ese instante pensó en sus malas decisiones, en las peleas con su mamá,  en lo mucho que había cambiado su forma de pensar y actuar. 

—Sí, soy la misma… pero también no —respondió confundida. 

—Si cambiaste tanto, ¿qué parte de tí sigue siendo tú? —insistió la banca. 

Sarahí miró sus manos. No eran las mismas de cuando era niña. Sus gustos tampoco. Su forma de pensar menos. Pero había algo que permanecía: una especie de hilo invisible que unía todos sus recuerdos y experiencias. 

—Tal vez soy mi historia… mi propia historia —dijo al fin. 

La banca no volvió a hablar. 

Sarahí se levantó de la banca distinta. Entendió que crecer y equivocarse no es dejar de ser uno mismo, sino aprender que somos un cambio constante y que podemos  mejorar… y aun así, seguimos siendo nosotros.

Donde las miradas hablan la tormenta susurra
Paola Guadalupe Limón Ríos
Preparatoria Regional de El Salto, Módulo Juanacatlán

Mujer por una noche

Abril Clementina Yolotzin Torres Alvarez
Preparatoria 8

En una noche fría y silenciosa, ese hombre que me estaba asaltando en el callejón, juró nunca violar a un hombre… Me puso maquillaje y un vestido.

Parte del proletariado
Enrique Gallegos Orozco
Preparatoria 9

Sombras y fuego

Ricardo Antonio Ramírez Ruelas
Preparatoria 4

En un pequeño pueblo de Jalisco, la gente hablaba en voz baja cada vez que encendía la televisión. Las noticias repetían un nombre que parecía pesar en el ambiente: Lichto, un hombre del que se decía tenía mucha influencia en la región. Para algunos era solo un nombre más; para otros, una sombra que se extendía sobre carreteras y montañas.

Mateo, un joven de 16 años, no entendía del todo lo que pasaba, pero sí notaba que cada vez que los adultos escuchaban esas noticias, el ambiente en casa cambiaba.

Una tarde, el cielo del pueblo se llenó de humo a lo lejos. Las noticias hablaban de vehículos incendiados y bloqueos en distintas carreteras del estado. La gente lo llamaba “la quemazón”. No era algo que Mateo hubiera visto antes, y el miedo se sentía diferente: más real, más cercano.

Su mamá cerró el negocio antes de tiempo. Su papá pidió que nadie saliera. En la escuela, los rumores iban y venían, y el nombre de Lichto aparecía en casi todas las conversaciones, aunque nadie sabía realmente qué era verdad.

Mateo miraba por la ventana preguntándose cómo las acciones de una sola persona podían alterar la tranquilidad de tantas familias. El humo no solo estaba en el aire; también parecía meterse en los pensamientos de todos.

Con el paso de los días, las carreteras se despejaron y el humo desapareció. El pueblo volvió poco a poco a su rutina. Las noticias dejaron de repetir el nombre y la vida siguió adelante.

Esa noche, su padre le dijo algo que Mateo guardó para siempre:

El miedo se propaga rápido, pero la esperanza también, si uno decide alimentarla.

Mateo entendió que no podía controlar lo que hacían otros, pero sí podía decidir quién quería ser. Y eligió un camino distinto, lejos de las sombras y más cerca de un futuro mejor.

Presentando la carpeta

Jacqueline Elizabeth Vázquez Amaya
Escuela Vocacional

Bajo otras circunstancias, me hubiera presentado distinto, tendría derecho a dar una mejor imagen, pero en este momento, ni siquiera yo misma me reconozco. Incluso usaría otro nombre que, a pesar de no recordarlo, me gustaba más que el que cargo ahora.

Me presento como el Caso 457, apodo tan repetitivo que, en estos cinco años, me ha hecho olvidar mis apellidos. Somos miles dentro de este lugar de amnesia, donde nuestro nombre de pila se convierte en «Caso» y nuestra historia en un código destinado a perderse en papel. Eso sí, no somos tan desafortunados como aquellos que no llegan siquiera a valer lo suficiente para sumar un número en la estadística. Por eso no perdemos la fe; incluso nuestro club de podredumbre podría ser clausurado algún día. Pero ya que ha llegado hasta aquí, ¿podría decirme a usted qué le ocurrió? Al ser el nuevo, le pregunto no por entrometida, sino porque temo que quien nos redacta, distorsione también su realidad. Después de todo, ya forma parte de la cuenta.

El suelo donde nací
Iliana Lynette García Torres
Preparatoria de Jalisoc

Ratas asquerosas

Paula Nuñez Castillo
Preparatoria 15

Que asco me dan ustedes las ratas, ustedes que roban, ustedes que toman las cosas, ustedes que se llevan la comida, ustedes que mantienen una asquerosa y enferma familia. Me repugna ver cómo se llevan los medicamentos para curar a sus pestilentes crías enfermas, ustedes malditas que no pueden pagar un hogar, ustedes seres repulsivos que ya no creen en las falsas esperanzas que les ofrecen los de arriba Malditas ratas asquerosas. Me da asco que intenten sobrevivir.

Autopsia del conejo inocente
María Isabel Alejo López
Preparatoria de Jalisco

Sala de espera

Joselyn Gómez Salcido
Preparatoria Regional de Santa Anita

Querida amiga, gustosa de darte la bienvenida, espero puedas estar cómoda y disfrutar tu estadía. Hace mucho que no te veía, hasta había olvidado el peculiar sonido de tu voz, tremenda ironía. Volvió tu pequeña sumisa y con eso puedes quitarle la vida. Háblale sucio, dile mentiras, compara todo lo que ella sería. Cuéntale historias, enséñale imágenes; ella seguro te escuchará, seguirá cada paso y contará cada caloría. Pero esa es tu cualidad más efectiva, convencer a cualquiera de que gozas de sabiduría. A quién trata de engañar tu pobre víctima, si no ha olvidado tus insensibles carcajadas, los pensamientos con los que entras en su mente, y la labia con la que la deshacías. Juega con su energía, debe de sentirse culpable al final del día, porque toda esa comida solo la hace sentir más perdida.

Creyendo que alguien la amaría, con todo el desastre que es su patética familia, hasta olvido como era amarse a sí misma.

El diagnóstico de la doctora no era mentira, esa mentalidad tan maldita le trajo una sorpresita. Ya no era digna de ser una arpía, mucho menos una persona, dejó de valer algo. Solo era el experimento mal hecho de la niña que ya no era tan niña.

6 letras, una palabra y todo su problemita por delante. Pero está vez no hubo gritos, o regaños, ni fue digna de golpes.

El silencio se adueñó de la sala y ninguno de los presentes podían decir nada, excepto mi querida amiga, que reía y aplaudía en su silla, poniéndose de pie para admirar el espectáculo que había creado.

Con esa pícara sonrisa y su jodida vocecita, expresó:

– Felicidades, pequeña idiota, ahora serás reducida a una etiqueta – Rió más fuerte y aplaudió sarcásticamente.

– Eres mía y ya nunca más podrás escapar, princesita- hizo una pausa corta, con ese gesto burlón y lastimero que ya le era familiar -¿O debería decirte «anemiquita»?

Y ahí estaba su patética obra, escuchando a la doctora, atada a algo invisible para los presentes, pero era esclava de su propia mente.

Espero se sienta bienvenida señora Anemia, siéntase como en su casa, tome la siesta, porque este será su hogar y su permanencia será crucial para la pequeña; la pendeja que puedes manejar a tu antojo, la marioneta de la que te encanta jugar con sus cuerdas, de la perra que aguanta hambre para ser delgadita y bonita, de tu muñequita bien maquillada.

Pero recuerda, nada de vómito, después de todo la «anemiquita» no puede humillarse más siendo la «bulimiquita».

Mi Vaticano del diluvio
María Isabel Alejo López
Preparatoria de Jalisco
íntegro
Jonathan Daniel Rafael De Santiago
Preparatoria Regional de Tequila

Tú, yo y el caos

Anzaldo Benitez Izabella Scarlett
Preparatoria 3

Podríamos decir que es fácil enamorarse cuando lo tienes todo. La gente de países de primer mundo no sabe lo que es el amor, y eso que hay grandes historias europeas sobre parejas que lo tenían todo en contra y aún así forjaron una relación que prevaleció ante los peores escenarios; y son realmente hermosas, pero eso es ficción. Es fácil caer ante esa premisa si ignoramos que la mayoría de ellos no se preocupan por el techo que los cubre, los servicios públicos de salud en donde viven, la educación que reciben, o tal vez, sin divagar mucho, sobre si las calles que rodean su casa son lo suficientemente seguras para caminar por ellas cuando el sol ya se ha escondido. 

Sonaré muy patriota, aunque mentiría si dijera que no amo a mi país, pero no es solo eso, no es solo el amor que le tengo a México lo que me hace pensar que un romance de barrio es mejor que uno en París o Roma. Creo fielmente que una de las formas más puras de amar es en un ambiente lleno de caos y de conflictos económicos y políticos. En pocas palabras, es muy diferente amar a alguien cuando sobrevives entre la crisis del tercer mundo y tus propios problemas personales, que cuando amas teniéndolo todo en la palma de tu mano. La vida no es fácil para nadie, este mundo tiene la rara y oportuna tendencia de jodernos a todos en el momento y lugar menos indicado, pero si mezclamos eso con vivir en un país altamente inseguro, la idea de perder la comodidad de la soltería y aventurarse a desnudar tu alma frente a otra persona de repente suena descabellada, y aún así lo hacemos. En especial los jóvenes, como nos encanta enamorarnos de todo y todos, y los amores más intensos son justo en esta etapa de nuestras vidas; sentimos todo demasiado. No entiendo cómo eso se acaba en la adultez, o si en realidad no se acaba y solo es que los adultos son demasiado cobardes para salir de su zona de confort y deciden buscar cosas “serias” y “estables” y no una explosión de emociones como nosotros los chavos. 

—¿Y todo ese choro por qué me lo cuentas, Gael? —preguntó Fer, una chica hermosa de cabello castaño, cada mechón, un perfecto espiral destilante de la misma belleza y alegría que te transmitía su rostro con solo verla sonreír. 

Ella es mi sol, mi luna y las estrellas, no la amo, la “cielo”, como dijo Frida Kahlo, porque decir que la amo más que a nada, hace a la nada parecer mucho. Somos mejores amigos desde hace años, y no siempre estuve enamorado de ella, aunque con el revoltijo de pensamientos que tengo en la cabeza, no soy capaz de afirmar o negar nada, tal vez siempre la miré con otros ojos, lo que no me sorprendería; ella siempre ha estado ahí, cuando he llorado con las rodillas raspadas por caer en el suelo, o cuando también he llorado pero por motivos más densos. Es ella, ella a la que quiero y busco cuando las manos me tiemblan de ansiedad por un problema en mi casa o la escuela. Es la única en la que me gasto los últimos cincuenta pesos de mi cartera a mitad de la semana, sabiendo que si algún profesor pide material de papelería probablemente ya valí, pero todo eso merece el esfuerzo cuando escucho su risa, cuando siento su cabeza en mi hombro, justo como ahora, que estamos en la calle sentados en la banqueta con el atardecer pisándole los talones al reloj, tomando de la misma botella de plástico agua mezclada con algo de licor que le robamos a su mamá. Me gustaría saber si los españoles o primermundistas conocen este sentimiento. No tengo nada en su contra, pero no creo que puedan encontrar a alguien más radiante que ella; que les otorgue la paz que ella me otorga en medio del caos latino. 

—Nada más, ¿no te suena interesante mi teoría? —le quité un mechón de cabello de la cara, riéndome un poco de como no podía acomodarse detrás de su oreja, una tontería, pero en defensa propia, ningún pensamiento que pudiera crear en mi cabeza estaba saliendo ileso ante la influencia del alcohol. 

—Los poetas podrían diferir —le dio un pequeño trago a la botella de agua, el sonido de sus manos apretando el plástico de la misma; llenando el silencio que antes ocupaban el viento y nuestras respiraciones—. tienes suerte de que sea pintora y no poeta, el concepto de un amor prosperando en medio del desastre es buena inspiración para una pintura. 

—¿Y quiénes serían los protagonistas de esa historia que retratarías? 

—Dejame pensarlo… —se apoyó en mi hombro para levantarse del suelo, me ofreció la mano para hacer lo mismo y la tomé, porque odio el contacto físico, pero no cuando viene de ella—. ¿Qué tal tú y yo? 

Me quedé paralizado, como si el tiempo se hubiera detenido de repente y solo existieramos ella y yo en este mundo, bueno, ella, yo y el caos. Pero antes de que mi mente intentara autosabotearse, hablé. 

—Va. Tú, yo y el caos. 

Y la besé.


La comida
Evelyn Astrid Renteria Gomez
Preparatoria 3
Lo que el fuego no se llevó
Angel Abraham Arreola Dueñas
Preparatoria Regional de El Salto

Vacío

 Blanca Alejandra Soto Rodriguez
Preparatoria 8

Siempre he tenido una relación bastante estrecha con mi papá, siendo cariñoso, atento y amistoso. Nuestros conocidos siempre recalcaban que era una gran persona, sobre todo un padre ejemplar. Todas las noches él tenía la costumbre de arroparme y decirme “dulces sueños mi niña, no olvides que te quiero mucho”, concluyendo con un beso en la frente. Este hábito lo tuvo hasta la noche que cumplí 16. Después fue distinto, recuerdo algunas cosas como el vacío que formaba la oscuridad de mi cuarto junto con un frío indescriptible, también recuerdo haber visto a mi papá a lo lejos, viéndome fijamente desde la puerta mientras desabrochaba su pantalón.

Detrás del morbo
Enrique Gallegos Orozco
Preparatoria 9

Entre trazos y letras de lo conocido

No tengo mucho tiempo leyendo a los jóvenes escritores que han recorrido estas páginas, pero debo decir, que lo que ha llegado hasta aquí, no ha dejado de sorprenderme.

Los chicos de Vaivén; con sus trazos y palabras, logran reflejar realidades crudas y difíciles de la vida diaria. Con un toque de sátira y al mismo tiempo de fortaleza, visibilizan temas importantes que rodean esta sociedad que constantemente está gritando por un cambio.

Tal vez hay uno que otro que, como muchos, escribe para olvidar lo que pasa día con día. Algo válido e igual de valiente que los que alzan la voz. Y es aquí, en esta revista, su espacio, donde vemos compaginar ambos mundos de expresión, porque, también dentro de los mundos de colores, se puede observar un poco de los tintes de la vida diaria.

Soy fiel creyente de que el arte, por muy abstracto y fantasioso que sea, siempre está reflejando el contexto que nos rodea y estos chicos logran hacerlo de una forma admirable.

Así que, lector, pasa a evadir, a vislumbrar, a anestesiarte y ala vez despertarte, con los trazo y letras de lo conocido.

Patricia Nazareth Hidalgo Sánchez
Licenciada en Letras Hispánicas. Encargada de los proyectos «Mar de voces» y «vaivén» del Sistema de Educación Media Superior.

Pasiones

Norma Irene López Chávez
Preparatoria 3

Descenso de Orfeo

(Inspirado en una historia mitológica griega)

Descendí.

No como héroe ni como dios, sino como eco de un grito ahogado. Las piedras del mundo superior aún conservaban la forma de sus pies descalzos, y sin embargo, ella ya no era de este mundo. Bajé con la música temblando en las manos, como si cada cuerda de mi lira fuera una vena abierta, sangrando notas que solo los muertos entienden.

El camino se tragaba la luz. Las sombras se espesaban como cenizas húmedas, y a cada paso, el aire se volvía menos aire, más recuerdo. No temía al horror del Hades, sino al silencio. Al silencio absoluto de un nombre que ya no respondía. Eurídice. La pronuncié como un rezo, como una maldición, como si mi voz pudiera alcanzar los oídos del abismo.

Los jueces me miraron con ojos sin pupilas, sin juicio. Mi canto los tocó no en la mente, sino en la memoria. Recordaron, tal vez, algo que alguna vez amaron. Y bajé más.

Caronte no habló. Sólo extendió su mano seca como la rama de un árbol muerto, y mi canción pagó el precio que el oro no puede: una lágrima petrificada, la promesa de no volver sin ella, o no volver jamás.

Frente al trono de Hades y Perséfone, no supliqué con palabras. Les ofrecí la verdad desnuda: mi alma hecha sonido. Les mostré mi dolor sin ira, mi amor sin tiempo. Cada nota de mi canto era un paso de ella en la hierba, una risa entre los árboles, el calor de sus dedos entre los míos antes del frío eterno. Canté la vida que me robaron, y la que seguiría robada sin ella.

Y Hades, el implacable, parpadeó en su trono de sombra. Perséfone bajó la mirada. El Inframundo contuvo el aliento. Porque incluso la muerte debe inclinarse ante la belleza del amor cuando es verdadero, cuando arde sin esperanza y aun así canta.

Me la devolvieron.

Pero con una condición: no mirar atrás. No mirar atrás. ¿Cómo no mirar atrás, cuando todo lo que eres va detrás de ti? ¿Cómo confiar en el milagro cuando has caminado con la desesperación como única compañía?

La tragedia no fue la pérdida. Fue el amor que no supo esperar un paso más. Fue el mirar, trágico mirar, que convirtió la esperanza en polvo.

Yo descendí al infierno por amor. Y regresé solo con el eco de su paso detrás de mí.

Arisdelsy Ayelen Jasso Dueñas
Preparatoria Regional de San Juan de los Lagos

Pesadillas en carne viva
Elizabeth Leal Lucatero
Preparatoria Regional de El Salto


Abrazo de mamá

Los abrazos de mamá siempre han sido mis favoritos, cálidos, fuertes y amorosos. Este no era la excepción, solo que era un poco distinto, ella sostenía mis piernas, estaba desesperada y con lágrimas en los ojos, evitando que me fuera de su lado. Puedo entenderla, que al fin y al cabo, no es común estar colgado de una soga atada al cuello.

Blanca Alejandra Soto Rodríguez
Preparatoria 8

Vida en mi
Danna Sofía Santillán Rodríguez
Preparatoria Franciscana de Santa Anita

La vida después de la muerte

La vida se me fue trabajando, mis últimos días los pasé sin dormir; haciendo tres turnos al día para pagar mis deudas, que al final sí pagué, pero no alcancé a vivir para disfrutar mi solvencia.

Decían que solo de muerto se va a descansar, eso espero. Estoy esperando el camión en donde el sacerdote me dijo: recoge a todos los muertos para llevarlos al dizque cielo. Llevo alrededor de cinco horas y no pasa ni el viento; si estuviera vivo ya hubiera perdido todo un turno del trabajo. Pero, como estoy muerto, ahora sí se puede dar uno el lujo de esperar.

A lo lejos divisé la figura descolorida del camión que venía llenó de gente. Fui el primero en treparme ya que sabía que no íbamos a caber todos. “Déjenme subir, yo bajo en la siguiente parada”, gritó uno que se había quedado afuera del camión, pero ninguno de nosotros se salió y el chofer le hizo señas para que se esperara al siguiente camión. “Pobrecito, pasé todo el día esperando otro camión”, “Yo ya llevaba una semana, pero porque me quedé dormido”, “¿Tú cinco minutos? ¡que suertudo!”. Escuchaba a medias lo que iban diciendo los demás, no se podía seguir el rumbo de las voces pues se mezclaban unas con otras y el viento se las llevaba.

Llegamos a otra parada y como pude me arrinconé al lado del asiento del chofer antes de que la gente que se subía me aplastara contra los vidrios del camión. “Si yo fuera tú, no me iría hasta atrás; según dicen, allá arriba te atienden conforme vayas llegando y este camión solo tiene una puerta” escuché que unos se secreteaban y decidí que no me iba a mover de donde estaba por si las dudas.

Antes de llegar a la siguiente parada, escuché que uno gritó: “Si traen suéter, quítenselo, porque aquí hace un calor del infierno” yo nunca llevaba, a mí eso me ataranta y no me deja trabajar.

Pero varios le hicieron caso y no pasó ni un minuto para empezar a sentir el aire caliente, sofocante al punto de comprimir nuestros cuerpos y convertirnos en masas pegajosas de sudor.

Llegamos y solo se subió una señora, porque los demás no cabían. Iba tosiendo y, agitada como si viniera corriendo, le preguntaba al chofer “¿Cuánto es?”, pero él ni la volteaba a ver y solo se reía. Sentía que los ojos se me cerraban del sueño y el aire no tardó en volverse viscoso con olor a sudor, mugre y humedad. “A lo mejor estoy soñando, no me morí y solo se me hizo tarde para ir a trabajar” eso pensaba mientras sentía los cuerpos empujándose unos con otros y el sudor de la gente mojando mi ropa. “Bueno, al menos cuando llegué voy a poder descansar”, así decía, para intentar consolar a mis piernas que llevaban días sin sentarse.

El camión dejó de hacer paradas porque ya se sabía que nadie más cabía, pero varios exclamaban molestos queriendo bajar. “Ya muerto no te sirve llegar a ningún lado, eso lo hubieras hecho en vida”, les respondió el chofer, y no dijo nada más en el camino, pero las quejas no pararon. Yo agradecí que se fuera derecho, pues así íbamos más rápido y antes podría descansar. “Qué habrán hecho los que van sentados para estar ahí”, “A lo mejor son ricos”, “¡Cómo crees! Dicen que los ricos se van a otro lado, más allá del cielo y el infierno”,

“Pero en la muerte todos somos iguales”, “Así como en la vida, a Dios siempre le conviene separarnos”.

El camión bufó un poco antes de pararse en seco y soltar una nube gris de humo que cubrió los vidrios. La puerta se abrió, pero nadie bajó, tal vez del miedo, tal vez apenas nos habíamos dado cuenta de que nos morimos. Un señor bajito se acercó a la salida y empezó a gritarnos para que nos saliéramos. “Como van, agarren sus chivas, no dejen nada”

Nos formaron en fila al lado del camión, y pude por fin conocer los rostros de la gente, desde viejos hasta jovencitos de doce. No cabía duda: ahí ninguno era rico. Unos hombres trajeron unas cajas llenas de uniformes de trabajo y en orden nos lo fueron entregando a cada uno. “Ese es su uniforme, mis compañeros los van a llevar al plantel que les corresponde, en el gafete dice su área y su número de empleado. Aquí solo hospedamos y damos de comer a quienes trabajan, si no les gusta, se pueden ir” gritó el hombrecito haciendo señas al desierto inhóspito detrás de nosotros.

—Pero, ¿en qué momento descansamos?, llevamos todo el viaje en pie — por fin hablé en todo el rato.

—¿Descansar?, para eso tuvieron toda la vida.

Brisa Abril Sosa Ortega
Preparatoria 8

Dulce conciencia
Tadeo Ascención Cervantes Valdez
Preparatoria Regional de Ahualulco de Marcado
Módulo Teuchitlán
Margara
Mina Tirado López
Preparatoria 9


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