Category Archive: Redecuentos

Penal

Todo el día hablaba de fútbol: en la primera cita, en el parque, en el café de las 17:00 horas.
No se callaba: que si el tiro de esquina, que el partido de ayer, que si el árbitro vendido.
Estaba enfadada. Así que salió disparada la bala y ¡GOL! justo en medio de los ojos

Imelda Lizette Ledezma Carbajal
Preparatoria 7
Publicado en la edición Núm. 12

Lira alienígena Daniela García Barragán Preparatoria Regional de Autlán de Navarro

Lira alienígena
Daniela García Barragán
Preparatoria Regional de Autlán de Navarro

Me lo dijo el coronel

—No es por nada, pero pienso que ellos son demasiado unidos, ¿no lo crees? —hizo énfasis en el “demasiado”, mientras que con las cejas arqueadas me observaba con un tono burlón.
—No lo creo, son amigos, o bueno, camaradas, tienen ideales parecidos, luchan por el mismo fin y en contra del mismo mal; se odien o no, tienen que estar juntos, es un tema estratégico.
—Sí, lo es, pero no me digas que el estar siempre tomados de la mano les ayudara a derrocar a Batista.

Fernando Cocolán Villegas
Preparatoria 7
Publicado en la edición Núm. 12

Cuando mueres

—Abuelo, ¿qué pasa cuando se mueren las personas? —dije balanceándome en un solo pie, con una voz muy tímida.
El abuelo tomó mi hombro y respondió: —Cuando mueres, los matasanos se limitan a dar una explicación científica, que dice algo así: ha muerto, porque su corazón ha dejado de latir. No es que aquel corazón hueco haya, por la presión de los años, dejara de latir; lo que ha sucedido aquí, es que su alma se ha desencadenado de ese mórbido saco de huesos y se ha librado del cautiverio.
Tragué saliva y le pregunté:
—Abuelo, ¿los muertos son malos?
Y el abuelo sonriendo respondió:
—Teo, ¿acaso yo soy malo?

 

 

Arath Azael Castro Mendoza
Escuela Vocacional
Publicado en la edición Núm. 12

Dicho

Donde hubo fuego, cenizas quedan. Al menos eso dijo mi madre en algún punto de su vida. Tomé la cuerda y la amarré en el techo.
Donde hubo fuego, cenizas quedan. Tomé la silla de madera y la coloqué debajo de la cuerda suelta.
Don… hubo fuego ¿cenizas quedan? Tomé a aquel hombre y lo obligué a pararse sobre la silla.
¿Donde hubo fuego, cenizas quedan? Cuando la soga estaba alrededor de su cuello él comenzó a llorar.
—Donde hubo fuego…
—Hija…
Pateé la silla y mi padre colgó de aquella cuerda.
—Cenizas quedan.

 

Miranda Elizabeth Guillén Llanas
Preparatoria 2
Publicado en la edición Núm. 12

De amor no sufriré nunca más Mónica Estefanía Gandarilla Muñoz  Preparatoria Regional de El Salto

De amor no sufriré nunca más
Mónica Estefanía Gandarilla Muñoz
Preparatoria Regional de El Salto

La rutina

Cada día despertaba a mi esposa con un tierno beso en su frente, preparaba el desayuno y se lo llevaba a la cama. Después le ayudaba a cambiarse y le ponía su perfume favorito. Cada mañana me despedía de ella antes de ir a trabajar. Cada tarde terminaba de trabajar y regresaba a casa. Al llegar, ella me esperaba en el sillón viendo la televisión. Cada noche preparaba la cena, nos sentábamos en el comedor a cenar y le hablaba sobre mi día. Cada noche llevaba a mi esposa a la recámara después de bañarme y le ayudaba a ponerse su piyama.

Cada noche lloraba esperando a que ella regresara. Cada noche me arrepiento de haberla matado.

 

 

Vanessa Mardueño Zepeda
Preparatoria Regional de Autlán
Publicado en la edición Núm. 12

Cita

Pasé media hora platicando con ella en el parque. Ya había conseguido el coraje para invitarla a salir, y antes de que pudiera articular palabra ella dijo: “Voy a retirarme”. Se levantó, extendió sus alas y se fue.

 

Karla Elizabeth Martínez Cruz
Preparatoria 12
Publicado en la edición Núm. 12

Ángeles María de Jesus Madrigal Birueta Preparatoria Regional de Autlán de Navarro

Ángeles
María de Jesus Madrigal Birueta
Preparatoria Regional de Autlán de Navarro

¿Por qué nos gustan tanto los cuentos?

Los cuentos, desde su milenaria cuna oral, han dado estructura, motivo y razón al mundo y a la humanidad. ¿Qué son si no cuentos las mitologías antiguas y los relatos cosmogónicos que abarcan las culturas indoeuropeas hasta las propias de América? Desde entonces los cuentos nos explican, modelan y tranquilizan, aunque sean brevísimos o se desarrollen al otro lado del planeta. El cuento podría estar impreso en el ADN humano de tan antiguo que es.
Los cuentos son, casi siempre, microcosmos que se conciben en las primeras frases y colapsan con el desenlace. Y, aunque su origen sea el valor aleccionador, estos nos han permitido escapar de nuestra realidad, vivir en otros mundos, conocer infinidad de personajes y entretenernos una y otra vez. Leer un cuento es reconstruir un mundo ajeno haciéndolo propio.
Sobre ello, Jostein Gaarder comenta que, como no es necesario aprender a respirar ni recordarle a nuestros corazones que deben latir, tampoco necesitamos aprender a escuchar cuentos y mucho menos a contarlos nosotros mismos. Para el narrador y filósofo, el cuento es una forma de comprensión de los seres humanos y, como tal, prevalece por sobre toda diferencia cultural.
Practiquemos esta experiencia milenaria en las siguientes páginas, presiona el botón de modo cuento en tu interior y disfruta de estos viajes.

Anja Aguilera*
Publicado en la edición Núm. 11

 

 

*Originaria de Zihuatanejo, Guerrero. Estudió Letras en la UNAM y se dedica a la corrección de estilo, la escritura creativa y la fotografía. Es autora del libro-fichero Prímula piel y coordina, junto con Miguel Reinoso, las tertulias literarias “2 poetas 2 y una musa” en Guadalajara desde 2015.

Una soledad más honesta

La foto salió Aislinn Arguelles Rojas Preparatoria Regional de El Salto

La foto salió
Aislinn Arguelles Rojas
Preparatoria Regional de El Salto

¿Por qué tendría que estar en el limbo? ¿Acaso había muerto? No. Simplemente fue un cambio de estado, un tránsito normal de un mundo físico a un mundo más fácil, descomplicado en el que habían sido eliminadas todas las dimensiones.
Gabriel García Márquez, “Eva está dentro de su gato”

A las tres en punto salió del café D´val, en el 688 de la calle Pedro Moreno, la tarde pasaba más lenta que de costumbre, aún tenía una hora para comer antes de ir a su próximo compromiso, caminó seis cuadras hasta llegar al Mercado Corona, pero esta vez prefirió comer enfrente, en una pequeña fonda que había visitado anteriormente. Esa ocasión pidió el guiso del día, un plato de carne en su jugo, aunque siempre había sido fiel al filete de pollo con frijoles fritos, tolerable para los 25 pesos de su costo. No había mesas disponibles y esperó a que un lugar estuviera libre. La mesera la llevó a la mesa trece del segundo piso, era una mesa naranja para cinco personas con sillas azules, que daban de frente a un espejo, dando la posibilidad de ver a las demás personas comer. Mientras esperaba que le trajeran su plato, miró en el espejo un rostro que apenas reconoció, se dio cuenta, que estaba terriblemente sola, o por lo menos ella lo sentía así.

No era una soledad verdadera, más bien interior, pensó, venía de una reunión con los compañeros y en media hora se hallaría en el Bolerama con sus amigos de preparatoria, entonces, ¿por qué se sentía sola? Llegó su orden y a la par de los bocados que introducía en su boca, crecía un sentimiento de extrañeza en su garganta, las pupilas se sumergían en un espejo donde no podía encontrarse, sólo podía ver a las personas a su alrededor, una familia comiendo a la derecha, un par de amigos atrás y a la izquierda, y en un rincón una señora que parecía estar igual de sola que ella, con la diferencia de que estaba hablando con alguien por teléfono. Así continuó y mientras tragaba un bocado, pensaba que todas esas personas estaban menos solas que ella. Bocado, soledad, bocado, soledad, bocado…

Aún no terminaba de dar vueltas al asunto cuando el plato ya estaba limpio, se paró de la mesa, bajó las escaleras y pagó sin dejar propina. Salió de la fonda y caminó con dirección al compromiso que tenía en veinte minutos. En el camino se encontró con cientos de rostros desconocidos y con la certeza de sentirse rechazada por sí misma. Caminó y dio vuelta a la derecha, siguió recto por la ruta que siempre tomaba, Juárez, después Colón, no por ser el camino más rápido o corto, sino porque era el que sus pasos conocían a la perfección.

Tres metros, volantes de comida china, cinco metros adelante, becas para escuelas de inglés, cuatro metros más, un artista callejero pintando con gises el suelo, paisajes que poco a poco son borrados por los pasos de la gente que va ciega y con prisa, seis metros, un semáforo que los peatones difícilmente respetan, y así hasta llegar a la terminal de la ruta. Corrió para alcanzar el camión, intentando ignorar el dolor que se hacía presente en su rodilla siempre que corría sin calentar. Subió las escaleras, después recibió la mirada de recelo del conductor por pagar con Transvale y se sentó en el lugar más cercano a la puerta trasera, como era su costumbre, para evitar el tránsito interno del pasillo.

Llegó de golpe la siguiente zarpada, cerró los ojos y no había nada esta vez, ni recuerdos o fantasías poco alcanzables, lo que de costumbre encontraban allí al comprimir la vista, abrió los ojos asustada con esa revelación, y prefirió no cerrarlos de ahora en adelante y mejor observar por la ventana. Bajó del bus y optó por llegar hasta adentro creyéndose atrasada en tiempo, se dirigió a la taquilla del boliche, aún no llegaba nadie, miró la hora en su teléfono, era comprensible, llegó unos minutos antes, y conocía los retrasos que siempre cometían sus compañeros.

Esperó en la entrada, se sentó en un lugar que diera de frente a la calle, aunque el sol le daba de lleno y le cegaba la vista. Diez minutos, no se veía venir nadie, veinte minutos, las cosas no habían cambiado mucho, treinta minutos eran suficientes para hacer una llamada y preguntar qué pasaba.

–Oye, ¿qué pasa?, vienes algo tarde.
–En realidad no podré ir, disculpa, estoy un poco ocupado, hablamos después.

Colgó. Dio por hecho que los demás tampoco venían en camino, reparó en la situación, entonces decidió llamar a alguien a quien siempre acudía cuando se sentía quebrada.

–¿Está en su casa?
–Sí, ¿por qué?, ¿necesitaba algo?
–Sólo quería saber si no le molesta que lo visite.
–No, en realidad estoy aburrido.
–Está bien, lo veo en 15 minutos.

Aún no colgaba cuando ya iba en esa dirección, de camino tomó una hoja que le cayó en la cabeza y descubrió con su tacto toda la geografía, también se hizo de una tapadera de refresco, la hizo cruzar el pavimento, piedras de empedrado y tierra, de patada en patada. Llegó poco después de los quince minutos, tocó a la puerta, él abrió y ella se fue de paso hasta su habitación, quitó la ropa sucia que estaba en el suelo, recorrió unos zapatos y pateó la basura debajo de la cama, después se tiró al suelo y volteó al techo aún con temor de que al cerrar los ojos no vería nada. Contó la pequeña plaga de hormigas que se metía en una grieta en la esquina. Fueron trece.

–Me siento sola.
–Usted siempre está sola.
–Esta vez es diferente
–¿A qué se refiere?
–Creo que ahora me pesa estarlo.

La mesera llegó con la cuenta en la mano, ella apartó la vista del espejo y miró un plato vacío, se paró de la mesa, bajó las escaleras, pagó sin dejar propina, salió de la fonda y caminó en dirección al compromiso que tenía en veinte minutos.

 

Karla Elizabeth Martínez Cruz
Preparatoria 12
Publicado en la edición Núm. 11

Sin pluma ni tintero

En la calle De las Margaritas contando el número 87, se encontraba una hermosa casona, de edad indistinguible, esplendorosa a la vista como cada uno de los bienes que poseía el importante dueño, cuyo apellido podía leerse en letras doradas sobre brillante placa que decía: “Familia Almonte, gente de palabra honrada”. Y mirando dichosa placa como por primera vez, un viejo cartero lanzaba discretamente una carcajada incrédula, mientras depositaba un puñado de gordos sobres dentro del magnífico buzón.

Levantando su gorro, deseándole un buen día al arrugado mensajero, un hombre bien vestido, pero sin llegar a elegante, cruzaba por la bella puerta de herrería, dispuesto a investigar el contenido del refinado casillero.

–¡Rosalía! ¡Mire cuántas cartas han llegado! Una docena para su padre y otras dos para quién sabe –decía en voz alta el atrevido joven, quien tranquilamente entraba por el finísimo portón de madera.

–¡Pero si me ha dado un buen susto, entrando así como si de su casa se tratara! –respondió Rosalía algo alterada.

–¿Qué no me ha dicho usted que ésta es como mi casa, Que puedo pasarme por aquí cuando quiera, que no hay ningún problema?

–No lo decía tan literal, pues al menos podría tocar a la puerta.

Dando un profundo respiro primero, soltando una coqueta risa después, la joven se acercó al muchacho y plantándole dos besos, uno en cada mejilla, le invitó a tomar asiento mientras separaba cuidadosamente los voluminosos sobres.

–¡Doce cartas para mi padre! –se quejaba molesta–. Y no son las primeras.

Me hubiera avisado que saldrían tanto tiempo fuera, pero ese hermano mío puede ser tan cabeza dura. Ahora diga usted, ¿quién cree que debe reenviar toda esta correspondencia?

–¿Y por qué no le avisa a esos que envían las cartas que el señor de la casa no se encuentra? –preguntó el joven aun estando de pie, con un tono de voz que sugería que ya se imaginaba la respuesta.

–¡Porque no les conozco! –exclamó ella irritada y después de una breve pausa continuó–. Banqueros, funcionarios, burócratas… ¡Sabe lo mucho que me disgusta esa gente! Además no podría estar menos interesada en los asuntos de mi padre, manteniendo estas relaciones… ¿se imagina para qué? No, usted no podría saberlo. ¡Usted tampoco conoce a esa gente!

Rosalía calló de repente analizando sus palabras, se hizo un silencio desagradable, donde el joven, satisfecho con la respuesta pero a la vez apenado, se arrepentía de su manía de hacer preguntas provocadoras, como también ella deseaba a veces poder ser menos directa y pensar mejor en lo que decía.

–Veo que ha podido leer los destinatarios en los sobres –articuló rápidamente la joven para iniciar una conversación de nuevo.

–Así es, amiga mía, ya no me es complicado leer textos cortos, aunque los más largos siguen siendo problemáticos. ¡En cuanto veo amontonadas muchas letras me pongo de nervios y se me olvida cómo pronunciar cada una! ¡Ah, pero no se preocupe que si estoy tratando con el libro que me ha prestado, y aunque un poco lento, he leído yo solo desde la página dieciocho hasta la cuarenta y ocho!

Al escuchar todo esto una sonrisa se dibujó en el rostro de Rosalía, alegrada por el progreso que presentaba su amigo.

–Tal vez pueda enseñarle a escribir de una buena vez –sugirió ella.

–¡Y que si no me gustaría! –contestó alegre–. Pues ya que hablamos de cartas, justamente ayer pensaba en cómo quisiera enviar una. Pero ¡pobre de mí que no puedo ni sostener bien una pluma!

–No se preocupe –dijo la joven riendo–, que a eso yo le enseño, aunque nos tomará un tiempo. Por ahora yo escribiré su carta.

Dirigiendo al muchacho hacia el despacho de su padre, se sentó Rosalía en el elegante escritorio del jefe de la casa y tomando una pluma, tintero y papel, preguntó con curiosidad:

–Entonces, ¿para quién es la carta?

–Para una mujer –respondió él suavemente–. Una mujer que admiro mucho.

–¿Acaso visitará a su madre? –cuestionó ella sorprendida.

–¡Oh, no, no, no! Mi padre no quiere verme ahí –opuso el joven de inmediato–. No. Es para otra mujer que he conocido y creo que ahora la amo.

–Ya me ha contado lo mismo antes y no ha funcionado una sola vez. ¿Cree que ahora ella sí le responda?

–¡Claro que lo creo! Esta vez sí va en serio –contestó firmemente.

–De acuerdo –asentó no muy convencida–. Y como sé que no me dará el nombre, ¿qué le parece si comenzamos así: “Mi queridísima niña”? Porque supongo que se trata de alguien joven.

–Sí, claro que lo es, es muy joven y muy bella.

–Bien –continuó algo escéptica–. Ahora dígame, ¿de qué quiere hablar?

–Pensaba iniciar con la frase: “Disculpe mi atrevimiento, pero últimamente…”.

–¡Usted es lo único en lo que pienso! –interrumpió emocionada.

–¡Exacto! ¡Justamente eso! Pero, ¿cómo lo supo?

–Lo sé porque recuerdo esa misma línea escrita en el libro que le he prestado –dijo traviesamente–. Si quiere que lo escriba, esperemos no se dé cuenta que lo ha sacado de una novela.

–¡Pero si se dará cuenta! Pues es una mujer muy inteligente, ¡y ha leído tantos libros que llenaría una biblioteca! –aclamaba exaltado.

–Disculpe que se lo diga, pero usted es siempre muy exagerado.

–Porque es la verdad, mire, mejor sigamos –aclaró su garganta–: “Usted es lo único que pienso, porque además de ser amable graciosa y sincera, tiene la sonrisa más tierna de la que haya dado cuenta”.

–¡Por dios! Debe ser un ángel –exclamó Rosalía riendo nuevamente–. Me parece que usted está tan enamorado que de verdad exagera, pero mire, a las mujeres nos gusta que nos hablen bonito, por eso lo dejaré así. Como sea, al grano, ¿cuál es el mensaje principal?

–Sí, veamos: “Es por ello que ya desde hace un tiempo he pensado realizarle una proposición: Quisiera que usted se casara conmigo”.

–¡Que se case con usted! –volvió a interrumpir la escribiente–. ¿No le parece muy repentino?

–Ya hace tiempo que le conozco –respondió el joven confundido.

–No es eso –aclaró ella–, es usted que no está en condiciones para realizar una boda.

–Eso no será problema, nos casaremos cuando pueda pagarlo todo. Sólo quiero que ella se entere de una vez, para que pueda pensarlo.

–Bueno, sabrá usted –dijo resignada–. Sepa que me gustaría poder ayudarle, pero conoce a mi padre, usted a él mucho no le agrada.

–No se preocupe, no me tiene que ayudar. Lo que ya ha hecho por mí es demasiado y nunca podré pagarle.

–Bien, basta ya de eso y volvamos al papel –decía ella ruborizada–. ¿Cómo le gustaría continuar su carta?

–“Si no puede ser pronto –continuó él, pensando cada palabra–. Esperaré el tiempo que sea necesario. Sepa que mis sentimientos son sinceros, que mi amor es sólo para usted y la haré feliz el tiempo que estemos juntos”.

–De verdad que esos libros que le he prestado le han afectado algo. Mire qué romántico se ha vuelto usted, aunque sigo pensando que es algo exagerado.

–Le digo que no exagero…

–¡Pero que sí lo hace! –replicó la joven fingiendo estar enfadada, pues en realidad le divertía esa conducta recurrente de su amigo.

Rosalía se levantó y buscando entre las cosas de su padre, encontró un sobre blanco. Firmó la carta con el nombre del muchacho, le metió en el sobre y se la presentó al joven, quien apenas la tocó con las puntas de sus dedos cuando ella sin soltarla recordó algo importante.

–¡Espere! No le he puesto al sobre la dirección del destinatario.

El joven se mantuvo en silencio un momento y sin tomar la carta dijo finalmente en voz alta:

–La dirección es calle De las Margaritas, número 87, dirigida a la señorita Ana Rosalía Almonte.

Ella no volvió al escritorio, no apuntó la dirección. Sostenía el sobre con manos temblorosas, con las mejillas rojas, con la sonrisa más tierna de la que él haya dado cuenta.

 

José Carlos Danell Haddad
Preparatoria 15
Publicado en la edición Núm. 11

Padre

─ ¡Ya cállense! ─suplicó a berridos, mientras se cubría los oídos con la almohada.

Se soñó escritor.

Padre de un manuscrito esférico. Con parsimonia, pasó la vigilia que no se termina, que se prolonga, que sólo se convierte en pesadilla. Placebo para intentar soñar. Para creer que se soñó.

Amnesia, dulce engaño.

Al iniciar el día, Él había continuado con naturalidad su labor cósmica: se encargó de que la materia siguiera atrayéndose mutuamente, aunque, aumentado el espacio que la separaba, trazando más grande el infinito. Vigiló que los segundos no variaran su estricto compás áureo, que los neutrones de los púlsares no intentaran rebelarse alterando la radiación electromagnética de sus revoluciones, que Venus no cambiara su rotación en sentido de las agujas del reloj, que el día pudiera continuar como otro de sus sueños.

Después de escribir el guion de la representación teatral, comenzó a abrir los ojos, retirándose con los nudillos la secreción de polvo estelar acumulada en la comisura de los párpados. A decir verdad, Él no necesitaba dormir, sólo gustaba de soñar; deteniendo el tiempo, tranquilo de seguir ejerciendo poder sobre las melifluas notas que volaban como entrelazadas cuerdas, dándole un timbre a los colores, creando un iracundo estruendo con los erráticos fotones.

Vivía en dos tiempos. Vivía dos veces.

Delimitaba su día sin regirlo por un sistema sidéreo, lo hacía consultando los latidos de su corazón, la diástole de un hoyo negro destellando intermitencia de rayos X.

Con pesadumbre, alivió la carga del automatismo matutino sirviéndose el desayuno. Comió su platillo favorito: sopa de condensado fermiónico. Sereno, sintió cómo el superfluido a una millonésima de grado sobre el cero absoluto le helaba la boca, masajeando sus papilas, viajando como tenues ondas que morían en breve. El sabor de las partículas elementales siempre lo ponía de buen humor.

Visitaba los sistemas estelares con la convicción de centinela omnipresente; viajaba tranquilo de un lugar a otro, comiendo un helado de neutrinos sabor electrónico, aprovechando sus oscilaciones. Así, en Alfa Centauri era sabor muónico, y al llegar a Sirio, su mano sostenía un barquillo de helado tauónico casi derretido.

Le gustaba jugar a la rayuela creando nuevas constelaciones (obligado a hacer más estrellas para satisfacer tal capricho), trazaba sutiles líneas, cuidando con precisión la posición de cada una, perfecta, uniforme. Como un niño, dando pequeños saltos perfectamente ubicados, trataba de convencerse de que algún día, en algún momento, podría equivocarse y pisar la raya. Equivocarse, privilegio del que nunca gozaría.

Creado el Universo, la mitad de su rutina consistía en recordar los aconteceres en una línea del tiempo de dimensiones ridículas. Cuando pasaba las tardes descansando en alguna nebulosa, presenciando el interactuar de las fuerzas fundamentales en los quarks que creó en la oscuridad (es mi deber aclararle al lector: le molestaba la arbitraria justificación gramatical del nombre Quark, siempre tuvo desagrado por Finnegan’s Wake: ¿cómo Joyce se atrevió a la realización de un acto tan impío como lo es inmortalizar una resurrección con vodka?) era más consciente de que lo sabía todo, de que todo se dilataba para volver a implosionar; entonces se preguntaba si su trabajo tenía sentido. Esbozar amaneceres, definir la Historia, trabajar con decisión, darle tinte a los ocasos, apagar las luces: comenzar de nuevo. ¿Acaso los humanos se mofaban de Él cuando idearon a Sísifo? Era mejor callar, se había inquirido lo mismo el día anterior.

El director de la Orquesta, de la Obra; a fin de cuentas el telonero.

Su calefacción en el frío del espacio era la ebullición del microcosmos originada por el juego de los electrones de valencia, enlazándose con gozo, haciendo un calambur de la materia. Así todos los días: reversibles, extrapolables. Se podía comenzar por el final, terminar por el principio, un palíndromo monótono. Ser El Todo y crearlo todo, impregnando su espíritu en aquello que ocupaba espacio, transmutado en una alotropía absoluta.

Víctima del aburrimiento creó al hombre, ser que nacía de la tierra a la que volvería al morir (reconocía la pretenciosidad de tal concepto). Le dio un nombre, un reino llamado Universo, una gallardía mortal, una tendencia a perecer para glorificar su existencia. Adán, rey, formado por minerales cenozoicos, hidratado por el plasma de éter que le recorría la aorta. Eva, reina, postrada en un altar, preñada de libertad.

Al darse cuenta el macho del vigor de sus testes y la hembra de la fecundidad de su vientre, otorgar vida a los humanos se volvió un trabajo perpetuo. “¿Por qué no los castré cuando pude?”, se recriminaba melancólico, moldeando la masilla con los dedos, preparándose a exhalar. No solamente debía crearlos, debía darle razón a la presencia de cada uno de ellos. Pero Él continuaba solo, encargándose de narrar todas las historias sin detenerse a leer la suya.

Quizás Él también era una idea. Quizás era el único sueño que se soñó a sí mismo.

Así cavilaba Dios antes de dormir, condenado a ser, único castigo que le heredó al hombre.

Había comenzado a sufrir esquizofrenia nocturna desde hace más de cien mil años. De pronto, las voces inundaron nuevamente el interior de su cráneo (¿cómo se propagaba dicho sonido en el vacío?). Dirigió su mirada a la Tierra: eran los hombres, orándole.

─ ¡Ya cállense! ─suplicó a berridos, mientras se cubría los oídos con la almohada.

 

Leonardo Miguel Gutiérrez Arellano
Preparatoria Regional de Santa Anita
Publicado en la edición Núm. 11

Look down Alison Alexa Valadez Olivares Preparatoria Regional de El Salto

Look down
Alison Alexa Valadez Olivares
Preparatoria Regional de El Salto

Un hermoso árbol

Bien dicen que la tierra guarda secretos fantásticos, tan impresionantes que realmente provocan miedo, escalofríos y que rompen toda creencia “absoluta” en cada persona. Aunque tanta fantástica ilusión sólo se presenta en aquellos que guardan en su interior un poder más fuerte que el ser humano ordinario no podría siquiera desarrollar.

­–Me sorprende que seas un caballero de los Aderslos –escuché la voz de mi madre mientras tocaba mis mejillas con sus manos, que por la edad estaban ásperas, pero que al tocar mi piel con amor se volvieron tan suaves como la seda. –Serás un caballero demasiado joven. Un gran honor te espera.

–A mi padre le hubiera gustado verme así, le hubiera agradado ver que por lo menos un hijo suyo pudo llegar a tan alto rango en la Corona –le dije–. Siento en verdad que no esté el aquí. Él me hubiera dicho algo para sentirme aún mejor o peor, sus declaraciones siempre tenían dos intenciones.

Mi madre me siguió mirando con amor y se dirigió hacia la mesa del comedor donde estaban mi yelmo y mi espada. Mi armadura perteneció a mi padre, le fue dada cuando también llegó a ser caballero de los Aderslos, su honor estaba reflejado en la pureza del metal y de los gravados más detallados que había visto en mi corta pero tan fantástica vida. La armadura se componía de un color negro que con la luz, en algunas partes parecía cambiar a blanco. Tenía picos que asemejaban alas en las hombreras al igual que en los sobrecodales. El peto y las musleras eran la simulación de hojas de arce real, una sobre la otra hasta terminar. Era una armadura llena de gloria.

Al salir, sentí cómo mi madre se llenaba de alegría aunque también había algo de angustia ya que servir a la Corona era digno de la divinidad, pero eso representaba un costo mucho más grande: perder la vida. Subí a mi caballo, de cuyo nombre apenas supe en aquel momento: Uusi Kohde, ahora compartiría con él el viaje que me conduciría a mi nombramiento. Cabalgué hasta la tierra de Resurrección donde empezaría mi trabajo, una labor de suma importancia, ya que resguardaría la salud de mi Rey Fausto Alderslos De Cingne. Me nombró caballero cuando él, estando en Sirnea De Veltra, de donde yo provengo, al sur de Resurrección, casi pierde la vida en un bosque. Siendo yo un hombre leñador, coincidimos. Pudo haber muerto por la hierba maldita, quien la toca perece a las dos horas. Un leñador sabe qué plantas tocar y cuáles son para curar, quizá mi destino era conocer la planta que lo curaría y salvaría de pasar a las tierras de los abismos. ¿Qué otra riqueza podría aceptar del Rey?

Al llegar a las puertas del enorme castillo, me recibió otro caballero del reino y me llevó a la habitación donde viviría de ese momento en adelante. Caminé por el castillo para conocerlo y reconocer las habitaciones reales. La acústica era muy vaga en ciertas áreas del castillo, los pasillos tenían antorchas a cada cinco metros de distancia y las alfombras rojas como la sangre cubrían los pisos de las escaleras. Ante mi vista, todo era sublime, nunca había entrado al castillo.

Al seguir mi recorrido por los jardines reales me encontré con los árboles de arce real (el arce real es la insignia de Resurrección) que estaban dispuestos estratégicamente para cubrir el castillo, al adentrarme más pude ver una silueta femenina jugando con las hojas caídas secas. Intenté retirarme antes que se diera cuenta de mi presencia pero fue en vano.

– ¿Quién eres? –me preguntó.

–Nadie importante ante sus ojos, señorita –dije inclinándome
Ella sonrió cerrando sus ojos y manteniéndolos así siguió:
–Ahora están cerrados y puedes decirme quién eres.
–Soy el nuevo caballero del Rey, y me temo que yo no debería estar aquí, señorita, así que pido su permiso para retirarme.
Abrió sus ojos, a primera vista no descifré el color de su iris, pero al verlos por segunda vez, logré ver que eran de un gris metálico. Hermosos. Ella se levantó de donde estaba sentada y con una voz frágil y amorosa me dijo que era la hija del Rey y que me permitía que estuviese con ella un momento. Extendió su pequeño y claro brazo y me dio la mano para que la acompañara a su estancia en los prados. Tomé su mano con delicadeza y me senté a su lado.

– ¿Sabía que hay muchos árboles? –preguntó.
–Creo que hay los suficientes, mi lady.

–Estamos en un mundo donde las personas se hacen árboles, y después vuelven a ser seres humanos. Yo nunca lo he podido hacer, es algo difícil. La primera vez que lo intenté fue muy pobre mi poder, apenas sentí otra energía en mi cuerpo. Conforme lo estuve haciendo pude sacar de mis dedos ramas, pero me asusté y desaparecieron. Y desde entonces quiero hacerlo, pero me invade el miedo.

Sus palabras me hicieron sentir como un padre que le cuenta una historia a su hija menor. Pero era ella quien me contaba la historia. Para no ofender su imaginación, le seguí la corriente diciéndole que no había nada que temer, que la naturaleza estaría de su parte y que yo la ayudaría a ser realidad su deseo de ser un árbol. Cuando terminé de decirle esto, llegó un sirviente del Rey pidiendo que, según palabras de su Alteza, lo acompañara a comprar las provisiones para el castillo. Me despedí de la inocente criatura y me retiré del castillo.

Mi primera tarea como caballero fue cuidar las espaldas de un criado, una historia absurda de contar. Llegamos a los puestos de fruta y verdura que estaban en el mercado. El criado bajó de la carretilla para ir por la lista inmensa de comida, yo, desde mi lugar sobre Uusi Kohde, lo miraba hacer su trabajo y observaba, además, hacia los otros puestos y las personas que caminaban.

Frente a la taberna estaban unos puestos de calabazas y ahí logré ver la figura de una doncella con un vestido rojo y otra prenda negra. Ella sintió mi mirada y me devolvió la vista, tenía un hermoso rostro y unas manos que parecían ser suaves, llevaba un anillo en forma de árbol, no le noté un mal ni un disgusto. Bajé de Uusi Kohde para dirigirme hacia ella, pero en ese momento empezó a caminar y a alejarse de mí; aun así, tenía inquietud por conocerla y saber al menos su nombre, era tan bella. La veía andar entre las personas del mercado que no me permitían llegar a ella, me volví un poco violento para poder avanzar. Llegué hasta un bosque. Caminé buscando su figura pero no lo conseguía. Me quedé de pie rastreando a través de los árboles pero me resigné y di vuelta para regresar, en ese instante me encontré con un árbol que poco antes no estaba ahí. Como había sido leñador hasta apenas unos días, podía recordar los caminos y los árboles que estaban a mi paso. Me dirigí hacia él y lo toqué. Lo sentí diferente a muchos otros árboles, éste respiraba más profundamente, como si estuviera asustado. Al mirar las raíces pude ver un anillo parecido al de la doncella, pero éste tenía piedras de otros colores. El anillo de la bella mujer tenía piedras rojas como si fueran manzanas en las ramas. Pero éste tenía el color de las manzanas grises. Como los ojos de la hija del Rey. Tomé el anillo y me dirigí al pueblo donde el criado ya estaba en la carretilla esperándome. Subí a Uusi Kohde y partimos al castillo. Llegando al castillo busqué a la hija del Rey para darle el anillo que había encontrado en el bosque. La encontré jugando en la cocina y le pedí que me acompañara afuera. Con una sonrisa me tomó de la mano y salimos.

–Mi lady, quiero darle algo que es muy poderoso, lo encontré y pensé en usted. Es un anillo, que le da poderes para convertirse en árbol, lo que usted siempre ha querido ser –le mentí, pero la imaginación de una niña no repara en ello.

Ella se alegró tanto que enseguida se lo puso, pensé que le quedaría grande pero al ponérselo le quedó justo. Miraba el anillo con mucha felicidad.

Pasaron los días y yo seguía rufianes desleales al Rey. Todo iba bien, hasta que un día la niña, la hija del Rey había desapareó. La Reina lloraba enfrente de todos y el Rey estaba más que molesto. Nos dio orden de ir al pueblo, a los bosques y a tierras lejanas para buscarla. Pero antes de emprender camino, supimos de su paradero: estaba en los jardines reales. Muchos aseguraban que ya la habían buscado ahí pero que no la encontraron. La niña recibió un regaño tremendo por haber desaparecido, aun así fue muy aliviador saber que no corrió ningún peligro.

Esa misma noche, mientras hacía guardia en los pasillos del castillo, la niña llegó a mí dando brincos de felicidad.

–Gracias por el anillo. Me ayudó para convertirme en un árbol. ¿Dónde crees que estaba cuando me raptaron? Era un hermoso árbol, pude ver cómo me buscaban pero después decidí volver a mi forma humana para no asustar a mis padres. En serio te lo agradezco –me dijo esto y siguió su camino.

No podía saber si eso fue una verdad o una fantasía de una pequeña niña; intentaba no darle mucha importancia a sus palabras; sin embargo, esa noche no pude dormir. Al día siguiente fui a los jardines reales, exactamente donde conocí a la niña. Había algo anormal ahí, estaba otro árbol que nunca había visto. Me quedé frente a él por un tiempo largo, hasta que sus hojas empezaron a caer pero no tocaban el suelo, el viento las hacía volar su alrededor. El movimiento fue de lento a más rápido. Llegó el momento en el que se unió todo: las hojas, las ramas, la fruta, todo, hasta que se formó a la hija del Rey.

–Te lo dije, ya puedo ser un árbol ¿viste lo hermosa que soy?

Arlette Paulina Reyes Muñoz
Preparatoria Regional de San Miguel el Alto
Publicado en la edición Núm. 11

... en muchos ojos Jahel Naomi Méndez Zermeño Preparatoria Regional de El Salto

… en muchos ojos
Jahel Naomi Méndez Zermeño
Preparatoria Regional de El Salto

Litigio

 He llevado a mis labios el caracol sonoro
y he suscitado el eco de las dianas marinas,
le acerqué a mis oídos y las azules minas
me han contado en voz baja su secreto tesoro.

Rubén Darío

 

Estoy a punto de ganar la demanda que hace unos meses levanté contra la Luna. Y, óigame usté, todo lo que he hecho no es por dinero ni por fama, sino por algo más importante: la Poesía Mexicana.

Soy un humilde campesino que siembra poesía, no tengo mucho dinero. Desde joven mantengo a mi mujer y a mis hijos gracias al huerto de caracoles junto al mar en el que siembro, que me heredó mi padre, por supuesto. Los babosos (que perdone usté, pero así se llaman) tardan doce meses en crecer, después de cuidados minuciosos. Antes les daba de nalgadas a mis hijos para que lloraran y así poder regar el sembradío con sus lágrimas (porque la poesía crece más rápido con el dolor y la tristeza), ahora les pido a ellos que me traigan a mis nietos para que también cooperen con el negocio familiar. Los animalitos se nutren gracias a la música o al duelo, por eso también rento mi casa para sepelios y otras ceremonias. Después que los caracoles están bien maduritos, con la misma guadaña que uso para la siega, trituro el molusco y lo echo a la basura, para quedarme con la pura caracola. Ya estando solas las conchas, las vendo de a tres por peso. Vieras los clientes que he tenido: Octavio Paz, José Emilio Pacheco, Jaime Sabines, etece, etece. Todos compraron de mi poesía, que es pura calidad. Eso sí, yo chitón, hay que ser discreto: ¿te imaginas que le hubieran quitado el Nobel a don Tavo porque compró sus poemas por encargo? Yo soy honrado y respeto la imagen de mis clientes.

Uno no más acerca el oído a la conchita y escucha el espíritu de lo poético, como los niños cuando juegan a escuchar el mar. Letra por letra, la concha destila su poesía por el espiral que tiene en los costados. Uno decide si la acomoda en pentapodia o si la desgrana en endecasílabos, ora sí que cada quien, ¿o no?

Yo fui el tuétano de la poesía azteca, sí señor. Mi negocio iba requetebién, hasta que la canija Luna se puso caprichosa y pos, ya vio usté que arreció las mareas de todo el mundo. Por sus jijos berrinches se fregó mi cosecha de un año, ¡un año! Dígame usté: ¿cuántos Premios Nacionales de Poesía Elías Nandino no se fueron en ese cultivo?, ¿cuántos Ramón López Velarde?, ¿cuántos ensayos para el Villaurrutia?, ¿cuántas putas no se quedaron sin chamba porque no había poetas jóvenes ansiosos de celebrar su premio? ¡Una desgracia nacional!

Demandé al satélite por daños morales y materiales. Imagínese al nuevo Malarmé, al nuevo Verlén, al nuevo Rambó, vagando por áhi, todos moneados y pedos porque creen que son malos poetas; no, ¡no!: son los mejores poetas del pinche mundo, nomás les falta poesía… y allí es donde entro yo.

Ya quedamos de acuerdo en que la Luna nos va a inspirar tres centenas de sonetos, sesenta jitanjáforas y un millar de poemas en verso libre, en lo que nos reponemos de la crisis. Lo que me apura no es la inminente monotemática celeste, sino que en la noche todo está muy oscuro y por ende mis muchachos se van a lastimar la vista mientras escriban.

No, joven, si la Literatura Mexicana se cae a pedazos no es culpa del cacicazgo intelectual o de la falta de becas y de incentivación gubernamental: es culpa de la Luna, que nos ha dejado sin poesía.

 

Leonardo Miguel Gutiérrez Arellano
Preparatoria Regional de Santa Anita
Publicado en la edición Núm. 11

Encrucijada

Estaba en mi habitación, sentado frente al escritorio con la laptop encendida, en la pantalla una página en blanco, sin saber qué escribir o qué hacer, no sabía cómo contestar a todas esas interrogantes dentro de mi cabeza.

Cientos de preguntas vagando por mi mente, todos aquellos errores del pasado, persiguiéndome, y continuaba sin saber qué escribir. La ira empapaba cada rincón de mi mente, cuerpo y alma.

Exploté, tomé con rabia el ventilador y lo arrojé al suelo, grité eufórico. Mi madre entró presurosa a la habitación y preguntó:

—¡Hijo!, ¡¿estás bien, qué pasó?! ¡Hijo!

La cólera nubló mi pensamiento, vuelto un animal salvaje, tomé su cabeza y la estrellé varias veces contra el muro, me detuve, pero no por lástima, más bien me pregunté qué haría con el cuerpo.

Mi hermano, o más bien hermana, ya que era algo joto, llegó preguntando qué había hecho, no paraba de gritar y lloriquear, mientras tiraba de mi camisa. No lo escuché, seguía inmerso en mis propios pensamientos, el cadáver era un obstáculo, por ninguna razón podía dejar que lo descubrieran. Tomé un cuchillo carnicero y corté el cuerpo en pequeñas partes, de pronto eran dos los cadáveres que debía cortar, busqué algunas bolsas, para deshacerme de los trozos, ejecuté mi labor sin pausa, cortar, meter, atar; cortar, meter, atar; cortar, meter, atar.

Las luces azul y roja entraron por la ventana de la sala, acompañada con el sonido de la sirena, probablemente debido a la llamada de algún vecino. Éste era el momento, las opciones eran claras, enfrentarlos o huir por la puerta trasera, no titubeé.

 

 

Andrés Quintero Quirarte
Preparatoria Regional de Ameca
Publicado en la edición Núm. 11

Tabula rasa

Treinta años más tarde, el detective había logrado resolver todos los azarosos enigmas que inundaron su vida, dándole un cambio radical. El nombre del asesino estaba a punto de ser articulado por sus labios cuando el autor hizo bolita el manuscrito y lo tiró a la papelera, convencido de que su novela era una llana mierda.

 

 

Leonardo Miguel Gutiérrez Arellano
Preparatoria Regional de Santa Anita
Publicado en la edición Núm. 11

Averno

Dos almas en pena, separadas y sin saber de la existencia de la otra, recorren un camino de incertidumbre, sin saber lo que les espera. Casi al final se cruzan. Una mira a la otra con duda. Nunca había visto a un alma sufriente como ella; pero al ver sus ojos reconoce que tienen la misma razón por la cual caminar.

Dos almas en pena, juntas, conociendo la existencia de la otra, recorren el camino rumbo a su castigo.

Enrique Salomón Rivera Alatorre
Preparatoria 15
Publicado en la edición Núm. 11

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