Category Archive: Redecuentos

Conspiración

–¡¿Qué chingados tienes que decirme, güey?!

Me inmuto. Tanto que ocultar, a ver qué cuento le invento ahora. Solos en el aula. Silencio incómodo. La regué, no debí haberlo citado. “Me encantas, hazme tuyo”. Pero todo lo que él alcanza a oír es mi torpe balbuceo. Él, mi mejor amigo heterosexual, tan simpático, frente a mí, temor y pasión. Ante mis ojos, utopía. Siento coraje, lo cito para cohibirme y mentirle sobre un conflicto que inventé, suele pasar. Apaciguaré el deseo, conservaré su amistad por siempre. Aunque…

Dulce Viaje, veo el cosmos sin abrir los parpados. –Dice sin hablar, su lengua en mi boca… Salimos al pasillo, cada quien rumbo a sus respectivas novias. Ambos recreando algo que jamás sucedió.

–Shhh…

 

 

Johan Gadolberto Flores Panduro
Preparatoria Regional de Tamazula

Wendy

Las primeras noches no fue nada fácil. Los cuentos se volvieron escasos y sombríos; sus hermanos no quisieron volver a escucharla. No podía concebir el sueño (¿cómo iba Peter a encontrarla si estaba dormida?) y poco a poco los pensamientos felices abandonaron su alma.
Se recargaba en la ventana, esperando ser todavía mitad pájaro para poder volver a Nunca Jamás, donde él la estaría esperando.
Balanceándose en el vacío, se preguntaba cuánto polvo de hada quedaba en sus huesos.

 

 

María Fernanda Oliva Guzmán
Preparatoria Regional de Puerto Vallarta

Esperar

Golpeo la puerta una vez más. Media cabeza se asoma desde la ventana del segundo piso, basta eso para reconocer mi ceja derecha y mi cabello rizado. Entonces escucho un grito:

–¡Voy!

La primera palabra que le oigo decir a él en mi vida: “voy”, me quedo ahí, esperando a que “venga”, aunque en realidad yo he estado esperándolo dieciséis años, ocho meses y veinticuatro días. Creo firmemente que no existe peor cosa que esperar. No llega. Nunca llega. Me doy cuenta que no quiero que llegue. Nunca quise que llegara. ¡Qué bueno que no llegó! Si él hubiese llegado alguna vez, yo no sería quien soy ahora. Él no llegó, llegué yo. Y entonces se abre la puerta.

–Buenos días, me llamo Sofía. Soy tu hija.

 

 

Andrea Sofía Solís Jiménez
Preparatoria 5

La vida es muy corta como para quedarse en un solo lugar │ Gloria Edith Flores Guerrero. Preparatoria Regional de El Grullo

La vida es muy corta como para quedarse en un solo lugar │ Gloria Edith Flores Guerrero. Preparatoria Regional de El Grullo

Tiempo libre

[…] Tenía tiempo de sobra, una o dos horas, así que decidí dirigirme a la biblioteca. Había mucha gente y logré un punto en el que tuve una frustración total. Salí. Volví a entrar. Salió la gente. Comencé a ver los estantes. Y lo vi… Estaba entre la estantería. Yo lo vi… Con mis manos lo acaricié. Lo olí. Posé mi vista sobre él y me gustó. Mis más oscuros y salvajes deseos afloraron… Cuando encontré… mi libro favorito.

 

 

Juan Manuel Martínez Arias
Preparatoria Regional de Etzatlán

Escribirnos, leer…

Escribir es una reconciliación con el yo interno con el que vivimos en conflicto. Cuando plasmamos una idea en el papel o escribimos una historia, nos acercamos más a una armonía interna y con el entorno en que nos encontramos.
La literatura es una forma de conocimiento que ayuda a concebir aspectos del mundo que de otra manera serían difíciles de explicar. Así, logramos entender de manera clara el actuar de los personajes, identificarnos con sus miedos, comprender el porqué de sus errores y gozar también con sus aciertos.
Y diremos sin temor a equivocarnos que, para los que no tendrán nada que ver con la literatura en su vida laboral, desarrolla su creatividad y los hace mejores profesionales ya que les muestra nuevas posibilidades de resolución de problemas a través de la imaginación. Para algunos otros, los impulsa a dedicarse a la literatura como carrera.
Escribir un cuento es dejar una pequeña o gran huella en el planeta. Es la forma en la que doy a conocer mi individualidad y así puedo explicar cómo siento y cómo entiendo lo que pasa fuera de mí.
Las letras nos permiten crear y compartir mundos posibles en los que estamos inmersos. Parodiando a García Riera, podemos anotar que “la literatura es mejor que la vida”. Es un espacio acogedor al que acudimos porque siempre encontraremos a un amigo-escritor-libro con el cual seguramente nos identificaremos. Los relatos que se encuentran en tus manos son producto de la creatividad y el esfuerzo de jóvenes bachilleres, que se han refugiado en este espacio esperando encontrarse con ese amigo-escritor con quien intercambiar sus huellas y sentires.
Vaivén es tuya; es un espacio de expresión en el que puedes manifestarte abiertamente a través de la literatura. No pierdas la oportunidad de hacerlo.

Javier Ponce*

*Maestro en Lengua y Literatura Mexicana. Es investigador de la Universidad de Guadalajara. Ha publicado en diversos suplementos culturales y revistas de Jalisco y de la Ciudad de México como Armario, Uno más Uno y Tierra Adentro. Es director de la revista electrónica Sincronía. Profesor del Departamento de Letras de la Universidad de Guadalajara.

Café negro

Libertad│Juan Manuel Galindo Reyes, Preparatoria Regional de La Barca

Libertad│Juan Manuel Galindo Reyes, Preparatoria Regional de La Barca

–Una taza, ¿verdad?
–Sí, chula. Y tráeme una dona glaseada si tienes.
Termino de anotar en la libretita la orden y ensarto de nuevo la pluma entre mi pelo. Con el delantal amarrado por la cintura camino hacia la cocina, esquivando las sillas y las manos que se intentan acercar a mi falda, respirando humo de cigarro barato, me detengo para escupir el chicle a la basura que me deja un sabor amargo en la garganta.
–Qué cara, muñeca. Es viernes y tú igual de amargada, ese hombre te está matando.
–Pásame la cafetera y ahórrate el comentario, Mary, quien quita y uno de estos días sí me acaba matando y tú con tus jodidas bromas –respondo enfadada.
–Ay sí, ¡ya quisieras! Al menos dejaría de robarte todo lo que te ganas aquí a fuerza de aguantar traileros toda la noche, sirviendo café quemado y vaciando ceniceros mugrosos. Ándale, ya llévate la cafetera y las donas, y ten, la cuenta de la seis.
–Mary, te juro que a veces sólo quiero largarme de aquí…
Me da un apretón cariñoso en el hombro y siento que me duele, tengo toda la espalda hecha nudos y los pies me matan encerrados en los tacones. Necesito un cigarro. Van tres días que no puedo voltear a la derecha por una contractura en el cuello. Ojalá que Silvia traiga pomada.
Vibra la bolsa de mi falda y lo ignoro. Sirvo el café en las mesas y recibo el dinero de un tipo gordo con barba de candado. Limpio la barra con un trapo que huele a humedad. Cuando se va el hombre me encierro en el baño, reclinándome sobre el lavabo. Me veo terrible, ya no sé si mis ojeras son de ese tamaño o el delineador logró correrse hasta mis pómulos. Toco mis mejillas hundidas y trato de sonreír frente al espejo. Con el lápiz labial quebrado me veo sinceramente decadente.
Abro la llave y mojo un poco de papel para limpiarme los labios y debajo de los ojos cuando vuelve a vibrar mi celular. En la pantalla, el mismo número de siempre.
–¿Qué quieres?
–Uy, qué genio. Mira sólo hablo para decirte que ya tengo el dinero que te debía, paso por ti a la una porque tenemos que hablar, y tómate una Coca porque cuando voy siempre te estás durmiendo.
–Tú y yo no tenemos nada de qué hablar. Dime qué quieres y déjame el dinero con Carmen cuando puedas.
–Al rato que te vea te explico, preciosa, te voy a dar algo para que nunca te olvides de mí –responde con voz ronca– me has estado diciendo mentiras… ¿verdad? Pero no te apures, chiquita. Te las perdono todas.
Trato de decir algo, pero sólo escucho mi voz quebrada por encima del timbre de línea ocupada.
Con los dedos adoloridos suelto el teléfono y al caer al suelo se hace pedazos. Como yo.
Siento unas enormes lágrimas rodando por mis mejillas y no puedo respirar entre sollozo y sollozo. Ese malnacido se enteró, alguien le dijo lo de Armando…seguramente fue la estúpida de Carmen, ella le dijo, ¡ella le dijo! ¡Todo es su culpa! ¿Por qué me devolvería el dinero? Ese imbécil no ha hecho más que quitarme hasta el último centavo y atosigarme con sus estúpidos celos. Viene a matarme.
Me va a meter un plomazo antes de explicarle, no voy a ver ni un peso venir de él. Se va a escuchar el disparo, me va a agarrar del cuello y va a torcérmelo como gallina, va a taparme la boca con un mugroso paliacate y a media carretera me va a pasar por encima con su motocicleta. Y después va a ir por Armando… le invitará una copa, lo va a poner borracho mientras cantan en un bar y entonces le dará un golpe en la nuca, ¡lo va a matar! ¡Nos va a matar a los dos por culpa de la tonta, tonta, tonta de Carmen!
–Paty… ¿todo bien? Dejaste dos mesas a medias, ya salte del baño.
–Sí, Mary, espérame poquito, es que me dieron como náuseas pero ya estoy bien.
–Traigo una pastilla, ¿no quieres?
Quiero doscientas.
–No, no te apures, ahorita salgo -digo secándome la cara.
Salgo del baño con los pedacitos de celular en el bolsillo y le tomo la orden a dos mesas más. Miro el reloj, cuarto para la una.
Abro la persiana de la cocina y me asomo, pasan un par de coches por la carretera haciendo líneas de luz sobre la oscuridad. Al anuncio fluorescente de la gasolinera le parpadea la “s” desde la semana pasada.
Va a matarme, o ni siquiera eso. Me quitará todas mis cosas, me va a pegar y a dejar por ahí en un baldío para que ni los perros me oigan llorar. O no… ya sé…seguramente me va a amenazar con decirle a todos lo que pasó con Armando… y yo, yo le voy a llorar y a pedir de rodillas que no, que no le diga a nadie, que le seguiré dando el dinero cada mes, todo el que necesite, que agarre de mis cigarros, que viva conmigo otra vez. Me va a traer como su títere, me va a agarrar a cachetadas cuando le dé la gana y yo no voy a decir nada, me lo voy a aguantar todo porque todo fue mi culpa…
–Paty, mija ya vete, te ves toda malita. Ándale, a descansar a tu casa, yo te cubro las mesas que faltan, ¿sí? Échate un cigarro, duerme bien, me saludas a tu hermana y mañana nos vemos.
–¿De veras, Mary?
–Córrele, niña. Antes de que me arrepienta –dice con una sonrisa.
Me sostengo temblorosa sobre las piernas mientras recojo mi chamarra y mi bolsa de los vestidores. Con los dedos helados, mientras salgo por la puerta de atrás, me pongo un cigarro en la boca y le acerco la flama del encendedor al otro extremo.
Ya no puedo, no aguanto esto. Me largo, tomo un camión a Tijuana y ya estuvo, seguro que alguna tía me recibe, me pongo a trabajar y le salgo a esto, me le zafo a este hombre.
Una, dos, tres motocicletas.
Ninguna es la suya. Ándale, Paty, anímate, lárgate. Déjalo todo, que al cabo no tienes nada.
–¿A quién esperas, preciosa?
Le brillan los ojos, se baja de la moto y se me acerca. Mugroso, con su barba de tres días, con sus manos que hacen moretes, con sus dientes que me sonríen, con esos mismos se come todo mi dinero, con esos malditos dedos me aprieta los cigarros en la pantorrilla hasta que se apagan.
Y yo, con estas manos trato de zafarme todas las noches, pero ya no.
Retrocedo un par de pasos temblando. Me encuentro con la pared de la cafetería y me quedo así, buscando con las manos. Tentando a ciegas lo rugoso de la pared hasta que lo encuentro.
Aprieto fuerte el tubo que traigo tras la espalda, hasta que me duelen los dedos. Se acerca, uno, dos, tres, cuatro pasos.
Me mira extraño, se acerca más. Mi pecho se alza frenéticamente. Doy primero en la cabeza y miro cómo se tambalea desconcertado, grito del miedo y le doy en la cara viéndolo escupir un diente. Cada vez más asustada golpeo en las costillas, detrás de las rodillas, en el estómago y cae al suelo.
Se aprieta fuerte el abdomen, parece que va a vomitar y me detengo para verlo. Acurrucado en el suelo, pujando y gimiendo de dolor. Así hasta parece humano, así hasta se parece a mí. Y golpeo más fuerte, más rápido. Quiero gritarle pero no tengo aire. Pateo su nuca y su nariz comienza a sangrar al tiempo que con las manos trata de tomar el tubo, trata de cubrirse la cara. Vuelvo a golpear en su cabeza y la deja caer.
Un último golpe. Me miro las manos. Tengo los dedos morados y las uñas levantadas. Me acerco temblando, horrorizada. Toco muy suave su cuello y no siento nada. Me acerco a su boca y su nariz, pero no respira. Da asco. Entre los moretones no se distinguen sus facciones. Los huesos de los pómulos asomándose por la piel abierta. El labio de abajo deja ver un diente que cuelga, apenas sostenido por la encía.
Tengo que correr, nadie me va a arrebatar este momento. Ni la policía, ni un par de ojos curiosos. Nadie me va a culpar de nada porque hice lo correcto. Siento que se me sale el corazón del pecho mientras tomo mis zapatos con una mano y con la otra mi bolsa. No sé a dónde ir, pero no puedo quedarme. Empiezo a correr por la banqueta de locales aislados con luces opacas. No puedo ir así hasta la central de autobuses. Tendré que cruzar. Encontraré algún tráiler que me lleve, una camioneta de carga. Siento las manos sucias.
Corro con la boca abierta intentando respirar. La acera termina con la desviación de retorno de la carretera. Está tan solo y oscuro aquí que sólo logro ver el otro lado. No me detengo a pensarlo y me dirijo hacia ahí. Atravieso el pavimento con zancadas torpes hasta que se dobla mi tobillo y caigo de bruces contra el suelo.
Veo dos luces blancas que se acercan. Escucho el sonido creciente de un motor de diésel. No podré levantarme, ya no queda nada qué hacer. Suelto mis zapatos, dejo caer la cabeza. Lo recibo.

Selene María Flores Camacho
Preparatoria 12

Nube

4:30 a.m. Hotel.
Suena la alarma y con la mano derecha, por debajo de las sábanas, la apago. Con la misma mano me rasco la cabeza después. Enciendo la televisión en el noticiero mientras tomo una toalla blanca con letritas doradas en la esquina derecha, y escucho la monótona voz del conductor de todos los días, hablando de la misma crisis que azota a los mismos países, la misma pobreza que desmorona los mismos barrios en temporada de lluvia.

Ansiedad│Elías Pablo Zepeda Rodríguez, Preparatoria 7

Ansiedad│Elías Pablo Zepeda Rodríguez, Preparatoria 7

Agosto, no es buen tiempo para volar, pero es mi favorito.
Abro la llave derecha solamente y me pongo bajo el chorro de agua fría tallándome los ojos, destapo el champú y me pongo bastante en la mano con la que me empiezo a frotar el cabello. Lo enjuago.
Tengo sueño. Me tallo con el jabón líquido el resto del cuerpo y termino mi baño abriendo un poco el agua caliente. Salgo envuelto en la toalla y meto la loción para manos del hotel en la maleta junto con las burbujas de la bañera, antes de cerrarla saco mi uniforme y me lo pongo llevando bajo el brazo el sombrero.
5:23 a.m. Hora de salir.
Antes de apagar la televisión el presentador dice: “Avión se desploma esta mañana mientras cruzaba el Atlántico, cuarenta y dos fallecidos repor…”.
5:24 a.m. Se termina.
Salgo de la habitación del hotel al pasillo, doblo tres veces a la derecha, una vez a la izquierda, las ruedas de la valija se atoran dos veces en la alfombra azul marino.
Presiono la tecla que dice lobby y bajo siete pisos en silencio, cuando las puertas se abren me recibe el bullicio natural de Nueva York, tan gris, aburrida y ruidosa que no me da tiempo de extrañarla. Pregunto en recepción por mi taxi, devuelvo la llave del cuarto a la señorita que me atiende y ella señala el auto amarillo estacionado en la acera de enfrente. Subo al viejo Volkswagen y empezamos a andar.
7:11 a.m. Prefiero volar.
Presento en la entrada del aeropuerto mi identificación y en el baskin robins alguien me hace señas para que me acerque. Es Cliff.
–¡Ben! Qué bien que llegas, justo Marvin y yo planeábamos algo, los tres una semana a Las Bahamas, ¿qué dices? Llevaré a Michelle y a los niños este verano y deberíamos de sentarnos del otro lado de la cabina alguna vez. ¡El oficio nos está matando! -ríe.
–Lo siento, Cliff, agenda llena –digo mientras pido un café en el mostrador.
Dicen más cosas intentando persuadirme pero me siento desconectado, aún tengo sueño, supongo. No tengo ganas de discutir sobre vacaciones cuando veo a diario cientos de personas con sus bermudas tomándose fotos en las tiendas del aeropuerto. Quizá será mejor dejarlas para después, iré otro día.
A otro lado, muy lejos. Miro el reloj de mi muñeca izquierda y faltan diez a las ocho, apronto a Cliff para ir al andén a hacer las pruebas antes del vuelo de hoy y nos despedimos de Marvin que comienza hasta la tarde.
Lisa, la mujer de seguridad que siempre nos inspecciona antes de abordar, nos saluda alegremente mientras Cliff la vuelve a invitar a cenar y ella vuelve a decir que no señalando su anillo de compromiso.
–Vamos, muñeca, ¿qué tiene de malo una cena entre dos amigos casados?
Ella sólo ríe y nos da permiso de pasar, atravesamos ya sin las maletas por el tubo de goma que conecta al edificio con el avión y entramos al cuarto de control. Me siento en el asiento de la izquierda, de piloto. Cliff se acomoda a mi derecha. Hacemos las revisiones de rutina.
–Los controles se ven bien –digo.
–Pero tú te ves horrible, te digo que te faltan vacaciones.
Creo que dice más cosas pero no lo escucho en realidad, en cuestión de minutos vendrá cualquier sobrecargo con exceso de maquillaje (que seguro ya se habrá acostado con Cliff) a decirnos que se han dado las instrucciones de seguridad y por su parte podemos despegar.
8:41 a.m. Intercambio.
El avión corre… corre por la pista.
Hace tanto que no corro, dejé todo por volar… por volar… (les habla el segundo al mando de la nave, estamos por despegar del suelo hasta alcanzar una altura aproximada de trece mil pies sobre el niv…) volar, volar como hacen los pájaros, como no hago yo.
Dejamos de sentir el suelo, volvemos a mirar los controles.
Despegamos las llantas del asfalto (les recordamos que el cinturón de seguridad debe permanecer…), despegamos los pies de la tierra.
9:03 a.m. Aquí de nuevo.
Llegamos a la orilla de la costa y veo el mar, lo azul que es el mar y me impresiono de nuevo, porque otra vez me he sentido perdido, como tantas otras desde que trabajo en esto, en medio de la inmensidad.
Sin diferenciar al agua del cielo, a las nubes de las olas. ¿Vacaciones en Las Bahamas? Aquí son mis vacaciones. Perdido.
–Oye, Ben, el radar está señalando otra dirección, ¿qué crees que sea?
–Seguro no es nada, alguien debe tener un celular encendido, ya ves que nunca falta –sonrío.
–Sí, debe ser eso.
Estoy volando, ayer volé y mañana lo haré de nuevo. Pero volar no es suficiente, yo quiero quedarme aquí, ¿aquí? No sé, no sé si aquí, es que estoy perdido.
–Escuché que en el aeropuerto al que arribamos esta tarde tiene un restaurante italiano excelente, deberíamos pasar a cenar, ¿no crees? –se acomoda los audífonos.
No tengo hambre, no me apetece, sólo asiento con la cabeza. Mi cabeza que se va despegando de mí, idéntica a la sensación de despegar las ruedas de la pista, de saltar al vacío sin vacío alguno, sólo flotando. Mi cabeza que desprende de mi cuello, mi cuello de los hombros a su vez.
No me decido sobre las vacaciones. Me gustan las nubes, flotan todo el tiempo, no aterrizan ni dejan de existir. Y en cambio el agua, el agua es el nítido reflejo del cielo que tanto me gusta y puede estar en paz, serena, o decidirse a azotar la costa. Si tan sólo pudiera tener mis vacaciones aquí, flotando justo en medio de ambos.
–Ben, la velocidad está bajando.
Aquí puedo verlo todo tan claro, éstas son mis vacaciones, es mi cuerpo el que flota y no el avión. Pierdo el peso y dejo de sentir la gravedad.
Bajan las máscaras de oxígeno, un bebé llora, sacan por la fuerza a una mujer del sanitario, salen de los asientos chalecos naranjas.
–Ben, Ben, ¿qué estás haciendo? Capitán Ben…
–¡Mira las nubes, Cliff! Me hago uno con ellas, mira mi cuerpo, mira a través de él, mira cómo absorbo la luz del sol.
Y floto, nunca caigo, estoy en medio de lo que soy, y soy justo lo que quiero.
Soy nube. Soy cuarenta y dos nubes.
4:30 a.m. Rutina.
Suena la alarma y con la mano derecha, por debajo de las sábanas, la apago. Con la misma mano me rasco la cabeza después. Enciendo el televisor en el noticiero mientras tomo una toalla blanca con letritas doradas en la esquina derecha, y escucho la monótona voz del conductor de todos los días, hablando de la misma crisis que azota a los mismos países, la misma pobreza que desmorona los mismos barrios en temporada de lluvia.
5:23 a.m. Termino.
Antes de apagar la televisión el conductor dice: “Avión se desploma esta mañana mientras cruzaba el Atlántico, cuarenta y dos fallecidos repor…”.
Y la apago.

Selene María Flores Camacho
Preparatoria 12

Chingado

No disparen por favor. Y nadie disparó. Llevaba Carmelo a la virgen de Guadalupe en la espalda. Los pies con costras. La cara quemada por el sol. Cuando suplicó que no dispararan, lo hizo con una sinceridad enorme, no queriendo escaparse de la propia muerte, sino más bien de la vida. Me atrevo a decir que fue eso lo que conmovió a los soldados, que no dispararon, que mantuvieron sus armas apuntando, mas sin ninguna intención de abrir fuego. Y Carmelo pasó sin apresurarse en medio de todos ellos. Y la virgencita mantenía su mirada fija en algún punto lejano.
Ni federales ni revolucionarios se atrevieron a emitir ruido alguno mientras pasaba Carmelo. Sin embargo, ¿era él por quien luchaban? Descalzo, moreno, chaparro, con callos en pies y manos. Sudoroso y con costras. Con tierra pegada en todo el cuerpo. Llevaba a la virgen, pesadísima, en la espalda. ¿Por qué? ¿A dónde iba? Pero sobre todo ¿de dónde había salido? No se podía imaginar a ese hombre siendo un niño. Tal vez un adolescente.
Ni remotamente. No pudo haber nacido de ninguna mujer. Su caminar lento, a la vez tímido y estoico, no pudo haber nacido así como así. No era por él por el que ninguno de los dos bandos luchaba. No podía ser. Y si era él…
No podía. Porque era muy parecido a ellos. Y cada vez era más insoportable mirarlo. Y no se iba, y no se iba. Pero no podían disparar. Porque él pidió que no lo hicieran. Y nadie lo hacía. Pero mirarlo a él era más y más incómodo. Asqueroso. Como mirar una herida abierta, sangrante, podrida. Una herida propia. ¿De dónde venía ese hombre? ¿De qué pueblo? ¿De qué tierra? Era claro que había nacido de un huevo. O quién sabe. En algún lugar, un campesino de barro tiene plantíos y plantíos donde cosecha personas. Ara la tierra y mete ahí cualquier cosa que se le ocurra. Lo que sale de ahí, son esos hombres chaparros, morenos, con la vista hacia abajo y con una virgen de Guadalupe en la espalda.
Los soldados retrocedían cuando el hombre se acercaba demasiado. Como si estuviera enfermo. Enfermo de simplemente ser él. Enfermo de ser mexicano. Enfermo de llevar una virgen, como un tumor, acá en la espalda, y enfermo de no querer que le disparen.
¿A dónde iba? Ése era otro misterio. Pues se estaba internando en el monte. ¿Encontraría la basílica en algún momento? ¿O llevaba la figura a algún pueblo, a alguna familia, a algún altar en el cerro? ¿Sabía siquiera a dónde iba? Tal vez agarró la estatua de virgen, se la cargó en la espalda, y empezó a caminar sin rumbo definido sólo porque sí.
La calma se iba rompiendo. Porque cada pregunta que generaba el caminar lento de Carmelo, generaba preguntas a los soldados sobre sí mismos. ¿A dónde iban ellos? ¿Qué haría cualquiera de los dos bandos si ganaba? ¿Por qué? ¿Era por Carmelo por quien luchaban? ¿Esos eran ellos? ¿Carmelo podría representarlos? Pero por supuesto que no. Porque camina lento. Con la vista agachada, sin zapatos, y porque no nació de una mujer.
Todos empezaron a cuestionarse de dónde habían salido. Quizás de los mismos cultivos del campesino de barro. Quizá ellos también agachaban la vista, cargaban virgencitas en la espalda y temían que les disparasen. Dudaron, aunque suena a blasfemia, de su propia madre. ¿De verdad era aquella mujer sagrada quien los había parido? Sintieron que su madre en realidad estaba ahí, sobre la espalda de Carmelo. Vieron su propio nacimiento. Vieron sangrar la vagina de la virgen. Como se supone que sangra cada mes. No hay blasfemia en eso. Porque de ahí nacieron. De su útero. Todos. Y la cara de sus madres sustituyó a la cara de yeso de la virgen. Y respiró. ¡Carmelo estaba secuestrando a sus madres! Por eso su paso tan pesado. Por eso su mirada al piso. Su paso lento. Por eso.
Un terror silencioso se extendió entre todos. Si aquel era el hombre por el que luchaban ¿Qué eran ellos?
Carmelo no se iba. Con sus madres en la espalda. Seguía caminando lento. Y los soldados sólo querían que se llevara a esa mujer. Sagrada y repudiable. Del corazón hinchado hasta desgarrarse. De la vagina violada y el útero profanado.
Los hijos de la chingada vieron a la chingada ahí encima. La vieron a los ojos. Viva. Respirando. La vieron sobre ellos mismos. Sobre Carmelo, hundiéndolo. Y sintieron pena por él. Por ellos. Pero él avanzaba para ella. Si no, se quedaría parado.
¿Cómo ayudarlo? Su destino era ése. Estar peleando constantemente contra todo. Ser una víctima por decisión. Que sus pies y sus manos sangren y sangren.
¿Cómo ayudarlo? ¿Cómo ayudarse?
Carmelo siguió caminando. Igual de lento. Y no se alteró cuando todo el pelotón de ambos bandos lo acribilló con balazos de pánico. Quedó a mitad del monte, sangrando, con pedacera de virgen sobre su cuerpo. Tizne blanco de yeso. Muerto. Violado. Chingado.

Mario Balam Morgado Olvera
Preparatoria 12

Déjà vu

Sigue tu camino│Diego Guadalupe Pérez Vallejo, Preparatoria 20

Sigue tu camino│Diego Guadalupe Pérez Vallejo, Preparatoria 20

Era mediodía cuando Rubén llegó a la casa. Trató con dos llaves antes de dar con la indicada. La casa era de dos pisos, estaba a un metro de la banqueta, ahí debería haber un jardín pero nadie se molestó en regarlo. La pintura azul cielo de las paredes se estaba descarapelando y por las ventanas se veía una cortina naranja a rayas en muy mal estado. Al entrar, Rubén notó que no estaba tan mal como pensaba. La imaginaba llena de basura, hasta el techo, y pilas de tiliches por todos lados. Sin embargo, lo que se encontró fue con unos cuantos muebles cubiertos por una capa gruesa de polvo. Su trabajo se había reducido rápidamente, al menos como lo había imaginado.
Así, un poco más animado, decidió dar una vuelta rápida por el lugar. La sala estaba pintada de color naranja combinando con las cortinas. Había dos sillones, uno grande y antiguo, roto de los respaldos; el otro era un sofá individual de cuero. También había una mesita en el centro. En la cocina, a diferencia del resto de la casa, quedaban trastes del propietario anterior. Había trastes apilados en el lavabo, y del refrigerador emanaba un fuerte hedor; decidió que empezaría por ahí. Tenía que limpiar la casa y arreglar todo lo que se necesitara, la tendría que pintar y redecorar si quería que alguien la rentara o, en el mejor de los casos, la comprara. Éste era el primer día de muchos en la reparación de la vieja casa.
Hace más de un mes que era el dueño de la casa, la heredó de su padre al morir; pero ésta era la segunda vez en su vida que la visitaba. No había podido ir antes porque sus estudios en el último año de la universidad se lo impedían. Decidió que se encargaría de la casa cuando estuviera de vacaciones, se haría cargo en ese pequeño tiempo de transición entre su época escolar y el resto de su vida. Se había graduado de médico veterinario y ya tenía un trabajo seguro en una modesta clínica a las afueras de la ciudad; quizá no se volvería rico, pero no lo hacía por el dinero.
Cuando subía al segundo piso notó que unas cajas apiladas estaban debajo de las escaleras. Las movió, eran seis. Había dos cajas grandes del tamaño de una estufa y las otras eran medianas. Abrió una de éstas y se dio cuenta que eran objetos de inquilinos que habían pasado por la casa.
Dio una mirada rápida al resto de las cajas. Las grandes estaban muy pesadas y cuando las abrió, estaban llenas de sábanas, cobijas y ropa, todas repletas de polillas. Las cosas interesantes estaban en las cajas pequeñas. Decidió que después de mirar comenzaría la limpieza y luego se dedicaría a curiosear las cajas.
Eran las tres de la tarde cuando Rubén se sentó en el sofá de cuero (ahora limpio) a ver las cajas pequeñas. El sol empezaba a sofocar la tarde, se sentía un calor bochornoso en esa casa sin ventilación. Empezó a sentir hambre, marcó a la operadora para que le dieran el número de la pizzería, ordenó y, mientras llegaba su pizza comenzó a curiosear las cajas. Se dio cuenta que muchos de los libros que había visto eran en realidad álbumes fotográficos; el primero que vio contenía solamente fotos, repetida una y otra vez, era algo grueso, lleno de fotos con la fecha del 23 de febrero de 1986, al parecer tomada de un periódico. Los otros eran álbumes normales. En el fondo de la caja había muchos negativos sin revelar. El calor de la tarde y el hambre hicieron que se quedara dormido en el sofá.
Despertó con el sonido del repartidor tocando. Fue y pagó. Mientras comía comenzó a ver la segunda caja, ésta le parecía mucho más interesante, contenía muchos vinilos sin rotular, aunque estaban en mal estado. A él le gustaba coleccionarlos. Deseó poner uno para ver si servían y saber de qué música se trataba pero no había tocadiscos. También había una máquina de escribir y varios cuadernos. Tomó el primero, era uno rojo de pasta dura, al abrirlo notó que en el interior de la tapa superior había muchas líneas llenas en grupos de cinco como si se llevara la cuenta de algo. Rubén no los contó pero había fácilmente unos 600 rayones. Empezó a hojearlo y se dio cuenta que se trataba de un diario. No leía hoja por hoja pero intuyó que se trataba del diario de un escritor. En muchas páginas ponía ideas encerradas en círculo como para recordarlo más tarde: “chicas asesinas”, “pepenador descubre cuerpo”, “detective-múltiple personalidad-asesino”. Todos los libros que había en la caja eran libros de misterio lo que le pareció muy natural. Lo que le pareció extraño era que de la mitad del diario en adelante todas las entradas comenzaban con la misma fecha “12 de octubre de 1999”. Se dio cuenta de eso cuando pasó rápido todas las hojas. Decidió ir a la última entrada antes de esta fecha, era del 10 de octubre. Se recargó en el sofá para leer mientras comía otra rebanada de pizza.
“Conseguí rentar una casa, que dicen está maldita, pienso que vivir ahí un par de meses será la inspiración perfecta para mi nueva novela”. Le pareció interesante y siguió con la siguiente entrada: “Primer día en la casa, investigué un poco y resulta que todas las personas que han vivido aquí terminan muertas, la mayoría se suicida, pero no creo que los fantasmas estén rondando por aquí y si lo están no creo que sean problema. Hoy me voy a instalar y mañana empezaré a escribir, ya tengo un par de ideas”.
Al final de esa página se leían dos notas: “suicida arrepentido” y “asesino en el sótano”. La siguiente página decía exactamente lo mismo que la primera pero ya no estaban las notas del final, en una tercera página se leía: “Tengo un déjà vu. Cada noche voy a dormir y amanezco de nuevo en el día anterior, el primer par de noches no me lo quería creer, pensé que era un sueño pero hoy hice un experimento antes de dormir. Tomé los platos del fregador y los rompí en el sueño. Cuando desperté estaban en el fregador intactos”.
Rubén empezó a intrigarse y hojeó los demás cuadernos, pero eran sólo diarios normales y otros eran cuadernos de borradores. Empezó a sospechar que quizá ese diario era falso, parte de una novela en proceso. Así que se saltó las páginas para leer entradas al azar.
“He intentado mantenerme despierto, lo que más he durado han sido tres días, pero en cuanto duermo vuelvo al maldito primer día que llegue a la casa. Hay cosas que sí permanecen al día siguiente, como todo lo que escribo en este cuaderno, también cuando reparé la puerta del piso de arriba amaneció reparada… me estoy hartando de comer la misma mierda todos los días, pero si voy y compro algo a la tienda, al día siguiente desaparece”.
Rubén, fascinado por el diario, los vinilos y los demás objetos de las cajas perdió la noción del tiempo. Ya eran casi las siete de la noche. El camino a su casa era de dos horas y ciertamente no quería pasar la noche en esa casa maldita, así que subió a su coche una caja con el diario y el resto lo depositó en el basurero. Cerró la casa y decidió que continuaría al siguiente día.
En su casa cenó como era debido, tomó una ducha y se acostó en la cama alrededor de las doce de la noche. Tenía el televisor encendido pero continuaba leyendo el diario: “Le pregunté al dueño que si tenía las cosas de los anteriores propietarios, le dije que era para mi libro y me dijo que me las traería mañana, me quedé despierto y me las trajo. Me preguntó si me encontraba bien, no me creería de todos modos. Las malditas cajas siguen aquí, todos se deshace en la noche pero las malditas cajas siguen aquí… estoy empezando a desesperarme, fui a la iglesia y después de horas de explicarle, el padre me creyó. Dijo que mañana vendría a bendecir la casa, pero mañana no recordará nada.
“Viendo las cosas del antiguo propietario, me di cuenta que a él le pasó lo mismo, en uno de sus álbumes tiene fotos del mismo día, verificó la fecha del mismo periódico una y otra vez; yo llevo la cuenta de más o menos un año y medio atrapado aquí, pero vi la última foto de ese álbum y el reverso decía ‘16 años, ya no puedo más’. El tipo duró 16 años aquí, no sé cuánto más dure yo… la maldita casa, rompí un vidrio y al ‘día siguiente’ estaba arreglado pero mi mano sí amaneció lastimada, LA MALDITA CASA QUIERO QUE SUFRA.
“Me he largado cien veces, me alejo todo lo humanamente posible pero por más que dure despierto, tan pronto como voy a dormir, despierto en la maldita casa, en el mismo maldito día… Compré un arma, tardé mucho en convencer al tipo, le dije que le entregaría mi permiso al día siguiente pero no importa, nada eso recordará. Cuando sea de mañana y la pistola no esté”.
Rubén se acercaba al final del diario. En la última entrada se leía: “12 de octubre de 1999. He contado dos años, quizá pasó más o menos tiempo, ya no tengo noción del tiempo, la pistola sí amaneció aquí”. Eso era todo, el final del diario. Rubén se quedó perplejo, confundido e intrigado. Quería saber más; si era una novela quería leerla toda. Si era un diario quería saber lo que le pasó al autor. Pero ya era muy noche, decidió que mañana buscaría más en las cajas, estaba muy confundido y quería ver si dejó algún cuaderno en la casa.
Apagó la televisión, se lavó los dientes y fue a dormir.

Alex Emmanuel Castañeda Barragán
Preparatoria Regional de Puerto Vallarta

Atrapado en Hamlet

Sin título│Andrea Azucena Avelar Barragán, Preparatoria 2

Sin título│Andrea Azucena Avelar Barragán, Preparatoria 2

Finalmente se convirtió en rey de Dinamarca. En su audaz disfraz, acudió a la gala del Marqués. La máscara le apretaba, era el único problema, pero era un requisito. La sostuvo con la mirada durante todo el baile, hasta morirse de cansancio. Hamlet se apoderó de él… jamás pudo quitarse la máscara.

Christian Geovanni Nuño Hurtado
Preparatoria 6

Lágrimas y papel

Logramos sacarle todo a ese libro. Le había salido sangre, de una herida muy cercana a su piel. Logramos sacarle la verdad y desmentimos las locuras del escritor. Le quitamos la voz aunque conservó la boca. Sus palabras ya no decían nada y sus sueños fueron aliviados con café. Pero aún estaba vivo. Alguien dijo que le sacáramos lágrimas, cada lágrima estaría seca y así podríamos mojarlo.
Entonces comenzamos a sacarle lágrimas, él no quería pero ¿a quién le importa? Cada lágrima tenía más agua que la anterior, pero poco a poco dejaron de contenerla. Pronto cambió a ser lodo, luego fue leche, luego arrojó tierra y más tarde llegó a ser azufre.
Estaba gritando en su mente pero a nosotros no nos decía nada. Llegamos al punto en que cayó y fue derrotado. Ya era un mundo vacío. Nos sentimos tristes pero no era nuestra culpa. Ese libro ya no tenía nada que ofrecer. Su existencia ya no valía la pena, se había vuelto uno de nosotros y junto a nosotros ya nadie lo distingue.

Óscar Rito Muñoz
Preparatoria 5

Imaginar el cuento

Los invito a imaginar el cuento, no como un género o una lista de características sino pensarlo como una persona o como una criatura. Si le damos cuerpo, forma, materia ¿qué personaje sería entonces?
Según Edgar Allan Poe, el cuento sería un sujeto brillante y calculador, capaz de encontrar las pistas de un asesinato perfecto y de hablar con un cuervo. Para Antón Chéjov es un batallón, implacable pero humanitario, tan preciso como un francotirador ruso. Para Julio Cortázar es un boxeador. Ligero, de mirada precisa, que gana con certero golpe en el último round. Para Jorge Luis Borges es un inmortal, una biblioteca infinita, un Aleph. Para Italo Calvino es un ser fantástico, rápido, capaz de volar.
Para Roberto Bolaño es un fantasma en los desiertos de Sonora o un muchacho derrotado que camina sonriente hacia el abismo. Para Augusto Monterroso es un dinosaurio. Para Raymond Carver es un sujeto frente a una botella. Para Charles Bukowski el mismo sujeto en la décima botella. Para Rubem Fonseca es un balazo. Para Juan Rulfo un espectro que habita algún pueblo olvidado.
Para Juan José Arreola un prodigioso miligramo. Para Alberto Chimal es un viajero del tiempo. Para José Luis Zárate un enmascarado o un súper poder. Para Luis Martín Ulloa es un niño sentado en una silla. Podemos hablar de tantas encarnaciones como narradores ha habido. El cuento se reinventa.
En los textos de esta sección el lector encontrará que el cuento es un canario que busca la libertad, una piloto en caída vertiginosa hacia el océano, un hombre que cae desde un campanario.
También se encarna en un sujeto que busca una huidiza compañía, uno que pide un deseo, uno que despierta ante los ruidos de un intruso en su casa. Incluso nos encontramos con seres que demuestran el drama terrible de la existencia humana: un joven que pierde a su abuelo, una niña que viaja sobre “La Bestia”, una hija atormentada en su habitación.
A través de los textos de estos jóvenes narradores podemos ser testigos de que el cuento sigue revitalizándose, cambiando, evolucionando. El cuento nos mira sonriente y nos imagina.

Cástulo Aceves*

*Narrador. Primer lugar del Concurso Estatal «Adalberto Navarro Sánchez» 2004, en narrativa. Sus textos se encuentran en publicaciones impresas y revistas electrónicas, y en las antologías Figuración de instantes, Mar nuestro de cada día y Tramas y líneas. Muestra de narrativa de Guadalajara.

Después del abuelo

Mondschein│Aimee Guadalupe Senda Núñez, Preparatoria Regional de La Barca.

Mondschein│Aimee Guadalupe Senda Núñez, Preparatoria Regional de La Barca.

El día que el abuelo murió fue uno como cualquiera. Al amanecer se sentía un leve frío porque así debe ser durante los primeros días del otoño. Mi madre entró a mi cuarto y me pidió que me sentara para platicar, porque así debe ser cuando te dan una mala noticia. Me dijo que el abuelo había fallecido durante la noche, porque así debe ser con las personas que padecen cáncer pulmonar.
–¿Te sientes bien? –preguntó al ver que mi expresión era tranquila.
–Sí, estoy bien –contesté sin inmutarme–. ¿Cómo está papá?
–Está tomándolo con calma, estuvo allí con él un momento antes que pasara. Si quieres puedo sacar un permiso para que faltes a la escuela hoy.
–No… no gracias. Tengo exámenes y no quiero que se me acumulen.
Ese día, para que no me fuera en autobús a la preparatoria mi madre decidió llevarme, supongo que como un acto de condescendencia porque toda la gente se comporta más amable cuando alguien muere. Es como si temieran que al actuar como de costumbre, alguien más fuera a morir y tuvieran que repetir todo el proceso. Pero estaba bien, supongo que todo era parte del momento.
A decir verdad soy nuevo en esto de andar de luto. Nadie más en mi familia cercana había muerto desde hacía siete años, cuando falleció una tía con la que solía pasar las tardes mientras mis padres trabajaban. Tenía como ocho años en ese momento, así que no recuerdo nada claramente, no recuerdo haberla velado o haber ido a su entierro. Sólo recuerdo sujetar la mano del abuelo en la iglesia durante la misa de cuerpo presente.
Ese día saqué cien en los dos exámenes que nos aplicaron en la escuela. Al regresar a mi casa treinta minutos antes de lo normal, decidí tumbarme en la cama, escuchar música y tratar de leer un rato. Elegir qué leer fue algo difícil, sobre todo porque en mi librero el libro más grande y notorio es una edición de lujo de El Gran Gatsby, de F. Scott Fitzgerald, que mi abuelo me regaló dos años atrás, cuando me estaba enseñando a conducir. Pude manejar decentemente por veinte minutos, lo cual era un récord para mí. Así que decidió llevarme a la librería, a pesar que no me gustaba leer, y comprarme un libro que no me interesaba. En ese momento pensé que era el peor premio y decidí que para la próxima lección, manejaría mejor y por más tiempo.
–¿De qué trata el libro? –pregunté intentado simular interés.
–Trata sobre un tipo que tiene está obsesionado por una mujer adinerada que perdió hace años. Así que decide hacerse rico, buscarla y comprar una mansión cerca de la de ella para ofrecer estrafalarias fiestas con la esperanza que algún día ella, que ahora está casada, lo visite.
–Suena mucho esfuerzo para recuperar a alguien, si yo fuera él, buscaría a otra. Es más fácil y gastaría mis millones en otras cosas.
–Pero así debía ser, de lo contrario no habría libro.
–¿No conoces otra repuesta a mis preguntas además de “porque así debe ser”?, porque es lo que siempre me dices –le dije un poco desesperado.
–A veces ésa es la mejor respuesta a las cosas, algunas sólo deben ser de cierta forma. No conoces la razón, pero sabes que así deben ser. ¿Te digo un secreto? Serás más feliz cuando aceptes algunos hechos y dejes de buscar el porqué de las cosas.
–Tal vez… –respondí dejando el resto de la frase esfumarse en el aire.
–Lee el libro y quizá te dé otro premio si la siguiente vez manejas mejor.
Me dejó en mi casa y al abrir el libro cayó al piso un billete de 200 pesos que nunca gasté porque era nuevo. Decidí utilizarlo como separador para el libro que terminé leyendo en mis momentos de aburrimiento y que luego acabó por gustarme, aunque a treinta páginas de terminarlo lo perdí por unos días y al encontrarlo no continué su lectura porque ya leía otro. Desde entonces no recordaba que lo había dejado inconcluso, muchas veces las cosas brillan por la ausencia de una de sus partes. En el caso del libro, me faltó discutir el final con el abuelo.
Más tarde, antes de la cremación del cuerpo, me preguntaron si quería decir algunas palabras para el abuelo. No tenía nada, no sentía nada, no sabía si estaba triste porque lo perdí o enojado conmigo mismo por no sentir nada, por no estar llorando como la abuela o deprimido como las decenas, si no es que más, de personas que estaban presentes. Me enojé conmigo por estar bien. Tan jodidamente bien como para lograr concentrarme y sacar cien en dos exámenes en un mismo día, a pesar que una de las personas más cercanas a mí acababa de morir y estaba a punto de volverse un montón de cenizas. Me limité a decir que no sentía que tuviera algo que comentar, nadie me forzó a decir más.
El abuelo comenzó a fumar después que le diagnosticaron cáncer. Soy el único que sabía que lo hacía y hasta en dónde. Decía que iba a caminar al parque que queda a tres cuadras de su casa, se adentraba entre los árboles hasta llegar a un claro donde hay una banca de madera esculpida sobre un árbol que se desplomó hace algunos años. Allí metía su mano en un hueco que está detrás del respaldo y encontraba su cajetilla escondida. Lo descubrí un día que volvía a casa después de pasar el día entero en el parque, decidí acortar distancia pasando por el claro y ahí lo vi, sentado plácidamente con la vista al vacío dando dos o tres caladas para después toser. Él se dio cuenta que lo observaba y me invitó a sentarme con él.
–No se lo dirás a nadie ¿verdad?
–¿Yo?… no lo sé. No te entiendo.
–Es fácil, tengo miedo de algún día estar conectado a una máquina que me mantenga respirando hasta que finalmente mis pulmones decidan detenerse y morir, lo he visto antes. Es simple. ¿Quieres un cigarro?
Después de oír eso me levanté, esforzándome por contener el enojo y me fui. Nunca le conté a nadie, creo que porque yo tampoco estaba listo para verlo en el estado que me había descrito. Decidí no contarle a nadie y dejarlo seguir fumando el poco tiempo que le quedaba hasta que sus malditos pulmones ya no pudieran respirar. Sólo lo dejé pasar.
Han pasado tres días desde la cremación del cuerpo del abuelo y no puedo dejar de pensar en ello. Todos los días es lo mismo: levantarme y ver mi librero que me recuerda que él me incitó a comenzar a leer, luego salir de casa a esperar el autobús, pues mi madre decidió que ya puedo volver a tomarlo porque sobrellevé la situación con “mucha calma”. Después pasar por su casa y recordarlo. Llegar a la escuela, salir y dirigirme a mi casa. Tal vez salir en la tarde a distraerme, aunque no lo logre, y volver en la noche a hacer tareas y dormir.
Cuando era pequeño, el abuelo me llevaba al parque a pasear cada sábado. Me recogía a las seis de la tarde y me subía en su Jeep blanco. Llegábamos y nos sentábamos en el parque a platicar. Un día me dijo que debía ir a jugar con los demás niños.
–No quiero.
–Pero vas a ir a hacerlo, ¿sabes por qué?
–No.
Me miró fijamente y me dio la respuesta que siempre me daba, la que desde pequeño era la mejor explicación a todas las cosas. Fui, jugué y conocí a quienes hoy son mis amigos, a quienes irónicamente no puedo ver porque me recuerdan a él, al abuelo del que no tuve la oportunidad de despedirme antes que sus pulmones dejaran de funcionar.
Al día siguiente decidí terminar El gran Gatsby y supe que Gatsby murió, como el abuelo, y nadie fue a su funeral. Al terminar el libro esperaba sentir un vacío. No pasó, pues en ese momento sentí como si tuviera un grito menos en el estómago, un grito que salió al acabar el libro y devolverlo al librero.
Luego decidí ir al parque, buscar el claro donde se sentaba el abuelo y meter la mano en el hueco en el que él lo hacía para encontrar una cajetilla con tres cigarros y un encendedor. Nunca antes había fumado y así desperdicié el primer cigarro, aprendiendo a no tragar el humo. Pensé en dejar los otros dos pero no lo hice, porque así debía ser. Al terminar me fui a casa y guardé la cajetilla vacía jurándome no volver a fumar.
Antes pasé a la casa de mi abuela. Me abrazó, hizo que pasara y me sentara en la silla de mi abuelo para platicar. Le conté de la tarde que lo vi fumar en el claro del parque y lo que él me había dicho. En ese momento, por primera vez, sentí que lo había perdido. Resultó que ella también lo sabía, después me abrazó y lloró, los dos lo habíamos dejado ir.
Al día siguiente me levanté pensado en el abuelo, pero no en cómo lo dejé ir ni en cómo no platiqué del libro con él. Tampoco lo vi cuando pasé por el parque ni cuando me reuní con los amigos que él me ayudó a hacer y por último, no lo vi en mi librero reflejado en ese gran libro azul. Sólo lo contemplé en la foto que tenía con él en mi buró y al verla me sentí bien. Porque así debía ser.

Jesús Corona Vargas
Preparatoria Regional de Casimiro Castillo

Paredes

Inside of me│Miguel Ángel Díaz Martínez, Preparatoria Regional de El Salto

Inside of me│Miguel Ángel Díaz Martínez, Preparatoria Regional de El Salto

Una luz entraba a través de la pared lechosa llena de fluidos pegajosos, poco a poco el calor llegaba a mi piel arrugada y tierna. Sentí necesidad de retorcerme como lombriz dentro del pequeño lugar de paredes blancas sin ángulos en el que estaba.
Empecé a picotear la pared, mas con este intento no lograba siquiera atravesar la primera capa, retorcí la cabeza y con más fuerza en el pico finalmente pude agrietarla. Impulsé todo mi cuerpo hacia afuera para salir, hasta que un boquete se dibujó en las infinitas paredes blancas. Apenas podía asomar mi pico y arrancaba con debilidad la pared trozo a trozo, caían lentamente. Cuando mi cuello rondaba fuera de las grietas y mi cabeza temblorosa volteaba a todas partes, divisé sólo dos espectros.
Los próximos días después que salí de esas paredes casi irrompibles, estuve moviéndome de un lado a otro entre pedazos blancos y fluidos ajenos a los míos, entre plumas y paja que parecían basura, mierda rodeándome por todos lados. Apestaba.
Un día por fin pude desplegar mis pesados párpados y supe que aquellas dos sombras que en un principio vi, eran mis padres. Permanecían como dos soles postrados en un palo de madera que iba de orilla a orilla de la estructura en que estábamos y que permanecía detenido por unos barrotes blancos. Yo quería salir de esa revuelta cama, porque ya comenzaba a ver mis plumas al cumplir mi primer mes. Amarillo como mis padres, sentía mis enormes alas llenas de plumas. Me consideraba tan ajeno a lo que mis padres eran. Ellos siempre estaban ahí, momificados o de vez en cuando saltando de un palo a otro. Algunas veces los encontraba en un pequeño rincón comiendo y bebiendo, taciturnos y postrados, luego se desplazaban a cualquier otra esquina que formaban los barrotes silenciosos. Nunca los vi mover sus alas, en cambio yo sentía ganas de salir, volar y cantarle a los jilgueros que se escuchaban fuera de esta jaula de tedio.
De vez en cuando una mano bienaventurada nos daba más comida y limpiaba esta pocilga llena de mierda, soledad y recuerdos. Cepillaba el piso tapizado de melancolía costrosa y nosotros nos encomendábamos a esa mano para tener seguro el mañana. Así pasaron los meses y aquellos soles que eran mis padres, se fueron extinguiendo. Apenas eran unas pequeñas estrellas o unas luciérnagas en constante parpadeo.
Una noche silenciosa, canté tan fuerte y con tal estruendo que mis padres despertaron asustados. La mano bienaventurada alzó la manta que cubría la jaula e hizo la luz. Me sentí como un pecador por haber cantado con libertad, comencé a volar en el pequeño espacio, haciendo tanto ajetreo que los ojos de mis padres se clavaron en mí con tal rudeza que me juzgaron de loco.
Y efectivamente, me parecía estar en un manicomio más que en una prisión de canarios. La luz que llegaba, se asomaba por los cristales del techo y se reflejaba aún más en las paredes blancas, la mano nos dejaba nuestra ración de alimento en un recipiente azul. Estábamos divididos dos canarios por jaula, por edad, estatura, color y plumaje, y a su vez cada jaula estaba dividida en dos. Nos estudiaban.
Después cantaba para mis adentros y volaba con la imaginación, pues había sido acusado por mi compañía y la mano vanagloriada. Con el miedo entre las alas, el hambre y la cabeza hecha cuerda con nudos repetidos, en un descuido en el que la mano dejó abierta la puerta, desconocida para mí, salí huyendo extendiendo mis alas tan largas que me despabilé del miedo. Donde yo vivía apenas era un rincón comparado con las paredes exteriores de este lugar, volé por los pasillos y entre una habitación y otra, hasta que no encontré techo que me detuviera, seguí con rapidez vivaz para sentir el gran esplendor azul con blanco que divisaba.
Conocí por fin el cielo, el aire ahogando mi cara y el verdadero sol calentando mis plumas. Volé hacia una aventura insólita, en las lejanas costas conocí el mar tan brillante y hondo que un abismo le quedaba corto. Vagué por los mares del Mediterráneo, conocí en las Islas Canarias primos de todos los colores, descubrí que no fue por nosotros el honor del nombre. Me quedé un buen tiempo en la isla más pequeña y visitaba de vez en cuando las otras en busca de alimento. Crucé montañas lejanas, cerros y volcanes, cayos perdidos en el mar, con la arena cubierta de motas verdes. Hice casa en andenes desconocidos, me adentré en arrecifes, cielos negros y sombríos. Viví en libertad, aleteando y cantando a mis anchas. Pronto advertí en mí un envejecimiento solitario, así que decidí regresar para buscar una compañía cálida. Y pasé de nuevo por todos los lugares en los que había estado. Llegué y todo era tan normal, siempre con ese estupor incandescente en el cielo y el viento quedito pegándole a la flora. Descubrí en el gran patio de una casa grandes cantares como los míos, así que me acerqué para instalarme como los otros.

Colibríes│Diego Guadalupe Pérez Vallejo, Preparatoria 20

Colibríes│Diego Guadalupe Pérez Vallejo, Preparatoria 20

Cuando por fin sentí estar adentro, me estrellé contra un muro transparente con marcos de madera desgastada. Allí estaba de nuevo la mano bienaventurada, arrestándome y colocándome en una nueva celda en los grandes pabellones del patio lleno de jaulas. Si un canario revoloteaba sus alas o intentaba volar dentro del pequeño cubículo, que era un suicidio hacerlo, la mano lo sacaba y ya no volvía más. En la tarde, cuando el sol arreciaba, abrían los cristales por el techo y se hacían rendijas para que no aumentara el calor. Entonces, la mano quería que todos nosotros cantáramos para ella y cuando se retiraba teníamos que callar o desaparecíamos. Qué dios era aquel que nos cuidaba y nos mataba, y al que mis padres y yo nos encomendábamos; sin embargo, nos daba de beber y comer a la hora adecuada. Mis plumas ya estaban desgastadas, confundía el cielo con el infierno gracias a la paranoia, comía menos de lo habitual y cantaba a duras penas cuando la mano aparecía. Desde mi jaula agredía a los otros canarios y pasaba la mayor parte del día dormido para apaciguar el huracán de ideas que por la noche me atormentaban. Empecé a hacer todo por inercia, comer de lo poco, ver de lo mucho, escuchar de la nada y volar a escondidas cuando todos dormíamos.
Otro día como cualquiera me sentí libre y también otros, los míos. Como parvada teníamos la manía de ir de nuevo a vivir las mejores fiestas como cuando éramos jóvenes, cantar y volar a nuestra gana, pero ya no era posible tal libertad, porque la vida ya nos había desgastado. Ahora sólo quedaba regresar. Allí descubrí junto con los otros, que en efecto, un dios me había dejado libre desde el principio. Allí estaba yo, con mi cabeza clueca empollando mi cuerpo sobre el nido viejo.
El horizonte con sus nubes formando un descomunal paraíso afrodisíaco, flores de todos los colores adornando las copas de los árboles, el viento y la brisa de una lluvia que se esfumaba antes de llegar a tierra. A esa altura sólo nosotros los canarios estábamos libres de grandeza y nos olvidábamos del dios que nos daba la mano, de la prisión en la que vivimos siempre, en el infierno imaginario, donde pocas veces sufríamos de penurias. Teníamos una imaginación tan grande que pensé llegar a vivir en soledad y la melancolía hacía sus costras en el suelo, y la locura estaba ligada a la inteligencia de una forma inocua.
Y cuando parpadeé unos segundos, estaba yo de nuevo peleando contra aquellas paredes lechosas.

Jovany Escareño Dávalos
Preparatoria 12

Sin Regreso

Eran las siete de la mañana del 23 de febrero de 1924 y a la luz de los primeros rayos del sol, me encontraba en un prado completamente sola. Eché un vistazo y entre la vastedad del bosque, no vi más que verde y más verde. El avión estaba hecho pedazos, por suerte yo seguía entera.
Aquel fue el peor de mis vuelos. Una tormenta inesperada me envolvió, me cegó completamente y navegué por los cielos sin certeza por alrededor de dos horas. Cuando se veía llegar el fin, un rayo alcanzó una de las alas de mi nave y la encendió en llamas. Y no recuerdo más.

Nostalgia│Aranxa Carolina Aguilar Mendoza, Preparatoria 14.

Nostalgia│Aranxa Carolina Aguilar Mendoza, Preparatoria 14.

No lograba incorporarme, estaba tendida en medio de la nada. Aquellas nubes rasgadas eran imposibles de admirarse en la bulliciosa ciudad en la que vivía; el cielo lucía limpio, transparente y eterno. Sin embargo, era necesario dar un vistazo alrededor de mí, ver qué tan lejos de la civilización había caído e integrarme lo más pronto posible. Semanas atrás había prometido a mi hijo Elías y a su agonizante tortuga, que les llevaría cien fotografías de los atardeceres que contemplara en cada uno de mis vuelos, el de este desafortunado día iba a ser la fotografía noventa y siete. No podía hacer menos por mi hijo, la ausencia de su padre no tardaría en hacerse evidente y de alguna manera tenía que distraer su mente antes de anunciarle la fatal noticia de que su padre había muerto por defender a su país.
Poco a poco fui consciente de mi cuerpo, me dolía un poco la muñeca en la que tenía enredada una pañoleta roja que cubría mi pulgar fracturado. Llevaba puesta mi chaqueta de cuero café –aunque estaba hecha harapos–, una camisa blanca de manga larga, ceñida en los puños y el cuello, y un pantalón oscuro bastante grueso. Me percaté que había perdido mi gorro, mi casco y mis gafas, por eso quedaron al descubierto mis desastrosos mechones rizados. Solía llevar lo mismo en cada viaje, a excepción de la bufanda, pues mi hijo antes que yo emprendiera un nuevo vuelo me colgaba un listón de color diferente a las barbas de la bufanda azul que alguna vez perteneció a su padre. Lo hacía para que con el viento diera la impresión de que de mi cuello salía un arcoíris, pues decía que yo era su hada favorita.
Aquello era un desastre. La hélice estaba partida por la mitad y el motor completamente calcinado. Como se trataba de un viaje de rutina, que se suponía no debía causarme contratiempos, la mañana del día anterior olvidé guardar la caja de herramientas y el botiquín de primeros auxilios estaba vacío. No lograba explicarme cómo fue que sobreviví sin ninguna lesión grave, sólo podía observarme rasguños.
¿A dónde fui a parar? Nunca había visto tan cerca la naturaleza como en este punto. En ninguno de los cientos de mapas que estudié había registro de un lugar así. Con incertidumbre, avancé como pude hacia el misterioso bosque que se encontraba tras de mí. No había viento y sin embargo, mientras más avanzaba, el ambiente se tornaba cada vez más tropical.
Un paso antes de adentrarme en busca de algo que me ayudara a construir un refugio temporal, encontrar algunas provisiones o, si corría con suerte, a alguna persona que me auxiliara, decidí arrojar un par de rocas hacia el sendero que se tornaba oscuro por el espesor de las copas de los imponentes árboles que se elevaban hacia el cielo y ahogaban la luz en su interior. No escuché nada, sólo la piedra que tocó el suelo. Hizo un eco que resonó en toda la superficie del solitario bosque, fue escalofriante.
El bosque me llamaba y me adentré en él con paso firme. Poco a poco mis ojos buscaban la luz que el follaje se tragaba. Un ruido desconocido y lejano se escuchó, hizo crujir las ramas y con tenebrosidad, se dirigió hacia mí. Intenté escapar de él lo más rápido que mis adormecidas piernas me permitieran, pero parecía saber mi camino. En un instante no podía ver nada y traspasé.
Tenía el corazón acelerado y a tientas busqué algo para sostenerme. Fui subiendo poco a poco por una delgada pared, rugosa y torcida, y cuando por fin pude incorporarme, tenía mis ojos brillantes y muy abiertos, llenos de confusión y terror. Era la mirada más profunda que jamás había observado: una ventana al pasado, con ciento de imágenes impregnadas en un fulgor de aquellos ojos. Me desvanecí nuevamente y la sombra dueña de esos macabros sentidos, me sujetó por ambos brazos y con rudeza me levantó del suelo.
Quizá por decisión propia o por verdadero cansancio, no supe de mí durante un largo rato. En mi cuerpo reinaba una paz profunda y me transporté a un viaje astral, vislumbré a la distancia eternas bombas en explosión de colores sin nombre aún, gigantescas nebulosas que en la lejanía musitaban canciones intergalácticas, inmensos caballos de infinitas crines que se agitaban a las vibraciones del cosmos y jineteados por seres imperiales, de naturaleza inhumana, pero tan nobles como nosotros. Sin embargo, no tenía noción de materia alguna, no había espacio ni tiempo ni luz ni sombra ni vívidos sonidos de ancestrales voces, mucho menos tambores al compás del corazón.
Poco a poco fui siendo consciente de mi cuerpo: el hormigueo en las plantas de mis pies, el calor en mi cabeza, una suave y espesa brisa que me mantenía cobijada, sutiles aromas de infusiones místicas y perfumes naturales. Mi cuerpo estaba desnudo y todo mi peso apoyado sobre mi espalda recostada en una roca inmensa. Antes de abrir los ojos pude concebir las llamaradas rojas y blancas que estaban alrededor de mí, apuntándome, más que eso, acusándome pero con reverencia. Y suspiré.
Al unísono, voces toscas y profundas recitaban deliciosas armonías, en un lenguaje que no conozco y del cual no tenía idea que existiera. Reconocía ciertas percusiones pero algunos instrumentos de viento emitían una eufonía tan perfecta y clara como jamás en la vida se podrá escuchar. Me incorporé y al atreverme a abrir los ojos, decenas de figuras brunas me analizaban mechón a mechón, con intrigante asombro. Vi a joven, miembro del grupo de individuos que me estudiaban, era delgado y alto, de ojos chispeantes y penetrantes, de piel cálida, su aspecto era un poco africano, un poco asiático. No podría decir con exactitud a qué raza pertenecía, pero tenía gran similitud a mis antepasados provenientes de África. Pude ver en su cuello, al borde de la clavícula, una marca oscura en forma de lanza, apuntando hacia el corazón. Al pasar la vista sobre los demás, observé que todos los varones llevaban esa flecha y las hermosas hembras, todas ellas de cabellos crespos y ennegrecidos, similares a los míos, llevaban un patrón de líneas y puntos alrededor del bíceps izquierdo. Me extrañaba que no despegaran su vista de mí, que no intentarán atacarme, pero tampoco demostraban condescendencia. Simplemente me observaban y una luz roja bailoteaba en sus cuerpos desnudos. No dudé ni un segundo que estaba en medio de una civilización desconocida para la humanidad, que a su vez desconocía a los otros integrantes de la humanidad. Dejaron de cantar y una anciana de cabello escaso y blanco se acercó temblorosa a mí. Interpretó una oración conjurada y a juzgar por su expresión, era algo que todos habían esperado. No paraba de repetir “Atsak”, cada que pronunciaba ese sonido, esbozaba una sonrisa y el fervor se escapaba por sus ojos arrugados. Hice un ademán con la mano y se la tendí, hubo un sobresalto y la multitud se arrodilló. Uno a uno fueron pasando y al postrarse, dejaban a mis pies diversas flores y raíces que me resultaban desconocidas. Permanecí inmóvil durante largos minutos, pues a cada movimiento que yo realizaba, estallaba el éxtasis y el regocijo, esa reacción se estaba tornado un tanto incómoda para mí. Nuevamente la anciana se aproximó, esta vez traía en sus arrugadas manos una especie de collar, hecho con cuentas de madera tallada que iban amarradas a un lazo de hebras de hule y en el centro había una forma ovalada, con grafías inscritas que no lograba descifrar.
Ella lo colocó en el altar sobre el que me habían reposado y se arrodilló gritando una evocación desesperada. “Atsak, melu, Atsak”, me dijo. Intuí que debía colocármelo y todos guardaron silencio. Al elevar la mirada, vi cómo entre ellos sonreían y murmullaban. Entonces fue cuando comenzaron a revolotear de felicidad. Aplaudían y escandalizaban, y por primera vez desde que había retomado consciencia, dejaron de mirarme.
Miré el collar y sus complejas cuentas. Parecían seguir un ciclo que culminaba en el centro, pero que ahí mismo renacía. Pude interpretar dos símbolos: el último, que ascendía como evolucionando, y el primero que descendía simulando un renacer. Y justo entre esos dos, había una figura femenina, más oscura que las demás formas. Concluí que el collar era una reliquia, un tributo a su mayor deidad, pues aquello representaba a un ser eterno, perfecto y al parecer cíclico, o capaz de renacer.
Ellos creían que yo era su diosa. “Atsak” parecía ser mi nombre. Comprendí su emoción, su miedo, su entrega y sus cánticos, pero tenía un mal presagio. El collar marcaba un inicio y un fin que se transformaban en renacer bajo la dicha del sol sobre la figura femenina. Quise cegar esa posibilidad, pero la intriga me aprisionaba. El inicio en la vida del nacimiento y el fin en la muerte. Su diosa podía resucitar y otorgarles la vida eterna; sin embargo, yo era un piloto aviador, madre de Elías, viuda de Tomás. Mi fin era su fin, mi fin era la muerte.
De un brinco bajé del altar y me recibieron dos enormes individuos, serios y rígidos, que no se atrevían a mirarme directamente. Quise correr, pero ya habían rodeado mis extremidades con una cuerda hecha de resistentes enredaderas verdes. Les supliqué que me soltaran, pero regresaron mi cuerpo boca abajo a la enorme roca dejando mi cabeza colgando, era incapaz de moverme.
La cuerda estaba tan ajustada a mí, que respirar era muy incómodo y doloroso. Un niño derramó un líquido aromático sobre mi frente y bajo mi cabeza, en el suelo, colocó un cesto lo suficientemente grande como para que ésta fuera depositaba en él. Los vi inquietos, saltando y esperando el momento en que mi cuerpo desvanecería y de entre el follaje una nueva alma dotada de gracia, los bendijera con su nobleza. Estaba temerosa, con los ojos ciegos por el llanto y el cuerpo tembloroso, mi mente estaba en blanco y esperaba al verdugo. Él colocó la hoja fría y afilada atrás de mi nuca. Silencio.
Un rayo alcanzó nuevamente mi avión, ahora estaba en caída libre a merced de las violentas corrientes del viento. Tomé con ambas manos el asiento, me aferré a él, sentía mil afiladas gotas de lluvia atravesar mi lacerada piel. Cerré los ojos y me concentré en respirar, lo que me resultaba imposible. Una luz azul me cegó y vi a Tomás entre las nubes. “Elías, recuerda alimentar a la tortuga”.

María de Jesús Neri Navarro
Preparatoria Regional de Chapala

Loading...
X