Category Archive: Redecuentos

Colofón

Cráneo Yadira Alejandra Orozco Osuna Escuela Vocacional

Cráneo
Yadira Alejandra Orozco Osuna
Escuela Vocacional

─Por fin, has llegado.
─Tengo prisa, terminemos con esto.
─Quiero que sepas que soy feliz.
─Nadie es feliz a mi lado, represento el final de todo.
─Usted, señora Muerte, es el final de mi sufrimiento.

 

Enrique Salomón Rivera Alatorre
Preparatoria 15
Publicado en la edición 11

La Bufa y Valentín Azuela

─La Bufa es el cerro de por aquí ─dijo el anciano─, desde antaño se cuenta de la existencia de una dama atrapada en una de sus cuevas. Existe una forma de rescatarla: hay que subir hasta la cima, sacarla de la cueva y llevarla a la parroquia para desposarla, pero debe ser justo el Jueves Santo.

─ ¡Es en dos días! ─gritó el joven Valentín Azuela.

El anciano asintió.

Valentín se levantó emocionado por la noticia, la Bufa parecía ser la aventura que buscaba en América. El Jueves Santo antes del alba Valentín ya estaba en las faldas del cerro. El ascenso fue duro, la tierra era árida y seca, cuando por fin llegó a la cima ya era medio día. “¡Ven para acá, valiente!”, resonaba una voz proveniente de una de las cuevas en la cima del cerro. “¡Ven para acá, valiente!  ¡Pero cuando me tengas, para atrás no has de mirar! “, sin pensarlo mucho se metió a la cueva.

Al salir, cargaba en su espalda una enorme piedra con la talla de una mujer desnuda. Ahora la Bufa se mostraba verde y llena de vida. En cuanto comenzó a descender, la piedra cambió, ya no era dura sino blanda y húmeda. “¡Para atrás no has de mirar!”, recordó la voz. Pero Valentín abrió los brazos y dejó caer lo que sea que llevase en la espalda.

Lo único que alcanzó a ver fue cómo una grotesca serpiente se metía a la cueva. La Bufa se volvió árida otra vez y la cueva se selló.

Subsistencia entre las sombras Salma Damaris Ortega Dávalos Preparatoria Regional de El Salto

Subsistencia entre las sombras
Salma Damaris Ortega Dávalos
Preparatoria Regional de El Salto

Ignacio Manuel Silva González
Preparatoria 17
Publicado en la edición Núm. 11

El Tunkuluchú y Valentín Azuela

Sombras Salma Damaris Ortega Dávalos Preparatoria Regional de El Salto

Sombras
Salma Damaris Ortega Dávalos
Preparatoria Regional de El Salto

“¡Uuu! ¡Uuu!”, aulló el tecolote, “¡uuu! ¡Uuu!”.

Valentín se encontraba en un funeral, una de las vecinas había fallecido, era apenas una niña. La noche estaba triste y cruda. “¡Uuu! ¡Uuu!”, ya hacía tiempo que escuchaba al tecolote cantar, incluso puso un espantapájaros improvisado en su jardín, pero no funcionaba. Estaba sentado a un lado de las lloronas, cuando escuchó de nuevo el canto del ave.

“¡Uuu! ¡Uuu!”.

─La muerte se aproxima otra vez ─se lamentó una de las lloronas.

Cuando el entierro terminó al día siguiente, se acercó a la mujer y quiso saber de la muerte y el tecolote.

─Tenga cuidado joven ─le advirtió la llorona─, el tunkuluchú es un pájaro vengativo. Le tiene odio al hombre, piensa que todos debemos pagar por lo que un maya imprudente le hizo. Aprendió a oler la muerte.

Para Valentín el búho era un animal de letras. Símbolo de inteligencia y sabiduría. Pero en la antigua Mesoamérica aprendió a oler la muerte, lo hizo en los panteones y en forma de venganza, va a los lugares donde presiente este sádico olor y asusta a todos con su premonición, por eso se dice: cuando el tecolote canta, el indio muere.

Ignacio Manuel Silva González
Preparatoria 17
Publicado en la edición Núm. 11

Submarino

El oxígeno era casi inexistente, se iba tan rápido como el agua entraba en mis pulmones.

¿Habrá dicha más grande que morir en el cielo y no morir para esperar llegar a él? Ahí está la calma y las estrellas son como burbujas… cada vez son menos.

 

Dalia Sarahi Hinojosa Mayoral
Preparatoria 4
Publicado en la edición Núm. 11

Un poco más

Luis estaba cansado, el marcador iba 9 a 9 y anochecía, hacía rato que le habían llamado para ir al supermercado pero era su momento, estaba frente a la portería y de nuevo su baja estatura no le permitió anotar el gol decisivo.

Frustrado, se negó a escuchar a sus amigos, no necesitaba reproches, sólo unos centímetros más para alcanzar el balón atorado bajo el auto de su madre que arrancaba en ese instante, para ir sin él, a donde fuera para siempre.

 

Carlos Emmanuel Castillo Núñez
Preparatoria Regional de Tecolotlán
Publicado en la edición Núm. 11

Milagro

Abrió los ojos, pero no se ve nada dentro de un ataúd.

 

Carlos Emmanuel Castillo Núñez
Preparatoria Regional de Tecolotlán
Publicado en la edición Núm. 11

La reacción ante la huida

El cerebro es una de las estructuras que más ha impresionado a la comunidad científica y al ser humano en general. Es increíble pensar que el mismo cerebro con el cual podemos poner satélites en órbita, es el mismo que permitió la primera agricultura y la primera civilización. Este órgano se estructura por capas, ergo, mantiene las respuestas primigenias en el centro y a las más nuevas en capas exteriores.

*

Todo indicaba ser normal, o así lo había sido esa noche y las anteriores. Rubén, oficinista en los días, pintor por las noches, trabaja en una pintura abstracta con manchones azules, negros, blancos, puntas y gota prematura que apenas logra manifestarse en las manos. Un estudio de noche, iluminación lunar. Silencio.

                Puerta. Habían sonado tres golpes secos en la puerta del departamento-estudio. ¿Quién será a estas horas de la noche? ¿Qué horas son? Saca su celular del pantalón, lo primero que ve son las trece llamadas perdidas de Lucía y elimina la notificación a la par que un signo interrogativo se dibuja en su cara. Una y media de la madrugada. Se gira, y en la acción apaga el cigarrillo en un cenicero de cristal hasta el tope de colillas y ceniza.

                Tres nuevos golpes. Misma sorpresa, misma pregunta y nacimiento de una nueva: ¿por qué tanta agresividad? Mira con desconfianza por el ojo de la puerta y tras el paño la ve: es ella. Lucía, mujer moderna, “pareja” de Rubén; secretaria de día de lunes a viernes y, a partir de las seis de la tarde y hasta que el cuerpo necesite dormir, mujer de museos, cafés y galerías. Sólo bebe cuando en necesario.

*

Por ese motivo, nuestro sistema nervioso simpático, que tiene su origen en la médula espinal, cuya función primordial es activar los cambios en la reacción lucha-huida, y nuestro sistema parasimpático, encargado del descanso y de la digestión, reaccionarían de la misma manera en la que lo haría un australopithecus al luchar por la comida que la forma en la que lo hace un imputado en la sala de interrogación: o huimos, o atacamos.

*

Rubén abre extrañado la puerta, ella no tiene por qué estar allí, no es necesario, ya se lo había dicho hace dos días, en la última discusión.

                —¿Qué haces aquí, Lucía? ¿No ves la hora? ¿Estás bien? ¿Por qué me llamaste tantas veces?

                Silencio por respuesta. Ella suelta su bolsa a un lado de la puerta y de la misma forma se deja caer sobre el sillón de la sala. Pesada. Observa la pintura de Rubén. Lo mira, cara sin expresión por parte de ella, cara que piensa por parte de él.

                Lucía se levanta del sofá, algo no anda bien, lo siente; Rubén lo siente de la misma manera que lo había sentido ya en las discusiones anteriores y cuyos resultados eran los “berrinches” de Lucía. Ella abre una puerta de la alacena, saca un vaso para volver a cerrar la puertecita y de la sala toma la botella de vodka que estaba por terminarse. Rubén intenta seguir su paso, cierra la puerta de la calle, se sienta en el banco en el que estaba antes de abrir la puerta, la observa servirse vodka en el vaso como si de agua se tratase. Un sorbo, un único sorbo.

                —¿No dirás nada? —dijo Rubén tras observarse directamente a los ojos durante veinte minutos que en realidad fueron tres. Raspa la garganta— Sabes perfectamente que te puedo observar tosa la noche sin decir nada. Quieres decir algo, Lucía. —Se escucha el fondo de un vaso vacío tocar la mesa.

                —¿Con quién fue la última mujer con la que te acostaste, Rubén? —mujer tajante. Fue un escopetazo en el bosque: una parvada de golondrinas que huyen.

                —Conti…  —el falso intento de mentira por complacerla fue cortado.

                —No, Rubén, ambos sabemos que no es así —dijo casi a gritos, antes de que él respondiera.

*

El rostro pálido es un claro ejemplo que la mayoría de nosotros hemos tenido alguna vez en nuestras vidas; ésta, al igual que las pupilas dilatadas y la sudoración, son registros visibles de que el cuerpo se prepara para el posible desenlace de la reacción lucha-huida. Sin embargo, no es la única respuesta en nuestro organismo. El cerebro ordena el bombeo de sangre a nuestros músculos, los tensa, aumenta la presión sanguínea y las venas se dilatan; el estómago y los riñones siguen las órdenes del sistema parasimpático y dejan de trabajar, por último, los capilares de la piel son contraídos. Listo, ahora usted está preparado para luchas o para huir del peligro que tiene enfrente.

*

—¿De qué estás hablas, Lucía? ¿Es por lo de Alondra? Por Dios, creía que ya habías superado eso, Lucía. Ya lo habías superado —el volumen de él aumentaba, Lucía sabía perfectamente cómo odiaba que le marcaran sus errores pasados, en especial cuando ya los «había enterrado».

                —Sabes perfectamente que no hablo de ella. Estaba en el bar y me encontré a tu amiguita Lorena, ya sabes, la que encontré en tu apartamento cuando regresaba unas cosas y no estabas. Hoy se veía muy contenta, de seguro venía de aquí. ¿Quieres que te dé más nombres e historias? ¿Quieres que responda como tú deberías de hablar? ¿Quieres que nombre a todas las mujeres que han dormido en tu colchón mientras yo me he callado?  —el tono subía, la cara se enrojecía, la voz se quebraba, mientras golpeaba la mesa— Porque crees que no, pero puedo nombrarte también a Naomi y a Paola, que son de las otras que me he enterado, porque las traes contigo, las portas en tu mirada, en tu cabello como cera de pinar, en los botones de tus camisas. Creí que lo de Alondra no se iba a repetir —un cristal se rompe dentro de la cabeza de Rubén—. Pero sólo has sido llagas en mis brazos…

                La cara de Rubén cambió, no iba a tomar la pose de siempre, donde pedía disculpa e intentaba sacarle la vuelta a todo y concluir con un abrazo y una tensión liberada que tiende a regresar como un resorte.

—Tienes razón, Lucía —decía al encender un cigarrillo, mientras se encorvaba hacia ella y fruncía el ceño. El cínico que llevaba dentro salía a flote, todo con el único fin de dañar. Si ella ataca, yo también—. ¿Pero sabes qué? Ya me tienes harto de tus estúpidos celos y no me importa de dónde viene todo esto. ¡Estás ebria, Lucía, mírate! Y sí, he estado con todas ellas y lo he disfrutado bastante. Y sin embargo…

*

En la naturaleza podemos ver comportamientos basados en esta reacción. Ejemplo: el guepardo a pesar de tener la habilidad de alcanzar una velocidad de entre 95 y 115 kilómetros por hora, decide en esta lucha por la supervivencia al ataque. Podemos observar cómo un león intenta acercarse a las crías de una madre guepardo, es aquí donde la defensa se basa en el ataque.

*

—Eres un sinvergüenza, pero claro, no debería de sorprenderme, ahora confirmo tu trato hacia mí, me tratas como una cosa aparte, tanto que dices quererme —y al hablar se ponía de pie y se quitaba un brazalete, para lanzarlo hacia donde estaba Rubén, quien lo esquivaba sin mucho esfuerzo, sin ganas, no era la primera vez que lo hacía—. Toma todo lo tuyo que traigo, pero si pudiera te aventaba todo lo que hay aquí, tus tontos anillos y tus pulseritas idiotas.

*

El hembra guepardo se acerca hacia el león, quien hasta ese momento había tenido un paso cauteloso, ahora él se acerca en dirección a ella. Se encuentra lo suficientemente cerca. Lucía intenta empujarlo, pero no puede, él pesa lo doble que ella, y los intentos de golpes son detenidos por Rubén, hasta que una bofetada se logra marcar en la mejilla.

                El león comienza a perseguir al guepardo, con el intento de igualar su velocidad; ahora ella se encuentra lo suficientemente lejos. El ritual animal se repite, Lucía intenta empujarlo, darle bofetadas.

                —¿Al menos podrías fingir que me quieres? —decía con el llanto en su cara y él sólo se dedicaba a evadir los golpes o a detenerlos, a la par de repeticiones del mantra “basta, Lucía, basta”.

                El cuadro cae, Lucía lo tira, lo rasga. Pintura negra y blanca tirada en el suelo. Rubén ya está rojo, no por el cuadro, por Lucía. Decide atacar. El león, a la mayor velocidad posible, se acerca a ella. Lucía lo araña, Rubén la empuja, por poco la hace caer y el guepardo se deja ir con todas las emociones. Se empujan, se dicen todas las palabras que viene a la mente. Rugidos. Llantos sordos. Rubén la toma agresivamente de la camisa y después la toma del cuello y la estampa contra la pared cercana a donde había estado el caballete, para impedirle la respiración. Hace el intento de levantarla del cuello, lo suficiente como para ver unas pobres pataletas y varios golpes a un brazo sofocante. El guepardo intenta soltarse con arañazos al león, clavar las garras. Lucía clava fuerte su pulgar en el ojo de Rubén, con el mismo dedo lo empuja mientras da una patada en la entrepierna que lo hace retraerse y liberarla de su sofoco. Toma aire. Ahora un poco más libre, el guepardo clava sus garras en el rostro del león, lo araña, lo hace sangrar. Pequeño chorro, goteo. Rubén está tirado en el piso sobre la pintura negra que le hizo resbalar, ayudada también por un empujón de Lucía y un paso en falso, consecuencia: un golpe duro en la nuca…

                Como ya se ha dicho, el organismo reacciona de manera estrepitosa ante un ataque, es por ello que los individuos, al igual que algunos autos deportivos, pasan de cero a cien en pocos segundos; el guepardo que tan sólo defendía a sus crías, pasa a ser el atacante cuando en un acto desesperado muerde las patas del león con el riesgo de hacerse más daño. Funcionó. El ataque es ahora la única opción para la defensa. Lucía siempre atacaba para defenderse. Ella se posiciona rápidamente sobre Rubén, para seguir con los golpes, pero ahora con el cenicero de Rubén que había caído al piso y que tomó rápida. El guepardo muerde el cuello. Lucía lo ahorca, clava las uñas, él ya no se defiende. Ya hace tiempo que no se defiende. La bestia no parece dar término a los golpes con el grueso cristal, que poco a poco destrizan la cara a la par que los brotes de sangre que salen por la boca, la nariz y por la fractura del cráneo se mezclan con los azulejos, la estepa. Arañazos en el cuello de un león. Convulsiones casi mudas. Un chorro de sangre que se detiene poco a poco.

*

La respuesta confunde, existe una hiperexcitación en el organismo. Mira hacia alrededor, el desorden, la sangre, el cuerpo inerte. ¿Ataque o huida? Ya atacó. Respuesta: huir ¿Dirección? Desconocida. Respuesta posible número dos: ¿qué voy a hacer? Pregunta detonante número dos: ¿qué he hecho?

René Flores Ortiz

Preparatoria de Jalisco

Escribir cuentos ¿para qué?

A medida que vamos creciendo y desarrollándonos, nos inundamos de historias. Las primeras tienen una relación directa con la vida cotidiana ¿recuerdas lo que imaginabas en tu niñez cuando con tu juguete favorito emprendías momentos especiales? Las aventuras que vivieron esos muñecos o muñecas, se fueron transformando en aventuras con los amigos o los compañeros de escuela. Ese hecho real siempre ha sido la fuente de la creación, de tus creaciones. Y llega el momento en que escribirlas se vuelve necesario, urgente. ¿Te ha pasado? Necesitas un diario donde registrar esos diálogos, esas escenas, esos momentos alegres, tristes, trascendentes. Ahí está el germen de las narraciones.

La narración consiste en contar algo a alguien. Estructurar organizadamente las ideas para que quien lee o nos escucha pueda imaginarse cada una de las escenas que relatamos. Las narraciones literarias contienen un poco de ficción (aquello que pensamos es posible) y un poco de realidad; inevitablemente, como escritores, dejamos ver algo de nosotros. Cada cuento o microcuento creado, es el resultado de la transformación hecha a eso que se vive día con día. El mérito consiste en saber cómo convertirla, cómo hacer de esa cotidianeidad algo extraordinario. El vuelo de un ave, el amor platónico por el chico que nos gusta, la búsqueda de un libro o el simple hecho de jugar con trompos puede convertirse en el motivo literario. Ése, el deseado.

¿Cómo o por qué nos surge la necesidad de escribir estas historias? Quizá la pregunta no sea la adecuada, la reformulo ¿para qué? ¿De qué serviría que los demás conocieran aquello que imagino al mirar ese vuelo y quizá considerar que es una pequeña niña con polvo de hadas? La respuesta se revela como emergiendo de una nube misteriosa: para hacer de nuestras realidades un lugar más conveniente.

 

 

Reyna Hernández Haro*

 

 

*Profesora en el CUCSH de la Universidad de Guadalajara. Promotora de lectura en la Biblioteca Pública del Estado de Jalisco «Juan José Arreola». Ha publicado artículos críticos en algunos diarios, revistas independientes y la relación del psicoanálisis con el arte. Durante el año 2007 fue editora del boletín informativo electrónico El Mexicano Austral de la Asociación de Mexicanos en Chile. Colaboradora como cronista en la revista literaria electrónica Monolito. Docente en el Sistema Universitario del Adulto Mayor de la Universidad de Guadalajara.

La imagen más profunda

Lectura │Alison Alexa Valadez Olivares. Preparatoria Regional de El Salto

Lectura │Alison Alexa Valadez Olivares. Preparatoria Regional de El Salto

¿Alguna vez te pusiste a pensar cómo se sentían los condenados de Dante Alighieri de estar en semejante infierno? ¿O los piratas que murieron a manos de Wan Guld que el Corsario Negro no pudo salvar? ¿Qué tal los elfos de Tolkien que murieron en una injusta batalla sin poder recibir oportunidad? Yo tampoco. ¿Qué motiva más al hombre a crear que el hecho de pretender ser Dios siendo nosotros tan imperfectos y es quizá eso lo que nos limita a ver nuestros errores?

En mis aventuras el Conde de Eudes, señor de las tierras del Altiplano Oriental, destinado a la grandeza, vivió la gran plenitud que ofrece el arte de escribir. Yo sentía al mismo tiempo el regocijo que ese personaje debía tener, se siente igual que tener la más grande fortuna, comienzas a ver el mundo por debajo de ti, porque realmente nunca llegaron a tu altura. Él era, por el simple hecho de existir, el más digno portador de espada, nadie la envainaba y la cruzaba contra sus enemigos de una forma más precisa que él. Se lesionó muchas veces, pero es el personaje principal, así que sanaba pronto, a veces de forma milagrosa. El Gran Duque de Paladio lo notó varias veces, pero alguna extraña fuerza le impedía remarcarlo. Lo mismo que el hijo del Marqués de San Juan Pedestal, cuyas glorias fueron arrebatadas en dichosas peleas enmarcadas en un cuadro de madera donde sólo hacía una sombra a la espalda de su opositor.

Muchos, en diversos reinos, notaban que este hombre siempre aparecía en las canciones más populares entre los pueblos que los juglares visitaban. Le tenían una envidia comparable con la torre más alta de la Montaña Celeste, al otro lado del Río Machete, en donde las nubes cubrían la loma y más arriba estaba aquella cúpula donde nuestro héroe ahora descansaba. Claro que se quedó con la princesa. Nadie le preguntó si a ella le gustaba él. El amor es sólo una palabra recurrente cuando de historias se habla. La tradición dice, y ella estaba consciente, que quien demuestra valor es el merecedor de tan hermosa dama, y ella no era nadie para romper la tradición. El Conde de Eudes se sentía como deben sentirse los que no ayudan a la limpieza y sólo se recuestan en ella, con una vida prometedora y un buen futuro con la dama (cuyo nombre se me olvida ya que viene del germano antiguo). Veo en ese hombre mi reflejo, sólo que él no usa lentes, ni tiene el cabello rizado, ni usa el mismo colorete. Realmente, ni siquiera es mujer, pero de igual forma vive las aventuras que hay en mi interior.

Dejé de escribir la historia y me dispuse a comer en el comedor de mi casa, sin saber que el punto final aún no estaba puesto. Desde un escondite cercano el Duque de Paladio me veía comer, silencioso, agazapado, como el gato que intenta saltar hacia el ratón. Un duque jamás viene solo, venían muchos hombres, armados y temerosos de que los oyera. Mi masticar debió ocultar el ruido del enorme escándalo que se escuchaba. Fueron hasta donde estaba mi cuaderno, y fuera de lo común comenzaron a escribir. Sin borrar, sólo escribir. En ella redactaron las miserias por las que pasaron, liberaron su rencor, su trato injusto y el futuro por el que estaban condenados a pasar, un futuro en el que no tenían brazos, ni pies, ni ojos, ni cuello, ni esperanza. ¿Algo motiva más que ser Dios? Sí, ser Lucifer, en cuyo reino existe la autoridad de castigar. Nada le gusta más que la venganza, ese concepto que es abstracto en nuestro mundo pero dominante en el suyo. Liberar rencores y depositar angustias es tarea diaria. Los nuevos escritores fueron formados (o creados) con las mismas aspiraciones de un hombre. El hombre no aspira a cambiar el mundo, aspira a dejarlo tal como él fue dejado. No debieron tardar mucho porque, al menos, yo no lo hice.

Regresé a mi escritorio lista para redactar el final de la historia. En ella anotaba las futuras aspiraciones del Conde, en donde se incluía matar un dragón, volar en un glifo alado, hacerse invisible, conocer las divinas identidades…

Escribía tan rápido que mi mano no dejaba de menear el lápiz, cada palabra y cada frase formaban un suceso nuevo y el grafito le dio forma a una noche oscura y sumida en la profundidad de los Calabozos de Plomo en donde el Conde caminaba lentamente acompañado de otros hombres y a su alrededor había otros, que lo empujaban para que se diera prisa. Más al fondo se veía un resplandor proveniente de una hoguera. El Conde estaba asustado, desconcertado, y nadie le decía nada que el entendiera, sólo balbuceos que parecían venir de otra época. Alrededor de la hoguera había más gente reunida que en el imponente Coliseo, todos gritaban con gran furia y estruendo. Le aventaban piedras, y palos, y zapatos, y las piezas de su antes lujosa armadura. Gente vista en sueños, en pesadillas, en realidades y en lecturas. No se sentía fuerte, se sentía totalmente indefenso, cada golpe de una prenda le dolía más que lo que antes le dolió el garrotazo con el palo más grande que se pudiera imaginar.

En ese momento quiso salir de lo que ya era tradicional, romper el esquema impuesto, pero en eso tropezó. ¡Mis pies estaban atados! Mientras yacía en el suelo, recibió azotes de un rígido látigo. Salieron lágrimas inútiles de sus débiles ojos que penas distinguían algo. ¡Qué extraño! Antes veía bien. Con un tormentoso dolor en la espalda no hacía más que seguir los pasos de los hombres que lo conducían. Hubiera querido que el Conde estuviera ahí, pero él era el Conde. ¿Por qué rayos no hacía uno de sus fabulosos escapes? Esperaba que esa fuerza que lo movía todo el tiempo se interpusiera, y con algún mágico poder él se desataría y comenzaría la batalla en la que saldría victorioso.

Lo que estaba enfrente del Conde no era una hoguera, era una gigantesca bombilla eléctrica. En ella, el Conde se vio a sí mismo como nunca lo quiso hacer y notó a una muchacha de mediana estatura, con cabello rizado y un uso excesivo de colorete. Alrededor de ella había gente deforme por haberse quemado en la hoguera de la Santa Inquisición, a los heridos con flechas en la Guerra del Panteón, a los ejecutados, a los asesinados, al Duque de Paladio y al Marqués de San Juan Pedestal junto a su hijo, el cual, abrazaba con lujuria a su querida dama. Ella estaba ahí, le faltaban los lentes, me faltaban mis lentes. También distinguí a las personas de los círculos del infierno, al moderno Prometeo, a Flores Narval, a Gregorio Samsa convertido en el repugnante insecto que se describía en el cuento, pero ellos no son de mi historia. ¿Qué hacen aquí? ¡Qué horror, esa jamás fue mi intención! El brillo del foco se acercaba más y más, a una velocidad que ni la luz hubiera alcanzado, antes de fundirse.

La mamá de Tamara la buscó por toda la casa sin encontrar más que su libreta de apuntes que parecía calcinada y un lápiz cuya punta emanaba grandes bocanadas de humo negro.

 

 

Oscar Rito Muñoz
Preparatoria 5

Diaforesis

El basurero humano │ Diego Guadalupe Pérez Vallejo. Preparatoria 20

El basurero humano │ Diego Guadalupe Pérez Vallejo. Preparatoria 20

Daron se pasaba el día mirando el exterior, tentador pero hostil, inexplicable, le parecía un oráculo aunque también un abismo de dudas y perdición. El problema es que había pasado toda su vida tras ese cristal polarizado, esa plataforma cálida y suave (su cama), ese transmisor informático (su ordenador), en fin, toda su habitación; o quizá sea que su madre es una loca a quien le horrorizaba la idea de que su hijo anduviera por ahí, entre tantos psicópatas, tantos virus y bacterias, tantos riesgos, tanta maldad disfrazada de dulzura. Y tenía razón, el mundo no es un lugar donde se pueda correr desnudo, sin preocupaciones, sino un sitio donde a diario se debe administrar una dosis de realidad para tener los pies en la tierra.
16:04 pm
La fecha estaba programada, quizá, un frío atardecer amenazaba con una tormenta a la ciudad de Tarbean. Daron se puso a ello, muy bien preparado con una muda en su espalda, contenía mapas de la ciudad entera y sus vecinas. Llevaba también una roca, una cuerda, una linterna, pues no sabía muy bien qué llevarse, no era como si lo hubiese planeado tanto, puede que sí, pero no sabía qué es lo que las personas guardaban en sus mudas o bolsos. Guardó un par de suéteres, eso sí sabía que iba a necesitar.
Ya era un hecho que saldría por el túnel que excavó hacia unas semanas, pues si lo pensamos ¿la puerta principal? Por favor, menuda estupidez, ¿por la ventana? Muy arriesgado, podrían verlo sus vecinos, quienes no sabían de su existencia, mientras él sabía todo de ellos.
16:23
Al dar un par de pasos fuera de su habitación recordó qué era la última cosa que necesitaba en su viaje: el crucifijo colocado al revés en uno de los cuatro muros alrededor de su habitación. Mi madre iba a cambiarlo de posición cada que podía, creo que le molestaba, creo que era una especie de blasfemia. No sé quién se cansaba más, yo de hacerla enfadar o ella de hacerme creer en algo irreal.
Se dirigió a la cocina, después al patio, el cual no tenía siquiera el techo descubierto, estaba completamente cerrado, como si los muros se contraerían hasta atraparlo en medio de su asquerosa claustrofobia algún día. Si ya de por sí aquel túnel era bastante comprimido. Me espera, paciente, sigiloso, como un lobo hambriento y sutil –pensó, aunque ni siquiera sabía a lo que se refería.
Atravesó el inmenso túnel, al salir acarició el asfalto caliente a pesar del frío en el ambiente, acarició el pasto húmedo, vivo; miró por primera vez el sol, las nubes, estiró los brazos tratando de sostener el sol y de estrujar las nubes, fue extraño que podía verlos tan cerca y sin embargo, no pudiera tocarlos. Cerca de él había un grupo de niños, que lo miraron extraño. Pobre, debe estar loco, pensaron todos, todos excepto un chico, el que agitó su mano en forma de saludo, saludo al que Daron no supo responder, se quedó pasmado, con los ojos como platos.
Y no era el chico que lo había dejado asombrado, sino el creciente bosque detrás del mismo. El bosque, un laberinto enredoso y lleno de misterio, puedes perderte fácilmente ahí, es un lugar peligroso. Tentador, ¿verdad, Daron?, se dijo a sí mismo tratando de contener esa sonrisa vaga y cínica.
19:31
Se estaba acercando cada vez más, tanto que podía percibir el aroma fresco, el aroma mismo le advertía sobre adentrarse en él, a lo que Daron hizo caso omiso pues él iba en busca de algo nuevo, no importa qué pasaría, iba tan decidido que eso no ocupaba lugar en su mente. Dejó de ver personas, autos, el interminable asfalto, todo esto dio un giro repentino al convertirse en árbol tras árbol, arbusto tras arbusto, rama tras rama, hoja tras hoja, pasto, lodo, charcos, insectos, todo organismo del bosque.
00:00
Comenzó a oscurecer, ahora todo se veía a escala de grises y azules, la penumbra era tan espesa que dejó de ver sus pasos, ya ni siquiera notaba la diferencia entre la tropósfera y la estratósfera. Sólo seguía a sus pies, hasta que recordó que llevaba una linterna en su muda, la sacó, encendió los cinco leds, el cual iluminaba tres metros de distancia. Escuchó un ruido, unos pasos correteando entre los árboles, lanzó la luz para observarlo, nada. Siguió caminando, ahora escuchó su nombre en tono quedito, volvió a dirigir la linterna hacia donde sus oídos lo pedían, nada. Luego, volvió a escuchar su nombre, seguido de “ven, acércate, no temas”, se acercó, dejó caer la linterna al suelo, por fin sintió miedo, la clase de miedo que te hace temblar, dio un grito eufórico, pero para su sorpresa, nadie podría escucharlo.
La criatura era enorme, medía alrededor de tres metros de altura, era delgado, incluso resaltaba su columna vertebral, tenía brazos alargados, delgados y con las venas sobresalientes, sus uñas gruesas, largas y afiladas, su piel parecida a la humana, quizá más delgada, con tez blanca, pálida, hermosa, sus ojos de obsidiana lo miraron por mucho tiempo, parecía que el tiempo no avanzaba, pues fue casi eterno; aquella criatura se acurrucó en la espalda del chico y durmió.
03:33
Daron no tardó mucho tiempo en poder escapar del cuerpo huesudo pero pesado de la criatura, estaba entumecido, sentía ese burbujeo en sus extremidades, se dirigió a la muda, extrajo de ella la roca, alzó la mano en intención de arrojársela en la cabeza, creyó que sería ridículamente estúpido, una cabeza con quizá sesenta centímetros de diámetro contra una diminuta roca de al menos 20 centímetros, también, de diámetro. La criatura se giró y se puso en pie, lanzó al chico contra un árbol, enfurecido, hizo un rugido estremecedor, dejando a Daron imposibilitado de intentar otra cosa, o al menos eso parecía.
La muda estaba cerca de su brazo, se quedó quieto para fingir que no intentaría algo estúpido otra vez. Asustado por todo lo que había leído en su ordenador, criaturas temibles que, según, no son reales, pero ahora había comprendido que no es así, todo existe; y si las criaturas existen, también existen los métodos de ejecución para éstas. Asoció todo con demonios y sacerdotes, Luzbel con Dios, así que ahora extrajo el crucifijo: Ahora servirá por primera vez ese pedazo inútil de madera, dijo apretando el crucifijo. Intentó penetrarlo en el pecho condenado de aquel demonio, la piel de la criatura se veía frágil, delicada, pero parecía ser un escudo, pues ni siquiera una “presencia” del divino verbo logró matarlo, sólo consiguió que se enfureciera más y atara al chico a un árbol.
La raza humana quiere ejercer su fuerza y autoridad ante todo, creen ser superiores a todo, cuando hay cosas que no pueden ni podrán entender jamás, si aceptaran lo que no está a su alcance todo pudo estar bien.
La cuerda estaba amputándole las manos y el estómago a Daron, intentaba zafarse, pero todo era vano. Observaba cómo la criatura, o demonio, encendía fuego mientras hacía unas conjeturas con rugidos, quemó la muda del chico, lo miró con desdén, sus ojos ahora se tornaron de color sangre proveniente de las venas, color tinto, pues la sangre arterial es rojo brilloso, no el tono que reflejaba la criatura. Comenzó a abrirse un agujero en el suelo, tragándose el fuego que la criatura había encendido segundos antes, absorbía todo lo que estaba a su alcance. La criatura desató al chico, lo colocó en su lomo y se lanzó al abismo desconocido para Daron.
El abismo ardía, le quemaba la piel mientras la criatura se deslizaba con tranquilidad, quizá su piel sea más resistente de lo que parece. El agujero iba cambiando de color, su tonalidad iba oscureciéndose.
Estaba ansioso por lo que sucedería, si funcionaría su plan, cerró los ojos, sintió un dolor terrible, desgarrador, en su estómago, era la cuerda que había dejado atada al árbol y ató a su estómago debajo de la camisa, se aferró a la misma con tanta fuerza que sentía un ardor en las manos, escaló de ella hasta llegar el bosque otra vez. La criatura había soltado un rugido de furia al ver lo que sucedía, pero justo cuando intentó traerlo de regreso el portal se cerró.
5:37 am
Desperté con diaforesis, casi llorando, mi gato que estaba a un costado mío se apegaba a mí mientras ronroneaba, extrañaba ese sonido que me indicaba que estaba a salvo en casa.
–¡Mamá! ¡Mamá! ¡Mamá! –comencé a gritar desenfrenadamente.
–¿Qué ocurre, pequeño?, ¿pesadillas?
Le di un abrazo estrangulador, le besé las manos y le pedí que no me volviera a dejar salir.
–Pero ¿de qué estás hablando? No has salido últimamente de casa, te noto distante, sin ánimos, haces cosas extrañas y siempre traes una cuerda en tu muda, ¿me estás ocultando algo?

Natasha Naomi Cervantes Delgadillo
Preparatoria 8

La pelea del oeste

Las calles del condado de San Bartolo estaban desiertas, los trompos se habían escondido en sus casas por la llegada del Magno Trompo, el más vil de todos. Hecho con madera y con una cobra grabada, giraba lentamente en busca de víctimas. Lo que no sabía era que un joven que acababa de llegar al condado, venía de tierras lejanas, su nombre era Little Trompo y había llegado al condado de San Bartolo para realizar su sueño de participar profesionalmente en las luchas de trompos y al escuchar del Magno Trompo quiso buscarlo para pedirle que lo entrenara. El pobre Little Trompo no sabía que al Magno Trompo no le gustaban los forasteros.

Little Trompo se dedicó a buscar al Magno Trompo, lo encontró girando tranquilamente por las calles del solitario condado, el sol estaba en lo alto y Little Trompo esperó a que Magno Trompo se acercara, en cuanto lo hizo, le expresó sus deseos para que fuera su entrenador; sin embargo para Magno Trompo sólo había un lugar para un peleador en el condado y ese era él, así que lo desafío a pelear.

Ambos empezaron a enrollarse en sus cuerdas para la épica batalla, mientras tanto los demás trompos empezaron a salir de sus escondites para presenciar el acto, uno de los viejos trompos conocido como El Viejo Trompo dibujó un circulo alrededor de los combatientes, retirándose rápidamente y esperó a que los dos luchadores estuvieran preparados.

Cuando terminaron de enrollarse Magno Trompo empezó a flotar, se dejó caer y giró velozmente dentro del círculo dibujado por El Viejo Trompo. Little Trompo también comenzó a flotar y se preparó para caer encima del Magno Trompo, contó: 1, 2, 3, 4, 5… y dando un giró se dejó caer, pero Magno Trompo lo esquivó.

Little Trompo se golpeó con fuerza en el suelo provocando que su cascarón de plástico recibiera algunas raspaduras, el ambiente estaba tenso, todos esperaban a que Little Trompo se levantara o que Magno Trompo le diera el golpe de gracia, pero después de algunos segundos de tensión Little Trompo se levantó y giró velozmente dentro del círculo, ahora Magno Trompo tenía que caer sobre él, Little sintió un pequeño roce pero logró esquivar el golpe con éxito, los dos dejaron de girar y quedaron acostados, fue entonces que El Viejo Trompo entró al círculo de batalla y anunció a Little Trompo como el ganador.

Todos quedaron desconcertados así que El Viejo Trompo señaló al Magno Trompo que seguía acostado, todos lo miraron y notaron que la mitad de su cuerpo estaba fuera del círculo de batalla, sólo había dos formas de perder una pelea: que el trompo contrincante terminara completamente desecho o que una parte de él estuviera fuera del círculo.

Magno Trompo se dio cuenta que efectivamente la mitad del cuerpo estaba fuera del círculo de batalla, no podía creer que alguien le hubiera ganado y menos de aquella manera.

–¡NOOOOOOOOOO!

Fue el grito que lanzó el Magno Trompo, después de unos segundos Little Trompo se levantó, los demás trompos le abrieron paso y el avanzo hacia el atardecer, mientras lo observaban marcharse se escuchó una extraña voz que venía de lejos, nadie sabía de dónde venía pero a diario la escuchaban, esa voz marcaba el fin del día.

–¡Niños, a comer!

 

 

 

Karen Lizbeth Maldonado Muñoz
Preparatoria 17

La batalla que a giros termina │Diego Guadalupe Pérez Vallejo. Preparatoria 20.

La batalla que a giros termina │Diego Guadalupe Pérez Vallejo. Preparatoria 20.

El pájaro muertero

Te hablaré de mi muerte. No fue algo fácil ni mucho menos bonito. Yo fui aventurero y de no haber sido por mi muerte, aún lo seguiría siendo.
Yo soy originario de Etzatlán, pero nunca me quedaba mucho en un lugar. Soy “una chiva sin mecate”, como diría mi difunta madre.
Comencé mi viaje al lado de mi caballo “El Macho”, una lámpara de petróleo, un gabán, un machete y doscientos pesos. Claro está que no conservé casi nada de lo que llevaba porque hacía hambre y después de haber gastado todo mi dinero, tuve que vender algunas de mis pertenencias, pero eso sí, yo jamás me deshice de la herencia de mi madre: el machete, que perteneció a su padre.
Me fui a Guanajuato, allá con los muertos. De haber sabido lo que me pasaría después, me hubiera quedado en aquel lugar, pero ya me tocaba la de malas.
Para ese tiempo yo todavía conservaba a “El Macho”. De Etzatlán me había ido directito a Guanajuato, descansando sólo por las noches, casi sin detener mi paso en ningún lugar, salvo para comer.
Llegué buscando una fonda para acabar con el hambre y los gruñidos como de fiera hambrienta que producía mi estómago.

–Oiga, doña… ¿cómo me dijo que se llamaba usted? Ah, sí, doña Tacha, deme un pozole con cebolla, aguacate y chile de molcajete. ¿Qué si quiero algo de tomar? Claro, sírvame un agua fresca de limón.

Ese día me quedé a dormir en una banca de la plaza. Amarré a “El Macho” a un árbol. Me quedé una semana en Guanajuato, me busqué un cuartito de alquiler y disfruté del pueblo. Conocí a una bella muchacha.

–Oiga usted, véngase conmigo. Está usted muy bonita.
–¿Cómo cree, señor? Primero tiene que desposarse conmigo y ya después me voy con usted.
–¡Faltaba más! Hoy mismo voy a pedir la bendición de su padre.

Y me casé. Me llevé a mi Marta a vivir a Mazamitla porque dizque ahí había mucho trabajo, y sí que daba trabajo encontrar trabajo; y se vino el hambre y a mi Marta se le pegó la piel a los huesos y tuve que vender a “El Macho”.

–Pedro.
–Dime, mi Marta querida.
–¿Oyes al pájaro cantar?
–¿Cuál, mi cielo?
–Ése, el que parece que te está hablando. Escucha.
–No escucho nada, ay, mi vida, el hambre ya te está afectando la cabeza. Duerme y no delires más.

Se me enfermó mi vieja y tuve que regalarle mi lámpara tan bonita a ese mal parido médico, que tanto la codiciaba a cambio de que viniera a ver a mi mujer.

–Solo es un resfrío.
–¿Eso cree usted? Pero mírela cómo está de pálida y cómo tuerce los ojos… y tóquela, está tan fría como las heladas que hacen en enero.
–Bueno, deberías de haberla alimentado mejor.

Y se fue el condenado.
A la semana se me murió mi Marta.

–Pedro…
–Marta…
–Pedro…
–Dime, mi cielo.
–¿Oyes el pájaro cantar?
–¿Cuál, mi vida?
–Ése, el chiquito, negro y redondo que te dije el otro día, el que estaba ahí, en ese árbol, el que parece que te está hablando… escucha.
–Ay, mi Marta, esta vez sí lo escucho.

Y se murió mi vida. Se murió en mis brazos, tiritando de frío y pálida, muy pálida.
La enteré en el corral, le puse su vestido más bonito, la envolví en una sábana limpia y la eché a la fosa que yo mismo excavé, y me fui, me fui para Las Presas, allá por Ixtlahuacán del Río y cada noche, en donde quiera que llegaba, ese desgraciado pájaro del demonio cantaba; me seguía y me recordaba a mi Martita.
Caí en el peor de los vicios: el alcohol. No me quedaba en ningún lugar, iba de aquí para allá, siempre con mi pena.
Y me fui a la Sierra, allá por Yerbabuena, por Mascota.
Una india me dio posada y por la noche ese maldito pájaro cantaba y cantaba. Así estuvo varios días.

–Muchacho, vete de mi casa, anda, que tú traes la muerte con esa ave. Ese pájaro negro.
–¿Qué? ¿El pájaro?
–Qué bruto eres ¿que no sabes que cuando el tecolote canta el indio muere?

Y efectivamente, después me enteré de que a los pocos días de haberme ido, la vieja se murió.
Y así continuó ese desgraciado pájaro, llevaba la desgracia y la muerte a donde quiera que iba. Ahí, en Los Pilares un vejestorio me dijo:

–Tú, desgraciado. Ya sé que traes ese maldito pájaro, si quieres deshacerte de él vete al cerro y allá mátalo y quémalo para que no vaya a revivir, aléjate de la gente de aquí. Ten, aquí tienes esta carabina.

Y así lo hice. Me fui al cerro, corriendo, caminando, arrastrándome, alejándome de la gente. Y el maldito pájaro me siguió y lo maté.
Ya estaba muy entrada la noche cuando comenzó a cantar muy cerca de donde yo estaba y lo maté, le di dos tiros, casi sin ver, casi sin sentir, pero gracias al cielo la bala lo impactó y cayó; se cayó como el desgraciado que era.

Muere maldito, muere como el asqueroso gusano que eres.
Retuércete de dolor. Sufre. Canta. Muere.

Ya no tenía que preocuparme más por escuchar su diabólica melodía que me enchinaba el cuero y me erizaba el vello.
Ya estaba muerto y yo también. Me embriagué y la borrachera me provocó alucinaciones. Más muerto que vivo comencé a correr tras el ave que tanto había odiado, entre realidad y sueño lo perseguía dando de tumbos y tropezones, cortándome con las ramas de los árboles y gritándole al ave infamias.
Corriendo, llorando, riendo, disparando sin blanco. Muriendo.

Ester Sarón Morón Guzmán
Preparatoria Regional de Etzatlán

Tótem a la vejez │ Diego Guadalupe Pérez Vallejo. Preparatoria 20.

Tótem a la vejez │ Diego Guadalupe Pérez Vallejo. Preparatoria 20.

Mi muy querida Eli

Sábado de 17 de octubre

Mi muy querida Eli:

Quiero agradecerte el tiempo y el gesto. Tu última carta llegó a mis manos como una nave a la vista de un náufrago. Por ahora no estoy en la mejor condición, el clima es turbio y siento que el tiempo se me acaba a cada segundo. Si digo que no estoy en la mejor condición por ahora, se debe a que me ha ocurrido algo que me preocupa y que no logro explicar. La semana pasada viajé a la cabaña de la tía Sara, sigue siendo la misma pasa arrugada de siempre, quizá un poco más arrogante, pero sigue moviendo esa esquelética cadera al compás de la música antigua. La estadía fue agradable, la comida espectacular y las preguntas sobre cuándo me casaría imparables.

Sí, ya sé, quieres saber qué fue lo que me impactó, pero no es tan fácil de explicar. ¿Recuerdas aquel pequeño cuarto cerrado al lado de la cocina? ¿Aquél que nunca estaba abierto en el verano? Fui a tomar un vaso de agua en la noche y ahí estaba. El cuarto abierto, expectante, temiendo la hora en la que entrara, seduciéndome con su sombra espectral…
Antes de que me diera cuenta ya había entrado y al instante ya quería salir corriendo.
No, no encontré a un monstruo de dos cabezas, como nos imaginábamos, ni al gato del vecino muerto y colgado de una hilaza, sólo digamos… que ya sé lo que le pasó al tío Juan.

Nido de ciempiés │Diego Guadalupe Pérez Vallejo. preparatoria 20

Nido de ciempiés │Diego Guadalupe Pérez Vallejo. preparatoria 20

Mi querida Eli, no debes temer. Tía Sara ha sido amable, ella misma lo dejó claro conmigo, incluso cuando me descubrió aquella noche. Así que cálmate…
Entre otras cosas, no creo poder llegar para navidad. Tomaré el autobús hoy, después de dejar esta carta en el buzón más remoto y lejano que pude encontrar.

Si no llego en dos días, por favor dile a alguien que me vaya a buscar.
Seguramente estaré arriba del cuerpo de mi despistado tío, descubriendo los secretos de su muerte en la oscuridad.
No vengas.
Julián.

 

Karen Elizabeth Camacho Buenrostro
Preparatoria 17

Delicioso

Octo Hand │ Diego Guadalupe Pérez Vallejo. Preparatoria 20

Octo Hand │ Diego Guadalupe Pérez Vallejo. Preparatoria 20

Salí corriendo al trabajo, se había terminado el gas y no pude ducharme, iba hecha un desastre, sabría que me llamarían la atención. Dicho y hecho, me dijeron que llevaba mucho tiempo así, que no me presentara dentro de tres días y esos días no iban a ser pagados. En el transcurso del día, todo fue empeorando, clientes pidiendo devolución de dinero, fallaban las líneas telefónicas, los acosos de mis compañeros… Salí por fin, vi mi camión y corrí rápidamente para alcanzarlo, pero se fue, tuve que esperar media hora más. Pero sabía que todo mejoraría al llegar a casa, porque tenía tiempo guardando una sorpresa para un día como éste.
Por fin llegué a casa, empecé a cenar delicioso, tibio y crujiente                                                                                         pero… me molestaban sus gritos.

 

 
Estela Salina Álvarez
Preparatoria 3

Revolotear

Por algún motivo yo estaba ahí sentada sobre las rocas que cubrían la orilla del lago. En ese momento no podía imaginar mejor sensación que el roce del aire secando mis diminutos pies. Mis ojos se encontraban fijos en el agua que removía aquella pequeñita persona pidiendo ayuda. Mi cuerpo permaneció inmóvil hasta no escuchar más. Ya estaba sola.

 

Andrea Cuera Jáuregui
Preparatoria Regional de Tecolotlán

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