Author Archive: Vaiven

La taxonomía de las hembras

… según los hombres

Los hombres dividen a las mujeres en santas, dignas de vivir en plenitud, a quienes pueden amar; en insípidas, las más repudiables, pues no evocan deseo; en putas, a quienes desprecian por haber sido tocadas. Sin embargo, ellos mismos no se cansan de manosearlas, porque en su pene, además de reinar el descontrol, también gobierna la hipocresía.

Fotografía

Fotógrafo de renombre aprecia su pieza favorita: los últimos suspiros de su pareja.

El extraño gusto por lo infantil

“Mi cuerpo ya no es deseable. Los hombres ya no quieren pagar por él, pues está infectado por la vejez”, dijo ella mirándose con asco. En eso visualizó a su hija, de piel tersa y virginidad intacta. Exclamó: “pero ellos me premiarán muy bien por tu codiciada niñez”.

Daniela Itzel Esparza Huerta
Preparatoria 19

Detrás de ti

Gabriel Alejandro Beas Pérez
Preparatoria 9

Expresar | Amairani Sarahi Juárez Zúñiga. Preparatoria Regional de Tlajomulco de Zúñiga

—No lo entiendo. Yoel siempre ha sido un chico de lo más alegre, doctor. No logro comprender por qué intentó suicidarse.
El Dr. Tony miraba por la ventana. Era un día nublado de octubre de 1983. Después de escuchar a la señora Mendoza, quien aquel día llevaba un vestido amarrillo y unas zapatillas color crema, se volteó y la vio sentada frente a su escritorio. Por su apariencia, la señora debía de tener unos cuarenta años.
—Cálmese, señora, y repítame cómo lo encontró antes de traerlo aquí.
—¡Cuántas veces tengo que repetirlo! Lo encontré tirado en su cuarto, desangrándose, con cortes en las muñecas y un cuchillo a su lado. Yo regresaba de hacer las compras. Apenas lo vi, llamé a emergencias.
El doctor volvió a mirar por la ventana, pensativo. Estaba empezando a llover.
—De momento no logro tener nada en claro. Necesito hablar con el muchacho a solas.
—¿Y cuándo será eso? Lleva ya tres días dormido y uno que lo trajimos aquí… Justo para evitar que no intentara suicidarse otra vez cuando despierte.
—Tenga paciencia, señora —dijo mientras caminaba a la silla de su escritorio y se sentaba—. Nada ganaremos si nos impacientamos. Lo único que podemos hacer es esperar a que Yoel despierte. ¿Qué edad me dijo que tiene el muchacho?
—Solo dieciséis.
Dicho esto, se despidieron y la señora salió del consultorio. Desde la ventana, pudo ver cómo subía a su auto y se iba. Mientras tanto, en otra parte del psiquiátrico:
—Ah, mi cabeza, ja, ja, ja. Con que así es como se siente la muerte, ¿eh? ¡Espera! Si estoy muerto, ¿por qué me duele la cabeza? ¿Y dónde rayos estoy?
Yoel miró desesperadamente a su alrededor. No logró ver mucho, ya que las luces del cuarto estaban apagadas y la poca luz que le llegaba provenía de la ventana de la puerta al fondo. Cuando pudo ver claramente, se sorprendió de que era un cuarto grande con bastantes camillas, y mayor fue su sorpresa al ver que estaba atado con correas a la cama.
—¿Qué demonios? Yo debía estar muerto…
De repente, el miedo lo invadió y su respiración se volvió cada vez más pesada y agitada. Tras unos minutos, sintió como si algo trepara por su espalda y llegara hasta los hombros. A medida que se los apretaba, su miedo crecía. Esa sensación otra vez.
Yoel sentía tanto miedo que pensó que se orinaría en la cama. De pronto, percibió una respiración sobre su cabeza. Esto solo hizo que el miedo lo consumiera aún más y, lentamente, levantó la cabeza para ver qué era: una mano negra con ocho garras. Levantó la vista, siguiendo el brazo de la criatura, hasta que llegó a verle la cara: una sombra negra con ojos rojos y la boca abierta, que trataba de comerle la cabeza.
—¡ALÉJATE, ALÉJATE, ALÉJATE, ALÉJATE DE MÍ!
De inmediato, un enfermero entró, asustado por el grito.
—¿Qué te pasa, muchacho?  ¿Estás bien?
Yoel sintió un alivio al escuchar la voz del enfermero y volteó a verlo, alegrado. De inmediato, vino a su mente la criatura. Miró de nuevo hacia arriba, pero ahí ya no había nada.
—Disculpe, ¿podría decirme dónde estoy? –dijo con la respiración pesada.
—En el psiquiátrico Santa Clara. ¿Cuál es tu nombre? Yo soy Alex, pero puedes llamarme señor Lanister.
—Yoel.
Terminadas las presentaciones, se acercó y le quitó las correas que lo ataban a la camilla. Luego, lo llevó al consultorio del doctor Tony, quien estaba leyendo un libro. Este miró hacia la puerta.
—Buenos días, Yoel –dijo. Lo invitó a recostarse en un diván, mientras él tomaba asiento en una silla cerca de este—. Señor Lanister, ya puede macharse.
—El señor Lanister se marchó.
—Bueno, empecemos con la sesión. Y bien, ¿quieres iniciar contándome porque trataste de suicidarte?
Al escuchar la pregunta, puso cara de enojo. Se quedó en silencio durante más de diez minutos. Decepcionado, el doctor le dijo:
—¿Quieres decirme por qué no quieres contarme?
Yoel sacudió la cabeza de derecha a izquierda, dando señal de negativa.
—Yoel, ¿sabes? A veces yo tampoco quiero hacer nada, pero igual la gente se niega a dejarme en paz. Si quieres sobrevivir y largarte a casa lo más pronto posible, tienes que aprender a cooperar, ¿de acuerdo? Llegará el día en que te des cuenta de la suerte que tuviste cuando te dejaron tranquilo…
Se levantó de la silla y le dio una palmada en el hombro.
—Está bien, le contaré —dijo asustado.
El doctor Tony se volvió a sentar en su silla y dejó que Yoel empezara a hablar.
—Es algo que ocurrió hace aproximadamente un año y medio, unos meses antes de los exámenes de la prepa. Regresaba de la tienda y decidí pasar por un parque solitario, ya que realmente no quería regresar a casa. Pensaba en la mentira que diría para justificar mi tardanza, así que me senté en un banco y me distraje con algo, no recuerdo con qué. Después de un rato, un señor llegó por mi espalda y puso sus manos en mis hombros. Los apretó muy fuerte y este me susurró al oído: “¿quieres tener un buen momento?” Mientras sus manos me apretaban más, sentí asco. Me paré, me volteé y le dije: “No, no, gracias. Y ni se le ocurra volver a intentar eso.” En el instante en que me volteé, llegó por atrás y me puso contra la pared. Primero intenté mover mis brazos para empujarme hacia atrás. No pude; los tenía paralizados. Luego, con los pies puestos en la pared, quise impulsarme y tirarlo al piso. No pude; estaba temblando. Ya no podía escuchar nada, no podía pensar nada. Estaba varado en mi mente, en mi vacío. Lo siguiente que recuerdo es que me bajó el pantalón y que su cosa entró en mí. En ese momento, solo podía ver la pared. No sentía nada más que dolor. Y si tuviera que describirlo, diría que es como morir mentalmente. El dolor que sentí con su cosa dentro era como ser golpeado repetidamente en los bajos, como si me sacaran el alma de tanto dolor.
» Perdí la noción del tiempo, de cuánto duró haciéndomelo, pero eyaculó dentro. En ese momento, sentí un gran asco. Luego sacó su cosa y pude verle la espalda, mientras se iba como si nada hubiera pasado.
El doctor terminó de apuntar en su libreta y luego de pensarlo volvió a llamar al señor Lanister, que traía una bandeja con medicina. Uno de los frascos decía Moralitidina; las pastillas dentro tenían un extraño color azul.
—¿Y esto qué es?
—Es tu nueva medicina. Por favor tómala.
Yoel se paró, se acercó al enfermero y tomó la medicina. Por un instante se sintió raro. Luego, dio un grito del susto, pues el mundo a su alrededor se había teñido de un rojo sangre, sangre que comenzó a escurrir por las paredes del consultorio. Del techo, había ojos observándolo, y el señor Lanister y el doctor Tony ya no se veían más como ellos. El Doctor era como un ente, sin más rasgos faciales que sus oídos y una boca con tres filas de dientes. Se veía desnutrido, casi esquelético, y con la piel en estado de putrefacción. El señor Lanister se veía como un hombre de paja, con clavos gigantes por todo su cuerpo, que estaba en llamas. El fuego le formaba una cara sonriente. Para hacerlo aún peor, tenían aterradores monstruos detrás de ellos, con las fauces abiertas tratando de devorarlo. Yoel apenas alcanzó a gritar: “¡detrás de ti!” Luego se desmayó.
En la oscuridad, una figura extraña se acercó a Yoel, pero solo pudo verle la cabeza a la distancia. Era un cráneo de perro con el hocico alargado y grandes ojos rojos. Tenía cuernos de cordero.
—Yoel, al despertar tienes que encontrar de nuevo la medicina. Te ayudará a salir de aquí y regresar a casa.
La extraña figura chasqueó los dedos, y cuando un hoyo se abrió debajo suyo, cayó. Despertó un par de horas después, en la misma camilla en la que había despertado. Esta vez no estaba atado. ¿Qué demonios había sido ese sueño? ¿Y qué era esa cosa? ¿Encontrar de nuevo esa medicina horrible? ¡Ah, olvídalo! Todavía respiraba pesadamente y estaba muy sudoroso.
             Para qué buscar esa medicina y tratar de regresar a casa si allá afuera no había nada bueno. Con esa idea en mente, pasó varias semanas encerrado en el psiquiátrico.
Siempre era visitado en sueños por la criatura con cráneo de perro y cuernos de cordero, y cada vez eran más frecuentes sus apariciones. La boca se le apareció tantas veces al despertar que hasta le puso un nombre:
Remor. Y esto siempre venía acompañado de una parálisis del sueño. Además, la vida dentro de Santa Clara no era tan buena: el guardia que vigilaba la entrada era un pedófilo y las enfermeras preferían seguir leyendo sus revistas que atender a los niños. “Ya estoy harto de este lugar”, pensó. “Es horrible. Al menos mi madre me trataba mejor que estas personas. Tengo que escapar de aquí”. En ese momento, pasó una niña, saltando la cuerda y cantando una canción.


Down in the valley where the green grass grows,
there lives a lady in green.
She grows, she grows so, so sweet,
that she calls for a ladder al the end of street.
Sweetheart, sweetheart, will you marry me?
Yes, Lord, yes, Lord, at half past three.
Ice cake, spice cake, soft parfait,
and we’ll have a wedding at half past three.

 
—Hola, Yoel –dijo, cuando se detuvo en seco y lo miró—. ¿Planeas escapar de aquí? Qué bien, igual que yo.
—Calla, Mio, no lo digas muy alto. Las enfermeras nos escucharán –Se paró y le tapó la boca con la mano.
—Por cierto, ¿ya encontraste a tu perro? ¿Cómo se llamaba? Ah, ya recuerdo: Peludo.
—No, el señor Peludo sigue allá afuera, esperándome para volver a casa —dijo con una expresión triste en la cara, mientras se retiraba la mano de Yoel de la boca—. Por eso escaparé de aquí.
—Así que, qué tal si escapamos juntos, Yoel.
—Pues como ya lo sabes, no tengo de otra…
Así que Yoel le contó sobre la figura y sobre su sueño, y al no tener más pistas de cómo salir esa noche, mientras todos en el psiquiátrico dormían, Yoel y Mio se escabulleron hacia el almacén en el que se guardaban todas las medicinas.
—Genial, aquí está el almacén, Mio. ¿Sí le robaste la llave al guarda?
—Sí, ese asqueroso me pidió un beso a —dijo mientras la sacaba de su bolsillo y abría el almacén—. Pero yo le di un café mezclado con la medicina que me dan, ja, ja, ja. El idiota cayó dormido
—¡Eureka!
Yoel y Mio entraron y buscaron la Moralitidina. La encontraron junto a un picahielos. Yoel tomó ambos y cuando estaban por salir del almacén, Mio tiró por accidente un frasco de medicina, provocando un gran estruendo. Yoel se escondió rápidamente, pero Mio no tuvo tanta suerte.
—¡Qué rayos haces aquí, niña? —gritó el guardia.
Mio salió corriendo, derrumbando al guardia y este la persiguió, dándole vía libre para escapar a Yoel.
“Gracias, Mio, fuiste muy valiente”, pensó para sí mismo mientras se llevaba la mano derecha a la frente, haciendo el saludo que haría un soldado.
Salió corriendo hacia su cuarto lo más rápido posible; más de una vez pensó que lo atraparían, ya que el guardia había alertado a los enfermeros. “Casi me atrapan”, pensó mientras se sentaba en la cama. “Bien, ahora tengo que tomar esto, ¿verdad?”
Se tomó de nuevo una de las extrañas pastillas azules y sintió devuelta cómo algo trepaba por su espalda y ponía una mano en su hombro, que comenzaba a apretar. Entonces, el mundo se tiñó de rojo y las paredes escurrieron sangre. Desde el techo, ojos de varios colores observaban a Yoel como si pudieran mirar su alma. Detrás de él, se manifestó la criatura que siempre lo asechaba con las fauces abiertas, listas para comérselo. Pero ya no era solo una sombra, era real. Y era la misma criatura de su sueño. Esta vez pudo observar de cerca el cráneo. Pensó que se desmayaría de nuevo, pero se determinó y lo enfrentó. 
—Remor —dijo con la respiración pesada, asustado.
La criatura miró hacia abajo, lo vio directamente a los ojos, sin soltarle los hombros para que este no pudiera escapar. Soltó una carcajada estruendosa.
—Hola de nuevo, Yoel. ¿Quieres pasar un buen momento?
—¿Qué haces aquí? ¿Que no se supone que esas pastillas me ayudarían a escapar de aquí?
—Oh, mi querido, tan crédulo. ¿Que acaso no te enseñaron que no debías creer todo lo que te dijeran?
—Lárgate, criatura inmunda.
—Así como la primera vez —dijo después de lamerle la cara—, sabes que fue tu culpa que yo me sintiera atraído por ti. Solo mírate, tan puro, tan adorable.
—¡CÁLLATE!
—¿Qué te espera allá fuera? Ya no tienes nada.
—¡TODAVÍA TENGO A MI MADRE!
—¡Tu madre! Ja, ja, ja. ¿Y crees que todavía te querrá, después de saber qué te pasó? Tan solo piensa en cómo te verán las personas una vez que salgas de aquí: el chico que ni siquiera pudo protegerse a sí mismo.
—¡CÁLLATE! AL MENOS CUANDO SALGA DE AQUÍ, TODAVÍA ESTARÉ VIVO.
—Oh, mi querido, pero si tú ya estás muerto. Una vez que dejas de amar, ya estás muerto. Incluso si tu corazón sigue palpitando te he quitado todo. Ya no te queda nada. –La criatura soltó otra gran carcajada.
—¡C Á L L A T E! —gritó mientras sacaba el picahielos de su bolsillo e inmediatamente se lo encajaba debajo de la boca, atravesando su lengua y llegando hasta el cerebro.
La criatura murió al instante. “Por fin”, pensó.  Creyó que llevaría más tiempo. Pero entonces, Remor abrió sus fauces, mismas que no solo venían desde el cráneo, sino que recorrían todo su cuerpo, y engulló a Yoel.
 
Yoel Murió el 14 de diciembre de 1983. El personal del hospital jamás encontró su cuerpo. Lo único que se encontró en su habitación fue el frasco de Moralitidina.

Ataduras | Amairani Sarahi Juárez Zúñiga. Preparatoria Regional de Tlajomulco de Zúñiga

La fuerza de las palabras

Cada cuando tenemos la oportunidad de coincidir con palabras que nos gustan tanto, que las pedimos para llevar, hasta el fin de nuestros días, pues desafían el mal sueño, un pestilente día o esa mañana grisácea de un gélido invierno. Ese es el caso de la presente selección de poesía en nuestro número 21 de Vaivén: nos da el sentir de sus colores en hábitos diurnos y nocturnos, convertidos en actos amorosos por jóvenes escritores del Sistema de Educación Media Superior de la Universidad de Guadalajara.


Sus poesías son audaces y frescas, describen la forma en la que pueden pintar pieles distantes hasta la fisura de los huesos, entre sus emocionantes vivencias, en las que exponen sus ideas sobre el amor, nostalgia o reflexiones sobre la condición humana en inspiración hecha palabra.


Estos decididos poetas lanzan sus plumas con osadía a las llamas de los deseos, para hacernos apreciar sus más íntimas reflexiones y sus propias luchas cotidianas, producidas por el incesante encuentro con lo efímero y fugaz. Ellos entienden del sentir nacido de la poesía en contraste con la terrible realidad, que embellecen con arte.


De la misma manera, los lectores encontrarán formas de pensar sobre la vida, felicidad, muerte, violencia o las bellas imágenes como la vida contenida en una gota o los miedos de las ausencias. También hallarán mil noches tranquilas, el umbral de sus soledades. Con su poesía no se puede dejar de experimentar todas las emociones liberadas de su alma, ese es el poder de las palabras que rompen, empapan y se apilan entre nosotros.


Les invitamos a disfrutar de estos amantes de la palabra con imágenes que nacen de ella; momentos llenos de esencialidad que nos sobreviven, superan, desesperan, colman, acercan y nos comunican como un vaivén. 
 
María Adriana Sotelo Villegas*
 
*Poeta y docente en la Universidad, imparte clases de filosofía desde hace 29 años. Ha publicado en revistas literarias y científicas. En la actualidad, es jefa de la Unidad de Vinculación del Sistema de Educación Media Superior.

Mi ira comunicando al vacío

Olaf Giovanni Medina Carranza
Preparatoria 9

Miro tan solo lo hueco que es este hogar
tan solo quiero escuchar
pero el sonido se detiene.
Nada se entiende.
 
Me desmayo de tantas palabras absurdas
llenas de mentiras.
Si tan solo dejaran de pensar en sí mismos.
Quizás todos seriamos comprendidos.
 
Estoy despedazando mi ser al explotar,
no quieren dialogar.
La negra y peligrosa noche está llena de sonidos.
Estoy cansado de los incontables silencios.
 
¿Realmente escuchan lo que suelo gritar?
Mis movimientos hablan sobre reclamar,
sin embargo, solo quieren razonar.
Nada de sentir, solo pensar.
 
Solo camino, no me detengo
porque los ecos se han perdido.
Parece que en esta casa es algo prohibido.
En mi corazón veo un temporizador que ha concluido.
 
Son personas importantes para mí
pero cada que lo intentamos
solo estoy soñando;
el encanto se acaba al dormir.
 
Suelo pensar en todas sus palabras
cómo quieren empezar a comunicar.
Es solo tiniebla absurda
pienso en que eso es basura.
 
¿Quieren saber lo que pienso?
Váyanse al demonio con su divinidad,
la voz de la supuesta verdad
quien les dijo que era aquello.
 
Encadenado a mis ideas constructivas.
Encadenado a mi frustración.
Desencadenado de su razón.
Desencadenado de sus expectativas.
 
Cada momento me derrito en calor del ruido
con este dolor
en este sentimiento,
marchitando mi forma de girasol.
 
Genero mi propia música,
el ritmo que me liberará,
que me abrirá a hablar.
Pero nada de lo que dicen los justifica.
 
Ahogados en su propia destrucción.
No necesito hacer algo
yo ya estoy nadando
pero como todos, están en su formación.
 
Mi paciencia ha terminado.
Les diré lo incomodo,
lo que genera lo más bellamente desastroso.
Esto acabará con todo lo sombroso. 
 
¡Fuera la nada!
Entran las voces de mis límites
de mis colores
así acabando con el silencio está es mi jugada.

Tempestad

¿Qué esperas de mí?
No soy la persona con la que quisiste pasar el resto de tus días.
El viento se llevó lo que quedaba de nosotros, se sintió como cuando llevabas el timón. Todo parecía seguro hasta que volteaste el barco y los rastros de nuestro amor fueron aquellas cicatrices que quedaron marcadas en nuestra piel.
Las lágrimas en mis mejillas me recuerdan a la brisa del mar, pero la playa sola se siente como casa, así se siente después de que te marchaste.
La ceniza cae como la nieve y el papel de las cartas se consume en la llama de nuestro recuerdo.
El fuego irradia luz que inunda la oscura y fría habitación, y en esa sensación de desespero que dejaste. Comienza a sonar el eco de la luna, entrando por nuestra ventana.
Y ahí están todas las promesas, sonando al compás del llanto nocturno, causando que las páginas de Hamlet se empapen, haciéndolo más trágico de lo que ya era.
Luego llega la hora de Morfeo. Viene a visitarme y me castiga a través de sueños, proyectando la ligera luz de las velas, en aquella balada tan maravillosa cuando el tiempo no avanzaba y mi desdicha no comenzaba.

Banshee

El alma en pena que atormenta mi pasado hace que tambalee mi futuro.
Los fantasmas de las navidades atormentan años enteros y tengo miedo de que los demonios salgan.
Lágrimas saladas con gritos ahogados retumban en mis sueños y no queda más opción que estar despierto, porque tengo miedo de que al más mínimo movimiento termine cayendo en un pozo sin fondo.
El dolor no considera y me atormenta en bucles eternos durante noches largas.
La habitación desprende olor a cigarrillo, el amargo aroma que acompaña mis mañanas.
Ese reflejo en el espejo muestra todo lo que los demás ven, pero no lo que en realidad pasa.
Sonrisas falsas y emociones vacías.
Cabezas huecas llenas de melancolía.

Vanessa Monserrat Razo Domínguez
Preparatoria 9

La sentencia

A mediodía te dije, Troya,
que amabas de manera ferviente,
y me equivoqué.
Deseaba decirte, sin más correcciones, inclemente
moribunda de tres movimientos
 
sin consideración a los desnudos del enemigo,
indudable extranjera a las costas de tu ciudad
—las costas bañadas de sangre—
tibia a los emblemas de tus honras fúnebres
que fueron maderas ardiendo para los fieles,
—los sagrados ritos—
“Troya, te digo: la odisea de la pasión
es capaz de provocar la caída de una ciudad.”
 
Inspirado en la serie de Netflix
Troy: Fall of a city

El mal sutil

Un filósofo dijo que los males
sordos eran los que nos marcaban.
 
Después de sobrevivir
a las escalofriantes pruebas
de la muerte y el amor
comprendes que el peor de los males,
sutilmente, inquieta la rutina.
El malhumor matinal
es el que se mete entre la fisura de los huesos,
es el estrago protervo, te obliga
a odiar las cosas amadas.
Y comprendes que no es el bullicio
el que trastorna al alma
porque el silencio profundo lastima
más que doscientas voces.

Alma de mujer

Sol quemante sobre la hierba.
Lagos cristalinos se mueven y evaporan,
las tragedias se van, se van.
Son circulares y sombrías
como cementerios escondidos.
Qué placentera es mi soledad,
traveseo como los girasoles
sin nunca dejar mi prado.
¿Necesitaré algo más?
En los hábitos diurnos y nocturnos
las mariposas migraron,
las flores recuerdan
lo delicadas que eran.
¿Qué pido satisfacer?
Yo soy más libre, más joven,
más intensa, me repito.
No necesito nada más.

Final de brasas

Cuando se acabó el amor
y el subconsciente dejó de turbarme el alma
—cuando el frío fue opulento y las brasas disiparon—
la minúscula partícula de esperanza,
a veces sustituta de mis células,
se me perdió entre el contorno de los dedos
y yo no pude,
no quise,
encontrarla.
Cuando se acabó el amor
y el subconsciente dejó de turbarme el alma,
mi mirada no era la tuya,
mi frágil cariño no era para ti
y mis ojos se dilataron otra vez.
Cuando mi cuerpo estuvo en homeostasis
—días después de actuar como un artificio—
me moví a cierta lejanía de tu espectro
y me prometí no volver a amar
sin saber qué era el amor.

Joceline Alejandra Grajeda Pérez
Preparatoria 3

Multiversos | Ana Karen García Robles. Preparatoria 15

En blanco

Ana Paula Peña Pérez
Preparatoria 15

Hay un lugar a lo lejos,
en el que me gusta esconderme,
un lugar amable, tibio,
que me refugia cuando mi entorno es frío.
 
Desde ese lugar,
veo la tempestad,
a través de una pequeña ventana,
y me hace sentir segura.
 
Pero el lugar no es del todo perfecto.
Mientras más tiempo paso ahí, más pequeño se vuelve,
actúa como si se hartara de mi estancia.
Si me descuido, puede sofocarme a muerte.
 
¿Será más fuerte la tempestad de afuera
o la presión de adentro?
No puedo darme el lujo de adivinar,
no puedo darme el lujo de esperar.

La tristeza de la soledad | Alejandra Zoé Enríquez. Preparatoria 9

Expectativa

Volteo hacia abajo, la dirección a la que, por lo regular volteo,
veo mis pies, mis manos, cada vez que los veo son diferentes,
diferentes líneas, diferentes formas
esculpidas por diferente viento y con diferente peso.
 
Camino, y mientras más camino,
mis manos y pies se hacen cada vez más pesados,
siento que en cualquier momento el suelo frágil se romperá,
a pesar de que miro hacia abajo, no hay suelo;
miro hacia arriba, no hay techo.
 
Mis hombros se sienten desgarrados, mis piernas cansadas,
¿Puedo seguir caminando?
No puedo ir más abajo o más arriba,
solo puedo ir adelante,
un camino fijo y claro, pero que nunca cambia.

Rojo, verde y azul

Ana Paula Peña Pérez
Preparatoria 15

El sentimiento corre en las venas,
es algo a lo que no me logro acostumbrar,
no logro retirarlo,
no lo puedo controlar.
 
Varias heridas se abren,
sentimientos de sangre se derraman en consecuencia,
con esa sangre, una sonrisa pintada,
es visible, pero no está ahí.
 
¿Qué sangre puede correr por mis venas?
Traté de observarme mediante otros ojos,
pero me quemé,
me resentí, y me contraje, casi me convierto en nada.
 
Sin expresión, lentamente coso mis heridas,
mis lágrimas tendrán propiedades curativas,
amargo es el aire que inunda el espacio,
no puedo odiarme por mis venas delicadas que corren despacio.

Ideas del hueco

Daniela Itzel Esparza Huerta
Preparatoria 19

Odio cada mañana
porque me levanto viva.
 
Mi garganta
siente la punzada
de una idea pecaminosa.
La mantengo de manera silenciosa,
aunque mi verdadera esencia
grita con fuerza su anhelo
de ser descompuesta
por gusanos hambrientos.
 
¿Es la vida
lo más maravilloso que existe?
¿Entonces por qué quiero
una despedida definitiva?
Deseo decirle adiós
a mi respiración en una huida.
 
El dolor sólo pertenece
a los corazones bombeantes,
por eso es mejor estar
encerrada en la tierra.
 
Una soga me basta,
atarla a mi cuello
será el verdugo que me acaba.
 
Pastillas o cuchillos,
agua o fuego,
son más que suficientes
para ser una cobarde
y eso anhelo.
 
Mi alma
necesita descansar
entre las cuatro paredes
de un hoyo profundo,
para nunca más
volver a flotar
entre esta locura terrenal.

Ella

Daniela Itzel Esparza Huerta
Preparatoria 19

Hoy casi clavé un cuchillo
en el centro de mis costillas,
pues ahí se encuentra
la penumbra de mis pesares.
 
Quise acabar (me)
el sentido de insuficiencia
que se halla en mí
desde la niñez.
 
Quise terminar (me)
con la sensación
hacia la inutilidad
tras cada error.
 
Quise matar (me)
el sofocante llanto,
causado por la carga
de un crecimiento apurado,
más bien obligado.
 
Quise impedir (me)
una dolorosa vida
de un voluble futuro,
no muy prometedor.
 
Pero la visualicé.
Tan etérea como siempre,
la perfección la representaba.
 
Colocó sus manos,
manchadas por el sol
entre las mías y el mango
de aquel amenazante cuchillo
anunciando perforar la desilusión,
poco a poco me lo arrebató,
evitando el peligroso corte.
 
Me miró con compasión,
con sus bellos ojos marrones
que destellaban desesperación.
 
Me besó la frente.
Sus labios sabían a la esperanza
que en mí ya no existía.
 
Finalmente me abrazó
intentando darme vida.
 
Luego se esfumó
en brillos dorados
dignos de su realeza.
Ahí comprendí
que por ella
debo continuar
en este tortuoso camino
llamado respirar.
 
Dedicado a Sandra Huerta

Una batalla mental | Concepción Jovana García Macareno. Preparatoria Regional de Tlajomulco de Zúñiga.

Sol melancólico

Yvanna Romina Espejo Valdez
Preparatoria 9

Háblales sobre lo mucho que brillabas.
Incluso antes del daño que te hice.
Un río de lágrimas desbordó de tus ojos y dejaste de brillar.
Ese último día de amor, tiré las flores que ya se marchitaban.
Y me despedí de ti.
Te llamaba sol y queriendo ayudarte, te apagué.

Fuerza | Lorena Cruz Ojeda. Preparatoria Regional de Chapala

Maldito y perverso

Diana Sheccid Sandoval Aldana
Preparatoria Regional de El Salto

Me alejo, lo veo. No puedo creerlo, es imposible. ¡¿Aún está vivo ese desgraciado?!
Mi corazón se acelera, mis manos tiemblan y no soy capaz de hablar.
¡Impotencia incontrolable!
Grito, vuelvo a gritar, pero parezco un estúpido mimo.
¡Pantomima!, diría mi hermana.
Sin ninguna salida o alternativa más, prefiero acercarme a lo que parece ser mi destino.
 
—¡Vamos, ven por mí de una vez!
No tarda mucho en acercarse.
Debí obedecerlos. ¿Por qué me atreví a retarlos?…
Eso ya no importa ahora, mi final ya está escrito.
Sucede algo inusual… El maldito y perverso se detiene en seco.
¿Qué espera?, pienso demasiado rápido.
El juego llegó a su fin.

Mi señor

Innecesario era golpear,
éramos obedientes.
Simplemente tradición.

Perdón

Jordan Alejandro Vidal Badillo
Escuela Vocacional

Quiero pedir perdón a las mil y una formas de ser que han salido de este cuerpo en su duro intento por florecer.

Quiero pedir perdón por las anochecidas en las que he incomodado a mis molestas voces llorando por un pasado y también por los lamentos injustificados que se dan en aquellas horas tan intempestivas.

Quiero pedirle perdón al viento por darle una razón más por la cual huir desesperadamente de mí.

Quiero pedirle perdón a aquellas personas que tuvieron que soportar mis desgastantes noches en las cuales yo lloraba sin control; desesperadamente, pero les juro con vehemencia que no lo hacía a propósito, pues cuando el miedo y la agonía seguidos por la desesperanza cunden de imprevisto, tu ser se sorprende y pierde el control de sí mismo.

Quiero pedirme perdón por hacer de estos escritos una forma más de traducir mi pena. Quiero pedir perdón por no hallar la manera de salir de este agujero que yo mismo he cavado en contribución con mis allegados. Quiero pedir perdón por esas noches sempiternas, más que eternas en las que mi alma gritaba y yo no le escuchaba. Lamento por haber perdido la cordura cuando esta misma se necesitaba fuertemente. Una disculpa por las risas inoportunas que me salían cuando todo llegaba de golpe y con prisa. En mi defensa, agrego que mi rival es más fuerte que yo; lo acepto: no lo niego. Me hinco frente a él y le permito que me destruya para que después anhele el regreso de un individuo más fuerte. Suscito un tumulto de aflicciones convertidas en penas, que se callan tras oír los duros gritos de mi consciencia andante por aquel camino de mediocridad e invariabilidad. Te ruego con soltura una respuesta, de inmediato, pues si no encuentro la cura de este fracaso, le abriré paso a la llave indiscutible de una patética felicidad:

Algunos dicen que esta última es la clave de la felicidad, aunque pienso que es el puente entre una inmensa melancolía y un mundo de flaquezas interminables…

Lo siento, vida: te he fallado, pues he terminado desnudo y vacío en este mundo repleto de monstruos cuya principal característica es el pudor por su propia esencia.

Abraxas | Cameron Díaz Reyes. Preparatoria Regional de Tlajomulco de Zúñiga

Gota de vida

Julio Ricardo Morales Raygosa
Preparatoria 9

Le dije ven al lado mío,
mira al letargado gentío,
tan arisco, tan arduo y frío.
De alta lava iba en cause el río
y sin embargo ella sonrió,
sabía que tras ese vacío
había por lo que el río vivió.
Y me arrojé a las llamas
siendo una gota al ras,
agarrada de mis brazas
se escurrió sin verla ya más.

Pesticida

Ana Paula Peña Pérez
Preparatoria 15

Solía tener mariposas en el estómago,
revoloteaban sin parar explorando mi sistema entero,
me hacían sentir en el cielo,
en una realidad distinta.
 
Un día comí algo extraño,
algo con un sabor algo ácido,
un sabor adictivo que sabía que sin dudar volvería a comer,
que a mis mariposas no les pareció afectar.
 
Cada día lo digería,
comerlo se volvió un hábito,
mientras yo más comía,
más se movían las mariposas.
 
Saqué una radiografía,
para descubrir lo lindas que se veían las mariposas,
solo para darme cuenta
de su ausencia fría.
 
Lo que había comido
resultó ser pesticida,
y lo que sentía como mariposas,
era el ácido encendido por sus cenizas.

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