Category Archive: Redecuentos

La escritura: el instrumento de un pequeño Dios

La escritura es el instrumento más importante que ha inventado el ser humano. Es con este instrumento que hemos logrado, a través de los años y con el paso de las generaciones, mantener cristalizadas innumerables historias y mundos fantásticos. La escritura es, sin lugar a duda, el fino pincel de un Dios interior que existe en nosotros, capaz de crear mundos alternos e inverosímiles, de destruirlos y manipularlos para recrear visiones nuevas y más realistas. Bien lo versaba en uno de sus poemas Vicente Huidobro: “el poeta es un pequeño Dios”, y así como el poeta es un pequeño Dios, también lo son los narradores de historias.
Narrar historias no es una tarea sencilla. Para ello se necesita tener el coraje de contar lo que estamos pensando y la pasión para embellecer cada escenario posible, por más terrible que este sea. Narrar historias es la capacidad de plasmar con nuestro lenguaje cada imagen que ha surcado nuestra mente, de darle vida a aquellos personajes que nos han inspirado miedo, desesperación y agonía, pero también aprecio, admiración y alegría. Narrar historias es la fascinante hazaña de vivir miles de vidas en diferentes épocas y en diferentes cuerpos, de viajar y de conocer sitios que solo en nuestros sueños existen. Y, sin embargo, lo más importante es que, a pesar del contexto en el que vivimos, narrar historias es mantener viva la esperanza de que el mundo puede cambiar al leerlas o escucharlas. 
Este número que ahora portas en tus manos, o que estás leyendo a través de una pantalla, te presentará una selección de historias creadas por escritores jóvenes e intrépidos que se han aventurado en esta tarea de narrar historias. Son jóvenes con talento, brillantez y audacia que han sabido plasmar con maestría, entre metáforas y símbolos, escenarios que hoy en día vivimos. Te encontrarás desde historias detectivescas y escalofriantes como “Su muerte”, hasta narraciones que utilizan un lenguaje preciso y bello como “Habré de morir siendo poeta”. Cada cuento que aparece en este número no es menos genial que el otro, pues con cada uno de ellos sobrepasarás las barreras de la realidad para reencontrarte contigo mismo en mundos pensados y dibujados por mentes frescas y ansiosas de ser leídas.
Sin duda, es importante destacar que lo valioso de estas historias es que fueron creadas por un número de jóvenes que han observado detenidamente cómo se maneja el mundo hoy en día, las situaciones que alteran su realidad y las injusticias que detienen el mejoramiento de nuestra sociedad. Se trata, entonces, de una propuesta narrativa interesante, contemporánea y artística que busca humanizar a los lectores que se atrevan a dar un vistazo a estas historias conformadas por el vaivén de una imaginación nueva.

Sergio Alexis Orozco Mendoza*
 
*Imparte clases en la Academia de Lengua y Literatura de la Preparatoria 9 de la UdeG. Su gusto por la lectura y afición por la escritura creativa lo motivaron a especializarse en literatura y lingüística hispánica, también en la Universidad de Guadalajara.

 

Dos veces uno

Entre la desnudez y las sabanas, desde las grandes aberturas, la luz traspasa, dejando ver todo aquello que me rodea. Entra en constancia y se disipa por toda la habitación, y solo en la esquina, junto a la ventana, permanece oscuro e irreflejable. Parece que la oscuridad yace ahí, frente a la mirada de todos.
Junto a mi cama, sobre la mesa de noche, se derrama el licor. Parece infinito, pues inunda el pensamiento de ideas erráticas. Sorber y sorber. Es una botella sin fondo y una mente nublada por el odio y la tristeza. La noche anterior, como las tantas otras, fue ensordecedora: la música hasta el cielo, la vestimenta llena de lentejuelas y el escenario repleto de luces vibrantes, multicolores, que sumergían los sueños más alocados y dejaban a flote ideas salvajes.

En mis pensamientos | María Fernanda Soto Plascencia. Preparatoria Regional de El Salto


A mi lado, caliente y desnudo, permanece un cuerpo cansado, de esos que te dejan sin aliento, mostrando aquello que todo mundo ve, pero ignora. Sé que no lo conozco de ahí, solo eso. Me levanto tambaleante, extenuante, aunque muy extasiada; me acerco provocativa al espejo para después abalanzarme sobre él.
La luz deja de entrar y la oscuridad inunda la habitación. Siento cómo se aligera el cuerpo y se desvanece entre la oscuridad, soy intocable. De pronto, la luz entra en la oscuridad, se iluminan las paredes blancas: las cortinas beige se deslizan por el viento, la cama está hecha un desastre y hay una gran cantidad de botellas alrededor de ella. Estoy en el suelo. Me levanto solo para ver mi reflejo que está deslumbrante y feliz. Se burla.
Esa cosa está arreglada, preparada para seguir trabajando. Ha peinado su cabello, porta su traje favorito y sonríe burlescamente. Esa cosa sabe que estoy allí, viéndola ser la mejor versión de mí. Esa cosa fragmenta el espejo, se va de la habitación como si fuese el asesino.
Sigo la cosa, desde los espejos de la sala hasta el reflejo del auto. Logro verla porque eso así lo quiere, jamás la había notado. Subo al auto con eso, aquello no lo nota, pero lo siente. La miro desde el espejo interior, no logro evitarlo. Llegamos a las oficinas donde trabajo. La veo hacer mi trabajo, la veo caminar, la veo negociar, la veo disfrutar de su vida y su cuerpo. No logro verla sin notar el goce que siente de ser yo. No logro evitarlo.
Esa cosa me está arruinando. De camino a casa, tomo la idea de acecharla tal como si fuese un animal indefenso.
Tomo el control del auto y lo estampo contra la casa. El cuero negro del auto, el color dorado de este, las ventanas polarizadas, se vuelven brillantes y calientes como todas mis noches; una enorme aura de rojo cubre el auto, el cuero y mi cuerpo.  El impacto provoca un derrame del combustible y el auto explota.
Todo lo observo desde la calle. Escucho desde adentro un irritante grito de dolor y angustia; río a carcajadas.
Los vecinos me miran con desdén, pero también con horror. Salen corriendo y gritando. Después de esto me internan un mes.
Lo que no saben es que esa cosa iba a acabar con todo lo que había creado para que fuera ideal. Todo mi esfuerzo se iba por la borda, no lo permití. Así que yo mismo me apodero de todos mis pensamientos e ideas, solo para no destruir mi vida.
Al final, regreso a casa y entre los escombros veo un fragmento del espejo, no hay reflejo. Sonrío.   

Pedro Aguilar Rodríguez

Preparatoria 20

Alucinaciones cítricas

Ana estaba exprimiendo naranjas como cualquier otra mañana de invierno, aferrada a la palanca del exprimidor, lenta y pensativa, entumecida por los redondeos mentales y el replicar de esa maquinita. A su alrededor: los perros y las palomas, entre edificios e ideas entrecruzadas como el cableado frío.
De vez en cuando, una queja salía de su superior. Casi todas eran comprensibles y pesadas para la chica, pero en ese momento, superior a cualquiera de las quejas rutinarias, desde las naranjas empezaron a saltar gotitas gitanas, brillantes como ámbar: chispas de fragua, animadas por olas solares de otro sitio. Se empezaron a escurrir entre los trastos. Luego de eso, comenzaron a exprimirse de la risa sobre las mesas; corrieron, jugaron y brincaron como si fuera divertido que ella no entendiera su vitalidad.
Palpitantes, se mostraron a la muchacha y la distrajeron con sus piruetas de pétalo líquido. Llegó un punto en el que la confundieron y sus vestimentas fotosintéticas le dieron mareos profundos e inconscientes. De momento, ella no lo entendió, pero a fin de cuentas ella estaba pensando de más.

Diego Morán Díaz

Preparatoria 9

Violetas inorgánicas

Espero en el asfalto roto, ese cochino asfalto que lleva meses construyéndose. A mi izquierda, una muchacha aguarda igualmente a que pase un camión. Ella, apacible, maneja su teléfono bajo el peso de la bofetada del sol en esta tarde del primer miércoles de diciembre.
Entonces, como si miles de personas se hubieran postrado contra el cansancio para rezar al dios de los camiones, una unidad verde y gastada aparece entre el tráfico. Su invisible sudor refleja la prisa y los rayos solares que lleva cargando sobre esa carcasa prismática y rodante. El camión se detiene y, antes de que yo me monte en él, ella interrumpe los apuros del conductor para preguntar:
—¿Haciendas o Valdepeñas?— pregunta con voz llana a través del cubre bocas.
—¡Valdepeñas!— grita el camionero entre los respiros chirriantes de la máquina.
Ella salta con rapidez rutinaria los escalones empinados, y yo la sigo, haciendo sonar la lámina delgada que nos protege de los raspones insalvables que nos ofrece la calle. Sé que no es la ruta que necesito, pero, aun con los hartos movimientos de esa metálica brutalidad, quiero ver a la desconocida.
El camión erróneo nos recibe vacío, alumbrando las bancas azul brillante que son talladas todos los días por cientos y cientos de manos. Los asientos se sacuden con una fuerza divina que, aun así, no nos asusta o nos prepara para un posible desprendimiento. Cuando el vehículo reanuda su caminata, los asientos parecen pétalos de flores violáceas sacudidas por un niño.
Por obvias razones, no me siento junto a ella, y a través del reflejo en las ventanas admiro su materialidad juvenil, posada sobre esas violetas que mueren en vida bajo la abrasadora tarde.
Me levanto con torcedura, giro hacia las puertas traseras, presiono el botón de bajada (una absurda cuadra después de la parada en la que lo tomé) y bajo, evitando observar el pistilo montado en esa avioneta de las praderas.

Diego Morán Díaz

Preparatoria 9

Habré de morir siendo un poeta

Tal vez, y solo tal vez, habré de morir siendo poeta. ¿Y quién sino yo para ver mi futuro? Que de entre las sábanas que me amarran, y las ansias que me produce el seductor encanto de la almohada, y tal vez con un par de lágrimas, un nudo en la garganta y un agarrotamiento en mis adentros, podré ver una luz que nace de los agotados latidos, y entonces, tal vez, y solo tal vez, moriré siendo poeta.
Había estado en cama toda la semana; despegarse de ella era sentirse pesado. Me paré un par de veces a verme al espejo, me decía que tenía que levantarme, y, estando parado, volvía a la cama para seguir soñando. La pared frente a mí me mantuvo ocupado, en su esquina se formaba una oscuridad clarificada. Incluso con las ventanas abiertas y el sol poniéndole color a todo, era oscuridad, oscuridad que me empujaba con fuerza, pegándome a las sábanas, formando un nudo en mi garganta que no podía terminar de tragar. Yo dejaba mi mirada fija en ella, ahí me perdí. Pero terminé por levantarme.
La luz del sol me pegaba en la pierna, pero más que ser cálido, quemó; me hizo meterla a la sábana junto a todo mi cuerpo. Como el sol se esmeró en que quisiera cerrar las ventanas, me levanté para hacerlo. Me mareé, los ojos se me achicaron, se movieron un poco y tardaron en enfocar los colores que no había visto en días. El árbol de mi casa era más verde de lo que recordaba, tal vez yo había estado en cama toda una estación. El viento movía sus hojas, o tal vez era el colibrí que volaba, o tal vez era solo él saludándome. Es un viejo amigo, lo planté hace unos veinte años. Supongo que estaba feliz de verme la cara, entonces quise ser el árbol, así no tendría que estar en cama, querer levantarme y no poder. Ser árbol sería poder sentir el tacto del colibrí, bailar con el viento o saludar a un hombre que se asoma por la ventana; entonces, estiré un poco el brazo para poder ser árbol, y cuando alcancé su rama, mi viejo amigo me jaló con fuerza para caer junto a él, en donde sus raíces duras se mancharían de sangre tras haberme golpeado en la cabeza.
Había estado en cama mucho tiempo, y hoy, de frente al cielo, se clarifica aún más la oscuridad que veía en mi cuarto, que creció durante mucho tiempo. ¿Habré de morir siendo poeta? Junto a los cimientos de mi casa y las raíces de mi árbol, de cara al cielo y al viento que mueve las hojas, o sintiendo el tacto del colibrí y sintiéndome árbol, tal vez y solo tal vez, sí, he de morir siendo poeta.

Manuel Tejeda Enríquez

Preparatoria 4

Ángel caído

Comenzaré por el final: te amo, siempre tuyo y posdata, solo en caso de que las ideas me abandonen. Y es que, ¿cómo retener las palabras, si lo único que mi léxico quiere conservar son aquellas que posean las letras de tu nombre? Vetusto el sentimiento que aún me ha de acompañar; en tu presencia se viste de gala y yo Intento discernir si Venusto ser puede existir o mi Indulgente corazón habrá de perdonar engaño cometido a mi mente perdida. En mi egoísmo te pido no vuelvas a volar, Ángel caído, que Necesito la ataraxia que produce tu latido junto al mío.

Obed Alistair Montes Hidalgo

Preparatoria 15

De invierno a primavera

Camino por un espeso bosque blanco, sin rumbo fijo, con el gélido viento cortando mi piel, como si de navajas se tratara.
Miro al cielo gris y contemplo cómo los copos caen de él. Al momento, un recuerdo vuelve a mi memoria.
—Me gusta observar cómo caen los copos, al igual que la lluvia, ¿sabes por qué? —Niego lento con la cabeza—. Porque es agradable saber que no soy el único que se rompe en mil pedazos.
Aún no logro comprender qué era lo que te hacía sentir de esa manera tan cruel. Esa duda me martiriza todos los días, desde que abro mis ojos en la mañana hasta que los cierro por la noche.

Cuacochi | Alfonso Dominik López Osorno. Preparatoria Regional de El Salto


Me detengo para mirar mis pies y me sorprendo al ver que se han tornado de un color oscuro por el frío. Sacudo mi cabeza, tirando la nieve que comienza a anidarse en ella y continúo con mi recorrido por el bosque.
La luna sale a darme la bienvenida, al compás de las brillantes estrellas. Mis manos y pies entumecidos me obligan a detenerme de nuevo, hundiéndome en la nieve. El viento mece suavemente mi vestido, lastimando mis piernas, y los copos caen adornando mis cabellos negros.
—¿Qué es lo que hago en este horrible lugar sin abrigo? —Levanto mi mirada al cielo y, con la poca fuerza que hay en mi ser, grito: —¡Dios! ¡Padre! ¿Acaso me has abandonado? ¿Es tu voluntad que muera de frío?
De repente, unos sollozos comienzan a escucharse en respuesta a mi pregunta. Ese llanto me es tan familiar. Desesperada, miro en todas las direcciones, buscando el lugar de donde proviene aquel ruido. Comienzo a avanzar de nueva cuenta, guiada por aquellos sollozos.
“¿Dónde, dónde?” es lo único que pasa por mi cabeza.
A lo lejos, veo cómo un rayo de luna se filtra por las ramas de los pinos. Mis piernas, ya sin circulación, me ruegan parar; en cambio mi corazón me pide a gritos correr hacia la luz.
Acelero mi caminar. Ahora puedo ver que hay alguien justo debajo del rayo de luz, un hombre que yace sentado de espaldas en la base de un tronco talado. De manera frenética e inevitable, comienzan a emerger lágrimas de mis ojos.

El abismo | Fátima Monserrat Sánchez Gómez. Preparatoria Regional de El Salto


—John… ¿realmente eres tú?
Al pronunciar la última palabra, mi voz se quiebra.
El chico detiene su llanto y se gira, con su mirada deshecha en la mía, esa misma mirada fría y sin vida que siempre odié en él. Después de unos segundos, vuelve a llorar, de manera más sonora que antes. Camino lento hacia él, con el temor tomando posesión de mí. ¿Si lo toco se desvanecerá como neblina?
Al llegar a él, levanto mi brazo y acaricio sutilmente sus cabellos. De manera inesperada, él se abraza a mi cintura con fuerza. Intento articular una palabra, pero no soy capaz de hacerlo; de mi boca solo salen lamentos.
Entonces él habla.
—Por favor, abrázame y consuela mi pobre alma, limpia mi rostro bañado en lágrimas, cura esta soledad en mí, te lo ruego.
Abrazo fuerte su cabeza mientras las palabras salen de mi boca.
—No te vayas, no me dejes de nuevo, por favor —susurro suplicante.
Él levanta su rostro para poder mirarme a los ojos y, al hacerlo, puedo notar que su respiración se vuelve pesada.
Acaricio su cabello mientras tarareo una melodía para que su respiración vuelva a la normalidad.
—Tu pecho es cálido y de ti emana una hermosa luz —dice ahora más tranquilo.
—¿De qué hablas? Solo basta mirar mis pies y manos oscurecidos por el cruel invierno, mis labios morados y mi tez pálida agonizantes para darte cuenta de que estoy todo lo contrario a cálida.
En forma de susurro responde:
—Tu corazón, tan tierno y amable, aún late.
Estas simples palabras son como una cuchilla filosa para mi pecho. Me mantengo en silencio mientras mis manos temblorosas toman la falda de mi vestido para limpiar su rostro sin color alguno.
—¿Sabes algo? Has hecho tanto por mí, aunque sabes muy bien que no lo merezco. Siempre he tenido la duda de por qué, quizá porque eres como una niña pequeña con una inocencia tan blanca como tu vestido y la nieve.
Me observa, atento por un momento, y después prosigue.
—No es necesario que lo hagas, no soy tu responsabilidad, así que puedes ser como los demás, que solo me recuerdan en mi cumpleaños, y olvidarme la mayor parte del año. No merezco tus lágrimas.
—No digas eso, jamás. No te pido nada a cambio de mi ayuda porque lo hago con el corazón. Jamás me pidas que te olvide porque no lo haré, no quiero. Mi mayor miedo es dejar de quererte y temo que si dejo de llorar se vaya mi amor por ti.
—Eso es tonto. Que no llores, no significa que no me quieras.
—No lo es.
Levanto su rostro y lo obligo a mirarme. Sus ojos comienzan a cristalizarse.
—La forma de amor más puro es el dolor, porque al perder algo que amas, es inevitable no sentirlo.
Se mantiene pensativo y hunde otra vez su cabeza en mi pecho; el llanto vuelve a surgir.
Abre mis ojos y estos buscan de inmediato los de John hasta encontrarlos, y al hacerlo, lágrimas ruedan por mis mejillas.
Me acerco a la ofrenda y tomo la fotografía con cuidado de no tirar las velas aromáticas. “Sus preferidas”, me digo en mi fuero interno.
Miro la foto detenidamente y pienso que en ella luce feliz. Recuerdo cómo esa sonrisa se volvió un simple montaje con el paso del tiempo. Abrazo la foto a mi pecho con fuerza y lloro sin reprimirme.
Un aliento frío eriza la piel de mi nuca y unos brazos me abrazan por la espalda.
—Gracias por ayudarme a encontrar mi primavera, Mar…
Al escuchar estas palabras no puedo evitar sonreír ampliamente y llorar aún más fuerte, agradeciendo que mis rezos y súplicas hayan sido escuchadas.

Cómo quisiera

Duda Ximena Elizabeth Parra González. Preparatoria Regional de Etzatlán

Siento la tristeza de los que están presentes: el llanto de mi esposa, los sollozos de mi hija. Si tan solo pudiera salir a abrazarlas, si tan solo pudiera decirles “te amo” una vez más, si tan solo pudiera volver a mi cuerpo y salir de este ataúd.

Andrea Jazmín Valenzuela Morales

Preparatoria de San José del Valle de Tlajomulco de Zúñiga

Tu fría compaña

Soy la madre más feliz del mundo. Amo a mi bebé. Es tan pequeño y frágil como una joya. Siento como si los años no pasaran por él. Casi nunca lo saco a pasear al parque, no le gusta que lo miren otras personas. Mi niño adora jugar conmigo a las escondidas; en ese juego siempre me gana, es muy bueno en ello. También le encanta correr, lo hace todas las noches, aunque mis vecinos se quejan del ruido cuando mi bebé corre, pero… así son los niños.
No cabe duda, amo, amo a mi bebé. Cómo me encantaría que no hubiese fallecido.

Johanna Monserrat Ruíz González

Preparatoria 8

Charlas | Xavier García Claudio. Preparatoria Regional de El Salto

Reencuentro con mi ex

Estaba igual de hermosa que la primera vez que la vi. Se encontraba en el mismo lugar e incluso su ropa era la misma. Mis sentimientos se volvieron locos, aún más cuando nuestras miradas chocaron. Mi corazón comenzó a latir rápidamente, mi respiración se entrecortaba. Notaba algo parecido a mariposas en el estómago, al mismo tiempo que un fuerte escalofrío recorría mi cuerpo de pies a cabeza y mi garganta parecía contener un enorme nudo que me impedía decir una sola palabra o, por lo menos, soltar un suspiro.
Sus enormes ojos azules me miraron. Aún me parecían los más preciosos, pero su mirada profunda, y la mueca que se formaba en su boca, me estremecía. No duró más de 10 segundos nuestro roce, pero a mí me pareció la más terrible de las eternidades.
Simplemente era imposible que ella estuviera ahí, radiante y fresca, si hace apenas unas horas su sangre manchaba mi ropa y, peor aún, no tenía ni una hora de haberla enterrado en mi jardín…

Clarissa Jaquelín Canales Barrena

Preparatoria Regional de Tlajomulco de Zúñiga

Mi batalla contra la ansiedad

Ella es mi compañera, está dentro de mí las 24 horas del día.
Cada mañana me levanto pensando diferentes formas de pelear con ella o de solamente evitarla. Pero me es imposible.
Ella es mi eterna acompañante en la escuela, en el trabajo y especialmente en mi hogar. Sus pequeñas bromas me cuestan mi estabilidad.
Presiento que acabará conmigo muy pronto. Estoy cansado de luchar, yo solo deseo mi felicidad.
¿Ganó nuestra batalla? Recibí la oscuridad eterna como una vieja amiga; ella ha salido victoriosa. Solo espero que mi familia pueda resistir mi inesperada partida hacia la luz.

José Eduardo Rodríguez Gallegos

Preparatoria 8

Su muerte

21 de septiembre

Me encanta escribir en este diario, cada vez me acostumbro más. Antes de formar una familia, tenía el sueño tonto de compartirle al mundo mis historias. Esperaba cumplir muchas metas y hacer todo lo que mi mente pensaba cuando estaba sobre la almohada. Pero no fue así y, honestamente, creo que con lo que acaba de pasar, ya jamás lo haré de nuevo…
No redacté únicamente lo que me alegró, también impregné la suma de palabras que expresaban aquello que me dejó un irrellenable vacío en el pecho, lo que destrozaba mi alma cual chacal feroz que ataca y devora a su presa indefensa, incluso lo que me frustraba o emocionaba. Hoy no sé cómo sentirme… o quizá sí. 
Encontraron el cuerpo de mi hija.  Lo dejaron en un lote que queda a treinta minutos de la casa. Más tarde detuvieron a mi yerno; afortunadamente encontraron los papeles del coche, estaban a su nombre. “Lo adquirió hace un par de días”, nos dijo el investigador.
Antes solo había sospechas sobre él, pero los policías lograron conseguir una «prueba sólida». Lo llevaron a la cárcel y ahora solo esperamos que un juez dé el fallo en su contra.
Fue sumamente complicado para los investigadores dar con él; escuché que una vez uno de ellos gritó por la desesperación. Nos abrazó y nos dijo que estaría completamente derrotado si algo así le ocurriera a su pequeña de cuatro años, y que por ella no descansaría hasta dar con el responsable.
Recuerdo que el investigador me dijo: “no encontramos rastro alguno de ADN en el cuerpo de su hija, estaba destrozado. Lamento informarle que el responsable la torturó; su cráneo está partido, recibió muchos golpes; sus manos fueron atadas por horas, supongo que usó cables para retenerle”.
 

18 de septiembre


Se convirtió en el sospechoso principal.
Hoy me acerqué al investigador porque lo que dijo mi esposa me hizo dudar de alguien. Estaban investigando a nuestro vecino porque es una sombra en el vecindario, “un misterio que causa escalofríos” según mi esposa y un “loco” para el resto de nuestros vecinos. Pero yo no dudo de él, desconfío de mi yerno. Él llevaba seis meses con nuestra pequeñita hermosa y nunca pudimos comprobar nada de lo que nos decía. Era un foráneo que llegó de intercambio a su universidad. No tenía familia aquí, era un extraño que paseaba por nuestra casa cada que mi hija le invitaba. Maldigo el momento en que cruzaron miradas.
Llegó un anonimato a mi casa. Eran letras al azar sobre un papel manchado de grasa que olía a gasolina, polvo y mugre. En el centro contenía una coordenada que indicaba un lugar que había sido abandonado hace algunos años.
Cuando los oficiales arribaron al lugar indicado se encontraron con la escena del crimen (como le llaman ellos). Era un edificio, deshabitado por las condiciones indignas de vida y por la enorme tasa de inseguridad que había en la zona. Dentro de él, encontraron una mordaza, cables enrollados, un líquido bermellón que cubría casi todo un cuarto y un estuche de herramientas que se encontraba completamente vacío.
Sobre una mesa que yacía abandonada en el lugar, se encontraron varios objetos: unas flores, dos copas de vino, una botella de Santo Tomás Merlot, comida que empezaba a presentar signos de descomposición, un ramo de begonias y una canastita de dulces Laposse.
Todo se encontraba desordenado; los investigadores nos dijeron que posiblemente hubo una pelea entre mi hija y su agresor o agresores. Me dijeron que era muy probable que no la volviera a ver, porque la sangre podría ser suya y, en caso de serlo, era casi imposible que hubiera podido sobrevivir a la violencia que sufrió. Ese golpe fue muy duro para mí, imaginé en ese momento el dolor por el que pasara mi pequeñita.
Me sentí triste y salí del lugar. Mi esposa estaba esperándome, pero intentaba quitar de su camino a uno de los policías. Le dije que era mejor que nos fuéramos, pero de un instante a otro ella había logrado pasar. Fui corriendo tras de ella, pero era tarde… Lo vio todo. Dijo que todo aquello que estaba en la mesa eran cosas que le gustaban a nuestra Marlene. El policía calló un momento y nadie dijo nada. Escuché que en el fondo el investigador y un policía secreteaban. Seguramente comenzaban a sospechar de alguien más o tenían otra pista.  No perdí el tiempo, me acerqué. Le dije en voz baja que posiblemente el responsable era su novio, una bestia que la controlaba y le ordenaba qué hacer.
El investigador me llevó a otro lugar para decirme que era extraño que el responsable decidiera dejarlo todo aquí como si se burlara, ya que no había dejado rastro alguno. Me aseguró que lo que creía era posible, ya que suponía que el villano de esta historia la tenía vigilada y analizada, que era cercano y que había planeado esto desde hacía tiempo.
 
15 de septiembre


Todo salió mal, maldición, no era mi intención hacerlo. Todo fue su culpa. Si ella hubiera aceptado huir conmigo, nada de esto estaría pasando; su piel no estaría fría, sus manos seguirían acariciando mis mejillas al darme un abrazo, su sonrisa brillaría, sus ojos desprenderían aquel brillo divino que solo ella podía darme… Pero todo salió mal. ¿Por qué tuvo que elegirlo a él? ¿Por qué?
Estoy seguro de que soy mejor que ese foráneo. No sé qué le ve a su noviecito, yo sí la merezco y la amo más cada día. Pero me dijo que estaba loco. Se echó a llorar cuando le confesé mi amor, el amor más puro que puede existir, el de un padre a su hija, ¿o no dicen eso siempre?
Ella prefirió caminar hacia la salida de aquel edificio abandonado. Veía cómo sus piernas caminaban forzadamente. Su rostro estaba pálido. Su mano izquierda temblaba y el puño derecho lo mantenía cerrado. Cuando casi llegaba a la salida, la tiré del cabello. La empujé contra la mesa y quedó inconsciente por unos minutos. Despertó y me gritó que estaba loco. No pude contenerme más, ni siquiera sé qué pasó en ese momento. Cuando regresé a la realidad, ella ya no estaba más en este mundo; su cráneo estaba partido. En mi mano sujetaba una llave de metal. Ni siquiera recuerdo haberla sacado de mi estuche.
No sé si lo peor fue verla atada y golpeada o pensar en lo que había provocado.
Fue una lástima que nuestro amor solo existiera en mi mente. Ella debió aceptar irse conmigo y dejarlo a él, yo sé que me amaba. Ella siempre se despedía de mí con un beso y un abrazo, y me decía que me quería, yo sé que me amaba como yo a ella… Pero todo fue culpa de él. Ese maldito hizo que cambiara conmigo y ahora no me queda más que alterar el plan b. Debo culparlo de su muerte pues, si ella no hubiera decidido salir huyendo, yo jamás habría perdido el control. Tuve que limpiar todo y, aunque siento que lo hice bien, no puedo evitar pensar que dejé una pista.
 
14 de septiembre


Mañana es el gran día, estoy completamente emocionado. Finalmente tendré a solas al amor de mi vida. Sé que algunos no lo aceptarán, pero nada de eso me importa si tengo sus bellos ojos mirándome. Sin duda me encuentro muy nervioso, me tiemblan hasta las rodillas.  Después de 17 años de casados, hoy fue la primera vez que le mentí a mi mujer. Le dije que mañana debo llegar temprano al taller porque hay mucho trabajo, pero en realidad planeo salir temprano de casa para que el tiempo no me gane. Ya tengo muchas cosas en orden, pero me falta llevar la comida y las flores al lugar. Pensé en usar una nevera o algo por el estilo, pero sé que le encantará más que su comida esté fresca y llena de amor.
He preparado un plan alternativo, espero que no sea necesario usarlo. De hecho, estoy muy seguro de que mi pequeña me aceptará y finalmente confesará que me ama y me desea de la misma manera que yo a ella. Pero si algo falla, culparé al responsable de la distancia entre mi hija y yo, su novio. Ella y yo nos iremos a otro lugar, luego regresaré para decir que la secuestró o algo por el estilo, así podré ganar tiempo para convencerla de que nuestro amor es lo mejor que nos pasará en la vida.
Sin duda fue difícil robar su cartera y cambiar los datos del automóvil, pero todo se vuelve más sencillo cuando los encargados hacen menos preguntas, cuando te presentas como su mecánico.  En fin, me iré a dormir porque mañana será el inicio de una nueva etapa.

Rocío Alvarado Sánchez

Preparatoria 5

TOC


Allá en lo alto… | Ximena Elizabeth Parra González. Preparatoria Regional de Etzatlán

Las manos me sangraban, el agua me ardía. Estaba sufriendo, pero necesitaba estar limpia, necesitaba complacerlo pues de eso iba mi vida.

Érick Michel Chávez Núñez

Preparatoria 19

Contestaré

Fiesta de luces | Ximena Elizabeth parra González. Preparatoria Regional de Etzatlán

Me encuentro solo en la oscuridad, trabajando enfrente de un ordenador. De pronto, recibo una llamada. ¡Oh, es mi padre! Bueno, contestaré a ver qué sucede. Al momento de atender la llamada, escucho cómo mi padre me empieza a gritar por ayuda, con demasiada ansiedad y desesperación, y me menciona el lugar en el que está. Escucho sus agitadas respiraciones, y de pronto una voz de fondo que dice:
—Te he encontrado…
Escucho una risa y más gritos, por lo que recojo mis llaves y conduzco lo más rápido posible. Llego al lugar y observo un cuerpo inmóvil. De pronto, una persona dice:
—Te encontré!
Abro los ojos y aún no termino este cuento. Al parecer me tomará algo más de tiempo. ¡Oh, es mi padre! Bueno, contestaré a ver qué sucede.

Alejandro Maximiliano Romero Lamas

Preparatoria Regional de El Salto

Flor Marina, el pez de Dios | Kevin Aldhair Cárdenas Gallegos. Preparatoria Regional de El Salto

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