Author Archive: Vaiven

Gloria

Rodrigo Qohelet Bernal Caballero

Preparatoria 9

“¿Falta algo en tu vida?”
Dictaba aquel pequeño folleto tirado por alguien más al suelo. En el estaban escritos números de teléfono y un salmo: “Colonenses 1:27. Cristo en ustedes, la esperanza de la gloria”.
¿Pero, realmente, que pueden ofrecer los números escritos?  ¿La fe me dará dinero?   ¿La fe me dará salud y seguridad?
Después de suspirar y un corto pensar, me decidí a tomar el folleto. En cuanto lo toqué, desaparecí de la faz de la tierra.
Quizás a aquellos catequéticos de fe les hacía falta un querubín que los protegiera, o algo que comer.

Desde temprana edad

Daniela Itzel Esparza Huerta

Preparatoria 19

Existió un niño demasiado pequeño e inocente, tal vez lo suficientemente puro para no entender por qué diferentes hombres, que nunca había visto en su corta vida, amanecían en su cama. 

La mejor prueba de amor| María Fernanda Soto Plascencia. Preparatoria Regional de el Salto

Besos de nuez

Sara Zuleyka Jiménez Terrones

Preparatoria 9

“¡Alan!, ¡Alan!, ¡Alan!”, escucho a mi familia gritar con desesperación mi nombre. Confundido, veo a mis hermanos cubrir las ventanas. Mi madre y mi padre tapan las puertas con tablas de madera y clavos, martillando cada vez más rápido. Temo que mi madre se rompa un dedo; nadie hace las galletas de nuez mejor que ella. ¿Qué haría mi madre con nueve dedos en lugar de diez? ¿Quién haría mis galletas preferidas? Se tardaría lo doble, si no es que una eternidad en prepararlas. Me pierdo unos segundos entre todo el caos, y de un momento a otro, me encuentro con mi familia, escondida toda debajo de las escaleras. “Debajo de las escaleras”, pienso. “Como Harry Potter”. Una risita sale de mi boca. Mi familia parece no entender el chiste, supongo que no es gracioso. Todos palidecen.
“Pronto se irá el asesino”, dice mi hermana menor. Pasan los segundos, los minutos, las horas, hasta que mi padre se levanta del hueco donde nos encontramos y, con manos temblorosas, abre poco a poco la puertita. Veo cómo la manecilla de color bronce se mancha del sudor de su mano. Nunca he visto a mi padre tan nervioso. Asoma la cabeza a ambos lados del pasillo, voltea a ver a mi madre y asiente con la cabeza. Poco a poco, nos vamos parando y salimos detrás de mi padre.
“Olvidé mi chaqueta en la sala”, pienso. Les digo a mis padres que me esperen en la puerta, que los alcanzo pronto. Están tan traumados por la situación que ni siquiera me contestan. Voy corriendo en busca de mi chaqueta, pero no se encuentra donde la dejé. Busco debajo de la mesa, pudo haber resbalado. Busco junto al sillón, pero tampoco se encuentra ahí. Como sea, es solo una tonta chaqueta. ¿Por qué me importa más mi chaqueta que la herida que tengo detrás de la cabeza? ¡La herida detrás de mi cabeza! Coloco la mano arriba de mi nuca, preparado para sentir la humedad asquerosa de mi sangre, pero está seco. No puede ser cierto, si hace rato estaba sangrando a montones. “¡Mamá!” “¡Papá!” No los veo esperando por mí en la entrada. Corro hacia la calle principal.
Veo unas luces rojas y azules, sé que son los oficiales. Mi padre habla con un oficial; sostiene una bolsa en la mano. Mis hermanos están dentro de una ambulancia siendo revisados por paramédicos. Escucho la voz de mi madre, su dulce y tierna voz, justo como las galletas de nuez.
“Sí, esa chaqueta es de mi hijo.” Sus lágrimas resbalan por sus mejillas.
Me acerco a ver dentro de la bolsa que sostiene el policía. Es mi chaqueta. Y yo también me encuentro adentro.
Ya han pasado nueve años y siempre me aseguro de regresar a la cocina de mi madre en vísperas de Año Nuevo. Espero que este año tenga suerte y logre volver a comer una de sus galletas.

El fantasma juega con la audiencia| Fátima Isabella Pedroza López. Preparatoria 9

Un trago de whisky

Cuando muera quiero un cóctel de su más fino whisky en las fauces del infierno, porque admito que no fui una persona formidable y mi vida está llena de pecados mortales. Pero, aunque fui un cabrón en vida, y en la muerte no busco remediarlo, a nadie se le niega un buen trago de alcohol. Después de todo, no hay mejor veneno que el que te mata lentamente sin que tú te des la menor cuenta. Entonces, amigos, permítanme brindar por las noches estrelladas, por el aire frío y los cielos grises antes de mi juicio final.
Yo mismo seré mi verdugo, y he de prometerme que no tendré misericordia conmigo, ya que no hay alma en esta tierra que me odie más que yo mismo. Así que les daré permiso para que rían y se diviertan cuando mi sentencia sea otorgada, porque es bien sabido que me merezco el peor de los males.

Daniela Carolina Aguirre Orozco

Preparatoria 5

Cuando

César Osvaldo Hernández Sánchez

Preparatoria 9

Cuando me muera, Dios del cielo, enterrado ante el desván de su mirada, no me parto al rayo porque me vea, sino porque lo siento, y cera quemante ante el rosario, casa de vidrio al álamo naciente, verde y talante al andar, convertido a la perpetuidad, porque destinado así es, el amor eterno a su sentir, aunque yo no sea para él, álamo en su jardín.

Los hijos de María Delgado

César Osvaldo Hernández Sánchez

Preparatoria 9

Después de la liturgia, destinado a escoger nueces, se estaciona entre la multitud una ambigüedad plateada, y al bajar tres personas y una sombra, mirando hacia la vaguedad gris de la estancia, vestidos a negro galante y María con peinado de rojo desvanecido, y como guardaespaldas sus hijos de cabello largo, miradas vacías y risas malvadas. Así son, así miran, hasta que eres blanco de su desdicha. Inoportuno momento para el todo. Correr es la viabilidad, y yo desvaneciente ante una bóveda resplandeciente. Los desconocidos se vuelven conocidos que nunca conocerás.

Ella

Alexia Valentina Aguirre Contreras

Preparatoria 9

Ella nunca me vio, pero yo estaba ahí. Miraba cómo le sonreía a aquellos libros en el alféizar de su ventana, cómo se delineaba los ojos y pasaba esa brocha que le pintaba las mejillas de rosado. Yo la veía a ella, veía su llanto en la noche. Nadie la merecía, solo yo quería y debía tenerla. Pero ella no me veía, no veía mis ojos brillando, consumiéndose en las llamas de la espera. Un día ella me vería, con esa sonrisa maniática, debajo de su lecho.

Melancolía| Cameron Stephanie Díaz Reyes. Preparatoria Regional de Tlajomulco de Zúñiga

No lo sabía

Daniela Itzel Esparza Huerta

Preparatoria 19

No tenía edad para saber qué sucedía. No tenía edad para saber qué era lo que me hacían. No tenía edad para saber qué satisfacción conseguían de mí. Mi única certeza era que miles de hombres se adjudicaban el derecho de ponerle precio a mi cuerpo infantil.

Tiempo

Carmen Irene Mercado Martínez

Preparatoria Regional de Etzatlán

“El pasado nos define, el presente nos juzga y el futuro nos condena», dijo antes de darse un tiro frente a mí.

El perfume

Carmen Irene Mercado Martínez

Preparatoria Regional de Etzatlán

>>La esencia es el perfume del alma<< decía mientras rociaba su dulce sangre sobre mi cuello.

Tres

Zayra Naomi Ramos Pineda

Preparatoria 9

Lleno mi cuerpo con dolor externo para quitar el dolor interno. Lleno mi mente con letras para evitar mis pensamientos. Lleno mi alma con risas fingidas para quitar el vacío interno. Cada día trato de llenarme, de suplir las palabras no dichas, las historias no contadas, las anécdotas perdidas. Uso mi cuerpo como lienzo, uso mis palabras como tinta y en mi mente guardo mi tristeza. Uso mis sonrisas como calidez, cuando en mi interior me congelo. Cada día que pasa me siento arder en el fuego de mis pensamientos, me siento presa de un sin fin de ideas con un final. ¿Será lo que pienso? Un final…
Saborear esas palabras, sentirlas, quieren salir y tener un cuerpo, pero yo solo les doy bocetos. Los intentos de antaño no funcionaron, pero lo intento. Con cada palabra hiriente, cada recuerdo doloroso, más arte en mis brazos, más dolor en mi pecho. Ese boceto va creciendo y creciendo. Crece tanto que casi está listo, pero algo lo detiene. Tal vez es el dolor que causaré, o el tiempo que perdí, los cabos sueltos que no quité, no lo sé.
Pero al darme cuenta que pasará, que mi ausencia desaparecerá con el tiempo, que mi dolor se irá, que no soy indispensable ni irremplazable, un brillo de determinación da vida al boceto: su primer latido real. Está vivo y no parará hasta conseguir su cometido. Quiero esto, mi final, un final en donde no habrá dolor ni amor, solo silencio. Acariciando el frasco, vago en mi pasado, en mi familia, en lo que pude haber logrado. Pero ya no más. Todo termina hoy. Siento el murmullo de la noche en mi cuello. Tomo el frasco y lo llevo a mi boca. No siento mi corazón acelerarse, él también quiere esto.

Todos los queremos, 1, 2, 3.

La profecía

Andrea Elizabeth Espín Freyssinier

Preparatoria 9

Sus pies no frenaron en ningún momento. No era consciente del tiempo; sin embargo, no se sentía cansada. Su mente trataba de entender lo que ocurría, se hacía preguntas, pero no las respondía. El cuerpo le temblaba, pero no sentía frío. Fue hasta que sus pies decidieron detenerse que miró a su alrededor por primera vez: un bosque oscuro, con ramas gruesas y altas, con un aire de misterio. El viento era fresco y tenía un ligero olor dulce, similar al de la calabaza. Dirigió su mirada al suelo y notó que había muchas setas. Estas eran de todos tamaños; algunas de ellas se encontraban pegadas al roble de los árboles. Aunque no las recordaba así, las setas eran brillantes, como bombillas de color amarillo. Era hermoso, a decir verdad. Raro y precioso. Los hongos formaban dos líneas paralelas, semejantes a las de una senda, así que decidió seguir el resplandor.
Mientras avanzaba, se percató de que el camino de hierba se convertía en uno de piedra. Alzó su mirada y encontró una casa; era pequeña, de madera y estaba llena de plantas. Unas cuantas linternas colgaban del techo, lo que la hacían muy bonita. Al verla, un sentimiento de ansiedad alteró su pecho. Se preguntó lo que podría encontrar ahí.  Rosen le había explicado que al ingresar encontraría las respuestas que tanto buscaba. Inhaló aire y lo dejó ir mientras giraba la manija.
Se llevó una decepción. Esperaba encontrarse con algún espejo o portal que la ayudara, pues después de saber que estaba muerta, ya nada la sorprendería. Pero el interior era igual de pequeño que el exterior: había una diminuta sala con muebles antiguos y unos cuantos libros regados. Tomó uno de ellos entre sus manos. Mientras los hojeaba, descubrió que era un libro de poemas románticos. Todo ahí estaba normal, solo que algo no le cuadraba. El lugar daba la sensación de que alguien viviese ahí: la chimenea estaba encendida y en la estufa había una tetera de cristal hirviendo con unas cuantas plantas dentro.
Luego lo pudo sentir: alguien la miraba. No podía saber desde dónde. No alcanzaba a distinguir qué era, pero definitivamente alguien la miraba. De pronto, un joven alto y delgado se posó frente a ella. Miró su rostro con temor. Había algo en sus peculiares ojos, una mirada felina y sus iris de un leve color violeta. Sus pupilas se encontraban levemente dilatadas, creándole un aspecto atrayente.
Pasaron minutos de silencio hasta que una flama refulgente los interrumpió. Estos la miraron hasta que se extinguió en el suelo.  Se sorprendió al ver que cada vez caían más de esos pétalos llameantes. Los ojos de Leah Glowcut brillaron a la luz de los pétalos.
Todo comenzó a temblar. Leah y el chico compartieron la mirada preocupados. De pronto, el suelo de madera estalló, haciéndolos caer, y de entre los escombros surgió una mujer, cubierta con un velo manchado y rasgado. Con una mano, de cuyos dedos salía un líquido negro y espeso, apuntó a la chica. Su voz áspera relató unas palabras:

En busca del alma del héroe perdido
La luz del cielo entre las sombras se alzará
Y la campeona de la muerte será
Ríos negros bañarán la tierra
Sus vidas preservarán o azotarán.

Al terminar sus palabras, cientos de manos la cubrieron, jalándola hacia las profundidades de la tierra. Ella daba gritos de dolor.
El joven se levantó rápidamente, como si el golpe no le hubiera dolido. Hizo unos movimientos con su mano e hizo aparecer un pergamino y una pluma. Luego, garabateó en el papel y se lo dio a leer a Leah.
Entiendo tu miedo y las preguntas que rondan por tu mente. Lamentablemente no tengo la capacidad de responderlas con mi propia voz; soy mudo. Vidrich Moonforgefull es mi nombre. Soy el guía de los difuntos y el dios de los recuerdos; tal parece que lo que acaba de suceder está unido a ti.
—¿Yo? —se señaló incrédula. Le resultaba sorprendente que existiera un dios que no pudiera hablar—. Solo vengo a recuperar mis recuerdos, no tengo nada que ver en ello. Tengo dos días de haber muerto.
Vidrich soltó un bufido de enfado. Volvió a escribir.
El tiempo en el mundo de los muertos se maneja diferente al que estabas acostumbrada mientras vivías. Cada vez que duermes, el tiempo avanza más rápido. Puedes estar en otoño, pero si cierras los ojos, ya es invierno. Llevas dos meses de haber dejado el mundo de los vivos.
La mujer que vimos es la recitadora de las profecías. Y nos acaba de dar una profecía en la que estás involucrada, para bien o para mal, nunca se sabe. Tienes que venir conmigo, mi mundo está en peligro. Tenemos que remediar esto antes de que se haga un desastre.

Conforme leía las palabras, un nudo se creó en su garganta. Ni en la muerte podía estar tranquila. Abstracta en sus pensamientos, Vidrich le volvió a escribir: solo sigue tus propios instintos, yo te guiaré mientras siga estando aquí. ¿Aceptas?

El reino del Yin y el Yang| Ana Karen García Robles. Preparatoria 15

La carta

Samaria de la Luz Reyes Suazzo

Preparatoria 19

Querida hermana:

Has crecido bien. Estoy orgulloso de la mujer en la que te has convertido. Me lleno de alegría cuando pienso en lo lejos que has llegado. Ahora eres una periodista increíble que está dispuesta a luchar hasta el final y contra todo para que se haga justicia. Eres la voz de las personas que han obligado a callar con sangre. No puedo evitar sonreír cuando me hablan de ti, cuando me cuentan lo que has hecho para defender a las víctimas inocentes. Pero hay algo que no me agrada y es que no te importa morir en el intento. Me gustaría que valores más tu vida, y que alejes los pensamientos tan desagradables sobre ti misma. No te subestimes. Eres una persona generosa y amable, inteligente y trabajadora. No necesitas que te diga que vas por un buen camino.
Debo admitir que parte del motivo por el que te escribo es para reclamarte. ¿Por qué dices que no te escucho? ¿Por qué dices ser una molestia para mí? Si supieras que estoy aquí a tu lado, si tan solo pudieras verme…
Todas las noches escucho sin falta tus monólogos, tus risas, tus llantos, tus rezos. Incluso me he vuelto tu fan número uno. Nunca me pierdo ninguno de tus cuentos ni artículos. Soy quien hace los coros cuando cantas y quien te acompaña cuando bailas. A veces me escuchas, me sientes, pero lo ignoras o justificas con argumentos lógicos. ¿Acaso yo te enseñé a ser de mente cerrada? Claro que no. Tú y yo éramos los mejores investigadores de casos paranormales. ¿Recuerdas aquella vez cuando se cayó una taza en la cocina? Estábamos solos. Papá y mamá habían salido; nunca volvimos a quedarnos solos en casa.
Solías tener muchas pesadillas que te atormentaban al punto de romper en llanto. Entrabas a mi habitación y me abrazabas fuerte por la espalda, susurrabas casi sin voz: “el monstruo volvió”. En esos instantes, la preocupación me embargaba. Era tan frustrante el no saber cómo ayudarte. No podía consolarte diciendo que había sido solo un sueño porque estaba claro que para ti había sido más que eso. Ahora esa pequeña, desconsolada y vulnerable, se esconde dentro del cuerpo de una mujer segura que por las noches la deja salir y la fuerza a revivir aquella depresión. Cada uno de los acontecimientos se repiten en tu mente como la primera vez: mi desaparición, la búsqueda, la morgue, los juicios interminables contra los militares involucrados, las burlas, el ataúd rodeado de rosas blancas y los crueles comentarios de las personas. Yo también lo recuerdo tan bien como tú. Ese día, al sentir los disparos impactar contra mi cuerpo, pensé en ti, en mis padres y en lo destrozados que estarían al enterarse de mi pérdida. La desesperación me invadía y me pedía que corriera lejos, que me ocultara o que los enfrentara, pero mis piernas ya no respondían. Entonces, el soldado había jalado el gatillo por última vez y el dolor había desaparecido. Comprendí entonces que para mí había sido el final del camino. Pero para ustedes continuaba.
Fue difícil ver tu proceso de duelo; tenías solo cinco años y ya comenzabas a perder las ganas de seguir viviendo. En la morgue te aferraste a mi frío cuerpo flagelado mientras yo observaba sin poder hacer nada. Te negabas a soltarme e irte sin mí. En tus gritos me rogabas que despertara. Estos aún retumban vívidos en mis recuerdos. Sentí cómo parte de ti se había desprendido y comenzaba a pudrirse junto a mi cuerpo. Permaneciste así por una hora hasta que el forense te alejó.
Creí que al crecer olvidarías lo ocurrido y continuarías tu vida como si yo nunca hubiera existido, pero ha sido todo lo contrario. La culpa me carcome cuando te veo a ti y a mis padres llorar, también cuando pronuncian mi nombre con ese dejo de melancolía. Pero, aunque para mis padres ha sido difícil y doloroso, no dejan de sonreír. Quiero que tú también lo hagas, hermana. No vivas maldiciendo a las personas que me asesinaron. No guardes rencor contra los soldados y policías por culpa de unos cuantos. Mejor disfruta y libera esa respiración de tu pecho. Yo ya los perdoné, ahora te toca a ti hacerlo.
No preocupes más a mamá. Come todo lo que te ponga en el plato, dale tantos abrazos como puedas, habla con mi padre sobre el periódico. Puede que yo ya no esté, pero ellos siguen contigo. No esperes a que ellos falten para amarlos. Ahora me tengo que despedir y me iré esperando una respuesta de tu parte. Te amo con cada partícula de mi alma y eso nunca cambiará, hermana. Cuando me extrañes, sal al balcón y mira al cielo. Habla conmigo, que yo te escucharé. Cuando la brisa te acaricie, piensa que soy yo abrazándote.

P.D. Nunca te olvides del Joel alegre de veintitrés años, porque ese mismo Joel espera a su hermanita y a sus padres con los brazos abiertos en el jardín del Edén.

Meridian| César Osvaldo Hernández Sánchez. Preparatoria 9

CAMILA

María Guadalupe Cruz Esqueda

Preparatoria 5

Mis ojos recorren ambos lados de la avenida mientras espero el momento indicado para cruzar. El color rojo del semáforo se activa invitándome a continuar con mi paseo, mas los autos no se detienen. ¿Debería cruzar de todas maneras?
Vuelvo a inspeccionar ambos lados y levanto mi pie izquierdo, dispuesta a continuar con mi caminata. “¡NO!”, grita mi subconsciente y me detengo.
Un auto negro pasa delante de mí y hace sonar su claxon.
—¡Fíjate, loca! —gritan desde el interior y enfurezco.
—¡Está en rojo! —grito de regreso y señalo el semáforo en verde.
—¿Qué? —murmuro.
Observo cómo el pequeño círculo verdoso se burla de mí y mi ánimo decae.
Esta no soy yo. suspiro y vuelvo a esperar. Un minuto, diez minutos, una hora, el color verde no abandona el semáforo y me rindo. Mi pie izquierdo se levanta de nuevo, se coloca delante de mi pie derecho y repito la misma acción una y otra vez hasta que se me es permitido.
El color verde al fin abandona el semáforo y sonrío. El color rojo me cubre por completo, las luces de la ciudad se apagan y todo queda oscuro, se ha ido la luz.

Noche Degollado| Valeria Jazmín Sandoval González. Preparatoria 3

El gran autor

Érick Michel Chávez Núñez

Preparatoria 19


1 Nobel de literatura
3 Alfaguara
6 cervantes


Miles de fans alrededor del mundo amando cada una de sus macabras historias, que dejaban sin habla hasta al más valiente, periodistas intentando saber más de su vida, que era casi un misterio. El autor solo sonreía y soltaba la misma frase: “en mi mente albergan las historias más recónditas pues soy un prodigio”. Lo que nadie sabía era que detrás de esa gran imagen se escondía un terrible secreto; para ser más específicos, un secreto andante, escondido en el sótano de su bella mansión, al cual en este preciso momento está alimentando, pues necesita una historia más, un libro más.

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