El maizal
junio 25th, 2026
Vanessa Lizeth Ortiz Robles
Preparatoria 15
Cuando regresé a la granja de mi abuelo no sentía miedo, la verdad solo quería vender el lugar y ya. Desde que él murió, nadie más había vivido ahí y el terreno estaba medio abandonado.
La primera noche fue rara, pero no pasó nada grave, lo único extraño era el silencio. En la ciudad siempre hay ruido, pero ahí no se escuchaba nada, solo el sonido del maíz moviéndose con el viento. Era como si las hojas se movieran todo el tiempo, aunque no hubiera viento.
Esa noche escuché un silbido, pensé que fue mi imaginación. Fue un sonido largo, bajito, como cuando alguien intenta silbar pero no le sale bien. Me quedé quieto y en silencio esperando que se repitiera, pero ya no se volvió a escuchar nada más.
Al día siguiente fui al maizal, las plantas estaban más altas de lo normal, casi me tapaban la vista. Caminando empecé a sentir algo raro, era una sensación como si alguien me estuviera observando; se que suena raro y exagerado, pero era una sensación muy clara.
Entonces lo escuché otra vez, el silbido de aquella noche, pero esta vez sonó más cerca. Me detuve y volteé rápido, pero no había nadie. Ni siquiera viento, todo estaba demasiado quieto. Intenté convencerme de que solo me estaba sugestionando. La gente del pueblo siempre decía que esa tierra era “extraña”, pero yo nunca creí eso.
Esa noche soñé con mi abuelo; estaba parado en medio del maíz, de espaldas. Yo le hablaba pero no contestaba y cuando intentaba acercarme, las plantas crecían entre nosotros y no me dejaban llegar. Desperté sudando, fue ahí cuando escuché mi nombre, no fue tan fuerte, fue casi un susurro. No quise ni pensarlo. Me levanté y revisé toda la casa; no había nadie. En los días siguientes, todo empeoró. El silbido ya no era solo un sonido cualquiera. Empezó a tener ritmo. Empezó a sonar… igual que mi respiración. Cuando yo respiraba rápido, el silbido también, cuando intentaba contener el aire, el sonido se detenía. Fue cuando entendí algo que me dio más miedo que cualquier cosa: no me estaba llamando, me estaba copiando.
Una tarde encontré un espantapájaros en medio del maizal. No recordaba haberlo visto antes, tenía ropa vieja y cuando me acerqué, sentí que algo estaba mal. Di la vuelta para regresar a la casa y justo en ese momento escuché el silbido detrás de mí. Cuando volteé otra vez, el espantapájaros estaba ligeramente inclinado hacia mi lado, como si me estuviera mirando. Esa noche no dormí, a las 3 de la mañana el silbido comenzó a sonar dentro de la casa, lento, imperfecto… como si alguien estuviera aprendiendo a usar una voz. Salí corriendo hacia el maizal sin pensar. Sentía que si me quedaba ahí me iba a volver loco. Las plantas se movían aunque no había viento y todas parecían apuntar hacía el centro. Cuando volví, lo vi. Había otro espantapájaros. Con mi chamarra, con mi estatura, con mi cara, tenía los ojos cerrados, el silbido salía de su boca. Intenté gritar, pero no pude. Sentí que me faltaba el aire, como si algo me lo estuviera quitando poco a poco. Todo el maíz empezó a moverse al mismo tiempo, como si respirara. Y por primera vez entendí que la granja nunca estuvo vacía; algo estaba ahí, esperando aprender de mí. No sé cuánto tiempo pasó después de eso, solo sé que ahora el maizal se ve más alto y que en el centro hay un espantapájaros nuevo, con los ojos abiertos.