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Descenso de Orfeo

(Inspirado en una historia mitológica griega)

Descendí.

No como héroe ni como dios, sino como eco de un grito ahogado. Las piedras del mundo superior aún conservaban la forma de sus pies descalzos, y sin embargo, ella ya no era de este mundo. Bajé con la música temblando en las manos, como si cada cuerda de mi lira fuera una vena abierta, sangrando notas que solo los muertos entienden.

El camino se tragaba la luz. Las sombras se espesaban como cenizas húmedas, y a cada paso, el aire se volvía menos aire, más recuerdo. No temía al horror del Hades, sino al silencio. Al silencio absoluto de un nombre que ya no respondía. Eurídice. La pronuncié como un rezo, como una maldición, como si mi voz pudiera alcanzar los oídos del abismo.

Los jueces me miraron con ojos sin pupilas, sin juicio. Mi canto los tocó no en la mente, sino en la memoria. Recordaron, tal vez, algo que alguna vez amaron. Y bajé más.

Caronte no habló. Sólo extendió su mano seca como la rama de un árbol muerto, y mi canción pagó el precio que el oro no puede: una lágrima petrificada, la promesa de no volver sin ella, o no volver jamás.

Frente al trono de Hades y Perséfone, no supliqué con palabras. Les ofrecí la verdad desnuda: mi alma hecha sonido. Les mostré mi dolor sin ira, mi amor sin tiempo. Cada nota de mi canto era un paso de ella en la hierba, una risa entre los árboles, el calor de sus dedos entre los míos antes del frío eterno. Canté la vida que me robaron, y la que seguiría robada sin ella.

Y Hades, el implacable, parpadeó en su trono de sombra. Perséfone bajó la mirada. El Inframundo contuvo el aliento. Porque incluso la muerte debe inclinarse ante la belleza del amor cuando es verdadero, cuando arde sin esperanza y aun así canta.

Me la devolvieron.

Pero con una condición: no mirar atrás. No mirar atrás. ¿Cómo no mirar atrás, cuando todo lo que eres va detrás de ti? ¿Cómo confiar en el milagro cuando has caminado con la desesperación como única compañía?

La tragedia no fue la pérdida. Fue el amor que no supo esperar un paso más. Fue el mirar, trágico mirar, que convirtió la esperanza en polvo.

Yo descendí al infierno por amor. Y regresé solo con el eco de su paso detrás de mí.

Arisdelsy Ayelen Jasso Dueñas
Preparatoria Regional de San Juan de los Lagos

Pesadillas en carne viva
Elizabeth Leal Lucatero
Preparatoria Regional de El Salto