Category Archive: Redecuentos

Caída

Tree girl │Francia Yaneli Quezada Miranda, Preparatoria Regional de El Salto

Tree girl │Francia Yaneli Quezada Miranda, Preparatoria Regional de El Salto

Es curioso cómo algunas personas creen que la vida está llena de casualidades, yo difiero en ello. Siempre he sido fiel a la idea de que todo pasa por alguna razón, desde que en este mismo momento esté caminando por la calle de la iglesia hasta por qué el crepúsculo se ve más apagado que de costumbre.
Ahora que lo pienso, me cuestiono si los más mínimos detalles influyeron en el destino de las cosas, si me hubiera puesto el suéter gris en lugar de buscar la chaqueta negra ¿alteraría lo que ha pasado este día? O tal vez si hubiera salido tres minutos tarde de mi casa a la escuela, no hubiera encontrado a mi madre que me recordó la llamada de mi tía para pedirle permiso de que yo fuera a ayudarle por la tarde.
Voy camino a la florería a comprar crisantemos blancos que mi tía me ha encargado para adornar la casa. Llego a la florería y me atiende una mujer de entre cuarenta y cinco y cincuenta años, algo descuidada y malhumorada. Pregunto por el precio de los crisantemos blancos. “A setenta la docena”, me responde la florista. Me parece caro, así que regateo el precio poniendo como excusa que sólo tengo sesenta pesos. La florista accede, pido que me reparta la docena en dos ramos, mientras espero, escucho en el fondo de aquel local de flores el sonido de una televisión encendida y comienzo a observar el lugar tan viejo, sucio y que tiene un aire anticuado.
El olor a flores, pino y madera, se percibe al instante, tan fresco y agradable al olfato y drástico a la vista. La mujer que arregla los ramos, toma las delicadas flores con rudeza, las zangolotea y acomoda con una rama de pino y esas florecillas que son una especie de margaritas pequeñas, las junta y las aprieta, quita los pétalos marchitos de los crisantemos y corta sus tallos sin piedad ni remordimiento para lograr que tengan el mismo tamaño. En ese momento logro percibir el dolor en ellas, que han pasado de un estado de pasajera tranquilidad descansando en aquella cubeta con agua a la violencia de las manos de la mujer.
Veo las luces de los automóviles que pasan por la avenida y las confundo con animales, niños y personas adultas que van corriendo por entre los autos siendo alcanzados por éstos y desapareciendo de mi vista, supongo que con un final no muy grato, con un trágico final.
Todo esto me hace recordar a aquel hombre que en un descuido, en unos segundos, perdió la vida mientras bajaba una campana de la torre de la iglesia cuando cayó ante la vista de decenas de curiosos que miraban el acto. Ahora puedo recordarlo muy bien y tengo fija en mi mente aquella tan desastrosa imagen. Recuerdo su sangre en el pavimento, tan roja como las rosas de la florería, su cuerpo inerte ante la muchedumbre morbosa como aquellos tallos y pétalos regados sobre el piso de aquel local en el que alguna vez, no hace mucho, compré crisantemos blancos.
La orilla de la acera es tan pequeña, otra vez los niños y los perros, otra vez las mujeres, los obreros, hay una fuerza afuera que me atrae, que me pide correr, que me vuelve una de esas sombras que se desplazan entre las luces, hacen parecer fácil el cruce. Hay algo que los dibuja tranquilos, una paz que me llama, como una especie de libertad. De pronto parece que se elevan y desaparecen, flotan un momento, se van y vuelven otra vez, como en círculo. Se van en la dirección de los coches, ¿se van con ellos?, ¿a dónde van? Me miran y me invitan. Quiero moverme pero esta realidad me lo impide, mis piernas me lo recuerdan, fijas en la banqueta. En medio de la calle está todo: mis miedos, mi libertad, mi seguridad.
El sonido y el viento de los automóviles en mi cara, aquellas voces casi mudas confundiéndome, que me incitan a formar parte de su élite. La lucha prevalece contra lo estático de mis pies, hasta que en un descuido logro liberar el movimiento y doy pasos seguros en línea recta.

Karen Joceline González Ríos
Preparatoria 12

Migración en solitario

Hermosa agonía │Alberto Onofre Rodríguez, Preparatoria 20.

Hermosa agonía │Alberto Onofre Rodríguez, Preparatoria 20.

La pequeña corría tan rápido como sus cortas piernas le permitían. Su mirada brillaba de inseguridad y de miedo. En su espalda una mochila de nueve kilos la retrasaba, su piel morena se escondía detrás de una capa de polvo y sus cabellos largos recogidos en una coleta se balanceaban en cada paso. Un hombre la tomó del brazo y la subió a la “bestia”. Sentada en un lugar “seguro” comenzó a llorar, no conocía a ninguna de las personas que la rodeaban. El viento la sacudía, la noche estaba comenzando. Sus pies dolían, tenía hambre y sed, estaba cansada, cuántos días no había podido dormir con tranquilidad. Tanto dolor y sacrificio para una meta: estar con su madre de nuevo.

Jéssica Xitlalli Rayas de la Rosa
Preparatoria Regional de Autlán de Navarro

Sin título

Placer en la habitación, calor humano, caricias, manos recorriendo cuerpos, él desearía no hacerlo, el placer le gana. Un cuerpo de mujer a su lado, recuerdo de tantas noches, es tan parecido al de su esposa. La está atormentando, ella grita de dolor: “¡Papá, por favor no lo hagas!”.

Cinthya García Cortés
Preparatoria 20

Precio

Quédate. Intentémoslo de nuevo. Sé que puedo mejorar. Por favor no me dejes. Tu compañía me conforta, me da el calor que a mi alma conserva. Sin ti envejezco, mi cuerpo se muere poco a poco. ¡No, quédate conmigo! No le importó. Cuanto más se acercaba Lucas, la soledad se alejaba más.

Karen Joceline Gonzálezs Ríos
Preparatoria 12

El genio

Hello!│Diego Guadalupe Pérez Vallejo, Preparatoria 20

Hello!│Diego Guadalupe Pérez Vallejo, Preparatoria 20

Frente a él flota una lámpara mágica de plata y la toma. Sus dedos rozan con el frío contorno y en el acto aparece un genio de aspecto áspero con luces de colores a su alrededor.
─Te concederé un deseo ─le dice.
─¿Sólo uno?
─Sí, sólo uno. Piénsalo muy bien. ¿Quieres dinero, fama, belleza?
─¡Deseo ser libre! ─dice el otro.
Al instante, despierta y se ve rodeado de un metal inmenso y sin salida alguna. Comprende, decepcionado, haber soñado de nuevo. Y en su delirio con la soledad, espera a que algún individuo por fin logre frotar la lámpara.

Sergio Alejandro Padilla Nava
Preparatoria 12

¡Cuidado!

Desperté. Encendí la lámpara y miré a mi alrededor. Todo parecía normal. Traté de dormir de nuevo, pero mis sentidos ya se habían aguzado. Apesadumbrado, me levanté de la cama y al oír el crujir de los resortes, me detuve con el corazón latiendo a gran velocidad.
─¡Salga con las manos en alto, ya lo descubrí! ─exclamé a pesar de saber que no había nadie más. Grande fue mi sorpresa cuando escuché la voz de un hombre que decía:
─¡Cuidado!
Presa del enojo y creyendo que había entrado un ladrón a mi casa, corrí hacia el sillón y lo deslicé, pero al hacerlo sentí un gran dolor que me hizo cerrar los ojos. Al abrirlos descubrí que estaba en la estación del tren y el sol resplandeciente me cegaba. Frente a mí había un hombre que me miraba fijamente. Traté de decir algo, pero antes de poder siquiera hablar, espumarajos salieron de mi boca.
Lo último que vi antes de morir, fue aquel hombre que con voz risueña decía:
─¡Cuidado!

Delia Noemí Siordia Navarro
Preparatoria 4

Una brecha impostergable entre la necesidad y el deseo

La satisfacción humana, a veces limitada a la simple elección de una condición, una forma de ser o la simple apariencia bajo la cual nos mostramos, en ocasiones representa esa brecha impostergable entre la necesidad y el deseo. Esta pulsión entre la compensación de algo que carecemos y la búsqueda de algo por descubrir, la mayoría de las veces encuentra su realización mediante la posesión de un objeto. Esta posesión por pequeña que sea, se vuelve única cuando representa nuestro objeto de deseo. En este objeto, es posible articular todas las dimensiones de nuestros sentimientos y emociones. Podemos encontrar sueños hechos realidad o restaurar nuestro pasado perdido.

¿Quién no ha tenido la sensación de que todas las cosas que usa son prescindibles, pero que siempre hay algo único que necesitamos llevar siempre para ser nosotros mismos? A veces son un par de zapatos, un sombrero, una diadema o algo más sutil, algo invisible pero evidente, algo que sólo puedes mirar a través de los “Ojos de pantera”, como nos relata Andrea Mariam Oropeza. Un pequeñísimo objeto que en el bolsillo se vuelve un secreto, pero en los labios se vuelve la sensación de completa libertad para su nuevo dueño.

Y ya que hablamos de secretos, ¿cómo preservar nuestras palabras más allá de la muerte para que se alejen de nuestra conciencia? A veces los secretos nos reducen a la simple condición de culpa y es necesaria una confesión para librar nuestra batalla personal. Pero si no confiamos en el confesor ¿qué nos queda? En ocasiones no basta con pronunciar el secreto y dejar que se desvanezca con el viento, quizá porque se trata de palabras muy oscuras. ¿Y si esas palabras representan la vida de alguien más que desapareció entre cenizas y tierra seca? Contra el desvanecimiento de las palabras, una carta puede ser la respuesta para dar testimonio de aquello que se consumió en sus propias llamas como nos relata Mario Balam en “El venado más hermoso”.

A veces el pasado nos cobra la factura con ironía. No siempre es posible alejarse de lo que alguna vez fuimos o de aquello que el destino nos ha planteado en el derrotero de nuestras decisiones. Lo que determina la persona que somos, son nuestros actos. ¿Qué pasa con los actos de un mago que nunca creyó en su magia? Tal como nos cuenta Rocío Guadalupe Álvarez Leyva, la magia de todo buen truco reside en la inocencia de nuestro espectador.

Dios y el Diablo tienen una disputa. Todos conocemos la justicia del Creador, pero siempre habrá que creerle al dicho popular “más sabe el Diablo por viejo que por diablo”, y más si involucra a la clase política, como en el cuento “La silla presidencial”, de David Amadeo Jacohinde Corona. Por último, hay veces que nos enamoramos irreflexivamente, como en el cuento “Un café”, de Luis Enrique Solorio Salazar, que teje la vena erótico-fetichista.

En estos cinco relatos que nos ofrece el vaivén literario, descubriremos la intimidad de los personajes en distintos senderos, quizá todos ellos cobijados por la sombra de la culpa, contraída por tener una preferencia contraria a lo socialmente aceptado, exonerada al confesarla en el anonimato de una carta o lavada por la ironía del destino.

Fernando Toriz*

*Fernando Toriz (Guadalajara, 1973) es narrador y poeta. Obtuvo el grado de maestro en Gestión y Desarrollo Cultural.
Actualmente es coordinador de eventos culturales de la Libería José Luis Martínez del Fondo de Cultura Económica (FCE) en Guadalajara.

Ojos de pantera

La pantalla del celular dio la alarma, una melodía empezó a sonar, me decía que eran las 7:40 amna delicada silueta se movió de la cama, un poco torpe a esas horas, la seguí con la mirada.

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El venado más hermoso

Esta carta en verdad no va dirigida a nadie. No espero que sea leída. La escribo porque quiero, para que el olvido la carcoma y las cenizas la entierren.

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El mejor truco de magia

Esa pequeña niña de siete años, la más hermosa que jamás había visto, estaba llorando en un centro comercial. Cuando me acerqué, ella me vio y nos sonreímos.

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La Silla Presidencial

Dios mandó a un ángel. El diablo no mandó a nadie. Fue, como siempre hace en estos casos, él mismo a encargarse del asunto.

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Un café

Traté de encontrarla entre las sábanas, sentirla triste, incompleta, taciturna, porque es un día sin sol, y ella despierta así en esos días.

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