Un nuevo asesino serial en mi ciudad no era nada nuevo, con la mala suerte que siempre tengo no era de extrañarse que cosas así pasen justo donde yo vivo. Tan solo la semana pasada rompí con mi novio, mi mejor amiga no me contestaba los mensajes —sus razones tendrá—, y tuve que poner a dormir a mi gato, ¡mi gato! Solo por una enfermedad muy rara que ni me molesté en aprender su nombre, ¿para que quería más recuerdos de la muerte de mi mejor amigo? Todo esto era tan inaceptable… eso es lo que pensaba mientras esperaba a que el autobús que me llevaría a mi casa llegara, pero claro, iba tarde, no sé porqué me sorprende. Las noticias sonaban en mis auriculares mientras yo hundía el pie en un gran charco de lluvia, quería cruzar la calle e ir a la gasolinera de enfrente a comprar cualquier cosa que me alcanzara con un par de monedas, tal vez un chocolate, eso me ayudaría a olvidarme de mi realidad, tenía el cerebro tan adormilado que por poco y me atropellan, por poco, por que un chico me dio un tirón del suéter y me hizo dar un paso hacía atrás.
Tuve el impulso de ofenderlo, siendo sincera. No me gustan los sobresaltos, pero ese me salvó la vida —mi suerte estaba cambiando—, y para mi sorpresa, ese chico era muy atractivo.
—Deberías ver mejor por donde caminas, llego unos segundos tarde y solo te hubiera visto en las noticias —comentó, supongo yo que intentando bromear, me quite un audífono para agradecerle.
—Gracias, estoy muy distraída hoy, no sé que me…
—¿Pasa? Tranquila, deben ser los efectos de vivir en la peor ciudad al norte de nuestro país —hizo una pausa para sonreír ligeramente, y casi me derrito—. ¿Te parece si aceptas salir por un café conmigo, para compensar mi gran ayuda?
Me reí, volteando los ojos como si aquella idea me molestara, pero no, ni un poquito, solo no iba a dejar que lo viera tan evidentemente.
—Claro, claro, como ya te conozco de toda la vida —respondí, con el mismo tono de seriedad y burla al mismo tiempo.
—Vamos, ni que fuera ningún secuestrador o asesino serial.
Abrí la boca, para hablar o reír cuando escuché eso, por que claro, en una ciudad donde SÍ había un asesino serial, esa era claramente la mejor forma de ligar o coquetear con alguien a quien literalmente acabas de conocer —nótese el sarcasmo—.
—Voy a fingir que no acabas de decir eso.
Me miró confundido, pero después de unos segundos, pareció recordar lo que cualquier persona con televisión habría oído ya en la ciudad.
—Claro, ya, mi error, perdón.
—Fue un error muy grande, a decir verdad, sabiendo que «El payaso» está ahí afuera, al acecho.
—¿Lo nombraron «El payaso»? —parecía intrigado con la idea de una forma extraña, a la que no le presté atención.
—Sí, por que todas sus víctimas aparecen muertas, maquilladas y vestidas de payaso, si no ocurriera justo en esta ciudad sería un buen tema para un podcast —comenté, por que amo los podcast de asesinos seriales, lo que después de un rato de platica le dije con harto entusiasmo.
—Claro que los amas Graciela, con ese estilo tuyo que tienes, te ves deslumbrante y misteriosa —di una pequeña vuelta, era verdad, tengo un gran estilo.
—Bueno, tal vez acepte ir por ese café, pero no hoy. ¿Qué te parece si me das tu número telefónico…? —me volteé un poco para sacar mi celular, y caí en cuenta de algo que me puso la sangre helada en un instante. Yo nunca le dije mi nombre.
En cuestión de segundos ya tenía una jeringa en mi cuello, él supo que noté ese detalle, y no perdió el tiempo peleando conmigo. Todo se desvaneció a mis alrededores, mis movimientos se sintieron pesados y lentos hasta que caí al suelo.
Esta debería ser una historia de cómo sobreviví a un asesino, pero no lo es, yo terminé exactamente como las demás, vestida como una payasa, mi maquillaje amarillo con soles en los ojos, pupilentes azules, y dos trenzas cayendo por mis hombros. La policía me encontró, y nunca sabré si mi crimen, y el de las demás víctimas, fue resuelto, pero al menos ahora sé porque mi mejor amiga no contestaba mis mensajes, porque su cuerpo yacía a mí lado.
Izabella Scarlett Anzaldo Benitez
Preparatoria 3