Category Archive: Redecuentos

La oportunidad perfecta

El hombre se levantó por los ladridos desesperados de su perro; Alguien había entrado a su rancho.

Sacó su arma debajo de la almohada pero se le cayó a los pies de su mujer que acababa de salir del baño.

—¿Por qué te quedas parada como estúpida? ¡Pásame la maldita arma!

Gritó enfadado. Ella la tomó y la extendió hacia él.

No sabía muy bien lo que pasaba, siempre fue algo tonta o al menos cada vez que su marido la golpeaba le decía eso. Pero sí sabía que una cosa. En este pueblo y bajo estas condiciones…nadie cuestiona a la viuda.

Ytzel Estrada Flores
Preparatoria 8

Renacer
Jazmin Estefania Barajas Gómez
Preparatoria Regional de El Salto

Borderline

Fue un día terrible desde el momento en el que me desperté, todo me salió mal, llegué tarde y casi me corrieron de mi trabajo, pero al entrar a mi casa y recordar a mi hija y a mi esposa preparando la cena, hizo que me relajara y olvidara de todo, hasta de mi medicamento; el recuerdo se fue, vi la sangre de mis dos amores que corrían por mis manos.

Alondra Saray Tadeo Flores
Preparatoria Regional de Tlajomulco de Zúñiga, Módulo Cajititlán

La chica más linda de la morgue
María Isabel Alejo López
Preparatoria de Jalisco

Costumbres

“A trabajar entro como a las 6 de la mañana”, “Pero me voy desde las 4 de mi casa”, “Me levanto a las 3 de la mañana”, “Pues suelo dormir como a las 12 de la noche”, “Salgo a las 9, pero en lo que llegó se hacen las 11”. Así fue la vida de mamá cuando tenía veinte años, o eso me cuentan. No alcancé a conocerla. Cuando nací, al día siguiente ella ya estaba trabajando. Me dejó con mi abuela, y a los tres días de parir se murió de un paro cardíaco en el trabajo. Todo el mundo decía que era su culpa, que debió de tomar más descansos o cambiarse de empleo , pero ella no quería: “Estaba como poseída, para lo único que vivía era para trabajar. Yo digo que era la costumbre, así les pasa a los que la necesidad los llevó a trabajar desde niños” eso decía mi abuela. Trabajar tanto y darle su vida a esa empresa no le sirvió de nada, no respetaron el seguro de vida, ni sus prestaciones, ni siquiera el paquete de gastos funerarios que otorgan a sus empleados más leales. “No tenía ganas de andar peleando, estabas recién nacido y mi hija muerta. Lo que menos quise fue matarme la cabeza con esos cabrones malagradecidos”. Dicen que ya cerró la empresa, que entró en quiebra y el dueño se suicidó. Yo esperaba que así fuera, que por fin todos esos cerdos se matarán y la clase trabajadora se alzara, que sin miedo alguno pudiéramos pedir nuestros derechos y no sentirnos atados a la costumbre del trabajo. Siempre se me vienen a la mente pensamientos así, cuando estoy comiendo mi pan con café, en mis 5 minutos de descanso, antes de entrar al trabajo.

Brisa Abril Sosa Ortega
Preparatoria 8

Inseguridad
Humberto Guadalupe Cortés Reyes
Preparatoria Regional de Tlajomulco
Módulo Cajititlán

¡Qué grosero eres, Marcel!

Marcel regresó tarde a casa de nuevo, esto se hizo algo común en él, era la octava vez en un lapso de dos meses que lo hacía, lo curioso es que siempre, en este día, regresaba con una bolsa de basura muy grande y pesada. Siempre ponía las bolsas en la mesa del comedor, a veces iba a revisarlas, pero cada vez que lo hacía él me regañaba, decía que yo era muy fisgona. Marcel es muy grosero conmigo. 

Lo que más odiaba de esta pequeña rutina que él tenía, era el día siguiente de la llegada de las bolsas. Esto sucedía los jueves, tiene sentido porque es su día de descanso. El sacaba el bulto del empaque y lo llevaba a la bañera. Una vez estando ahí drenaba todos los líquidos, esta es la peor parte de todas, por todo el ruido que hace, siempre interrumpe mi hora de la siesta el constante goteo que se desplaza a lo largo de la tubería. 

Termina de retirar todo el líquido del bulto y pone música para concentrarse mejor en la siguiente etapa de su proceso; agarra sus herramientas y mueve el bulto a la mesa del comedor para empezar a cortarlo en pedazos. Las piezas como los brazos, piernas y cabeza las guarda en una bolsa distinta, según él es porque éstas son las más reconocibles y necesita deshacerse de ellas. 

Cuando queda solamente el tronco, lo abre y con mucho cuidado remueve cada parte interna, hasta dejarlo como un cascarón vacío. Después de esto, todo se vuelve muy aburrido, así que ese suele ser el momento donde me retiro y me pongo a hacer otras cosas; unas veces me arreglo, lo hago minuciosamente, cuidando cada parte de mi cuerpo, me gusta verme perfecta; otras me gusta sentarme en la ventana y observar el sol, sus suaves y cálidos rayos me gustan bastante porque son los que me preparan para tomar mi segunda siesta del día. 

Lo único que podía despertarme de mis maravillosos sueños era el olor de la comida, así que cuando escuché a Marcel decir mi nombre para ir a cenar, no tardé en ir corriendo a la mesa de la cocina. Me senté en mi asiento predilecto y esperé a que pusiera el plato con mi cena enfrente mío. En el momento en el que lo hizo, no tardé en darle un gran mordisco a  mi comida como si fuera una muerta de hambre, sin embargo rápidamente noté un sabor nauseabundo proveniente de ella… ¡Era un páncreas! ¡Ugh, estúpido Marcel! Él sabe muy bien que yo detesto comer eso, y más cuando hay disponible hígado, todos sabemos que esa es la parte más deliciosa del cuerpo humano. Era tan ofensivo que me diera esa porquería para alimentarme, ¿quién cree que soy yo? ¿Cree qué soy una pordiosera para aceptar tal aberración de la naturaleza? Porque si es así, está muy equivocado. Aparte él se hizo de comer un estofado con la deliciosa carne que sobró. Olía tan bien su cena, parecía cerdo ahumado. No tardé en mostrar mis quejas ante tal insulto, grité con toda la fuerza que mis pequeños pulmones tenían para demostrarle lo enojada que estaba. 

– Coco, ¿por qué lloras? ¿No te gustó lo que preparé? – preguntó preocupado por mi reacción. A veces pienso que tiene algún tipo de impedimento mental, es muy obvio que no me iba a gustar lo que me hizo cenar, ¿acaso no me conoce? Como respuesta propia de una dama, tiré mi plato de comida y me fui a beber agua para limpiar mi paladar. 

Estaba muy enojada, me parece impensable lo inepto que puede llegar a ser Marcel. Después de un rato de estar enojada decidí volver al comedor, había detectado un delicioso aroma proveniente de ahí, ¿Será que Marcel está arrepentido y quiera disculparse conmigo? Al llegar noté que había limpiado la comida del piso y que mi plato estaba lleno de nuevo y esta vez olía más que perfecto. Dudé antes de morder, tenía un poco de miedo, ¿Qué tal si me había vuelto a servir un páncreas? Me iba a enojar demasiado si es que lo había hecho. Así que cuando mordí y sentí el exquisito sabor del hígado bien cocido en mi paladar, fui muy feliz. Quizás después de todo Marcel no era tan grosero e inepto como lo aparentaba. Yo creo que por fin se dio cuenta de lo afortunado que era de tenerme en su vida, digo, no muchos gatos soportarían tener como dueño a alguien como él. Que puedo decir, soy un alma caritativa.

Eider Magaña Rivera
Preparatoria 15

Lengua de gato
Mina Tirado López
Preparatoria 9
Cannibal Dessert
Denzel Emmanuel Ríos Casillas
Preparatoria Jalisco

La correa

Hoy fue un día terriblemente agotador, pero no tan malo, no como el resto de la semana. Mi jefe, extrañamente, estaba de buen humor y nos trajo churros; me tocaron dos, uno relleno de chocolate, mi favorito. El café de la oficina, aunque sabe a quemado, hoy no me revolvió el estómago. Mientras llenaba informes sin alma y atendía llamadas que no me importaban, mi mente solo pensaba en una cosa: volver a casa.

Más allá del cómodo sillón, más allá de la cena caliente, más allá de quitarme las botas que hacían palpitar mis pies… yo solo quería verlo. Mi perro, mi consuelo, mi secreto. No hay nadie como él. Siempre está ahí, esperándome fiel. Se emociona al simplemente escuchar las llaves revolverse en mis bolsillos; y cuando abro la puerta, corre hacia la esquina como si fuera el mejor momento de su vida. Y quizás lo sea. Quizás… también sea el mío.

El transporte público iba lleno, como siempre, con ese característico olor a sudor y melancolía. La gente bosteza, se sujeta con fuerza de los tubos, cambia de canción en sus audífonos como si eso pudiera alegrarles el día. Yo me acomodo junto a la ventana, cierro los ojos un momento y pienso en su carita bella. Esa mirada que parece entenderme en todo. Esa lengua tibia y torpe que lame mi cara cuando ya no puedo con la rutina. Esa forma en la que me ve… como si yo importara. Muevo la planta del pie, impaciente. Quiero llegar. Quiero ponerle la correa. Quiero sentir que no estoy solo.

Llego al condominio y subo las oxidadas escaleras que rechinan bajo mis pies. Las llaves están ansiosas por salir. Ya me la sé de memoria: la primera llave a la derecha me dará entrada. Respiro hondo. Abro la puerta que gruñe, como si también esperara por mí.

—Ya llegué… —susurré.

Enciendo la luz: todo sigue igual de silencioso y frío, tan familiar. Dejo la asfixiante mochila en el suelo. Me estiro y los huesos me crujen en un respiro. Me quito las botas una por una, luego los calcetines húmedos y apestosos. Me quito el pantalón, ya sudado. Me quito la camisa, manchada de café y chocolate. Todo en ese orden. El mismo de siempre. Mi ritual.

La casa está en silencio, pero yo sé que él me escucha. Sé que está ahí, esperándome pacientemente. Me acerco al mueble de la sala. Abro el cajón, y el viejo mueble cruje como una mandíbula cansada. Ahí está: la correa. La saco con cuidado. Paso mis dedos por el cuero desgastado y quebrado; reconozco cada marca, pues son mías.

Me arrodillo. Me la pongo. El broche hace clic sobre mi cuello. Y todo a mi alrededor cambia. Siento mi piel apretarse bajo el collar. El metal está frío, besa mi piel. Y, sin embargo, mi cuerpo arde. Porque estoy vivo, totalmente vivo.

Gateo en cuatro patas hasta la esquina de la sala, hasta esa manta vieja que aún huele a mí: a sudor, a rutina, a obediencia. Huelo el suelo con detenimiento. Cierro los ojos, satisfecho. La lengua se me humedece. Ya soy él.

Ya no pienso. Ya no trabajo. No hay teléfonos. No hay correos. No hay jefe. No hay voces hostigantes. Solo hay calma.

Porque si nadie me amarra… me amarro yo.

Astrid Fernanda Casillas Ramírez
Preparatoria Regional de Tlajomulco de Zúñiga

Sombra
Valentina Limón Rizo
Preparatoria 8


Justicia multiforme

—»Evadí los tribunales, fui consagrado y enaltecido por la impunidad. Aún persiste en mi paladar el sabor agridulce de aquella joven que gocé vívidamente, mientras quejumbrosa ella, pataleaba y pataleaba… resistía y resistía… sollozaba y sollozaba… Aún cuando apreciaba en sus ojos iracundos todo su desprecio hacia mi ser desde la lejanía, sádicamente, puedo decir que en mí no yace ni una mota de arrepentimiento. Mejor que eso, mi fortuna jugó a mi suerte. ¡Claro!, pues es la “justicia” tan mercantil, así como la necesidad del juez de embolsarse jugoso verde, sea por mera codicia o por mera necesidad. Sano, orgulloso e invicto, me encuentro aquí a unas cuántas millas de estar de vuelta en ca»—

Un súbito disparo a pocos pasos irrumpía sobre aquellos pensamientos impíos, derribando al canalla sobre el suelo. La madre de Esperanza, de entre los arbustos, se apresuró a salir corriendo.

Ivon Samadhi Zinzun García
Escuela Vocacional de Guadalajara

Bloqueo emocional
Vannya Gisleny García Lara
Preparatoria Regional de El Salto


La espiral

Aún recuerdo mi infancia cuando me colocaba frente al camino de la espiral; esa gran espiral que me causaba tanto temor y angustia, es decir ayer, es decir hace siglos. 

Esa espiral se ha apoderado de mi vida en forma de miedo y esperanzas. Existe culpa por haber soñado, hay culpa por anhelar algo. 

 Es inútil: mi cobardía no me deja vivir. Han pasado años y solo aumenta mi miedo a la espiral. 

Pero es tan necesaria para lo que quiero, pues detrás de ella está lo que más deseo. Aunque el camino para lograrlo me aterra, no sé si lograré llegar al final o incluso si podré intentarlo.

Mi angustia crece al pensar en mi futuro; el miedo me paraliza y el tiempo se acaba para mí. Busco respuestas y fuerza al mirar al cielo, Sin embargo, parece no haber ninguna, no hay nada que pueda ayudarme; solo estoy yo, yo y mi miedo; yo y mi cobardía, yo y mis noches de incertidumbre mientras rogaba para que alguien o algo me ayudara; pero no hay nada, no hay escapatoria para ese camino de la espiral. Es como si fuera un ciclo sin fin.

Si realmente quiero lo que deseo debo caminar por ahí, incluso con todo este miedo que llevo cargando hace tantos siglos.

El temor me ha envejecido y cansado, parezco una niña en el cuerpo de una anciana con delirios de lo que podría ser y lo que pudo haber sido. Maestros, familia y compañeros, me han dicho el potencial que hay dentro de mí; pero esto no me ha ayudado a nada. Esos halagos para mí son vacíos, porque yo no logro verlo. Mi inspiración se ha desvanecido. Ya no queda nada en mí, solo esta angustia que ha terminado con todo lo demás, con todo lo que yo era y con todo lo que pude haber sido.

¿Valdrá la pena el intento? ¿Realmente me dará la libertad que tanto busco?  

Tal vez ya es hora de buscar respuestas. Mis respuestas. Algo que calme esta espiral de emociones que vive dentro de mí. Mis ojos reflejan la espiral, el viento me eriza la piel y la calidez del sol me hace querer llorar. Sé lo que viene, pero lo acepto como parte de la vida y no puedo seguir negándome a vivir, ya no.

Escucho el llamado, es hora de desaparecer entre la niebla. El miedo se evapora y mi corazón se abre; el sentido se disloca y no me importa saber por qué. 

La paz ha vuelto a mi cuerpo, en mí se forman pequeñas espirales en forma de cicatriz.

La espiral me llama…

Ya es hora de caer en el abismo de la espiral.

Paola Camila Contreras Martínez
Preparatoria Regional de Tamazula de Gordiano

Grietas
Iliana Lynette Garcia Torres
Preparatoria de Jalisco

Experimento ser humano sujeto número 510

Todo a mi alrededor era confuso. No sabía por qué estaba ahí ni cómo había llegado. No recordaba nada, ni siquiera mi nombre. La incertidumbre me envolvía y cada paso que daba parecía perderse en la nada. Caminé por la habitación oscura buscando respuestas, pero estaba vacía. La desesperación y el miedo me parecían familiares, como si ya los hubiera sentido antes, como si mi cuerpo recordara algo que mi mente no alcanzaba a comprender.

Seguí avanzando a ciegas, con los brazos extendidos, intentando evitar cualquier obstáculo, pero la oscuridad no tenía fin. Cada segundo me parecía eterno y el silencio se volvía más pesado. Me detuve agotada, escuchando solo los latidos de mi corazón, rápidos y desesperados, como si quisieran huir antes que yo. Me senté en el suelo, abrazando mis piernas con fuerza, deseando huir de aquel lugar. De pronto, apareció una pequeña luz a lo lejos, una chispa que rompía la negrura.

Me levanté y caminé hacia ella, aunque algo dentro de mí me advertía que no lo hiciera. A cada paso mi ansiedad aumentaba, como si supiera que algo importante estaba por revelarse. Frente a mí apareció una esfera enorme y brillante, suspendida en lo alto. No entendía por qué, pero sentí la necesidad de hablarle, como si esa luz guardara todas las respuestas.

—¿Qué eres? —pregunté con voz temblorosa.

Una voz grave respondió, resonando en todo el espacio:

—Soy tu creador, quien te dio la vida y la oportunidad de conocer este mundo.

Su respuesta me heló hasta los huesos.

—¿Soy un experimento tuyo? —susurré.

—Se podría decir que sí. Eres mi primera creación, única y original. No debes temer,

no pienso lastimarte.

Pero sus palabras no me tranquilizaron. Había en su tono algo que despertaba

desconfianza, una sombra detrás de su aparente calma.

—¿Y por qué estoy aquí? Este lugar está vacío y deprimente. ¿Acaso este es el mundo que deseas mostrarme?

—No. Este lugar es temporal. Solo necesito ver cómo te desarrollas. Después, irás al mundo maravilloso que te espera.

—¿Qué soy exactamente? —insistí.

La luz dudó, pero respondió con firmeza:

—No necesitas saberlo. Solo entiende que eres un ser humano, único en tu especie.

—¿Y qué es un ser humano? —pregunté sin comprender.

—Un ser con inteligencia, capaz de razonar, adaptarse y resolver problemas. Eso eres tú.

Guardé silencio, intentando procesar lo que escuchaba. Mis pensamientos se agolpaban, pero al fin me atreví a decir:

—¿Acaso deseas ser un dios?

La esfera vibró, estallando en furia:

—¡Claro que no! Soy mucho más poderoso que un simple dios. Quiero que todos

comprendan mi grandeza y me alaben.

Mi curiosidad creció con cada palabra.

—¿Ellos? ¿Quieres decir que hay más como tú?

La voz cambió, volviéndose fría y cruel:

—Sí, hay miles como yo… porque soy como tú. Mi nombre es Magnus Benedict, uno de los científicos más importantes del mundo. Tú eres mi proyecto: he intentado crear al ser humano perfecto, mejor que el que creó Dios. Creí que lo había logrado contigo, pero he fallado otra vez. Eres demasiado persuasiva, demasiado consciente. No me sirves. Solo me queda eliminarte.

El miedo me paralizó. Mi respiración se volvió corta y sentí cómo el sudor frío corría por mi espalda. Quise hablar, protestar, pero mi voz se ahogó. Entonces escuché una detonación a mis espaldas. Un ardor recorrió mi nuca, la sangre comenzó a descender, y mi cuerpo se desplomó.

En los últimos segundos de conciencia, oí la voz de Magnus, firme y calculadora:

—Bien, empecemos de nuevo. El sujeto 510 ha fracasado. Limpien la habitación y desháganse del cuerpo. El proyecto continúa. No cometeremos los mismos errores.

Sofia Guadalupe Velázquez
Preparatoria Regional de San Juan de los Lagos, Módulo Teocaltiche

Palacio de la vulgaridad
Edwin Oswaldo Mendoza Estrada
Preparatoria 5

Circo nocturno

Un nuevo asesino serial en mi ciudad no era nada nuevo, con la mala  suerte que siempre tengo no era de extrañarse que cosas así pasen justo donde yo vivo. Tan solo la semana pasada rompí con mi novio, mi mejor amiga no me contestaba los mensajes —sus razones tendrá—, y tuve que poner a dormir a mi gato, ¡mi gato! Solo por una enfermedad muy rara que ni me molesté en aprender su nombre, ¿para que quería más recuerdos de la muerte de mi mejor amigo? Todo esto era tan inaceptable… eso es lo que pensaba mientras esperaba a que el autobús que me llevaría a mi casa llegara, pero claro, iba tarde, no sé porqué me sorprende. Las noticias sonaban en mis auriculares mientras yo hundía el pie en un gran charco de lluvia, quería cruzar la calle e ir a la gasolinera de enfrente a comprar cualquier cosa que me alcanzara con un par de monedas, tal vez un chocolate, eso me ayudaría a olvidarme de mi realidad, tenía el cerebro tan adormilado que por poco y me atropellan, por poco, por que un chico me dio un tirón del suéter y me hizo dar un paso hacía atrás.

Tuve el impulso de ofenderlo, siendo sincera. No me gustan los sobresaltos, pero ese me salvó la vida —mi suerte estaba cambiando—, y para mi sorpresa, ese chico era muy atractivo.

—Deberías ver mejor por donde caminas, llego unos segundos tarde y solo te hubiera visto en las noticias —comentó, supongo yo que intentando bromear, me quite un audífono para agradecerle.

—Gracias, estoy muy distraída hoy, no sé que me…

—¿Pasa? Tranquila, deben ser los efectos de vivir en la peor ciudad al norte de nuestro país —hizo una pausa para sonreír ligeramente, y casi me derrito—. ¿Te parece si aceptas salir por un café conmigo, para compensar mi gran ayuda? 

Me reí, volteando los ojos como si aquella idea me molestara, pero no, ni un poquito, solo no iba a dejar que lo viera tan evidentemente.

—Claro, claro, como ya te conozco de toda la vida —respondí, con el mismo tono de seriedad y burla al mismo tiempo.

—Vamos, ni que fuera ningún secuestrador o asesino serial.

Abrí la boca, para hablar o reír cuando escuché eso, por que claro, en una ciudad donde SÍ había un asesino serial, esa era claramente la mejor forma de ligar o coquetear con alguien a quien literalmente acabas de conocer —nótese el sarcasmo—. 

—Voy a fingir que no acabas de decir eso.

Me miró confundido, pero después de unos segundos, pareció recordar lo que cualquier persona con televisión habría oído ya en la ciudad.

—Claro, ya, mi error, perdón.

—Fue un error muy grande, a decir verdad, sabiendo que «El payaso» está ahí afuera, al acecho.

—¿Lo nombraron «El payaso»? —parecía intrigado con la idea de una forma extraña, a la que no le presté atención.

—Sí, por que todas sus víctimas aparecen muertas, maquilladas y vestidas de payaso, si no ocurriera justo en esta ciudad sería un buen tema para un podcast —comenté, por que amo los podcast de asesinos seriales, lo que después de un rato de platica le dije con harto entusiasmo.

—Claro que los amas Graciela, con ese estilo tuyo que tienes, te ves deslumbrante y misteriosa —di una pequeña vuelta, era verdad, tengo un gran estilo.

—Bueno, tal vez acepte ir por ese café, pero no hoy. ¿Qué te parece si me das tu número telefónico…? —me volteé un poco para sacar mi celular, y caí en cuenta de algo que me puso la sangre helada en un instante. Yo nunca le dije mi nombre.

En cuestión de segundos ya tenía una jeringa en mi cuello, él supo que noté ese detalle, y no perdió el tiempo peleando conmigo. Todo se desvaneció a mis alrededores, mis movimientos se sintieron pesados y lentos hasta que caí al suelo.

Esta debería ser una historia de cómo sobreviví a un asesino, pero no lo es, yo terminé exactamente como las demás, vestida como una payasa, mi maquillaje amarillo con soles en los ojos, pupilentes azules, y dos trenzas cayendo por mis hombros. La policía me encontró, y nunca sabré si mi crimen, y el de las demás víctimas, fue resuelto, pero al menos ahora sé porque mi mejor amiga no contestaba mis mensajes, porque su cuerpo yacía a mí lado.

Izabella Scarlett Anzaldo Benitez
Preparatoria 3

Hija única

Estaba colocando veneno para ratas en un pedazo de pan, quería eliminar esa plaga lo antes posible. Dejé el pan en la mesa de la cocina y me fui a dormir.

Al día siguiente, bajé de mi habitación rumbo a la cocina.

Cuando entré, una sonrisa se formó en mis labios—al fin cayó—, dije con alegría al ver que el pan ya no estaba en el plato y a mi hermano tirado en el piso. Había eliminado a esa molesta plaga.

America Samantha Valadez González
Preparatoria Regional de Tlajomulco de Zúñiga, Módulo Cajititlán

Lágrimas de cera
Joana Guadalupe Rodríguez Gutiérrez
Preparatoria Regional de Tlajomulco de Zúñiga

La necesidad de contar historias nos acompaña desde siempre. Narrar es parte de lo que somos, aunque hablemos de fantasía o de mundos imaginarios. Encontrar jóvenes que se animan a compartir lo que sienten, lo que piensan, lo que les da miedo o les hace soñar, desde la ficción, es una bocanada de aire fresco. Nos abre la puerta a mundos nuevos, a lo posible.

Porque cuando te cuento algo, también me estoy contando. En cada historia hay un reflejo de quien la escribe y de quienes la leen. Al entrar en esos relatos, nos volvemos parte de ellos. La narrativa es un espejo de lo que deseamos, lo que tememos, lo que soñamos. Es una forma de decir: esto también soy yo.

Contar historias nos conecta con lo humano. Con lo feo, con lo bello, con lo que nos sacude por dentro. Nos recuerda que todavía podemos asombrarnos, que seguimos siendo seres sociales, aunque escribamos a solas.

La ficción es una forma de lanzar al mundo lo que llevamos dentro —deseos, miedos, ideas locas— y transformarlo en palabras.

Nos encanta ver cómo, en los relatos de esta revista, lo fantástico se mezcla con lo real y lo real se vuelve fantástico. Los cuentos y microrrelatos seleccionados condensan mundos completos en pocas líneas. Y aunque a veces se subestime lo breve —porque exige pensar, imaginar, conectar— en estos textos, con un lenguaje directo y potente, se dice muchísimo con poco.

Lo más emocionante de los textos en este número de Vaivén es que confirman algo: leer y escribir nos vuelve cómplices.

 Como dice Ana María Shua:

El microrrelato es un género peligroso: todo tiene que estar ahí, pero con la mayor economía. Como una bomba: pequeña, pero explosiva.

Nos demos cuenta o no, lo que escriben estos jóvenes rompe con la idea de que “los jóvenes no entienden el mundo”. Al contrario: lo ven, lo sienten y lo reinventan. Por ejemplo, podrías, como lector, continuar esta historia:

“Se oyó un golpe seco detrás de la puerta…”

En estos textos observamos que no hay mirada vieja ni repetida. Hay imaginación, hay riesgo, hay juego. Porque narrar también es jugar. Y jugar es otra forma de ver el mundo.

Leamos, pues, a estos jóvenes que usan las palabras para crear, para soñar, para decir “aquí estoy”. Leamos lo que somos y lo que podríamos llegar a ser en esta Caja de Sorpresas.

Los textos que encontraremos en este volumen son eso: explosiones de imaginación, versiones nuevas de lo que ya creíamos conocer, mundos posibles que se sienten más reales de lo que pensamos.

*Carlos G. Amezcua Rosales
*docente de la preparatoria N°8 de la UdeG donde funge como Jefe del Departamento de Comunicación y aprendizaje. Egresado de la carrera de Letras hispánicas de la misma Universidad y Maestro en Metodología de la enseñanza. Entusiasta lector y promotor de la lectura y de la escritura.

Chupacabras

El rating del noticiero va con mala racha. Ya un mes con una cantidad de espectadores así de baja pone en riesgo su trabajo. Vamos a cambiar de reportera porque esta nomás no sirve para nada. Fue lo que escuchó decir a los de la administración la semana pasada. Eso sí que no. Ahorita no estoy en condiciones de andar desempleada. Recuerda haberse puesto las manos en la cintura y morderse los labios. Ahí se le ocurrió algo. 

En esos tiempos, justo después de que los presentadores del noticiero dan los buenos días a todos con «qué lindas mañanas estamos teniendo en este año de 1996», la primera nota con la que empiezan el programa es una cobertura extensa sobre ese monstruo que le anda chupando la sangre a las cabras de los ganaderos. …se reportó un avistamiento donde testigos informan la aparición de cadáveres de animales. Pero ni uno solo ha mostrado a la criatura en un video.

Ella se asegurará de ser de los primeros.

El traje está mal hecho, a las carreras, pero no se puede hacer un buen trabajo con una carta de despido respirándole en la nuca.

—Ahorita se ve feo, pero si lo grabamos de lejos en lo oscurito vas a ver que se la van a creer —insiste el camarógrafo. Él ya está con muchas ganas de irse a su casa.

—Córranle porque traigo calor —la voz de Raúl se oye diferente ahora con la máscara puesta. Fue el único del resto del equipo de cámara que aceptó participar. El traje apenas si le queda, pero no pudo convencer a la persona que tenía en mente para el papel, así que se conforma.

—Mira, Raúl, vete hasta por allá donde se ven esas hierbas. Cuando te gritemos, te mueves un poquito como si anduvieras buscando una presa —a unos cuantos metros del pedazo de tierra de donde están, hay un corral con ovejas que pastan tranquilas —. Vas a estar atento a la señal que te haga para que salgas corriendo como si huyeras de nosotros.

—Órale, va.

Todos en sus lugares. Ella se peina un poquito, se acomoda el vestido y mete la panza porque no quiere escuchar de nuevo por allí algo como: ¿no le has visto la lonja a Sarita? Yo pensaba que andaba embarazada al principio.

Mientras espera a que su camarógrafo acabe de arreglar lo suyo, se imagina lo contento que va a estar su jefe mañana cuando le llegue con el material para el noticiero. Miles de espectadores cambiando de canal en la tele porque resulta que habrá una nota exclusiva: video nunca antes visto. Solo disponible en el que se convertirá en el mejor canal de noticias jamás antes visto. Obviamente todo bajo la atenta cordialidad y astucia de su hermosa servidora.

Se lleva el micrófono con el logo del noticiero a la boca. Mira al camarógrafo y espera la señal que le indique que puede empezar a hablar. Aunque al final lo único que se escucha es un estruendo atronador que le retumba en los oídos. El olor a pólvora lo inunda todo, seguido casi de inmediato por la sensación de viscosidad que deja en la nariz el hedor de la sangre.

Se da la vuelta y ve a Raúl tendido en el suelo, con un agujero en la cabeza y la máscara manchada de rojo, mucho rojo. Un balazo directo al cráneo.

—Señorita, ¿está bien? —Don Chuy, dueño del corral de ovejas que había visto hace rato, se le acerca —. Tenga más cuidado, no debe estar por estos lados tan sola, ¿qué no ve que el chupacabras anda suelto? —en su mano izquierda porta orgulloso su escopeta —. Bueno, andaba suelto, porque ya lo maté.

Astrid Martínez Lares
Preparatoria Regional de Colotlán

Augurio maternal
Ángel Arcos Estrada
Preparatoria de Jalisco
Raíces de amor
Hany Stephania González Bañuelos
Preparatoria Regional de El Salto

Libre albedrio

Entonces sé que puedo hacer lo que quiera, sin el juicio, el castigo o los golpes; mientras escucho su cráneo quebrándose contra la pared.

Fernanda Rodríguez Alonso
Preparatoria 15

El sacrificio de Isaac
Kevin Cristoff Ochoa Delgadillo
Preparatoria Regional de San Juan de los Lagos

La vida es un sueño

Deseo despertar.

Abraham Esau Inostros Vigil
Preparatoria 8

El susurro del enjambre
Nathalie Chantelle Castro Olivos
Preparatoria Regional de El Salto

Servir y proteger

Estaba afuera de la habitación del hospital. Esperaba pacientemente a que mi compañero terminara de tomarle la declaración a una joven que llegó a emergencias muy mal.

Curioso, me asomé por la pequeña ventana de la puerta; al verla, me quedé paralizado; todo su cabello había sido arrancado salvajemente, llevándose trozos de cuero cabelludo con él, su piel blanca como la nieve está quemada y palpitaba dolorosamente, con un color rojo vivo, no tenía un ojo, la cuenca era oscura como la noche y estaba llena de heridas infectadas qué si te acercabas lo suficiente incluso podrías ver alguna que otra larva y pus. Era deshumano, perverso, grotesco, asqueroso y perturbador. Mi compañero luchaba contra las ganas de vomitar mientras temblaba, intentando mantener la compostura, y yo… yo solo podía pensar en cómo carajos ella logró escapar de mi sótano.

Ytzel Estrada Flores
Preparatoria 8

Suspiro
Ruben Cabrera Rodríguez
Preparatoria 8

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