Author Archive: Vaiven

La vida después de la muerte

La vida se me fue trabajando, mis últimos días los pasé sin dormir; haciendo tres turnos al día para pagar mis deudas, que al final sí pagué, pero no alcancé a vivir para disfrutar mi solvencia.

Decían que solo de muerto se va a descansar, eso espero. Estoy esperando el camión en donde el sacerdote me dijo: recoge a todos los muertos para llevarlos al dizque cielo. Llevo alrededor de cinco horas y no pasa ni el viento; si estuviera vivo ya hubiera perdido todo un turno del trabajo. Pero, como estoy muerto, ahora sí se puede dar uno el lujo de esperar.

A lo lejos divisé la figura descolorida del camión que venía llenó de gente. Fui el primero en treparme ya que sabía que no íbamos a caber todos. “Déjenme subir, yo bajo en la siguiente parada”, gritó uno que se había quedado afuera del camión, pero ninguno de nosotros se salió y el chofer le hizo señas para que se esperara al siguiente camión. “Pobrecito, pasé todo el día esperando otro camión”, “Yo ya llevaba una semana, pero porque me quedé dormido”, “¿Tú cinco minutos? ¡que suertudo!”. Escuchaba a medias lo que iban diciendo los demás, no se podía seguir el rumbo de las voces pues se mezclaban unas con otras y el viento se las llevaba.

Llegamos a otra parada y como pude me arrinconé al lado del asiento del chofer antes de que la gente que se subía me aplastara contra los vidrios del camión. “Si yo fuera tú, no me iría hasta atrás; según dicen, allá arriba te atienden conforme vayas llegando y este camión solo tiene una puerta” escuché que unos se secreteaban y decidí que no me iba a mover de donde estaba por si las dudas.

Antes de llegar a la siguiente parada, escuché que uno gritó: “Si traen suéter, quítenselo, porque aquí hace un calor del infierno” yo nunca llevaba, a mí eso me ataranta y no me deja trabajar.

Pero varios le hicieron caso y no pasó ni un minuto para empezar a sentir el aire caliente, sofocante al punto de comprimir nuestros cuerpos y convertirnos en masas pegajosas de sudor.

Llegamos y solo se subió una señora, porque los demás no cabían. Iba tosiendo y, agitada como si viniera corriendo, le preguntaba al chofer “¿Cuánto es?”, pero él ni la volteaba a ver y solo se reía. Sentía que los ojos se me cerraban del sueño y el aire no tardó en volverse viscoso con olor a sudor, mugre y humedad. “A lo mejor estoy soñando, no me morí y solo se me hizo tarde para ir a trabajar” eso pensaba mientras sentía los cuerpos empujándose unos con otros y el sudor de la gente mojando mi ropa. “Bueno, al menos cuando llegué voy a poder descansar”, así decía, para intentar consolar a mis piernas que llevaban días sin sentarse.

El camión dejó de hacer paradas porque ya se sabía que nadie más cabía, pero varios exclamaban molestos queriendo bajar. “Ya muerto no te sirve llegar a ningún lado, eso lo hubieras hecho en vida”, les respondió el chofer, y no dijo nada más en el camino, pero las quejas no pararon. Yo agradecí que se fuera derecho, pues así íbamos más rápido y antes podría descansar. “Qué habrán hecho los que van sentados para estar ahí”, “A lo mejor son ricos”, “¡Cómo crees! Dicen que los ricos se van a otro lado, más allá del cielo y el infierno”,

“Pero en la muerte todos somos iguales”, “Así como en la vida, a Dios siempre le conviene separarnos”.

El camión bufó un poco antes de pararse en seco y soltar una nube gris de humo que cubrió los vidrios. La puerta se abrió, pero nadie bajó, tal vez del miedo, tal vez apenas nos habíamos dado cuenta de que nos morimos. Un señor bajito se acercó a la salida y empezó a gritarnos para que nos saliéramos. “Como van, agarren sus chivas, no dejen nada”

Nos formaron en fila al lado del camión, y pude por fin conocer los rostros de la gente, desde viejos hasta jovencitos de doce. No cabía duda: ahí ninguno era rico. Unos hombres trajeron unas cajas llenas de uniformes de trabajo y en orden nos lo fueron entregando a cada uno. “Ese es su uniforme, mis compañeros los van a llevar al plantel que les corresponde, en el gafete dice su área y su número de empleado. Aquí solo hospedamos y damos de comer a quienes trabajan, si no les gusta, se pueden ir” gritó el hombrecito haciendo señas al desierto inhóspito detrás de nosotros.

—Pero, ¿en qué momento descansamos?, llevamos todo el viaje en pie — por fin hablé en todo el rato.

—¿Descansar?, para eso tuvieron toda la vida.

Brisa Abril Sosa Ortega
Preparatoria 8

Dulce conciencia
Tadeo Ascención Cervantes Valdez
Preparatoria Regional de Ahualulco de Marcado
Módulo Teuchitlán
Margara
Mina Tirado López
Preparatoria 9


La oportunidad perfecta

El hombre se levantó por los ladridos desesperados de su perro; Alguien había entrado a su rancho.

Sacó su arma debajo de la almohada pero se le cayó a los pies de su mujer que acababa de salir del baño.

—¿Por qué te quedas parada como estúpida? ¡Pásame la maldita arma!

Gritó enfadado. Ella la tomó y la extendió hacia él.

No sabía muy bien lo que pasaba, siempre fue algo tonta o al menos cada vez que su marido la golpeaba le decía eso. Pero sí sabía que una cosa. En este pueblo y bajo estas condiciones…nadie cuestiona a la viuda.

Ytzel Estrada Flores
Preparatoria 8

Renacer
Jazmin Estefania Barajas Gómez
Preparatoria Regional de El Salto

Borderline

Fue un día terrible desde el momento en el que me desperté, todo me salió mal, llegué tarde y casi me corrieron de mi trabajo, pero al entrar a mi casa y recordar a mi hija y a mi esposa preparando la cena, hizo que me relajara y olvidara de todo, hasta de mi medicamento; el recuerdo se fue, vi la sangre de mis dos amores que corrían por mis manos.

Alondra Saray Tadeo Flores
Preparatoria Regional de Tlajomulco de Zúñiga, Módulo Cajititlán

La chica más linda de la morgue
María Isabel Alejo López
Preparatoria de Jalisco

Costumbres

“A trabajar entro como a las 6 de la mañana”, “Pero me voy desde las 4 de mi casa”, “Me levanto a las 3 de la mañana”, “Pues suelo dormir como a las 12 de la noche”, “Salgo a las 9, pero en lo que llegó se hacen las 11”. Así fue la vida de mamá cuando tenía veinte años, o eso me cuentan. No alcancé a conocerla. Cuando nací, al día siguiente ella ya estaba trabajando. Me dejó con mi abuela, y a los tres días de parir se murió de un paro cardíaco en el trabajo. Todo el mundo decía que era su culpa, que debió de tomar más descansos o cambiarse de empleo , pero ella no quería: “Estaba como poseída, para lo único que vivía era para trabajar. Yo digo que era la costumbre, así les pasa a los que la necesidad los llevó a trabajar desde niños” eso decía mi abuela. Trabajar tanto y darle su vida a esa empresa no le sirvió de nada, no respetaron el seguro de vida, ni sus prestaciones, ni siquiera el paquete de gastos funerarios que otorgan a sus empleados más leales. “No tenía ganas de andar peleando, estabas recién nacido y mi hija muerta. Lo que menos quise fue matarme la cabeza con esos cabrones malagradecidos”. Dicen que ya cerró la empresa, que entró en quiebra y el dueño se suicidó. Yo esperaba que así fuera, que por fin todos esos cerdos se matarán y la clase trabajadora se alzara, que sin miedo alguno pudiéramos pedir nuestros derechos y no sentirnos atados a la costumbre del trabajo. Siempre se me vienen a la mente pensamientos así, cuando estoy comiendo mi pan con café, en mis 5 minutos de descanso, antes de entrar al trabajo.

Brisa Abril Sosa Ortega
Preparatoria 8

Inseguridad
Humberto Guadalupe Cortés Reyes
Preparatoria Regional de Tlajomulco
Módulo Cajititlán

¡Qué grosero eres, Marcel!

Marcel regresó tarde a casa de nuevo, esto se hizo algo común en él, era la octava vez en un lapso de dos meses que lo hacía, lo curioso es que siempre, en este día, regresaba con una bolsa de basura muy grande y pesada. Siempre ponía las bolsas en la mesa del comedor, a veces iba a revisarlas, pero cada vez que lo hacía él me regañaba, decía que yo era muy fisgona. Marcel es muy grosero conmigo. 

Lo que más odiaba de esta pequeña rutina que él tenía, era el día siguiente de la llegada de las bolsas. Esto sucedía los jueves, tiene sentido porque es su día de descanso. El sacaba el bulto del empaque y lo llevaba a la bañera. Una vez estando ahí drenaba todos los líquidos, esta es la peor parte de todas, por todo el ruido que hace, siempre interrumpe mi hora de la siesta el constante goteo que se desplaza a lo largo de la tubería. 

Termina de retirar todo el líquido del bulto y pone música para concentrarse mejor en la siguiente etapa de su proceso; agarra sus herramientas y mueve el bulto a la mesa del comedor para empezar a cortarlo en pedazos. Las piezas como los brazos, piernas y cabeza las guarda en una bolsa distinta, según él es porque éstas son las más reconocibles y necesita deshacerse de ellas. 

Cuando queda solamente el tronco, lo abre y con mucho cuidado remueve cada parte interna, hasta dejarlo como un cascarón vacío. Después de esto, todo se vuelve muy aburrido, así que ese suele ser el momento donde me retiro y me pongo a hacer otras cosas; unas veces me arreglo, lo hago minuciosamente, cuidando cada parte de mi cuerpo, me gusta verme perfecta; otras me gusta sentarme en la ventana y observar el sol, sus suaves y cálidos rayos me gustan bastante porque son los que me preparan para tomar mi segunda siesta del día. 

Lo único que podía despertarme de mis maravillosos sueños era el olor de la comida, así que cuando escuché a Marcel decir mi nombre para ir a cenar, no tardé en ir corriendo a la mesa de la cocina. Me senté en mi asiento predilecto y esperé a que pusiera el plato con mi cena enfrente mío. En el momento en el que lo hizo, no tardé en darle un gran mordisco a  mi comida como si fuera una muerta de hambre, sin embargo rápidamente noté un sabor nauseabundo proveniente de ella… ¡Era un páncreas! ¡Ugh, estúpido Marcel! Él sabe muy bien que yo detesto comer eso, y más cuando hay disponible hígado, todos sabemos que esa es la parte más deliciosa del cuerpo humano. Era tan ofensivo que me diera esa porquería para alimentarme, ¿quién cree que soy yo? ¿Cree qué soy una pordiosera para aceptar tal aberración de la naturaleza? Porque si es así, está muy equivocado. Aparte él se hizo de comer un estofado con la deliciosa carne que sobró. Olía tan bien su cena, parecía cerdo ahumado. No tardé en mostrar mis quejas ante tal insulto, grité con toda la fuerza que mis pequeños pulmones tenían para demostrarle lo enojada que estaba. 

– Coco, ¿por qué lloras? ¿No te gustó lo que preparé? – preguntó preocupado por mi reacción. A veces pienso que tiene algún tipo de impedimento mental, es muy obvio que no me iba a gustar lo que me hizo cenar, ¿acaso no me conoce? Como respuesta propia de una dama, tiré mi plato de comida y me fui a beber agua para limpiar mi paladar. 

Estaba muy enojada, me parece impensable lo inepto que puede llegar a ser Marcel. Después de un rato de estar enojada decidí volver al comedor, había detectado un delicioso aroma proveniente de ahí, ¿Será que Marcel está arrepentido y quiera disculparse conmigo? Al llegar noté que había limpiado la comida del piso y que mi plato estaba lleno de nuevo y esta vez olía más que perfecto. Dudé antes de morder, tenía un poco de miedo, ¿Qué tal si me había vuelto a servir un páncreas? Me iba a enojar demasiado si es que lo había hecho. Así que cuando mordí y sentí el exquisito sabor del hígado bien cocido en mi paladar, fui muy feliz. Quizás después de todo Marcel no era tan grosero e inepto como lo aparentaba. Yo creo que por fin se dio cuenta de lo afortunado que era de tenerme en su vida, digo, no muchos gatos soportarían tener como dueño a alguien como él. Que puedo decir, soy un alma caritativa.

Eider Magaña Rivera
Preparatoria 15

Lengua de gato
Mina Tirado López
Preparatoria 9
Cannibal Dessert
Denzel Emmanuel Ríos Casillas
Preparatoria Jalisco

La correa

Hoy fue un día terriblemente agotador, pero no tan malo, no como el resto de la semana. Mi jefe, extrañamente, estaba de buen humor y nos trajo churros; me tocaron dos, uno relleno de chocolate, mi favorito. El café de la oficina, aunque sabe a quemado, hoy no me revolvió el estómago. Mientras llenaba informes sin alma y atendía llamadas que no me importaban, mi mente solo pensaba en una cosa: volver a casa.

Más allá del cómodo sillón, más allá de la cena caliente, más allá de quitarme las botas que hacían palpitar mis pies… yo solo quería verlo. Mi perro, mi consuelo, mi secreto. No hay nadie como él. Siempre está ahí, esperándome fiel. Se emociona al simplemente escuchar las llaves revolverse en mis bolsillos; y cuando abro la puerta, corre hacia la esquina como si fuera el mejor momento de su vida. Y quizás lo sea. Quizás… también sea el mío.

El transporte público iba lleno, como siempre, con ese característico olor a sudor y melancolía. La gente bosteza, se sujeta con fuerza de los tubos, cambia de canción en sus audífonos como si eso pudiera alegrarles el día. Yo me acomodo junto a la ventana, cierro los ojos un momento y pienso en su carita bella. Esa mirada que parece entenderme en todo. Esa lengua tibia y torpe que lame mi cara cuando ya no puedo con la rutina. Esa forma en la que me ve… como si yo importara. Muevo la planta del pie, impaciente. Quiero llegar. Quiero ponerle la correa. Quiero sentir que no estoy solo.

Llego al condominio y subo las oxidadas escaleras que rechinan bajo mis pies. Las llaves están ansiosas por salir. Ya me la sé de memoria: la primera llave a la derecha me dará entrada. Respiro hondo. Abro la puerta que gruñe, como si también esperara por mí.

—Ya llegué… —susurré.

Enciendo la luz: todo sigue igual de silencioso y frío, tan familiar. Dejo la asfixiante mochila en el suelo. Me estiro y los huesos me crujen en un respiro. Me quito las botas una por una, luego los calcetines húmedos y apestosos. Me quito el pantalón, ya sudado. Me quito la camisa, manchada de café y chocolate. Todo en ese orden. El mismo de siempre. Mi ritual.

La casa está en silencio, pero yo sé que él me escucha. Sé que está ahí, esperándome pacientemente. Me acerco al mueble de la sala. Abro el cajón, y el viejo mueble cruje como una mandíbula cansada. Ahí está: la correa. La saco con cuidado. Paso mis dedos por el cuero desgastado y quebrado; reconozco cada marca, pues son mías.

Me arrodillo. Me la pongo. El broche hace clic sobre mi cuello. Y todo a mi alrededor cambia. Siento mi piel apretarse bajo el collar. El metal está frío, besa mi piel. Y, sin embargo, mi cuerpo arde. Porque estoy vivo, totalmente vivo.

Gateo en cuatro patas hasta la esquina de la sala, hasta esa manta vieja que aún huele a mí: a sudor, a rutina, a obediencia. Huelo el suelo con detenimiento. Cierro los ojos, satisfecho. La lengua se me humedece. Ya soy él.

Ya no pienso. Ya no trabajo. No hay teléfonos. No hay correos. No hay jefe. No hay voces hostigantes. Solo hay calma.

Porque si nadie me amarra… me amarro yo.

Astrid Fernanda Casillas Ramírez
Preparatoria Regional de Tlajomulco de Zúñiga

Sombra
Valentina Limón Rizo
Preparatoria 8


Justicia multiforme

—»Evadí los tribunales, fui consagrado y enaltecido por la impunidad. Aún persiste en mi paladar el sabor agridulce de aquella joven que gocé vívidamente, mientras quejumbrosa ella, pataleaba y pataleaba… resistía y resistía… sollozaba y sollozaba… Aún cuando apreciaba en sus ojos iracundos todo su desprecio hacia mi ser desde la lejanía, sádicamente, puedo decir que en mí no yace ni una mota de arrepentimiento. Mejor que eso, mi fortuna jugó a mi suerte. ¡Claro!, pues es la “justicia” tan mercantil, así como la necesidad del juez de embolsarse jugoso verde, sea por mera codicia o por mera necesidad. Sano, orgulloso e invicto, me encuentro aquí a unas cuántas millas de estar de vuelta en ca»—

Un súbito disparo a pocos pasos irrumpía sobre aquellos pensamientos impíos, derribando al canalla sobre el suelo. La madre de Esperanza, de entre los arbustos, se apresuró a salir corriendo.

Ivon Samadhi Zinzun García
Escuela Vocacional de Guadalajara

Bloqueo emocional
Vannya Gisleny García Lara
Preparatoria Regional de El Salto


La espiral

Aún recuerdo mi infancia cuando me colocaba frente al camino de la espiral; esa gran espiral que me causaba tanto temor y angustia, es decir ayer, es decir hace siglos. 

Esa espiral se ha apoderado de mi vida en forma de miedo y esperanzas. Existe culpa por haber soñado, hay culpa por anhelar algo. 

 Es inútil: mi cobardía no me deja vivir. Han pasado años y solo aumenta mi miedo a la espiral. 

Pero es tan necesaria para lo que quiero, pues detrás de ella está lo que más deseo. Aunque el camino para lograrlo me aterra, no sé si lograré llegar al final o incluso si podré intentarlo.

Mi angustia crece al pensar en mi futuro; el miedo me paraliza y el tiempo se acaba para mí. Busco respuestas y fuerza al mirar al cielo, Sin embargo, parece no haber ninguna, no hay nada que pueda ayudarme; solo estoy yo, yo y mi miedo; yo y mi cobardía, yo y mis noches de incertidumbre mientras rogaba para que alguien o algo me ayudara; pero no hay nada, no hay escapatoria para ese camino de la espiral. Es como si fuera un ciclo sin fin.

Si realmente quiero lo que deseo debo caminar por ahí, incluso con todo este miedo que llevo cargando hace tantos siglos.

El temor me ha envejecido y cansado, parezco una niña en el cuerpo de una anciana con delirios de lo que podría ser y lo que pudo haber sido. Maestros, familia y compañeros, me han dicho el potencial que hay dentro de mí; pero esto no me ha ayudado a nada. Esos halagos para mí son vacíos, porque yo no logro verlo. Mi inspiración se ha desvanecido. Ya no queda nada en mí, solo esta angustia que ha terminado con todo lo demás, con todo lo que yo era y con todo lo que pude haber sido.

¿Valdrá la pena el intento? ¿Realmente me dará la libertad que tanto busco?  

Tal vez ya es hora de buscar respuestas. Mis respuestas. Algo que calme esta espiral de emociones que vive dentro de mí. Mis ojos reflejan la espiral, el viento me eriza la piel y la calidez del sol me hace querer llorar. Sé lo que viene, pero lo acepto como parte de la vida y no puedo seguir negándome a vivir, ya no.

Escucho el llamado, es hora de desaparecer entre la niebla. El miedo se evapora y mi corazón se abre; el sentido se disloca y no me importa saber por qué. 

La paz ha vuelto a mi cuerpo, en mí se forman pequeñas espirales en forma de cicatriz.

La espiral me llama…

Ya es hora de caer en el abismo de la espiral.

Paola Camila Contreras Martínez
Preparatoria Regional de Tamazula de Gordiano

Grietas
Iliana Lynette Garcia Torres
Preparatoria de Jalisco

Experimento ser humano sujeto número 510

Todo a mi alrededor era confuso. No sabía por qué estaba ahí ni cómo había llegado. No recordaba nada, ni siquiera mi nombre. La incertidumbre me envolvía y cada paso que daba parecía perderse en la nada. Caminé por la habitación oscura buscando respuestas, pero estaba vacía. La desesperación y el miedo me parecían familiares, como si ya los hubiera sentido antes, como si mi cuerpo recordara algo que mi mente no alcanzaba a comprender.

Seguí avanzando a ciegas, con los brazos extendidos, intentando evitar cualquier obstáculo, pero la oscuridad no tenía fin. Cada segundo me parecía eterno y el silencio se volvía más pesado. Me detuve agotada, escuchando solo los latidos de mi corazón, rápidos y desesperados, como si quisieran huir antes que yo. Me senté en el suelo, abrazando mis piernas con fuerza, deseando huir de aquel lugar. De pronto, apareció una pequeña luz a lo lejos, una chispa que rompía la negrura.

Me levanté y caminé hacia ella, aunque algo dentro de mí me advertía que no lo hiciera. A cada paso mi ansiedad aumentaba, como si supiera que algo importante estaba por revelarse. Frente a mí apareció una esfera enorme y brillante, suspendida en lo alto. No entendía por qué, pero sentí la necesidad de hablarle, como si esa luz guardara todas las respuestas.

—¿Qué eres? —pregunté con voz temblorosa.

Una voz grave respondió, resonando en todo el espacio:

—Soy tu creador, quien te dio la vida y la oportunidad de conocer este mundo.

Su respuesta me heló hasta los huesos.

—¿Soy un experimento tuyo? —susurré.

—Se podría decir que sí. Eres mi primera creación, única y original. No debes temer,

no pienso lastimarte.

Pero sus palabras no me tranquilizaron. Había en su tono algo que despertaba

desconfianza, una sombra detrás de su aparente calma.

—¿Y por qué estoy aquí? Este lugar está vacío y deprimente. ¿Acaso este es el mundo que deseas mostrarme?

—No. Este lugar es temporal. Solo necesito ver cómo te desarrollas. Después, irás al mundo maravilloso que te espera.

—¿Qué soy exactamente? —insistí.

La luz dudó, pero respondió con firmeza:

—No necesitas saberlo. Solo entiende que eres un ser humano, único en tu especie.

—¿Y qué es un ser humano? —pregunté sin comprender.

—Un ser con inteligencia, capaz de razonar, adaptarse y resolver problemas. Eso eres tú.

Guardé silencio, intentando procesar lo que escuchaba. Mis pensamientos se agolpaban, pero al fin me atreví a decir:

—¿Acaso deseas ser un dios?

La esfera vibró, estallando en furia:

—¡Claro que no! Soy mucho más poderoso que un simple dios. Quiero que todos

comprendan mi grandeza y me alaben.

Mi curiosidad creció con cada palabra.

—¿Ellos? ¿Quieres decir que hay más como tú?

La voz cambió, volviéndose fría y cruel:

—Sí, hay miles como yo… porque soy como tú. Mi nombre es Magnus Benedict, uno de los científicos más importantes del mundo. Tú eres mi proyecto: he intentado crear al ser humano perfecto, mejor que el que creó Dios. Creí que lo había logrado contigo, pero he fallado otra vez. Eres demasiado persuasiva, demasiado consciente. No me sirves. Solo me queda eliminarte.

El miedo me paralizó. Mi respiración se volvió corta y sentí cómo el sudor frío corría por mi espalda. Quise hablar, protestar, pero mi voz se ahogó. Entonces escuché una detonación a mis espaldas. Un ardor recorrió mi nuca, la sangre comenzó a descender, y mi cuerpo se desplomó.

En los últimos segundos de conciencia, oí la voz de Magnus, firme y calculadora:

—Bien, empecemos de nuevo. El sujeto 510 ha fracasado. Limpien la habitación y desháganse del cuerpo. El proyecto continúa. No cometeremos los mismos errores.

Sofia Guadalupe Velázquez
Preparatoria Regional de San Juan de los Lagos, Módulo Teocaltiche

Palacio de la vulgaridad
Edwin Oswaldo Mendoza Estrada
Preparatoria 5

Circo nocturno

Un nuevo asesino serial en mi ciudad no era nada nuevo, con la mala  suerte que siempre tengo no era de extrañarse que cosas así pasen justo donde yo vivo. Tan solo la semana pasada rompí con mi novio, mi mejor amiga no me contestaba los mensajes —sus razones tendrá—, y tuve que poner a dormir a mi gato, ¡mi gato! Solo por una enfermedad muy rara que ni me molesté en aprender su nombre, ¿para que quería más recuerdos de la muerte de mi mejor amigo? Todo esto era tan inaceptable… eso es lo que pensaba mientras esperaba a que el autobús que me llevaría a mi casa llegara, pero claro, iba tarde, no sé porqué me sorprende. Las noticias sonaban en mis auriculares mientras yo hundía el pie en un gran charco de lluvia, quería cruzar la calle e ir a la gasolinera de enfrente a comprar cualquier cosa que me alcanzara con un par de monedas, tal vez un chocolate, eso me ayudaría a olvidarme de mi realidad, tenía el cerebro tan adormilado que por poco y me atropellan, por poco, por que un chico me dio un tirón del suéter y me hizo dar un paso hacía atrás.

Tuve el impulso de ofenderlo, siendo sincera. No me gustan los sobresaltos, pero ese me salvó la vida —mi suerte estaba cambiando—, y para mi sorpresa, ese chico era muy atractivo.

—Deberías ver mejor por donde caminas, llego unos segundos tarde y solo te hubiera visto en las noticias —comentó, supongo yo que intentando bromear, me quite un audífono para agradecerle.

—Gracias, estoy muy distraída hoy, no sé que me…

—¿Pasa? Tranquila, deben ser los efectos de vivir en la peor ciudad al norte de nuestro país —hizo una pausa para sonreír ligeramente, y casi me derrito—. ¿Te parece si aceptas salir por un café conmigo, para compensar mi gran ayuda? 

Me reí, volteando los ojos como si aquella idea me molestara, pero no, ni un poquito, solo no iba a dejar que lo viera tan evidentemente.

—Claro, claro, como ya te conozco de toda la vida —respondí, con el mismo tono de seriedad y burla al mismo tiempo.

—Vamos, ni que fuera ningún secuestrador o asesino serial.

Abrí la boca, para hablar o reír cuando escuché eso, por que claro, en una ciudad donde SÍ había un asesino serial, esa era claramente la mejor forma de ligar o coquetear con alguien a quien literalmente acabas de conocer —nótese el sarcasmo—. 

—Voy a fingir que no acabas de decir eso.

Me miró confundido, pero después de unos segundos, pareció recordar lo que cualquier persona con televisión habría oído ya en la ciudad.

—Claro, ya, mi error, perdón.

—Fue un error muy grande, a decir verdad, sabiendo que «El payaso» está ahí afuera, al acecho.

—¿Lo nombraron «El payaso»? —parecía intrigado con la idea de una forma extraña, a la que no le presté atención.

—Sí, por que todas sus víctimas aparecen muertas, maquilladas y vestidas de payaso, si no ocurriera justo en esta ciudad sería un buen tema para un podcast —comenté, por que amo los podcast de asesinos seriales, lo que después de un rato de platica le dije con harto entusiasmo.

—Claro que los amas Graciela, con ese estilo tuyo que tienes, te ves deslumbrante y misteriosa —di una pequeña vuelta, era verdad, tengo un gran estilo.

—Bueno, tal vez acepte ir por ese café, pero no hoy. ¿Qué te parece si me das tu número telefónico…? —me volteé un poco para sacar mi celular, y caí en cuenta de algo que me puso la sangre helada en un instante. Yo nunca le dije mi nombre.

En cuestión de segundos ya tenía una jeringa en mi cuello, él supo que noté ese detalle, y no perdió el tiempo peleando conmigo. Todo se desvaneció a mis alrededores, mis movimientos se sintieron pesados y lentos hasta que caí al suelo.

Esta debería ser una historia de cómo sobreviví a un asesino, pero no lo es, yo terminé exactamente como las demás, vestida como una payasa, mi maquillaje amarillo con soles en los ojos, pupilentes azules, y dos trenzas cayendo por mis hombros. La policía me encontró, y nunca sabré si mi crimen, y el de las demás víctimas, fue resuelto, pero al menos ahora sé porque mi mejor amiga no contestaba mis mensajes, porque su cuerpo yacía a mí lado.

Izabella Scarlett Anzaldo Benitez
Preparatoria 3

Hija única

Estaba colocando veneno para ratas en un pedazo de pan, quería eliminar esa plaga lo antes posible. Dejé el pan en la mesa de la cocina y me fui a dormir.

Al día siguiente, bajé de mi habitación rumbo a la cocina.

Cuando entré, una sonrisa se formó en mis labios—al fin cayó—, dije con alegría al ver que el pan ya no estaba en el plato y a mi hermano tirado en el piso. Había eliminado a esa molesta plaga.

America Samantha Valadez González
Preparatoria Regional de Tlajomulco de Zúñiga, Módulo Cajititlán

Lágrimas de cera
Joana Guadalupe Rodríguez Gutiérrez
Preparatoria Regional de Tlajomulco de Zúñiga

La poesía ante el espejo…

¿Qué es poesía? me preguntas, posando tu mirada sobre estas letras. ¿Qué es poesía? Pues la poesía no eres tú. Siguiendo a los románticos enamorados del abandono decimonónico, donde se miraba con cariño las madreselvas y las oscuras golondrinas; pues eso… eso no volverá. Ah, porque la poesía que aquí presentamos es visceral e intensa, tiene muchas cualidades para dejarnos pensando sin entender lo que nos ataca.

La poesía es una rosa, es una rosa, es una rosa, es una rosa que ardorosa roza con nuestras emociones más profundas. Y eso, porque los poetas escribimos en las noches de la luna nueva, con números desconocidos y revisando libros que aún no se han escrito. Los poetas no somos poesía, ni creo que sea sano serlo.

Quizá, si nosotros desapareciéramos, la poesía aún seguiría existiendo. Porque la poesía no nos necesita; pero sí necesitamos que nos visite en los insomnios donde los gusanos se arropen en nuestro cuello mientras creemos jugar al inocente juego del amor.

Porque estamos aquí con un árbol adentro del pecho, con nuestra poesía no reunida y viviendo el fervor de Guadalajara que exuda en estas páginas, al talento de muchos estudiantes.

Ome Galindo*
Crítico literario y escritor. Además de tener el doctorado en Humanidades, es autor de diversos géneros con distintos premios nacionales e internacionales. También es locutor, promotor de lectura y gestor cultural. Actualmente es docente de la Escuela Preparatoria N.8.

¿Y por qué no?

¿Por qué no me suicido frente a la luna?

si ella siempre está a mi lado, taciturna,

con su brillo que me arrulla como cuna

y su color plata, mi canción nocturna

Si me voy, será para ya no volver,

no me llevaré ninguna pertenencia,

pues me volveré un suspiro sin saber

me convertiré un simple halo sin conciencia.

Si me convierto en la espuma del mar,

en las olas que besan el polvo de oro,

en la guía del faro sin proclamar

un rompeolas que sufre deterioro.

El espejo plateado sobre el manto

se llevará mi mustia vida y mi llanto.

Moisés Israel Zepeda Flores
Preparatoria Regional de Mazamitla

Malas influencias
José Emiliano Justo Estrada Chavez
Preparatoria Regional de Tlajomulco de Zúñiga

Volviendo a ser un cuervo

No nací para cantar al amanecer.

La luz me hiere 

como hiere la verdad 

a quien vive de espejismos.

Plumas de olvido me cubren,

el peso del cielo en mis hombros.

Alzo el vuelo con huesos de viento,

con graznidos de memoria antigua.

Me creyeron muerto,

pero solo era el silencio incubando 

en mis huesos.

Bebi de charcos dónde el cielo se pudre,

comi de la carne de mis propios recuerdos y esperé.

La noche me devuelve 

a mí linaje de eco y presagio.

No hay dios que me reclame,

solo está hambre de luna fria.

Ya no vuelvo para escapar,

vuelvo para acechar.

Mi graznido no pide permiso 

es sentencia.

La noche me devuelve  

a mi linaje de eco y presagio.  

No hay dios que me reclame,  

solo este hambre de luna fría.  

Y al fin, libre,  

soy otra vez

lo que nunca dejé de ser: 

un grito negro

en la garganta del tiempo.

Martin Alberto Cisneros Martínez
Preparatoria Regional de Tlajomulco de Zúñiga

Grafito
Mina Tirado López
Preparatoria 9


También yo escribo

No solo los hombres pueden escribir poemas de amor,

también yo, mujer enamorada,

que guardo en el pecho un temblor,

y en mis labios una palabra callada.

Te nombro en secreto y sonrío,

como si el mundo me entendiera,

pues cuando pienso en ti,

la tristeza se me va entera.

Eres alto, como un árbol que abraza el cielo,

firme, fuerte, imposible de olvidar,

y en tus ojos cafés, tan hondos,

veo un refugio donde quiero descansar.

Tu sonrisa es como la luna llena,

clara, suave, brillante en la oscuridad,

cuando la miro siento calma,

como un mar que sabe a eternidad.

Tu cabello color café,

parece un otoño eterno y tibio,

quisiera enredar mis dedos en él,

y quedarme allí, sin motivo.

Si mi amor por ti fueran flores,

no cabrían en ningún jardín,

sería un campo entero de colores,

infinito, eterno, sin fin.

Cada pétalo llevaría tu nombre,

cada aroma hablaría de ti,

y en cada tallo encontraría

la razón por la que soy feliz.

No sé si me escuchas, si lo presientes,

sí en tu pecho también florece esta emoción,

pero yo, sin miedo y sin dudas,

te escribo con tinta del corazón.

Regina Pichardo Jiménez
Preparatoria Regional de Santa Anita

Ángel de luz
Yeira Romina Santiago Camacho
Preparatoria Regional de Tlajomulco de Zúñiga


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