La vida se me fue trabajando, mis últimos días los pasé sin dormir; haciendo tres turnos al día para pagar mis deudas, que al final sí pagué, pero no alcancé a vivir para disfrutar mi solvencia.
Decían que solo de muerto se va a descansar, eso espero. Estoy esperando el camión en donde el sacerdote me dijo: recoge a todos los muertos para llevarlos al dizque cielo. Llevo alrededor de cinco horas y no pasa ni el viento; si estuviera vivo ya hubiera perdido todo un turno del trabajo. Pero, como estoy muerto, ahora sí se puede dar uno el lujo de esperar.
A lo lejos divisé la figura descolorida del camión que venía llenó de gente. Fui el primero en treparme ya que sabía que no íbamos a caber todos. “Déjenme subir, yo bajo en la siguiente parada”, gritó uno que se había quedado afuera del camión, pero ninguno de nosotros se salió y el chofer le hizo señas para que se esperara al siguiente camión. “Pobrecito, pasé todo el día esperando otro camión”, “Yo ya llevaba una semana, pero porque me quedé dormido”, “¿Tú cinco minutos? ¡que suertudo!”. Escuchaba a medias lo que iban diciendo los demás, no se podía seguir el rumbo de las voces pues se mezclaban unas con otras y el viento se las llevaba.
Llegamos a otra parada y como pude me arrinconé al lado del asiento del chofer antes de que la gente que se subía me aplastara contra los vidrios del camión. “Si yo fuera tú, no me iría hasta atrás; según dicen, allá arriba te atienden conforme vayas llegando y este camión solo tiene una puerta” escuché que unos se secreteaban y decidí que no me iba a mover de donde estaba por si las dudas.
Antes de llegar a la siguiente parada, escuché que uno gritó: “Si traen suéter, quítenselo, porque aquí hace un calor del infierno” yo nunca llevaba, a mí eso me ataranta y no me deja trabajar.
Pero varios le hicieron caso y no pasó ni un minuto para empezar a sentir el aire caliente, sofocante al punto de comprimir nuestros cuerpos y convertirnos en masas pegajosas de sudor.
Llegamos y solo se subió una señora, porque los demás no cabían. Iba tosiendo y, agitada como si viniera corriendo, le preguntaba al chofer “¿Cuánto es?”, pero él ni la volteaba a ver y solo se reía. Sentía que los ojos se me cerraban del sueño y el aire no tardó en volverse viscoso con olor a sudor, mugre y humedad. “A lo mejor estoy soñando, no me morí y solo se me hizo tarde para ir a trabajar” eso pensaba mientras sentía los cuerpos empujándose unos con otros y el sudor de la gente mojando mi ropa. “Bueno, al menos cuando llegué voy a poder descansar”, así decía, para intentar consolar a mis piernas que llevaban días sin sentarse.
El camión dejó de hacer paradas porque ya se sabía que nadie más cabía, pero varios exclamaban molestos queriendo bajar. “Ya muerto no te sirve llegar a ningún lado, eso lo hubieras hecho en vida”, les respondió el chofer, y no dijo nada más en el camino, pero las quejas no pararon. Yo agradecí que se fuera derecho, pues así íbamos más rápido y antes podría descansar. “Qué habrán hecho los que van sentados para estar ahí”, “A lo mejor son ricos”, “¡Cómo crees! Dicen que los ricos se van a otro lado, más allá del cielo y el infierno”,
“Pero en la muerte todos somos iguales”, “Así como en la vida, a Dios siempre le conviene separarnos”.
El camión bufó un poco antes de pararse en seco y soltar una nube gris de humo que cubrió los vidrios. La puerta se abrió, pero nadie bajó, tal vez del miedo, tal vez apenas nos habíamos dado cuenta de que nos morimos. Un señor bajito se acercó a la salida y empezó a gritarnos para que nos saliéramos. “Como van, agarren sus chivas, no dejen nada”
Nos formaron en fila al lado del camión, y pude por fin conocer los rostros de la gente, desde viejos hasta jovencitos de doce. No cabía duda: ahí ninguno era rico. Unos hombres trajeron unas cajas llenas de uniformes de trabajo y en orden nos lo fueron entregando a cada uno. “Ese es su uniforme, mis compañeros los van a llevar al plantel que les corresponde, en el gafete dice su área y su número de empleado. Aquí solo hospedamos y damos de comer a quienes trabajan, si no les gusta, se pueden ir” gritó el hombrecito haciendo señas al desierto inhóspito detrás de nosotros.
—Pero, ¿en qué momento descansamos?, llevamos todo el viaje en pie — por fin hablé en todo el rato.
—¿Descansar?, para eso tuvieron toda la vida.
Brisa Abril Sosa Ortega
Preparatoria 8

Tadeo Ascención Cervantes Valdez
Preparatoria Regional de Ahualulco de Marcado
Módulo Teuchitlán

Mina Tirado López
Preparatoria 9












