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La correa

Hoy fue un día terriblemente agotador, pero no tan malo, no como el resto de la semana. Mi jefe, extrañamente, estaba de buen humor y nos trajo churros; me tocaron dos, uno relleno de chocolate, mi favorito. El café de la oficina, aunque sabe a quemado, hoy no me revolvió el estómago. Mientras llenaba informes sin alma y atendía llamadas que no me importaban, mi mente solo pensaba en una cosa: volver a casa.

Más allá del cómodo sillón, más allá de la cena caliente, más allá de quitarme las botas que hacían palpitar mis pies… yo solo quería verlo. Mi perro, mi consuelo, mi secreto. No hay nadie como él. Siempre está ahí, esperándome fiel. Se emociona al simplemente escuchar las llaves revolverse en mis bolsillos; y cuando abro la puerta, corre hacia la esquina como si fuera el mejor momento de su vida. Y quizás lo sea. Quizás… también sea el mío.

El transporte público iba lleno, como siempre, con ese característico olor a sudor y melancolía. La gente bosteza, se sujeta con fuerza de los tubos, cambia de canción en sus audífonos como si eso pudiera alegrarles el día. Yo me acomodo junto a la ventana, cierro los ojos un momento y pienso en su carita bella. Esa mirada que parece entenderme en todo. Esa lengua tibia y torpe que lame mi cara cuando ya no puedo con la rutina. Esa forma en la que me ve… como si yo importara. Muevo la planta del pie, impaciente. Quiero llegar. Quiero ponerle la correa. Quiero sentir que no estoy solo.

Llego al condominio y subo las oxidadas escaleras que rechinan bajo mis pies. Las llaves están ansiosas por salir. Ya me la sé de memoria: la primera llave a la derecha me dará entrada. Respiro hondo. Abro la puerta que gruñe, como si también esperara por mí.

—Ya llegué… —susurré.

Enciendo la luz: todo sigue igual de silencioso y frío, tan familiar. Dejo la asfixiante mochila en el suelo. Me estiro y los huesos me crujen en un respiro. Me quito las botas una por una, luego los calcetines húmedos y apestosos. Me quito el pantalón, ya sudado. Me quito la camisa, manchada de café y chocolate. Todo en ese orden. El mismo de siempre. Mi ritual.

La casa está en silencio, pero yo sé que él me escucha. Sé que está ahí, esperándome pacientemente. Me acerco al mueble de la sala. Abro el cajón, y el viejo mueble cruje como una mandíbula cansada. Ahí está: la correa. La saco con cuidado. Paso mis dedos por el cuero desgastado y quebrado; reconozco cada marca, pues son mías.

Me arrodillo. Me la pongo. El broche hace clic sobre mi cuello. Y todo a mi alrededor cambia. Siento mi piel apretarse bajo el collar. El metal está frío, besa mi piel. Y, sin embargo, mi cuerpo arde. Porque estoy vivo, totalmente vivo.

Gateo en cuatro patas hasta la esquina de la sala, hasta esa manta vieja que aún huele a mí: a sudor, a rutina, a obediencia. Huelo el suelo con detenimiento. Cierro los ojos, satisfecho. La lengua se me humedece. Ya soy él.

Ya no pienso. Ya no trabajo. No hay teléfonos. No hay correos. No hay jefe. No hay voces hostigantes. Solo hay calma.

Porque si nadie me amarra… me amarro yo.

Astrid Fernanda Casillas Ramírez
Preparatoria Regional de Tlajomulco de Zúñiga

Sombra
Valentina Limón Rizo
Preparatoria 8