Tú, yo y el caos
junio 25th, 2026
Anzaldo Benitez Izabella Scarlett
Preparatoria 3
Podríamos decir que es fácil enamorarse cuando lo tienes todo. La gente de países de primer mundo no sabe lo que es el amor, y eso que hay grandes historias europeas sobre parejas que lo tenían todo en contra y aún así forjaron una relación que prevaleció ante los peores escenarios; y son realmente hermosas, pero eso es ficción. Es fácil caer ante esa premisa si ignoramos que la mayoría de ellos no se preocupan por el techo que los cubre, los servicios públicos de salud en donde viven, la educación que reciben, o tal vez, sin divagar mucho, sobre si las calles que rodean su casa son lo suficientemente seguras para caminar por ellas cuando el sol ya se ha escondido.
Sonaré muy patriota, aunque mentiría si dijera que no amo a mi país, pero no es solo eso, no es solo el amor que le tengo a México lo que me hace pensar que un romance de barrio es mejor que uno en París o Roma. Creo fielmente que una de las formas más puras de amar es en un ambiente lleno de caos y de conflictos económicos y políticos. En pocas palabras, es muy diferente amar a alguien cuando sobrevives entre la crisis del tercer mundo y tus propios problemas personales, que cuando amas teniéndolo todo en la palma de tu mano. La vida no es fácil para nadie, este mundo tiene la rara y oportuna tendencia de jodernos a todos en el momento y lugar menos indicado, pero si mezclamos eso con vivir en un país altamente inseguro, la idea de perder la comodidad de la soltería y aventurarse a desnudar tu alma frente a otra persona de repente suena descabellada, y aún así lo hacemos. En especial los jóvenes, como nos encanta enamorarnos de todo y todos, y los amores más intensos son justo en esta etapa de nuestras vidas; sentimos todo demasiado. No entiendo cómo eso se acaba en la adultez, o si en realidad no se acaba y solo es que los adultos son demasiado cobardes para salir de su zona de confort y deciden buscar cosas “serias” y “estables” y no una explosión de emociones como nosotros los chavos.
—¿Y todo ese choro por qué me lo cuentas, Gael? —preguntó Fer, una chica hermosa de cabello castaño, cada mechón, un perfecto espiral destilante de la misma belleza y alegría que te transmitía su rostro con solo verla sonreír.
Ella es mi sol, mi luna y las estrellas, no la amo, la “cielo”, como dijo Frida Kahlo, porque decir que la amo más que a nada, hace a la nada parecer mucho. Somos mejores amigos desde hace años, y no siempre estuve enamorado de ella, aunque con el revoltijo de pensamientos que tengo en la cabeza, no soy capaz de afirmar o negar nada, tal vez siempre la miré con otros ojos, lo que no me sorprendería; ella siempre ha estado ahí, cuando he llorado con las rodillas raspadas por caer en el suelo, o cuando también he llorado pero por motivos más densos. Es ella, ella a la que quiero y busco cuando las manos me tiemblan de ansiedad por un problema en mi casa o la escuela. Es la única en la que me gasto los últimos cincuenta pesos de mi cartera a mitad de la semana, sabiendo que si algún profesor pide material de papelería probablemente ya valí, pero todo eso merece el esfuerzo cuando escucho su risa, cuando siento su cabeza en mi hombro, justo como ahora, que estamos en la calle sentados en la banqueta con el atardecer pisándole los talones al reloj, tomando de la misma botella de plástico agua mezclada con algo de licor que le robamos a su mamá. Me gustaría saber si los españoles o primermundistas conocen este sentimiento. No tengo nada en su contra, pero no creo que puedan encontrar a alguien más radiante que ella; que les otorgue la paz que ella me otorga en medio del caos latino.
—Nada más, ¿no te suena interesante mi teoría? —le quité un mechón de cabello de la cara, riéndome un poco de como no podía acomodarse detrás de su oreja, una tontería, pero en defensa propia, ningún pensamiento que pudiera crear en mi cabeza estaba saliendo ileso ante la influencia del alcohol.
—Los poetas podrían diferir —le dio un pequeño trago a la botella de agua, el sonido de sus manos apretando el plástico de la misma; llenando el silencio que antes ocupaban el viento y nuestras respiraciones—. tienes suerte de que sea pintora y no poeta, el concepto de un amor prosperando en medio del desastre es buena inspiración para una pintura.
—¿Y quiénes serían los protagonistas de esa historia que retratarías?
—Dejame pensarlo… —se apoyó en mi hombro para levantarse del suelo, me ofreció la mano para hacer lo mismo y la tomé, porque odio el contacto físico, pero no cuando viene de ella—. ¿Qué tal tú y yo?
Me quedé paralizado, como si el tiempo se hubiera detenido de repente y solo existieramos ella y yo en este mundo, bueno, ella, yo y el caos. Pero antes de que mi mente intentara autosabotearse, hablé.
—Va. Tú, yo y el caos.
Y la besé.

Evelyn Astrid Renteria Gomez
Preparatoria 3

Angel Abraham Arreola Dueñas
Preparatoria Regional de El Salto