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Experimento ser humano sujeto número 510

Todo a mi alrededor era confuso. No sabía por qué estaba ahí ni cómo había llegado. No recordaba nada, ni siquiera mi nombre. La incertidumbre me envolvía y cada paso que daba parecía perderse en la nada. Caminé por la habitación oscura buscando respuestas, pero estaba vacía. La desesperación y el miedo me parecían familiares, como si ya los hubiera sentido antes, como si mi cuerpo recordara algo que mi mente no alcanzaba a comprender.

Seguí avanzando a ciegas, con los brazos extendidos, intentando evitar cualquier obstáculo, pero la oscuridad no tenía fin. Cada segundo me parecía eterno y el silencio se volvía más pesado. Me detuve agotada, escuchando solo los latidos de mi corazón, rápidos y desesperados, como si quisieran huir antes que yo. Me senté en el suelo, abrazando mis piernas con fuerza, deseando huir de aquel lugar. De pronto, apareció una pequeña luz a lo lejos, una chispa que rompía la negrura.

Me levanté y caminé hacia ella, aunque algo dentro de mí me advertía que no lo hiciera. A cada paso mi ansiedad aumentaba, como si supiera que algo importante estaba por revelarse. Frente a mí apareció una esfera enorme y brillante, suspendida en lo alto. No entendía por qué, pero sentí la necesidad de hablarle, como si esa luz guardara todas las respuestas.

—¿Qué eres? —pregunté con voz temblorosa.

Una voz grave respondió, resonando en todo el espacio:

—Soy tu creador, quien te dio la vida y la oportunidad de conocer este mundo.

Su respuesta me heló hasta los huesos.

—¿Soy un experimento tuyo? —susurré.

—Se podría decir que sí. Eres mi primera creación, única y original. No debes temer,

no pienso lastimarte.

Pero sus palabras no me tranquilizaron. Había en su tono algo que despertaba

desconfianza, una sombra detrás de su aparente calma.

—¿Y por qué estoy aquí? Este lugar está vacío y deprimente. ¿Acaso este es el mundo que deseas mostrarme?

—No. Este lugar es temporal. Solo necesito ver cómo te desarrollas. Después, irás al mundo maravilloso que te espera.

—¿Qué soy exactamente? —insistí.

La luz dudó, pero respondió con firmeza:

—No necesitas saberlo. Solo entiende que eres un ser humano, único en tu especie.

—¿Y qué es un ser humano? —pregunté sin comprender.

—Un ser con inteligencia, capaz de razonar, adaptarse y resolver problemas. Eso eres tú.

Guardé silencio, intentando procesar lo que escuchaba. Mis pensamientos se agolpaban, pero al fin me atreví a decir:

—¿Acaso deseas ser un dios?

La esfera vibró, estallando en furia:

—¡Claro que no! Soy mucho más poderoso que un simple dios. Quiero que todos

comprendan mi grandeza y me alaben.

Mi curiosidad creció con cada palabra.

—¿Ellos? ¿Quieres decir que hay más como tú?

La voz cambió, volviéndose fría y cruel:

—Sí, hay miles como yo… porque soy como tú. Mi nombre es Magnus Benedict, uno de los científicos más importantes del mundo. Tú eres mi proyecto: he intentado crear al ser humano perfecto, mejor que el que creó Dios. Creí que lo había logrado contigo, pero he fallado otra vez. Eres demasiado persuasiva, demasiado consciente. No me sirves. Solo me queda eliminarte.

El miedo me paralizó. Mi respiración se volvió corta y sentí cómo el sudor frío corría por mi espalda. Quise hablar, protestar, pero mi voz se ahogó. Entonces escuché una detonación a mis espaldas. Un ardor recorrió mi nuca, la sangre comenzó a descender, y mi cuerpo se desplomó.

En los últimos segundos de conciencia, oí la voz de Magnus, firme y calculadora:

—Bien, empecemos de nuevo. El sujeto 510 ha fracasado. Limpien la habitación y desháganse del cuerpo. El proyecto continúa. No cometeremos los mismos errores.

Sofia Guadalupe Velázquez
Preparatoria Regional de San Juan de los Lagos, Módulo Teocaltiche

Palacio de la vulgaridad
Edwin Oswaldo Mendoza Estrada
Preparatoria 5