Papá trabajaba muy duro todos los días; siempre dejaba la casa llena de residuos de madera en el piso, producto de su oficio: la carpintería. Fue así desde que nací. No entiendo por qué nunca hizo un esfuerzo por mantenerlo limpio, sobre todo mientras mamá vivía. Hoy que lo maté con una de sus sierras, lo entendí, no limpiaba porque es demasiado cansado.
En un pequeño pueblo donde el viento olía a jazmín y los días pasaban
sin prisa, vivía Elena, una joven que trabajaba en la librería de su familia.
Su amor por los libros había nacido en la infancia, cuando su abuela le leía
historias al atardecer. Aunque creía en el amor que describían los cuentos,
nunca había sentido que su propia vida tuviera una historia digna de ser contada.
Un día, mientras ordenaba libros en la trastienda, encontró un poemario viejo
con las páginas amarillentas por el tiempo. Al abrirlo, algo cayó suavemente al
suelo: una carta cuidadosamente doblada. La tinta estaba desvaída, pero la
caligrafía aún era clara:
“Mi querida estrella, cada noche miro al cielo y pienso en ti. Aún
guardo en mis recuerdos tu risa entre los árboles, el aroma de las flores que
cultivabas en el jardín de tu madre. No sé si estas palabras alguna vez
llegarán a tus manos, pero si lo hacen, quiero que sepas que mi corazón siempre
ha sido tuyo. Con amor eterno.”
Elena sintió que su corazón latía más rápido. No había firma ni fecha,
solo aquellas palabras impregnadas de un amor que parecía perdido en el tiempo.
La curiosidad la llevó a buscar más cartas entre los libros antiguos, como si
aquel misterioso autor hubiera dejado un rastro escondido entre las páginas del
pasado. Fue entonces cuando decidió preguntar a los vecinos del pueblo si
conocían la historia detrás de la carta. Entre ellos estaba don Ernesto, un
anciano que había vivido allí toda su vida. Al ver la caligrafía, sus ojos
brillaron con nostalgia. Esta letra… creo que pertenece a Ricardo, el dueño
original de la librería, murmuró.
Ricardo había sido un hombre reservado, amable pero solitario. Murió
años atrás sin casarse, y nunca se supo de algún romance en su vida. Pero la
carta sugería lo contrario. Elena continuó su búsqueda y, en el proceso,
conoció a Mateo, el nieto de Ricardo. Era un joven de mirada tranquila y sonrisa
tímida, que había regresado al pueblo recientemente para resolver asuntos
familiares. Cuando Elena le mostró la carta, su sorpresa fue evidente. Nunca
supe que mi abuelo había amado a alguien… Siempre pensé que había estado solo.
Dijo Ricardo
A partir de ese momento, ambos comenzaron a buscar más pistas sobre
aquella historia. Encontraron otra carta, oculta en un diario antiguo, donde
Ricardo hablaba de una mujer llamada Isabel. Según la carta, ella había sido su
gran amor, pero nunca pudo confesarle sus sentimientos. Intrigados,
investigaron más y descubrieron que Isabel había vivido en el pueblo, pero se
había mudado cuando era joven y nunca regresó. ¿Habría leído alguna vez esas
cartas?, ¿habría sabido del amor de Ricardo? Mientras Mateo y Elena seguían la
pista de Isabel, su relación empezó a cambiar. Lo que al principio fue una
colaboración se convirtió en largas tardes de conversaciones, en risas
compartidas entre estanterías y en un sentimiento que crecía en silencio. Una
tarde, mientras revisaban un viejo escritorio en la trastienda, encontraron un
último sobre sellado. En él, Ricardo escribía: “Si el destino nos separó en
esta vida, espero encontrarte en otra. Y si alguien lee estas palabras, deseo
que tenga el valor que yo nunca tuve para amar sin miedo.” Elena y Mateo se
miraron. Aquel mensaje no solo hablaba del pasado, sino también del presente.
Creo que hemos encontrado más que cartas dijo Mateo, tomando suavemente la mano
de Elena.
Ella sonrió. A veces, el amor no se encuentra en las historias del
pasado, sino en las que comenzamos a escribir sin darnos cuenta.
Hace tiempo que hago esto. Ya hace mucho que me sé el procedimiento y lo
que el cliente siempre pide. Siempre es lo mismo: bello, simple y que quede
divino ante sus ojos. Durante veinticinco años me he dedicado a la tarea
de resaltar la belleza natural de aquellas personas que, por su dinero y su
contexto, desean verse especiales. Casi siempre son mujeres, obviamente mujeres
que tienen bastante dinero gracias a sus maridos o a su trabajo; da igual eso,
siempre vienen conmigo.
Todavía recuerdo ese día; ese día en especial se aferra en mi mente como
si fuese una garrapata, pero no me genera dolor recordar aquel día. Es una
sensación de placer mezclada con felicidad, aunque a veces, ese recuerdo lleva
a la tristeza.
Una mañana como las de siempre, el mismo trabajo: pinzas, rubor,
delineador, peine y un sinfín de herramientas con las que yo hacía mi trabajo:
exaltar la belleza en la gente que pase enfrente de mí.
Ese día, una cita ya programada llegó más temprano de lo agendado.
Caminando a prisa, abrí la puerta con rapidez. En el lugar, una mujer de piel
blanca y ojos color esmeralda me miraba sin parpadear. Quedé petrificado por la
pureza de su tez y el sentimiento de vida en sus ojos.
—Perdón la tardanza. —Salí de mi trance y me acerqué a ella.
—Debes cuidar tus horas de descanso, es la segunda vez que pasa —Sandra,
mi compañera de trabajo, respondió a mi voz y se retiró fugazmente.
La cabeza de la cliente se acomodó en una posición donde yo pude iniciar
el trabajo más rápido. Cooperó; fue una ventaja. El procedimiento de casi
siempre: base, rubor, pestañas, labios y pelo.
Mientras yo pintaba, resaltaba y decoraba cada centímetro de su cara; un
viento me empujaba a querer tocar y admirar su rostro. “¿Es esto amor?” cuando
pensé eso, mis ojos se exaltaron. Dudé en seguir, pero sentí que la mujer me
juzgó al detenerme.
Nunca sentí algo así antes. En mi vida nunca pude sentir algo parecido
al calor de una pareja o que se acercara a eso y…, en ese momento me encontraba
ante una montaña de dudas que emergieron como plantas saliendo de su semilla.
Durante mis cincuenta solitarios años de vida, tuve la idea de buscar a
alguien, pero el destino era cruel conmigo y nunca me daba la felicidad de estar
con otra persona. Eso era una constante ensordecedora en mi vida amorosa; a la
par, mis dedos navegaban frenéticamente entre los instrumentos de maquillaje.
Mi habilidad más notoria es mi habilidad como maquillista.
Mi mente iba y regresaba en pensamientos amargos de soledad, sobre todo
de mi juventud. Presentí un odio hacia alguien, como si mi soledad hubiera sido
causada por alguien más.
Miré sus ojos y aprecié el vivo color de sus pupilas. Aquellas eran una
luz en mis sombríos pensamientos donde la constante era la desesperación y,
donde también, deseos de dejarse morir nacían.
Un relámpago inmovilizador me golpeó en la nuca cuando peiné su pelo y
mis dedos rozaron con sus hilos castaños. “De seguro ya tiene esposo”, me
repetía una y otra vez, afirmación que se confirmó cuando vi un anillo de
compromiso.
Quise llorar. Recordé que en mi infancia nunca pude disfrutar de esta
sensación tan cálida, tan hermosa…, pero cruel. Todo porque mi madre me amaba
demasiado como para dejarme conocer gente de mi entorno. Por culpa de ella yo
me ilusiono, pero nadie se ilusiona conmigo. Apreté con rabia las manos; si tan
solo ella no se hubiera involucrado en mi vida personal, tal vez… ¡Si tan
solo se hubiese muerto el día que tuvo esa sobredosis cuando era niño! Qué
deseo más vago.
Me dejé llevar por un tormento de pensamientos donde yo era una víctima.
Volví mis ojos a la mujer; ellos volvieron a ahuyentar toda cólera. ¿En toda mi
vida siempre estaré solo? La piel blanca y pálida hizo que mi mente no quisiera
seguir trabajando; me forcé a continuar y, con rabia, procedí a acabar el
trabajo.
Experimenté un torbellino de deseos y emociones violentas que sólo me
llevaron a recuerdos nefastos de mi vida y de lo miserable que soy. Pensé en
hablarle a aquella dama, pero no tenía sentido; sería como querer reclamar una
rosa de otro jardín, ¿Todo eso pensé? Ya no recuerdo. Creo que eso último nunca
lo dije. Mi mente ese día no trabaja bien.
Tras dos horas de una intensa lucha mental, mis herramientas cesaron sus
bailes delicadamente y todas volvieron a su estuche de plástico. Da igual, la
mujer, la rosa que hizo que mis manos derramaran sangre con sus espinas, se
tuvo que ir. Dos hombres con trajes negros y de complexión robusta entraron
arrastrando la cama de madera que la mantendrá quieta en su velorio; después se
cerrará, sepultando todo rastro de belleza en su rostro. La enterraron en un
lugar del que no recuerdo su nombre.
Ángel Uriel Hernández Amaya Preparatoria 12
Apariencias Mildred Valentina Romo Saucedo Preparatoria 15Vida perdida Ayelén Casandra Hernández Gómez Preparatoria 5Mira hacía arriba Arizweldy Núñez Macías Preparatoria Regional de San Juan de los Lagos
Aquella noche fría me maquillaba frente al espejo. Mi cara lucía igual que a mis 12 años. Mi mente empezó a divagar recordando aquellos momentos cuando jugaba con mis muñecas. Tenía un cuarto lleno de ellas, cada día las peinaba y arreglaba. De la nada siento como me abofetean en el cachete, sacándome de mis pensamientos. Era “la jefa”, avisando que tenía un nuevo cliente por complacer.
Elizabeth Escobedo Gómez Preparatoria 15
Vistazo al pasado Sofía Chávez Muñoz Preparatoria 11
Y después de lo que se dijo ¿qué? Sin ser sentencia o afirmación, me atrevo a decir qué, cuando las cosas han sido dichas, no nos queda más que interpretarlas minuciosamente bajo la estricta mirada de la lupa del método. Analizamos conceptos, modos, contextos, recurrimos a la etimología, a la lógica, al racionalismo y jamás logramos entender del todo y volvemos al inicio. Y es ahí donde el arte de la poesía se hace presente, donde nace el lenguaje como metáfora y se disfruta de lo inexacto de la vida como experiencia y las palabras se vuelven poema. Flotando entre líneas, usted podrá libremente navegar entre símbolos y metáforas que los poetas de vaivén escribieron dando voz a un “yo poético” que da fe de su experiencia y desafía —como cada generación lo hace— la línea racional. Déjese llevar pues y flote en la experiencia que estos poetas le ofrecen, porque lo anterior solo puede ser entendido sobre la balsa poética.
Cma El Más Grande (Emmanuel Gallardo) Profesor de bachillerato en la Universidad de Guadalajara. Es músico de formación, con gran interés en la teoría y estética del arte. Desde pequeño le apasionó la tradición oral, contar historias, así como la escritura, principalmente cuento y poesía, construir narrativas sobre lo que no se cuenta y crear otras perspectivas fuera de lo convencional o funcional. “Vivir por vivir no más” es su lema de vida
Siempre me he sentido solo, desde que el tiempo me permitió entender. No sé si es elección o condena, si me gusta o solo me he rendido.
La soledad no es un susurro, es un grito que nadie responde, una sombra que se adhiere a la piel, como un veneno que no mata, pero tampoco deja vivir.
Estar solo te hace cosas. Te rompe en lugares donde nadie mira, te carcome lento, como el óxido devorando el metal, como la lluvia helada en un cuerpo sin abrigo.
Me siento mierda, amargado y enojado con el mundo, con los rostros ajenos que no me ven, con los recuerdos que no me dejan ir.
Y simplemente sigo. No porque quiera, sino porque el vacío me sostiene, como una cuerda atada al cuello que no aprieta lo suficiente.
Joel Anguiano Tinajero Preparatoria 8
Frustración del pensamiento Tania Odalys Alondra Noriega Ramos Módulo San Agustín de la Preparatoria Regional de Tlajomulco de Zúñiga