Autor: Vaiven

La correa

Hoy fue un día terriblemente agotador, pero no tan malo, no como el resto de la semana. Mi jefe, extrañamente, estaba de buen humor y nos trajo churros; me tocaron dos, uno relleno de chocolate, mi favorito. El café de la oficina, aunque sabe a quemado, hoy no me revolvió el estómago. Mientras llenaba informes sin alma y atendía llamadas que no me importaban, mi mente solo pensaba en una cosa: volver a casa.

Más allá del cómodo sillón, más allá de la cena caliente, más allá de quitarme las botas que hacían palpitar mis pies… yo solo quería verlo. Mi perro, mi consuelo, mi secreto. No hay nadie como él. Siempre está ahí, esperándome fiel. Se emociona al simplemente escuchar las llaves revolverse en mis bolsillos; y cuando abro la puerta, corre hacia la esquina como si fuera el mejor momento de su vida. Y quizás lo sea. Quizás… también sea el mío.

El transporte público iba lleno, como siempre, con ese característico olor a sudor y melancolía. La gente bosteza, se sujeta con fuerza de los tubos, cambia de canción en sus audífonos como si eso pudiera alegrarles el día. Yo me acomodo junto a la ventana, cierro los ojos un momento y pienso en su carita bella. Esa mirada que parece entenderme en todo. Esa lengua tibia y torpe que lame mi cara cuando ya no puedo con la rutina. Esa forma en la que me ve… como si yo importara. Muevo la planta del pie, impaciente. Quiero llegar. Quiero ponerle la correa. Quiero sentir que no estoy solo.

Llego al condominio y subo las oxidadas escaleras que rechinan bajo mis pies. Las llaves están ansiosas por salir. Ya me la sé de memoria: la primera llave a la derecha me dará entrada. Respiro hondo. Abro la puerta que gruñe, como si también esperara por mí.

—Ya llegué… —susurré.

Enciendo la luz: todo sigue igual de silencioso y frío, tan familiar. Dejo la asfixiante mochila en el suelo. Me estiro y los huesos me crujen en un respiro. Me quito las botas una por una, luego los calcetines húmedos y apestosos. Me quito el pantalón, ya sudado. Me quito la camisa, manchada de café y chocolate. Todo en ese orden. El mismo de siempre. Mi ritual.

La casa está en silencio, pero yo sé que él me escucha. Sé que está ahí, esperándome pacientemente. Me acerco al mueble de la sala. Abro el cajón, y el viejo mueble cruje como una mandíbula cansada. Ahí está: la correa. La saco con cuidado. Paso mis dedos por el cuero desgastado y quebrado; reconozco cada marca, pues son mías.

Me arrodillo. Me la pongo. El broche hace clic sobre mi cuello. Y todo a mi alrededor cambia. Siento mi piel apretarse bajo el collar. El metal está frío, besa mi piel. Y, sin embargo, mi cuerpo arde. Porque estoy vivo, totalmente vivo.

Gateo en cuatro patas hasta la esquina de la sala, hasta esa manta vieja que aún huele a mí: a sudor, a rutina, a obediencia. Huelo el suelo con detenimiento. Cierro los ojos, satisfecho. La lengua se me humedece. Ya soy él.

Ya no pienso. Ya no trabajo. No hay teléfonos. No hay correos. No hay jefe. No hay voces hostigantes. Solo hay calma.

Porque si nadie me amarra… me amarro yo.

Astrid Fernanda Casillas Ramírez
Preparatoria Regional de Tlajomulco de Zúñiga

Sombra
Valentina Limón Rizo
Preparatoria 8


Justicia multiforme

—»Evadí los tribunales, fui consagrado y enaltecido por la impunidad. Aún persiste en mi paladar el sabor agridulce de aquella joven que gocé vívidamente, mientras quejumbrosa ella, pataleaba y pataleaba… resistía y resistía… sollozaba y sollozaba… Aún cuando apreciaba en sus ojos iracundos todo su desprecio hacia mi ser desde la lejanía, sádicamente, puedo decir que en mí no yace ni una mota de arrepentimiento. Mejor que eso, mi fortuna jugó a mi suerte. ¡Claro!, pues es la “justicia” tan mercantil, así como la necesidad del juez de embolsarse jugoso verde, sea por mera codicia o por mera necesidad. Sano, orgulloso e invicto, me encuentro aquí a unas cuántas millas de estar de vuelta en ca»—

Un súbito disparo a pocos pasos irrumpía sobre aquellos pensamientos impíos, derribando al canalla sobre el suelo. La madre de Esperanza, de entre los arbustos, se apresuró a salir corriendo.

Ivon Samadhi Zinzun García
Escuela Vocacional de Guadalajara

Bloqueo emocional
Vannya Gisleny García Lara
Preparatoria Regional de El Salto


La espiral

Aún recuerdo mi infancia cuando me colocaba frente al camino de la espiral; esa gran espiral que me causaba tanto temor y angustia, es decir ayer, es decir hace siglos. 

Esa espiral se ha apoderado de mi vida en forma de miedo y esperanzas. Existe culpa por haber soñado, hay culpa por anhelar algo. 

 Es inútil: mi cobardía no me deja vivir. Han pasado años y solo aumenta mi miedo a la espiral. 

Pero es tan necesaria para lo que quiero, pues detrás de ella está lo que más deseo. Aunque el camino para lograrlo me aterra, no sé si lograré llegar al final o incluso si podré intentarlo.

Mi angustia crece al pensar en mi futuro; el miedo me paraliza y el tiempo se acaba para mí. Busco respuestas y fuerza al mirar al cielo, Sin embargo, parece no haber ninguna, no hay nada que pueda ayudarme; solo estoy yo, yo y mi miedo; yo y mi cobardía, yo y mis noches de incertidumbre mientras rogaba para que alguien o algo me ayudara; pero no hay nada, no hay escapatoria para ese camino de la espiral. Es como si fuera un ciclo sin fin.

Si realmente quiero lo que deseo debo caminar por ahí, incluso con todo este miedo que llevo cargando hace tantos siglos.

El temor me ha envejecido y cansado, parezco una niña en el cuerpo de una anciana con delirios de lo que podría ser y lo que pudo haber sido. Maestros, familia y compañeros, me han dicho el potencial que hay dentro de mí; pero esto no me ha ayudado a nada. Esos halagos para mí son vacíos, porque yo no logro verlo. Mi inspiración se ha desvanecido. Ya no queda nada en mí, solo esta angustia que ha terminado con todo lo demás, con todo lo que yo era y con todo lo que pude haber sido.

¿Valdrá la pena el intento? ¿Realmente me dará la libertad que tanto busco?  

Tal vez ya es hora de buscar respuestas. Mis respuestas. Algo que calme esta espiral de emociones que vive dentro de mí. Mis ojos reflejan la espiral, el viento me eriza la piel y la calidez del sol me hace querer llorar. Sé lo que viene, pero lo acepto como parte de la vida y no puedo seguir negándome a vivir, ya no.

Escucho el llamado, es hora de desaparecer entre la niebla. El miedo se evapora y mi corazón se abre; el sentido se disloca y no me importa saber por qué. 

La paz ha vuelto a mi cuerpo, en mí se forman pequeñas espirales en forma de cicatriz.

La espiral me llama…

Ya es hora de caer en el abismo de la espiral.

Paola Camila Contreras Martínez
Preparatoria Regional de Tamazula de Gordiano

Grietas
Iliana Lynette Garcia Torres
Preparatoria de Jalisco

Experimento ser humano sujeto número 510

Todo a mi alrededor era confuso. No sabía por qué estaba ahí ni cómo había llegado. No recordaba nada, ni siquiera mi nombre. La incertidumbre me envolvía y cada paso que daba parecía perderse en la nada. Caminé por la habitación oscura buscando respuestas, pero estaba vacía. La desesperación y el miedo me parecían familiares, como si ya los hubiera sentido antes, como si mi cuerpo recordara algo que mi mente no alcanzaba a comprender.

Seguí avanzando a ciegas, con los brazos extendidos, intentando evitar cualquier obstáculo, pero la oscuridad no tenía fin. Cada segundo me parecía eterno y el silencio se volvía más pesado. Me detuve agotada, escuchando solo los latidos de mi corazón, rápidos y desesperados, como si quisieran huir antes que yo. Me senté en el suelo, abrazando mis piernas con fuerza, deseando huir de aquel lugar. De pronto, apareció una pequeña luz a lo lejos, una chispa que rompía la negrura.

Me levanté y caminé hacia ella, aunque algo dentro de mí me advertía que no lo hiciera. A cada paso mi ansiedad aumentaba, como si supiera que algo importante estaba por revelarse. Frente a mí apareció una esfera enorme y brillante, suspendida en lo alto. No entendía por qué, pero sentí la necesidad de hablarle, como si esa luz guardara todas las respuestas.

—¿Qué eres? —pregunté con voz temblorosa.

Una voz grave respondió, resonando en todo el espacio:

—Soy tu creador, quien te dio la vida y la oportunidad de conocer este mundo.

Su respuesta me heló hasta los huesos.

—¿Soy un experimento tuyo? —susurré.

—Se podría decir que sí. Eres mi primera creación, única y original. No debes temer,

no pienso lastimarte.

Pero sus palabras no me tranquilizaron. Había en su tono algo que despertaba

desconfianza, una sombra detrás de su aparente calma.

—¿Y por qué estoy aquí? Este lugar está vacío y deprimente. ¿Acaso este es el mundo que deseas mostrarme?

—No. Este lugar es temporal. Solo necesito ver cómo te desarrollas. Después, irás al mundo maravilloso que te espera.

—¿Qué soy exactamente? —insistí.

La luz dudó, pero respondió con firmeza:

—No necesitas saberlo. Solo entiende que eres un ser humano, único en tu especie.

—¿Y qué es un ser humano? —pregunté sin comprender.

—Un ser con inteligencia, capaz de razonar, adaptarse y resolver problemas. Eso eres tú.

Guardé silencio, intentando procesar lo que escuchaba. Mis pensamientos se agolpaban, pero al fin me atreví a decir:

—¿Acaso deseas ser un dios?

La esfera vibró, estallando en furia:

—¡Claro que no! Soy mucho más poderoso que un simple dios. Quiero que todos

comprendan mi grandeza y me alaben.

Mi curiosidad creció con cada palabra.

—¿Ellos? ¿Quieres decir que hay más como tú?

La voz cambió, volviéndose fría y cruel:

—Sí, hay miles como yo… porque soy como tú. Mi nombre es Magnus Benedict, uno de los científicos más importantes del mundo. Tú eres mi proyecto: he intentado crear al ser humano perfecto, mejor que el que creó Dios. Creí que lo había logrado contigo, pero he fallado otra vez. Eres demasiado persuasiva, demasiado consciente. No me sirves. Solo me queda eliminarte.

El miedo me paralizó. Mi respiración se volvió corta y sentí cómo el sudor frío corría por mi espalda. Quise hablar, protestar, pero mi voz se ahogó. Entonces escuché una detonación a mis espaldas. Un ardor recorrió mi nuca, la sangre comenzó a descender, y mi cuerpo se desplomó.

En los últimos segundos de conciencia, oí la voz de Magnus, firme y calculadora:

—Bien, empecemos de nuevo. El sujeto 510 ha fracasado. Limpien la habitación y desháganse del cuerpo. El proyecto continúa. No cometeremos los mismos errores.

Sofia Guadalupe Velázquez
Preparatoria Regional de San Juan de los Lagos, Módulo Teocaltiche

Palacio de la vulgaridad
Edwin Oswaldo Mendoza Estrada
Preparatoria 5

Circo nocturno

Un nuevo asesino serial en mi ciudad no era nada nuevo, con la mala  suerte que siempre tengo no era de extrañarse que cosas así pasen justo donde yo vivo. Tan solo la semana pasada rompí con mi novio, mi mejor amiga no me contestaba los mensajes —sus razones tendrá—, y tuve que poner a dormir a mi gato, ¡mi gato! Solo por una enfermedad muy rara que ni me molesté en aprender su nombre, ¿para que quería más recuerdos de la muerte de mi mejor amigo? Todo esto era tan inaceptable… eso es lo que pensaba mientras esperaba a que el autobús que me llevaría a mi casa llegara, pero claro, iba tarde, no sé porqué me sorprende. Las noticias sonaban en mis auriculares mientras yo hundía el pie en un gran charco de lluvia, quería cruzar la calle e ir a la gasolinera de enfrente a comprar cualquier cosa que me alcanzara con un par de monedas, tal vez un chocolate, eso me ayudaría a olvidarme de mi realidad, tenía el cerebro tan adormilado que por poco y me atropellan, por poco, por que un chico me dio un tirón del suéter y me hizo dar un paso hacía atrás.

Tuve el impulso de ofenderlo, siendo sincera. No me gustan los sobresaltos, pero ese me salvó la vida —mi suerte estaba cambiando—, y para mi sorpresa, ese chico era muy atractivo.

—Deberías ver mejor por donde caminas, llego unos segundos tarde y solo te hubiera visto en las noticias —comentó, supongo yo que intentando bromear, me quite un audífono para agradecerle.

—Gracias, estoy muy distraída hoy, no sé que me…

—¿Pasa? Tranquila, deben ser los efectos de vivir en la peor ciudad al norte de nuestro país —hizo una pausa para sonreír ligeramente, y casi me derrito—. ¿Te parece si aceptas salir por un café conmigo, para compensar mi gran ayuda? 

Me reí, volteando los ojos como si aquella idea me molestara, pero no, ni un poquito, solo no iba a dejar que lo viera tan evidentemente.

—Claro, claro, como ya te conozco de toda la vida —respondí, con el mismo tono de seriedad y burla al mismo tiempo.

—Vamos, ni que fuera ningún secuestrador o asesino serial.

Abrí la boca, para hablar o reír cuando escuché eso, por que claro, en una ciudad donde SÍ había un asesino serial, esa era claramente la mejor forma de ligar o coquetear con alguien a quien literalmente acabas de conocer —nótese el sarcasmo—. 

—Voy a fingir que no acabas de decir eso.

Me miró confundido, pero después de unos segundos, pareció recordar lo que cualquier persona con televisión habría oído ya en la ciudad.

—Claro, ya, mi error, perdón.

—Fue un error muy grande, a decir verdad, sabiendo que «El payaso» está ahí afuera, al acecho.

—¿Lo nombraron «El payaso»? —parecía intrigado con la idea de una forma extraña, a la que no le presté atención.

—Sí, por que todas sus víctimas aparecen muertas, maquilladas y vestidas de payaso, si no ocurriera justo en esta ciudad sería un buen tema para un podcast —comenté, por que amo los podcast de asesinos seriales, lo que después de un rato de platica le dije con harto entusiasmo.

—Claro que los amas Graciela, con ese estilo tuyo que tienes, te ves deslumbrante y misteriosa —di una pequeña vuelta, era verdad, tengo un gran estilo.

—Bueno, tal vez acepte ir por ese café, pero no hoy. ¿Qué te parece si me das tu número telefónico…? —me volteé un poco para sacar mi celular, y caí en cuenta de algo que me puso la sangre helada en un instante. Yo nunca le dije mi nombre.

En cuestión de segundos ya tenía una jeringa en mi cuello, él supo que noté ese detalle, y no perdió el tiempo peleando conmigo. Todo se desvaneció a mis alrededores, mis movimientos se sintieron pesados y lentos hasta que caí al suelo.

Esta debería ser una historia de cómo sobreviví a un asesino, pero no lo es, yo terminé exactamente como las demás, vestida como una payasa, mi maquillaje amarillo con soles en los ojos, pupilentes azules, y dos trenzas cayendo por mis hombros. La policía me encontró, y nunca sabré si mi crimen, y el de las demás víctimas, fue resuelto, pero al menos ahora sé porque mi mejor amiga no contestaba mis mensajes, porque su cuerpo yacía a mí lado.

Izabella Scarlett Anzaldo Benitez
Preparatoria 3

Hija única

Estaba colocando veneno para ratas en un pedazo de pan, quería eliminar esa plaga lo antes posible. Dejé el pan en la mesa de la cocina y me fui a dormir.

Al día siguiente, bajé de mi habitación rumbo a la cocina.

Cuando entré, una sonrisa se formó en mis labios—al fin cayó—, dije con alegría al ver que el pan ya no estaba en el plato y a mi hermano tirado en el piso. Había eliminado a esa molesta plaga.

America Samantha Valadez González
Preparatoria Regional de Tlajomulco de Zúñiga, Módulo Cajititlán

Lágrimas de cera
Joana Guadalupe Rodríguez Gutiérrez
Preparatoria Regional de Tlajomulco de Zúñiga

La poesía ante el espejo…

¿Qué es poesía? me preguntas, posando tu mirada sobre estas letras. ¿Qué es poesía? Pues la poesía no eres tú. Siguiendo a los románticos enamorados del abandono decimonónico, donde se miraba con cariño las madreselvas y las oscuras golondrinas; pues eso… eso no volverá. Ah, porque la poesía que aquí presentamos es visceral e intensa, tiene muchas cualidades para dejarnos pensando sin entender lo que nos ataca.

La poesía es una rosa, es una rosa, es una rosa, es una rosa que ardorosa roza con nuestras emociones más profundas. Y eso, porque los poetas escribimos en las noches de la luna nueva, con números desconocidos y revisando libros que aún no se han escrito. Los poetas no somos poesía, ni creo que sea sano serlo.

Quizá, si nosotros desapareciéramos, la poesía aún seguiría existiendo. Porque la poesía no nos necesita; pero sí necesitamos que nos visite en los insomnios donde los gusanos se arropen en nuestro cuello mientras creemos jugar al inocente juego del amor.

Porque estamos aquí con un árbol adentro del pecho, con nuestra poesía no reunida y viviendo el fervor de Guadalajara que exuda en estas páginas, al talento de muchos estudiantes.

Ome Galindo*
Crítico literario y escritor. Además de tener el doctorado en Humanidades, es autor de diversos géneros con distintos premios nacionales e internacionales. También es locutor, promotor de lectura y gestor cultural. Actualmente es docente de la Escuela Preparatoria N.8.

¿Y por qué no?

¿Por qué no me suicido frente a la luna?

si ella siempre está a mi lado, taciturna,

con su brillo que me arrulla como cuna

y su color plata, mi canción nocturna

Si me voy, será para ya no volver,

no me llevaré ninguna pertenencia,

pues me volveré un suspiro sin saber

me convertiré un simple halo sin conciencia.

Si me convierto en la espuma del mar,

en las olas que besan el polvo de oro,

en la guía del faro sin proclamar

un rompeolas que sufre deterioro.

El espejo plateado sobre el manto

se llevará mi mustia vida y mi llanto.

Moisés Israel Zepeda Flores
Preparatoria Regional de Mazamitla

Malas influencias
José Emiliano Justo Estrada Chavez
Preparatoria Regional de Tlajomulco de Zúñiga

Volviendo a ser un cuervo

No nací para cantar al amanecer.

La luz me hiere 

como hiere la verdad 

a quien vive de espejismos.

Plumas de olvido me cubren,

el peso del cielo en mis hombros.

Alzo el vuelo con huesos de viento,

con graznidos de memoria antigua.

Me creyeron muerto,

pero solo era el silencio incubando 

en mis huesos.

Bebi de charcos dónde el cielo se pudre,

comi de la carne de mis propios recuerdos y esperé.

La noche me devuelve 

a mí linaje de eco y presagio.

No hay dios que me reclame,

solo está hambre de luna fria.

Ya no vuelvo para escapar,

vuelvo para acechar.

Mi graznido no pide permiso 

es sentencia.

La noche me devuelve  

a mi linaje de eco y presagio.  

No hay dios que me reclame,  

solo este hambre de luna fría.  

Y al fin, libre,  

soy otra vez

lo que nunca dejé de ser: 

un grito negro

en la garganta del tiempo.

Martin Alberto Cisneros Martínez
Preparatoria Regional de Tlajomulco de Zúñiga

Grafito
Mina Tirado López
Preparatoria 9


También yo escribo

No solo los hombres pueden escribir poemas de amor,

también yo, mujer enamorada,

que guardo en el pecho un temblor,

y en mis labios una palabra callada.

Te nombro en secreto y sonrío,

como si el mundo me entendiera,

pues cuando pienso en ti,

la tristeza se me va entera.

Eres alto, como un árbol que abraza el cielo,

firme, fuerte, imposible de olvidar,

y en tus ojos cafés, tan hondos,

veo un refugio donde quiero descansar.

Tu sonrisa es como la luna llena,

clara, suave, brillante en la oscuridad,

cuando la miro siento calma,

como un mar que sabe a eternidad.

Tu cabello color café,

parece un otoño eterno y tibio,

quisiera enredar mis dedos en él,

y quedarme allí, sin motivo.

Si mi amor por ti fueran flores,

no cabrían en ningún jardín,

sería un campo entero de colores,

infinito, eterno, sin fin.

Cada pétalo llevaría tu nombre,

cada aroma hablaría de ti,

y en cada tallo encontraría

la razón por la que soy feliz.

No sé si me escuchas, si lo presientes,

sí en tu pecho también florece esta emoción,

pero yo, sin miedo y sin dudas,

te escribo con tinta del corazón.

Regina Pichardo Jiménez
Preparatoria Regional de Santa Anita

Ángel de luz
Yeira Romina Santiago Camacho
Preparatoria Regional de Tlajomulco de Zúñiga


Sueños

He estado teniendo sueños,

Con esta cruel cacería,

Que me persigue ansiada de venganza,

Frente a esta penumbra, ciega estoy,

aun así, aquella presencia me estremece. 

Su roce es tan dulce, tan correcto,

Mientras mi sangre se derrama, 

mi cuerpo se hunde en el vacío

Y cuando sueño con morir,

Nunca me había sentido tan amada.

Encadenada, ha sido mi castigo,

En la oscuridad escucho un latido,

Pero el aullido de las voces incesantes

Me cubre por completo

Cómo cuchillas perforando mi piel.

El reproche arde en sueños,

Atrapada en la misma melodía,

Ahí en lo más profundo, 

Donde el terror me inunda.

¿Qué clase de tortura es esta?

Mi cuerpo se convierte en hielo

Con el aplastante peso del paraíso 

Cubierto de aquello que tanto merece.

Impaciente está, 

Aquella figura oscura, 

Aún debo levantarme,

¿Por qué no me estoy moviendo?

¿Por qué me odia?

Reconfortante es, este dolor 

que me recorre como un río que no se detiene. 

En medio de la desesperación,

Levanto la mirada, 

aquel ser que me observa desde la oscuridad, 

Me devuelve el gesto con desprecio, 

Al final es como verme a un espejo.

Renata Flores Padilla
Preparatoria Regional de Santa Anita

Perfección
Marlen Rivera Campos
Preparatoria Regional de El Salto


Gato negro

Soy el gato negro,

en el techo abandonado,

esperando tu llegada,

esperando tu calor.

Bajo mi sucio pelo

constelaciones se esconden,

mis ojos rasgados

ocultan cansancio,

dolor.

Callada,

el invierno llevará

mi cuerpo

cómo escarcha.

Me fundiré en la nieve.

Me perderé.

Hasta entonces,

la lluvia moja lo vivido,

y se lleva las gotas del alma,

que humilde le ofrezco 

a tu recuerdo.

Pero no me me muevo,

me fundo en la noche

y mis ojos se hacen estrellas

para encontrarte,

verte venir a buscarme.

Isabella Legorreta Sandoval
Preparatoria 5


Responda cobarde, responda al corazón

No vuelvas nunca más

¡retírate ya! olvídame

y no vuelvas más 

tienes el descaro de alegar.

Ah, pero no dudaste al engañar 

ahora si temes perderme 

¡no que tanto me querías!

no que tanto me adorabas

Tus palabras valen tan poco 

tu amor no existía 

¿Dónde quedó esa valentía?

¿Dónde quedó lo que sentías?

¡Responda cobarde!

¿acaso me amaba?

no responda cobarde 

su mirada habla.

No me diga nada

Zapato viejo que he tirado

no lo vuelvo a recoger

Y usted fue lo peor que pude querer 

Repita cobarde lo que decía

Vallase con ella, olvídese de mí

¿acaso me quería?

¡responda cobarde!…

Vianney Lizeth González Márquez
Preparatoria Regional de San Juan de los Lagos

Somos más que los que ven los ojos
Carlos Orlando Quezada Trejo
Preparatoria Regional de Tlajomulco Módulo Cajititlán

Súplica

Me temo, cariño, que ya sabes

lo que oculta mi corazón,

lo que se esconde tras mis ojos suplicantes:

una súplica silenciosa

para tu alma compasiva.

Sé que lo sabes,

lo intuyo en el color de tus huesos,

y lo siento en cómo evitas mi tacto,

en cómo tu mirada se escapa

con esa delicadeza tan tuya.

Me temo, amor mío,

que el secreto que guardaba con tanto recelo

ya no cabe en mi cuerpo,

que mi alma, desnuda y temerosa,

se ha arrodillado ante ti con fe ciega.

Esperando paciente

a que tus ojos se crucen con los míos,

a que me lleves a tu reino mágico,

a que me dejes ser parte de tu vida,

me acojas en tu hogar.

Rezo, amor, por tu misericordia,

por tu aceptación,

por que algún dia, 

encuentres un refugio en mis brazos temblorosos

y altar en mis labios partidos. 

Mia Alexa Barbosa Meza
Preparatoria 5

Carboncillo
Yeira Romina Santiago Camacho
Preparatoria Regional de Tlajomulco de Zúñiga


Florece

Florezco en virtud de una vega ajena,

mas mi tallo y raíz son de otra tierra;

quiero permanecer aquí, sin guerra

pero, mi alma estará siempre en condena.

El jardinero estar ahí me ordena,

quiero estar donde mi raíz se aferra;

la idea de rebelarme me aterra

y al final me quedo con la cadena.

Mi tallo, mi latido: esto aborrece

por esa doctrina que no profesa

que solo el miedo y tristeza enriquece.

Si me quedo en una, mi alma es presa;

si me quedo en él, soy quien no obedece

Solo quiero ir donde mi alma no pesa.

Moisés Israel Zepeda Flores
Preparatoria Regional de Mazamitla

El dolor tiene rostro
Elizabeth Leal Lucatero
Preparatoria Regional de El Salto


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